sábado, 19 de diciembre de 2015

ESA MÚSICA DE CRIOLLOS NO ES PURA CHANDERA, COMO DICEN


(DE LA RELEVANCIA SOCIAL DE LA CUMBIA Y EL BOLERO DE LA COSTA CHICA)
Por Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
28 de noviembre de 2015

LA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
Soy costeño de nación,/ me gusta bailar la cumbia. Ésta es una declaración de principios, enunciada allá en Chacagua, Oaxaca, a mediados de los años 70 por Jesús Hernández Salinas, del Conjunto Tropical Mar Azul, en la cumbia llamada Pinotepa Nacional. A partir de ella podemos construir una mínima visión del mundo de los criollos que viven en la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, y tal vez de su propia visión, que también es la de uno. Este criollo que pasa de ser el negro de la Costa, de Álvaro Carrillo, a ser el hombre guapachoso, de Esteban Bernal; es el tránsito del hombre que sabe matar al que prefiere divertirse, tocar y bailar, aun a costa de ser considerado un flojo o bueno para nada, improductivo. Implica la declinación de la chilena como la música con amplia relevancia social en la Costa Chica, para dar paso a la de la cumbia (charanga, merequetengue, guaracha) y de su hermano gemelo, el bolero. Ello ha sido así cuando menos en los últimos 40 años. Por cierto, en los tres géneros los protagonistas siguen siendo “la negra” y “el negro”, como aparecen juntos en La boda negra, una versión acriollada que hicieran Las Estrellas de Acapulco de Casamiento de negros, de Violeta Parra, a principios de los años setenta.
Pero en el comienzo de todo este proceso de adquisición de relevancia social de la cumbia y el bolero criollos está el llamado Monstruo del Trópico, el grupo musical Acapulco Tropical, maestros de maestros, porque algunos de sus imitadores llegaron a ser maestros, y después fueron maestros de maestros (y algunos lo siguen siendo):

Cumbia Acapulco Tropical

Nos fuimos y ya volvimos,
llenos de ritmo, y más tropical,
alegres, llenos de gozo
pues todo mundo ya va a bailar.

Acapulco Tropical
es un ritmo guapachoso:
lo bailan niños, viejitos,
los jovencitos, con mucho gozo.

Cuando escucho la guitarra,
también el bajo y el acordeón
se me enchina todo el cuerpo,
me da brinquitos el corazón.

Las tarolas y el güiro,
las tumbadoras, le dan sabor,
y Walter está cantando,
le canta al pueblo con mucho amor.


Eran los fines de los años 60 e inicios de los años 70 del siglo pasado. De ellos aprendieron los demás, de El Acapulco, como familiarmente le decían, aprendieron. Asegura Cirino Arellano (nombre artístico de Cirino Arellanes, el que cambió porque a su director musical le parecía muy chando y no muy fino para alguien de su nivel como compositor e intérprete) que él compuso el primer bolero costeño, en 1974: Creíste(s). También dice don Cirino que él armó el primer conjunto tropical en la Costa Chica, Corralero Navy, precisamente en Corralero, Oaxaca. Y relata que formó a varios músicos, como Abraham y Uvaldo Bernal, quienes después emigrarían a Chacagua, en el mismo estado, donde se integrarían a otro conjunto, Mar Azul, liderado por Jesús Hernández, José Tornéz y Margarito Larrea. Cirino Arellanes agarró muestra de esa música en Acapulco, donde trabajó y estudió la secundaria. El modelo: El Acapulco, como se les decía, El Monstruo del Trópico, como decía la publicidad. En la cumbia transcrita arriba se proponen el gusto, lo guapachoso y lo alegre como características ligadas (como le fueran inherentes por naturaleza) al “pueblo”, a quien también le cantan, y que incluye a personas de todas las edades: niños, viejitos y jovencitos. Allí mismo enuncian la dotación instrumental típica: guitarra, bajo, acordeón, tarolas (timbales), güiro y tumbadoras. Y el cantante o voz principal, claro está. Música para olvidarse de congojas, cantará Régulo Alcocer en la Luz Roja de San Marcos, el mismo ritmo alegre que El Negrito baila quebrando la cintura... pasito pa’ delante,/ pasito para atrás, después de conminar (se sospecha): Óyeme negrita, a gozar con tu negrito guapachoso, como hacen los del Corralero Navy en La negrita guapachosa. Música para bailar y gozar, en tanto le gritan a Cirino que se “acabe” la guitarra eléctrica que requintea con maestría.

