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lunes, 4 de diciembre de 2017

Pa’ ser músico se requiere gracia

Entrevista con el músico Pedro Jesús Hernández López
Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
20 de octubre de 2015
[Hace unos días falleció este músico cuileño. Se publica este texto, en su memoria.]



Jesús Hernández López fue músico de una banda durante 23 años, desde mediados de los años 50 del siglo pasado hasta un poco antes de concluir la década de los 70. Quería tocar el saxofón y terminó tocando la batería, por falta de dinero para comprarlo, así que la gente lo llamó y lo llama como Jesú’ ‘Batería’. Tocó con La Alondra Costeña danzones y cumbias. Y ahorró: con lo que ganaba como músico fue comprando ganado, y ahora vive de sus animales, dice. También asegura que para ser músico no sólo se requiere aprender, se requiere nacer con eso, se precisa tener gracia también. Tocó con varias orquestas, incluidos los famosos Magallones. En el corredor de su casa, en el antiguo Barrio del Gato, este músico criollo nos platica cosas de su vida y su obra.

–Su nombre es Jesús...
–Me conocen de Jesú’, pero mi verdadero nombre es Pedro Jesú’ Hernánde’ Lópe’.

–Criollo de Cuaji...
–Sí.

–¿Cuántos años tiene?
–No, yo ya ‘stoy viejo que la chingada... no te lo imagina’...

–Debe andar por los ochenta, ¿no?
–Ya los ando acompletando. Me falta, para cumplí’ los ochenta... ahora en este julio que viene, el 29 de julio acompleto los ochenta.

–¿Y va a haber fiesta?
–No, qué fiesta, yo ya no... te voy a decir la pura verda’... yo ya no aspiro, de fiesta, yo, mi dedicación es a cuidar mis animale’, la’mor es mij'animale’.

–Usté fue músico, ¿qué instrumento tocaba?
–No, a mí no me gusta decir mentira. Yo estudié el método porque a mí me gustó mucho el sarsojón, pero en esos tiempos, cuando terminé el método, mi papá se abrió: agarró otra mujer y los abandonó. Entonces, me dijo el maestro que los ‘taba enseñando el método: ‘Mira, a ti te veo voluntariamente que tú... te nace de músico, pero el estrumento no hay quien te lo compre. Vamo’ hacele lucha a la batería’. Así que yo me dediqué a tocá la batería...

–¿Era muy caro el saxofón?
–N’ombre. En ese tiempo no valía ni 4 mil pesos.

–¿Cuántos años tenía en ese tiempo?
–Unos 16 años.

–Aprendió aquí; ¿y quién era el maestro?
–Mira, a mí me enseñó el dejunto Israel Ventura; luego, despué’, llegó un maestro que se llamaba ‘Chucho’, de México, y ese los acabó de enseñá’. Porque no nomás de agarrá’ la batería, debes aprendé’ el compás, es lo precisante. Va.

–¿Y con qué grupos tocó?
–No, mira, no fue un grupo, fue una orquesta que quizá la haigas oído mentá’, se llamaba La Alondra Costeña.

–Sí, la oí tocar...
–Ah, bueno. Yo, de mi parte, duré 23 años pero con Sabino, pero cuando me invitaba mi pariente Criserio, el de acá, de Llano Grande La Banda, me iba yo con ellos, cuando no teníamos chamba aquí; o si no con los de acá de Guajintepé; si no, con los esto’ canijo’ de... Los Magallone’.

–¿Tocó con Los Magallones? Ellos se hicieron muy famosos, ¿no?
–Ándele. No, esos cabrone’ se dieron a resoná, es cierto... y todos los de mi grupo se murieron ya, ‘l’único que estoy vivo, yo, y Ifraín Flore’, pero Ifraín Flore’ no la hizo. En su cara se lo dijo un maestro: ‘Hay hombres que les nace de ser músico’, pero no tienen gracia; pero eso quiere gracia…’.

–También fue baterista Alfredo...
–Alfredo Colón, nomá’ que Alfredo se hizo egoísto con el dejunto Sabino, se apartó...

