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sábado, 12 de marzo de 2011

Parece de Mark Twain

  • Juan Gelman

    2011-03-12•Fronteras

El soldado Bradley Manning, analista de inteligencia acusado de filtrar documentos confidenciales y secretos del gobierno de Estados Unidos —a WikiLeaks, por ejemplo— está preso desde mayo del año pasado, siempre en confinamiento solitario, ahora en el centro de detención naval de Quantico, Virginia. Encerrado 23 horas cada día en un calabozo de 2 por 4, a principios de este mes fue obligado a permanecer desnudo de pie frente a su celda al menos 7 horas desde las 5 de la mañana. El teniente Brian Villiard, vocero del cuerpo de marines, insistió en que no podía aclarar públicamente por qué le habían quitado la ropa. Declaró a los periodistas: “Eso significaría violar la privacidad del detenido. Sería inapropiado” (www.nytimes.com, 4-3-11). Qué delicadeza.

La situación de Manning no es pasible, sin embargo, de convertirse en un cuento de Mark Twain. La única hora que no está en el calabozo es llevado a una habitación vacía en la que puede caminar, no correr. Le está prohibida la posesión de efectos personales y debe dormir en paños menores: según la explicación oficial no es una medida punitiva, así ocurre para impedir que se suicide. Sólo que sus guardianes no le quitan la vista de encima, la vigilancia es permanente.

David House, uno de sus escasos amigos, pudo verlo en una de las raras visitas permitidas y encontró que “el joven inteligente de ojos grandes parece a veces catatónico y tiene muchas dificultades para mantener una conversación sobre temas cotidianos… Para mí fue como ver a un excelente amigo sucumbir a causa de una enfermedad. Pienso que lo castigan porque el gobierno quiere quebrarlo con vistas al proceso”. Lo juzgará una corte militar y a los primeros cargos se le acaban de sumar otros 22, entre ellos, el de “ayudar al enemigo”, delito que únicamente se salda con la pena de muerte.

Esta calificación no se basa en disposiciones jurídicas, sino en razones políticas. Suele ocurrir. La actitud de la Casa Blanca recuerda la del ex presidente Richard Nixon: propinó a Daniel Ellsberg, quien filtró los papeles del Pentágono que revelaron en toda su magnitud los crímenes de guerra estadunidenses cometidos en Vietnam, la definición de difusor de documentos “que dieron ayuda y fuerza al enemigo”. Eso sí, la justicia civil no lo condenó a cumplir pena alguna y nunca lo obligaron a estar de pie y desnudo durante horas.

Este Obama. A Nixon nunca le gustaron “los soplones”, como él decía, pero el actual mandatario los elogió en el 2008 señalando que quienes filtran documentos del gobierno “son parte de una democracia saludable y se los debe proteger de represalias”. Claro que estaba en campaña electoral, la misma en la que prometió cerrar el centro de detención de Guantánamo en un año como máximo. El lunes pasado, tras dos años de suspender la medida, ordenó que la justicia militar vuelva a procesar a los allí detenidos. Esa cárcel sigue encarcelando.

Se le achaca a Manning el haber filtrado a WikiLeaks decenas de miles de cables diplomáticos que le han creado incomodidades internacionales a la Casa Blanca y, sobre todo, una profunda irritación. El video “Asesinato colateral” forma parte de esos documentos. El sitio de Assange lo dio a conocer el 5 de abril del 2010 y muestra una masacre: dos helicópteros Apache tirotean a vecinos de un suburbio de Bagdad y dan muerte a 12 civiles y dos empleados iraquíes de la agencia Reuters.

“Ví cómo baleaban a mi abuelo, primero en el pecho y luego en la cabeza. Después mataron a mi abuela”, testimonia Eman Waleed, un niño de 9 años que sobrevivió a la matanza (www.time.com, 19-3-06). Ninguno de los responsables mediatos o directos ha sido juzgado hasta el momento y han pasado más de cinco años. Un piloto norteamericano declara impertérrito en la filmación: “La culpa es de ellos, por llevar a chicos al combate”. En la empresa “antiterrorista”, el que comete un crimen de guerra la pasa mejor que el que lo denuncia. Hasta lo condecoran.

Manning —según un chateo de origen no verificado— filtró el video y otros materiales porque le repugnaba la ferocidad impune de sus compatriotas combatientes y cuando la criticaba ante sus superiores “ellos ni querían oír hablar de eso” (www.guardian.co.uk, 4-3-11). Entendió que su manera de evitar la complicidad con los crímenes de guerra que se perpetran en Irak, Afganistán y hoy también en Pakistán era dar a conocer una información que promoviera “la discusión en todo el mundo, el debate, las reformas”. Como consecuencia, el rey desnudo lo desnuda.