EL TERRITORIO DE NACIÓN
Desde Acapulco hasta Huatulco hay unos 500 kilómetros de costa, que pertenece a los estados de Guerrero y de Oaxaca y está sitiada por las estribaciones de la Sierra Madre del Sur en norte, y regadas con la brisa y las aguas del Océano Pacífico. Aquí conviven diversos grupos humanos, muchos de ellos son descendientes de los habitantes prehispánicos, algunos de los cuales englobamos actualmente en los términos mixtecos, nahuas, amuzgos, triquis, zapotecas, etc. Después de 1521 llegaron unos frasteros, europeos y africanos. Todos ellos se mezclaron, con violencia y con ternura, como buenos humanos; de esas mezclas nacimos nosotros, los costeños. Y ese gentilicio es el que nos da unidad: somos costeños, así, a grandes rasgos, por haber nacido en este territorio. Y así nos asumimos. Sin embargo, existen diferencias entre esos grupos humanos, las que nos permiten hablar de culturas subalternas (para los cuales existen diversas denominaciones: indígenas, afromexicanos, mestizos, aparte de los ya mencionados), en los términos del bueno de Guillermo Bonfil Batalla, las que pertenecen a lo que suele llamarse cultura nacional o cultura mexicana, es decir, la cultura dominante.
En esta franja costera se ubican pueblos que desde los años 70 andan en boca de mucha gente, merced a la difusión de estas músicas, la cumbia y el bolero criollos: San Marcos, Huehuetán, Cuajinicuilapa, Corralero, Pinotepa Nacional, Cerro del Chivo, Chacagua, Río Grande. Allí nacieron y vivieron y murieron o viven músicos y compositores criollos como Régulo Alcocer, Ignacio Nacho Magallón, Cirino Arellanes, Bertín Gómez, Jesús Hernández, Emiliano Gallardo, Esteban Bernal y José Barette, nombres ligados de manera directa a los míticos conjuntos musicales Luz Roja de San Marcos/Acapulco, Los Magallones, Mar Azul, Corralero Navy, Condesa Tropical, Los Cumbieros del Sur, Grupo Miramar y hasta el Condesa de Bertín Gómez Jr.


LOS ATRIBUTOS DE LO CRIOLLO
El vocabulario
Dice el veterano músico Antonio López, de San Francisco El Maguey, Oaxaca, que las letras de las canciones de los criollos, la cumbia y el bolero es fácil distinguirlos de las demás por “el vocabulario” que los músicos y los compositores utilizan. El hablar mocho, el usar palabras chandas o no refinadas, el no decir la “s” al final de ciertas palabras o de cambiarla por una “j”, el usar palabras arcaicas, serían algunas de las características de lo que él llama “el vocabulario”.
Don Gonzalo Aguirre Beltrán (en Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro) reconoce la existencia de esta habla criolla, aunque no la nombra así (las cursivas son mías):
El idioma hablado en Cuijla es una forma dialectal del español...  Ante el caos lingüístico de la esclavonía el español devino una lengua franca que permitió la fácil e indispensable relación entre blancos, negros e indios.
A medida que la situación local fue estabilizándose, al disminuir y cesar los aportes migratorios africanos, los cambios lingüísticos tendieron a la consolidación. Ello permitió a las nuevas generaciones recibir y transmitir un español modificado que no había de sufrir, en el transcurso de tres centurias, mayores alteraciones...
El empleo de esos vocablos [nahuas, bantús, mixtecas] y de las formas dialectales cuileñas son propias tanto del ‘sermo urbanus’ como del ‘sermo rusticus’; sin embargo, en el habla rural, particularmente en la lengua que usan para su comunicación los habitantes de las pequeñas cuadrillas, las diferencias respecto al español europeo y mexicano son mayores.
Este conservatismo lingüístico indica la fuerza incontrastable de las formas originadas durante los primeros contactos entre el castellano y los idiomas indígenas o africanos –principalmente bantús–, al punto que parece como si hubiese sobrevivido una fijación de las resultantes de la aculturación idiomática.