–Ya no quiso tocar con él...
–Ya no.


–¿Y qué canciones tocaban?
–Mira, puro’ danzone’... danzone’ y cumbia’, pero allí mandaban ello’ a pedí allá, a México, a la Casa Blanca, y ya venían escrita’...

–Las partituras...
–Exactamente...

–¿Leían notas?
–No.

–¿Quién de ellos leía?
–Este... ¿cómo se llamaba, hombre? José... no me acuerdo de qué José... porque había tres trompetista’: éste de aquí, que era Sabino; luego, uno de Guajintepé; y otro de acá, de... Sinforiano, se llamaba, pero este canijo era de Guaxaca...

–Los tres eran de fuera...
–Sí, nada más que supieron congeniá con uno, y por eso tardaron mucho tiempo aquí.

–De aquí era usté, ¿y quién más?
–Éramo’ siete, siete canijo’. Era yo, el de la batería; luego, el menta’o Sinforiano, que tocaba la trompeta; luego, un canijo de aquí, de El Terrero también, que tocaba la trompeta... así que éramo’ siete canijo’...

–¿Se acuerda de algún nombre de canción de las que tocaban?
–Ya ni me acuerdo, hermano, ya no me acuerdo...

–¿Y por qué dejó la música?
–Mira, te voy a decí’ la pura verdá’: a mí me fastidiaron los desvelo’, ¿sí? Lo único que tardé, fueron 23 año’, y yo se los dije claro: ‘Hasta aquí los acompaño, mano…’.

–¿Cuántos años tenía en ese tiempo?
–No me acuerdo, porque yo, ahorita, voy a cumplí’ en julio los ochenta... sí, pero, gracias a dios, mira, de lo que hice fui comprando mi’ becerrita’, y de eso me mantengo ahorita. Cuando salí de músico, allí yo trabajé mucho tiempo con el ara’o y con mi caballo; antonce’ no había líquido’, se chingaba uno con su caballo y su ara’o, va... Yo sembré cinco hectárea’, un año, de puro ajonjolí, y de allí me repuse; también sembré maí’ y frijol y chile...

–No se los bebió...
–Nooooo...

–Ya ve que el músico tiene esa fama...
–No, no hermanito, yo fui músico pero no fui borracho, ¿no? He oído yo esa palabra: ‘Borracho, parece músico’, dice. Le digo... a vece’ ‘toy cerca... le digo: ‘Te equivoca’, yo fui músico 23 año’ y yo no soy borracho, ni asinita no se me antoja la cerveza…’.

–La rubia que todos quieren...
–Antonce’ llegó la Superior, era la juamosa...

–¿Y en qué pueblos tocaron?
–¡N’ombre, nosotro’ dimos vuelta! Llegamos a tocá’ hasta Chiapa’... tocamo’ en todo’ esto’ territorio’...

–Otra fama que le achacan a los músicos es que agarran mujeres...
–De a chingo’. Esa suerte tiene el músico, de las mujere’, sí, pero es una tontera porque tu dinero lo echa’ a perdé’, ahí lo invierte’ en las mujere’. No, yo no fui tonto, hermano, yo, de lo que hice, es lo que ‘toy aprovechando, de ahí me estoy manteniendo ahorita, de mi’ vaca’.

–¿Y bailaba?
–No, la bailada no me gustó, mira, nunca me gustó, me gustaba está’ mirando.

–¿No conseguía novia bailando?
–No, yo conseguía novia pero no de músico, aparte, aparte. ¡No! El músico tiene la facilidá’ en la mano pa’ conseguí’ mujer. Es bonito sabé’ aprovechá’ lo que hace’ en tu juventú’; ya, de viejo, nomás lo está’ aprovechando... y cuidarlo, lo que hiciste’.

–¿Tuvo hijos?
–No, nunca tuve hijo’, tal vez dios nunca me dio hijo’.

–Y nunca se le hizo tocar el saxofón...
–No, ya me achoqué... era el mismo desvelo, sí.