Milenio Diario

viernes, 11 de diciembre de 2009

Del héroe gringo que liberaría a los afromexicanos

El premio Nobel de la Guerra
La guerra es la paz era uno de los tres lemas de la implacable dictadura planetaria presidida por un personaje simplemente llamado El Gran Hermano, que imaginó el escritor británico George Orwell a mediados del siglo pasado en su novela1984. Un postulado muy semejante pronunció ayer el presidente Barack Obama al recibir el premio Nobel de la Paz en la capital noruega, en una ceremonia magna y solemne que no bastó para menguar el azoro de amplios sectores de la opinión pública mundial que asistieron a la conversión de esa presea en una exaltación de virtudes guerreras.
En la circunstancia, Obama, comandante en jefe de un abrumador aparato bélico que durante ocho años ha causado miles de muertos inocentes entre las poblaciones de Irak y de Afganistán, buscó justificar la insólita incongruencia de haber recibido el galardón mediante piruetas conceptuales, mentiras llanas –como en el caso del aserto de que Estados Unidos nunca ha peleado una guerra contra una democracia, como si no hubiesen sido actos de guerra las sangrientas intervenciones de Washington contra las presidencias democráticas de Francisco Madero, en México; de Jacobo Árbenz, en Guatemala, y de Salvador Allende, en Chile, por citar sólo tres casos en América Latina– y una oratoria brillante, pero carente de sentido.
Y es que no hay forma de disfrazar a la población afgana, regularmente masacrada por las fuerzas aéreas de las naciones ocupantes, como equivalente moderno de las huestes hitlerianas; argumentar que la presencia bélica de Estados Unidos en Irak es una medida defensiva o que la proyección militar de Washington en diversas regiones del mundo corre pareja con una preocupación por la defensa de los derechos humanos, cuando Obama, quien está próximo a cumplir un año en el cargo, no ha conseguido ni siquiera el cierre del campo de concentración establecido en Guantánamo por su antecesor.
No hay escrúpulo posible en la mención de figuras como Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela como justificaciones para la sórdida y violenta historia del intervencionismo estadunidense en el mundo, y menos aún como inspiradores de las guerras de rapiña que el gobierno de Obama heredó de la administración pasada y que mantiene y agudiza hoy día.
Hasta ayer, el presidente Obama se había mantenido ajeno, en sus discursos, a la sistemática distorsión de valores éticos y de hechos históricos. Pero, al recibir un premio de paz defendiendo la pertinencia de la guerra, y en concreto de guerras neocoloniales y depredadoras que no garantizan la seguridad nacional de nadie, sino que sirven para generar oportunidades de negocio a los aparatos industriales, comerciales y financieros de los países atacantes, el mandatario exhibió la magnitud de su abdicación frente a los intereses de tales aparatos y la continuidad, en Estados Unidos, de las principales distorsiones introducidas por la administración Bush en la concepción y la práctica del derecho internacional, los derechos humanos y la justicia.
En suma, en casi un año de ejercicio del poder, Obama no ha podido o no ha querido convertir en hechos las singularidades positivas de su figura política –parcialmente afroestadunidense, liberal, antiguo activista social comprometido–, singularidades que generaron desbordadas expectativas de cambio, tanto en territorio estadunidense como fuera de él. Por lo contrario, ante el Comité Nobel de Oslo se presentó un hombre moralmente derrotado que ha empezado a asumir los argumentos chovinistas y mentirosos de quienes eran –se suponía– sus adversarios, discurso con el que a todo lo largo el siglo XX y en la década actual se ha pretendido dar un barniz de respetabilidad a una trayectoria nacional de saqueo violento del mundo y a una hegemonía que se traduce en esquemas de dominación ignominiosa de otras naciones.
Por otra parte, la decisión de los académicos noruegos de entregar a Obama una suerte de Nobel preventivo que habría de contribuir a reforzar las tendencias antibélicas en el poder público de Estados Unidos, se ha revelado como profundamente equivocada; por el contrario, el premio ha significado una suerte de permiso para matar, es decir, una espléndida coartada con la cual el jefe de Estado de la superpotencia podría justificar cualquier acto de guerra y de barbarie en nombre de la seguridad nacional, la promoción de la democracia o, simplemente, la paz.
Tomado de La Jornada (11 de diciembre de 2009)