El sermus rusticus o habla rural es la esencia del criollo hablado en la Costa Chica, el mismo que los compositores y los músicos criollos utilizan como materia prima para sus letras, a través del cual convierten sus pensamientos e imágenes en palabras, como puede verse en Mar Azul, Los Magallones, Los Cumbieros del Sur, Los Donny’s de Guerrero, Los Karkik’s, etcétera, en expresiones como: Te fuistes y me dejastes, ¡Qué chulo!; tiró una risada; me echastes al olvido; muda de ropa o cambia de ropa; por no saberse tantear; arrancó corriendo; se ingre (de engreído); la cosa estuvo de que... En sustantivos y nombres propios como: escorpioncillo (reptil), tlachicón (árbol), cuinique (roedor), arrecho (eretizado), ranguñazo (rasguño), defuensas (por defensas), guachos y melitares (por militares), na (contracción de nada), pedidor (el que pide a la novia), maroma (pirueta o voltereta), ramasama (botella), mama (por mamá), cuchito (por armadillo), cumbiamba (fiesta), pa (contracción de para), maistro (por maestro), embición (por ambición), Chejuita (por Chefita), fego (por fuego), corajudo, Pifanio (por Epifanio), vierne (por viernes), feves (por jueves), mañas (manías), fidicial (por judicial), Ometepet (por Ometepec), antonce (por entonces). Y en modos verbales como: garraron (por agarraron), feron (por fueron), volvido (por vuelto), fe (por fue), guindar (colgar). Etcétera. Y en muchas más palabras y expresiones, claro.
Anoto aquí una observación que ayuda a entender el por qué de la amplia relevancia social de la cumbia y el bolero, en detrimento de la de la chilena: En la cumbia y el bolero el habla criolla se expresa espontáneamente, es el dialecto, el vehículo utilizado cotidianamente para comunicarse, sobre todo de personas que viven al margen de la cultura nacional, muchas veces en la pobreza material o en la precariedad, viviendo con lo mínimo indispensable y conformes con ello, en los barrios de la periferia o en poblados pequeños, que no han recibido instrucción escolar; en el caso de la chilena no: en la chilena el habla criolla ya se imita, ha dejado de ser espontáneo, por tanto, las letras de esta música suelen ser artificiosas, y, a últimas fechas, se le imprime un tono folklorizante[1] (como en la obra del maestro Baltazar Velazco de Pinotepa Nacional). Incluso, parece que la chilena está en riesgo de convertirse en una música-baile de exhibición: las chilenas con amplia relevancia social fueron compuestas hace medio siglo por José Agustín Ramírez (Ometepec, El toro rabón) y Álvaro Carrillo (Pinotepa, El amuleto, El negro de la Costa), y en las últimas décadas no ha existido un compositor que cree otras que se acerquen a o igualen esa relevancia, aunque algunos cantantes, como Pepe Ramos, se han dedicado a actualizarlas para un uso lúdico, el disfrute de escucharlas, pero que excluye el baile. Curiosamente, en las interpretaciones de este músico conviven equilibradamente el habla nacional con el habla mestiza. En sentido contrario, otros grupos musicales, de los surgidos en las décadas de los años 70 y 80, utilizaron un habla pretendidamente correcta y evitaron usar cualquier criollismo, como hicieran Las Estrellas de Acapulco, Grupo La Amistad (de Pepe Ramos), Roca Blanca, Apache 16; posteriormente lo hicieron grupos como Kumbala Show, Metal, Yanga, Amadeus, Los Hijos de la Banda, El Condesa de Bertín Gómez Jr., pretendiendo ser correctos y desdeñando el habla criolla, ese dialecto chando y de chandos, dicen quienes lo piensan así.

[1] Ver Música y Etnicidad: una introducción a la problemática, de Josep Martí, en Trans (Revista transcultural de Música) número 2. http://www.sibetrans.com/trans/

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