–¿Y la batería, dónde quedó?
–Como era de madera, en esta casa que está ahí, ahí se chingó, guardada, le cayó el comején, y cuando... un tiempo la moví, se apachacó. La tarola sí, porque ésa... es el vaso de jierro... ahí la tengo todavía; también el cencerro, ahí está todavía... Sí, hombre, es una cosa bonita eso de aprendé’ de músico, nada más que en ese tiempo que yo anduve se ganaba barato.

–¿Y cuánto se ganaba?
–N’ombre, ‘taba baratísimo... 30 peso’ por tiempo, a cada individuo. Despué’ le subió el maestro, ya ganábamo’ 100 peso’ por tiempo. Si tocábamo’ noche y día, eran 200. Ya despué’ le aumentó... llegamo’ a ganá’ mil 500 cada cabrón. Que cuando salí, ya ganábamo’ 2 mil 500; en la última temporada que di, fuimos a tocar a Corralero, en un casamiento...

–Tocaban también en velorios, ¿no?
–Sí, nada más que en los velorio’, pura marcha’, pura marcha’...

–Ya ve que últimamente tocan de todo, en los velorios...
–‘orita sí, ‘orita ya no se oye como un velorio, parece que es fiesta. Sí, hermano, es una cosa bonita eso de andá’ de músico... mi papá fue músico también... [Se ríe]

–Eso de ser músico, ¿se nace?
–Ya se trae de nacencia, pa’ eso hay que tené’ gracia... ya te ‘bía dicho.


lunes, 9 de mayo de 2011

eXpo Arte Erótico, en Acapulqo

eXpo Arte Erótico

Programa de actividades

Viernes 13

21:00 hrs Inauguración

eXpo Arte Erótico

Abel Almenara

Areli Eunice

Aurelio Cortés Rely

Héctor Correa Maciel

Jesús Carranza

Miguelangel Sotelo

Sol Natividad

Tomás Eduardo Carrera

21:30 hrs Performance

Mi cama no es para dormir

Agrupación Teatral Ezcoria

22:00 hrs Música

Blues

Cinco en línea

Sábado 14

19:00 hrs Taller

Sexualidad

Irma Alcocer Arriaga

Psicóloga

21:00 hrs Literatura

Cuatro textículos eróticos

y una parábola de un hombre

que sabía coger

Eduardo Añorve Zapata

22:00 hrs Música

Blues

Copados

Domingo 15

15:00 hrs Taller

Erotismo

Alejandro Urióstegui Ocampo

Psicoterapeuta y sexólogo

17:00 hrs eXpo-Venta de Artículos Eróticos

Sex shop

21:00 hrs Literatura

Lecturas perversas

Charlie Punketo

Gabriel Brito

Iris García Cuevas

Javier Reyes

22:00 hrs Música

Percusiones africanas

Sabana Barrio

viernes, 7 de agosto de 2009

sábado, 1 de agosto de 2009

jueves, 21 de mayo de 2009

La cumbia y el bolero, continuum cultural de los afroindios de la Costa Chica



(Para leerse con música)

Al escuchar música doy un sentido a otro que no soy yo. La diferencia individual vivida en la comunidad. Luc Delannoy

Los valores de una copla

Por las blancas doy un peso,/ por las negras un tostón,/ por las indias no doy nada… canta una copla nuestra. Desde hace cientos de años, tal vez quinientos, una cosmovisión europea vino a dar valor a las personas en función del color de su piel y, aparentemente, de su raza. En la parte alta se colocaron ellos, los blancos; en medio, a los de color quebrado o negro u oscuro; al final, abajo, a los indígenas o indios. A principios del siglo XXI, esa cosmovisión vive entre nosotros, la reproducimos, reproducimos esta visión discriminatoria, la vivimos.

Búsqueda de lo negro o africano

Durante los últimos treinta años, en la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca –que inicia en Acapulco y termina en Huatulco– ha devenido un movimiento por reconocer y recuperar la historia y la cultura de origen africano. Estudiosos e individuos legos, frasteros y locales, curiosos todos, en pos de “lo negro” o “lo africano”, seguramente motivados por los estudios de Gonzalo Aguirre Beltrán (La población negra de México, 1946, y Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro,1958) y también, más cercanamente, en publicaciones como un artículo aparecido en el número 44 de la revista México Desconocido –julio de 1980, La escondida “miniÁfrica” mexicana–. Dos perspectivas que teñirán los conceptos de la identidad local: la auto percepción desde lo cotidiano y el reconocimiento desde la historia y la etnografía, desde fuera.

Lo negro, lo indígena, lo mestizo, lo afromestizo, lo afromexicano…

Seguramente la mejor elaboración del concepto de lo negro para los costeños es una atribuida al magnífico Álvaro Carrillo: Soy el negro de Costa/ de Guerrero y de Oaxaca;/ no me enseñen a matar/ porque sé cómo se mata/ y en el agua sé lazar/ sin que se moje la reata. Eso, en el año de 1954, antes del actual boom de lo negro-africano.

Aunque desde mucho antes, el Estado mexicano [cuya forma más perceptible es la educación] nos inculcó con insidia y malignidad que los costeños somos mestizos, cual la mayoría de los mexicanos, nacionalistas a cual más. Todo parece estar bien, excepto cuando eres el excluido y te discriminan; excepto que el concepto de “mestizo” aducido, enseñado y aprendido tiene una deficiencia: incluye sólo a españoles e indígenas y deja en lo oscuro a los negros, a los venidos de África. “¿Por qué nosotros no aparecemos en ese libro?”, criticaría, un tanto acongojado, Rey David, creador de un grupo de música que se nombra Yanga –nombre de un caudillo africano que consiguió tierra y libertad para él y sus cimarrones, en la zona del Cofre de Perote, a principios del siglo XVII–. “Mestizo”, pues, es discriminatorio por excluir esta vena o rama de origen africano.

Pareciera, por otro lado, pluriculturales como somos, que decir “indígena” en la Costa Chica es asunto sencillo; sin embargo, dando una ojeada rapidísima hacia el comienzo de esta interculturalidad de americanos, africanos y europeos (anoto, en función de su cantidad) sabremos que 1522 es el año de choque entre estos tres grandes grupos (blancos, negros e indígenas, anoto, en función de su importancia económica, militar, etc.), integrados por castellanos, yorubas y bantús, y por mixtecas, zapotecas, chatinas, nahuas, quahuitecas, amuzgas, huehuetecas, ayacastlas, tlapanecas, yopes o yopis o yopimes, acatecas, cintecas y tuztecas. Como se ve, los “indígenas” no solamente eran muchos en número, sino también eran diversos (desde los señoríos yopimes de Acapulco, hasta el mixteco de Tututepec; desde el palenque de La Sabana hasta el de Coyula: casi 500 kilómetros de longitud). De todas esas raíces venimos, más o menos. Y eso si no olvido a algunas, o las desconozco por ignorancia. No todos estos grupos sobrevivieron los siglos de genocidio y explotación europea, claro. Algunos investigadores hablan de que, en apenas cincuenta años, sólo pervivió el uno por ciento de la población indígena originaria.

En los años 80, los estudiosos del tema de la presencia africana en estas tierras recurrieron al concepto “afromestizos”, dando por sentado que somos un país de mestizos y poniendo énfasis en la que llamaron “la tercera raíz”, la africana. Todo bien, excepto que esa misma denominación puede utilizarse en peruanos, hondureños, ecuatorianos, colombianos y demás gentilicios, donde co-existieron, confrontadas, estas culturalidades. De ese modo, los académicos daban continuidad a la visión discriminatoria del Estado mexicano, pues el término “mestizo” elude la ubicación geográfica y, por ende, la política, tendiendo hacia una aparente conciliación, ficticia, que se le atribuye. Ahí está Vasconcelos, tutelado por el espíritu que hablará por “nuestra” raza, la cósmica. Y los modernos “encuentro de dos culturas”.

En los 90 se retomaron otros dos conceptos, con una carga política más precisa: “negro” y “afromexicano”; el uno, espectacular, sobre todo para los estadunidenses, que mucho lo promovieron y promueven; el segundo, local, discreto, sin mucha trascendencia. El primero también es discriminatorio, niega nuestra pluriculturalidad y nuestra interculturalidad. El segundo, es más justo, aunque artificioso porque no ha penetrado la visión del común pópulo, a quien pretende reivindicar.

Esta búsqueda de lo negro-africano ha dejado de lado un hecho: el gran mestizaje o mezcla en la zona ocurrió entre indígenas y africanos y sus descendientes. Por ello, conviene también comenzar a hablar de lo afroindio, porque ninguno de los tres grupos originarios de esta cultura costeña permaneció puro. Aparte, es un acto de justicia. A partir de este impactante choque, hablemos, pues, de los afroindios de la Costa Chica.


Cultura de exhibición contra cultura viva

Hay elementos culturales que pueden observarse cotidianamente en la Costa Chica, elementos que se comparten, independientemente de la lengua de cada pueblo, grupo o individuo y de los hábitos culturales particulares, que muchas veces son préstamos entre los pueblos, de los cuales no tenemos certeza de su origen. Ejemplifico: el telar de cintura es una tecnología indígena prehispánica y preafricana; sin embargo, en una zona algodonera como la nuestra, quienes también la practicaron profusamente, y la enriquecieron, fueron los descendientes de los esclavos negros africanos -muchos de ellos, vaqueros-; hace cuarenta años, en poblaciones a las que se les pretende capitales de la negritud como Cuajinicuilapa o San Nicolás, los hombres vestían los cotones y los calzones de manta -signos distintivos de los actuales “indios”- manufacturados por sus oscuras mujeres.

En fin, en esta búsqueda hemos llegado a fundamentalismos absurdos como la certeza del origen negro o africano de palabras, cosmovisión, creencias, conocimientos de magia y medicina, fábulas, formas de comunicación orales, ritmos, bailes y danzas, comida, etc. Difícil, dificilísimo, muy, muy difícil. Es posible, tal vez, identificar zonas donde se puede vislumbrar el origen, pero el asunto sigue siendo complicado. Como resultante de esta búsqueda se ha puesto demasiado énfasis en formas culturales como el baile de los diablos y los vaqueros o el toro de petate, la chilena, la artesa, los versos, el corrido, etc. Craso error, grueso, gordo y espeso error. Reduccionismo, pues. Limitación. La Costa Chica es mucho más.

Se ha creado, con esa inercia, una “cultura” negra, afromestiza o afromexicana de exhibición, para probar a propios y extraños un supuesto origen o pasado o pertenencia. En ese viaje se ha olvidado que ese es sólo un estrato limitado de nuestra cultura, que la cultura de la Costa Chica no se agota allí. Y que lo que unifica a tantos individuos es la cultura viva. Es un estrato más rico, más diverso, más incluyente. Por ahora, sólo me referiré a un aspecto, la música costeña, y de ella, a la cumbia y al bolero.

La cumbia y el bolero unifican a los costeños e invaden el Altiplano

Aunque para algunos cumbia es voz africana que significa fiesta, jolgorio o fandango, hay quien afirma que era el nombre de la música que mulatos y mulatas bailaban entre sí o que aquellos enseñaban a las indias a bailar, ombligo contra ombligo [como la recién moderna lambada, del norte de Brasil, otra zona de negros], “cargándola montada”, a mediados del siglo XVII y a lo largo del XVIII en la zona del actual estado de Veracruz, baile por el cual eran perseguidos y castigados, hecho que los obligaba a internarse en el monte y realizar, escondidos de la moral religiosa española, sus fandangos que, además, aderezaban con tabaco y aguardiente.

[Leerse con Cangrejito playero] A principios de los años setenta del siglo pasado, un grupo de indígenas chaparros y gordos armó una revolución que inició en Acapulco, se diseminó por la Costa, incendió todo el país y se desparramó por el continente. En principio, ellos fueron productores de sus propios discos, es decir, hicieron una mala grabación de algunas de sus canciones, llevaron las pistas al DF para que les maquilaran un disco LP, cuyos acetatos vendían durante los bailes que amenizaban, hasta que una de las compañías disqueras grandes se los apropió y los contrató “en exclusiva” (ganaron dinero de verdad: en esos tiempos, los mejor pagados en el ámbito cobraban hasta 25 mil pesos por presentación, en tanto ellos llegaron a cobrar hasta 100 mil pesos). Y dejaron de ser independientes, a costa de la fama y el dinero. “Eran descuadrados, desentonados, desafinados y cada quien terminaba como Dios le daba a entender”, escribió un crítico del Altiplano Central sobre el famoso Acapulco Tropical, los famosos Monstruos del Trópico, entre quienes se cuentan Walter Torres, Lauro Navarrete, Elder Torres y Margarito García. A pesar de ello, el Acapulco Tropical llevó la cumbia a ser escuchada por millones de oídos y a mover infinidad de culos con sus sosas cumbias. Y también los llevó a ser imitados. Eran algo insólito: un ritmo diferente.

En las antípodas de la epopeya del Acapulco Tropical se puede situar a La Luz Roja de San Marcos, en el terreno musical, claro está. [Entra Charanga costeña, en versión de este grupo, con Aniceto al acordeón, un poco más lenta que en la suya propia]: A mediados de los setenta, Aniceto Molina se integró, con todo y sus dos acordeones, a La Luz Roja, y ambos llegaron a una de las cimas más altas y prolongadas de la cumbia costeña, creando un estilo que llamaron colombia-mexicano. Vendieron y siguen vendiendo discos, tanto cantando cumbias como boleros costeños, de composiciones propias y ajenas, ahora CD o DVD, haciendo bailar a indios, negros y blancos, es decir, a todo mundo, aquí y allá. Incluso, conjuntos mixtecos y amuzgos, por ejemplo, cantan en sus propias lenguas estas canciones, estas cumbias, dándoles toques particulares, pero siempre imitando esta línea. Curiosamente, en este grupo se dan la mano nuevamente Sudamérica y La Costa Chica, como en la época de auge y poderío de la Nueva España, cuando se crea la chilena, emparentada con la zamacueca. En Charanga costeña, amén del ritmo y otros aspectos musicales, encontramos palabras específicas, muy dichas y escuchadas por nosotros: fandango, costa, charanga, pachanga, charangueando, ganga, que aluden a nuestra vida cotidiana, a pesar del localismo “mula” por muleta.

[Es momento de puchar El poquilín] En Huajintepec, en 1973, Higinio Peláez agrupó a varios músicos excelentes con el nombre de Los Multisónicos de la Costa. Durante mucho tiempo, el disco que ellos grabaron (nombrado significativamente Fandango Costeño, 1975) fue el único en el cual aparecían chilenas. Allí se incluyen algunas joyas de nuestra música, como El santo seco, La mosca coqueta, El palomo, Bonito Huajintepec, El alingo-lingo y El son, además de El poquilín, obviamente. Riqueza de metales, saxos y trompetas. Una tarola incisiva, precisa y redoblante, con su respectivo cencerro. El bajo moviéndose, discreto, al fondo. ¿Y la guitarra? Un güiro confuso, pero notorio. Una cadencia pausada, indiana, muy incitante a mover la patita y todo el cuerpo frente a alguna morena o negra o india o guanca o güera o blanquita o lo que fuere. A más de treinta años, esta composición de Juan Morales, El poquilín, sigue dando candela a las fiestas, a veces en su estado de pureza original, a veces oídopulado por un sonidero local o hiphopeado por algún rapero: en cualquiera de estas formas, El poquilín es, sigue siendo, será. Borra las diferencias, y sólo importa moverse, dejarse llevar por esas delicadas cadencias.

Música de fusión, la de los primeros Multisónicos, como la de Los Magallones, los del Conjunto Magallón, los del estilo huehueteco, Los más gallones de la Costa Chica, quienes recuperaron piezas viejas y las rehicieron, nos las devolvieron otras para hacerlas nuestras, como El Cuararé o Tortuga del arenal.

En esta universalización de lo local, en ese proceso de globalización desde la periferia hacia el centro, José Barette y su Grupo Miramar tienen su nicho apartado, en uno de los lugares más altos del tapanco costeño [A estas alturas, el órgano y la batería, y la sutil guitarra, ya nos introdujeron a la nostalgia de Una lágrima y un recuerdo]: La pretensión de este grupo de parecerse a los grupos musicales del centro y el norte, modernizados con aparatos eléctricos y sonidos suaves, propios de la llamada balada, no los hace desprenderse de ese modo de cantar, de ese lloriqueo en la voz para mejor convencerse, por verdadera actuación, del dolor propio y convencer al escucha de la veracidad de ese dolor, cantado en esta vez a una “bella y falsía mujer”, a la que se le alaba y denosta, para conquistarla por reconvenimiento o regaño. El bolero costeño, otro modo de respirar del paisano, hermano sufriente de la cumbia, a pesar de los adornos propios de esa época y delatados en la pretensión de un órgano tenue y arrastrante o en el golpeteo de una batería de muchos tambores, de lágrimas y recuerdos (¿A poco nomás somos de uno?). El bolero costeño, desde el mar, desde Oaxaca, conquistando la Costa, el país, la América. Y como sello distintivo, el localismo que se le suelta al cantante: mamita. Era 1978.

Estoy sufriendo por ti, es el título [y se sospecha que ya la estamos escuchando]. Emiliano Gallardo, el compositor. Los Cumbieros del Sur, el conjunto. Aunque tuvieron muchos éxitos y difusión en los setenta, no sólo en nuestra región sino en el país y el continente, esta canción es una de las más logradas del bolero costeño. Fue compuesta y grabada en 2003, hace cinco años, y es una de las canciones más escuchadas en la Costa Chica. En ella se condensa un trozo de poesía, emparentada con la copla tradicional, con la copla antigua que todavía perdura y nos muestra su belleza y sabiduría: “Si algún día llego a morir/ y muerto quieras mirarme,/ ya muerto yo, ¿a qué vienes/ si en vida me despreciaste?// Si amor tú me vas a dar,/ dámelo ahora que estoy vivo,/ ya muerto yo, ¿a qué vienes?/ Ni me llores, te lo pido.” Belleza y poesía, por la hondura del sentimiento expresado, por la certeza de la enseñanza vital, con la concisión de los versos, y la voz del hombre que no llora pero que parece llorar.

Al final, “desde Cuajinicuilapa, Guerrero”, como dice Esteba Bernal en la introducción, Me voy pa Carolina. ¡Súbele el volumen! De nuevo, en este nuevo siglo, en un pueblito de nombre San Nicolás, un hombre, El-del-Acordeón-Arrecho, como le gusta llamarse y ser llamado, compone una cumbia y continúa la revolución que involucra a unos y otros, a propios y extraños. Es la culminación de un proceso, sospecho, que pudo incluso revivir a seis conjuntos musicales con el mismo nombre: Mar Azul. No bastó un solo conjunto para tanta gente, la de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca y la de la Costa Chica de las Carolinas, de Illinois, de Atlanta, de California, de Estados Unidos, del Norte. Más allá de las enseñanzas, de la anécdota, de los tantos saludos, de los tantos Mar Azul, la cumbia (de la mano del bolero) sigue moviendo los cuerpos, los espíritus, las sombras, los tonos de los costeños, dando continuidad e uniformidad a un movimiento que rebasa a los individuos y sus nombres, a sus colores o tipos de nariz y pelo, de sus lenguas, de sus edades y sexos.

Estamos ante una cultura viva que no solamente ha sido dominada y ha resistido, sino que ha tenido momentos de avasallamiento sobre otras, las dominantes. ¿A poco ninguno aquí ha bailado esta música?