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lunes, 23 de noviembre de 2020

LOS "NEGROS" DEL PODER

Veo una publicación en Facebook y la curiosidad, el morbo, me impele a buscar el video-reportaje de la Agencia Xinhua sobre una «organización [que] se encarga de fortalecer al pueblo afro mexicano en cuestiones culturales, políticas y económicas,  en especial a las mujeres en el sureño estado mexicano de Guerrero».

Inicio a mirarlo; apenas transcurren algunos segundos y lo detengo. Me irrita. Me aburre, ya, este tema. Me molesta tanta condescendencia, me irrita tanto servilismo o falta de crítica… ¡Qué digo! Me abruma tanta falta de sentido común en ese periodismo. La pretensión de actuar de manera correcta produce monstruos. El video se titula Iniciativa para apoyar a las mujeres afro mexicanas en Guerrero.



Es un video para promover algunas actividades recientes de una organización de mi pueblo, Mano Amiga, A. C. Inevitablemente pienso en su creador, el profesor Silvio Jiménez Lugo, un político fallecido hace algunos años, hábil estafador, cuya zalamería le ganaba adhesiones de la gente, de los ciudadanos, de los votantes. Tenía una clientela política abundante y fiel. Era un líder. Fue síndico procurador de Cuajinicuilapa, aunque nunca pudo ser presidente como aspiraba. Oriundo de Ometepec.

Silvio no hablaba de los negros, ni de los afromexicanos; incluso, se sabía que él y su mujer (maestra también) tenían una opinión negativa de los negros de Cuaji. Un día descubrió que el movimiento político que iba en crecimiento era el de la multiculturalidad, y le dio ese sesgo a su asociación civil, la lucha por los derechos de los afromexicanos, de los negros, y en ese camino coincidió con los hermanos Gallardo, maestros también. Es probable que estos hermanos, sus amigos, lo indujeran en esa vertiente de “la lucha social”.

Ahora, a Silvio no se le recuerda por ese activismo a favor de los afromexicanos (incipiente e ingenuo, por cierto), sino por el desfalco de millones de pesos que cometieran él y otras líderes del municipio, con la complicidad del político priísta Nabor Ojeda (cuya operadora en ese programa fue la también profesora Nicolas Peláez), consistente en cobrar 850 pesos por un paquete de materiales de construcción a miles de personas de este municipio y de otros aledaños, tanto de Guerrero, como de Oaxaca, los cuales nunca les fueron entregados a los llamados “beneficiarios”. Este enjuague se utilizó para “ganar” votos para el perredista Vicente Cortés Rodríguez, quien competía por la presidencia municipal. El maestro Silvio siempre negó que hubiera cometido fraude, y aseguró que se devolverían los dineros o se entregarían los paquetes, pero eso no se cumplió.

Precisamente, el profesor Benigno Gallardo de la Rosa también descubrió el potencial político de la bandera de los derechos de los pueblos negros (después se acomodaría al concepto afromexicanos) y con su hermano Gonzalo Gallardo García emularon el movimiento negrista de la Costa de Oaxaca, fundando sus propias organizaciones y coaliciones para, también, procurar la defensa de los derechos de los pueblos negros, sin mucho conocimiento del asunto.

Desde su Movimiento Nacional Afromexicano, Benigno, proveniente del Partido Alianza Nacional, saltó a ser consejero nacional de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, representando al estado de Guerrero, por designación del gobernador el estado, a principio de la década de los años 10 de este siglo.

Para llegar allí, Benigno tuvo que pelear, incluso, contra otros “líderes” del movimiento afro en la Costa Chica, quienes lo veían como un arribista y oportunista, y quien podría desplazarlos, como lo hizo, finalmente. Uno de sus oponentes fue el profesor Sergio Peñaloza Pérez, de Cuajinicuilapa, a quien Benigno acusó de beneficiarse con recursos que deberían destinarse a programas sociales y apoyos a los pueblos afromexicanos de la Costa Chica; Sergio actuaba en complicidad con María Elisa Velázquez, del INAH, designada como representante de México ante la UNESCO en las actividades de la Década de los Afrodescendientes.

«Por eso no querían que yo llegara, porque les iba a descubrir todas sus chanderas», dijo Benigno, al respecto, y se refirió a millones de pesos, que fueron desviados para beneficio personal, aunque no dio más detalles y prometió que los daría.

Acompañaba a los hermanos Gallardo, incluso como antagonista de Sergio Peñaloza, el cuileño Bulmaro García Zavaleta, quien retomó la bandera de la defensa de los derechos de los pueblos negros, afromexicanos, desde ese cascarón que era la fallida Universidad de los Pueblos del Sur (Unisur), consiguiendo ser empleado para las actividades preparatorias del conteo de población que realizara el INEGI en 2015, donde se incluyó una pregunta sobre la adscripción de esta población. Incluso, participó en la organización logística de varias consultas sobre esos derechos.

Pero la suerte lo llevó a ser designado como subsecretario de Asuntos Afromexicanos del gobierno estatal por el perredista (en ese momento) Ángel Heladio Aguirre Rivero. De esa época se recuerda en Cuajinicuilapa que a la Unisur le hicieron donaciones de vehículos (dos camionetas, que utilizaban sus hijos, un músico y la actual diputada por el XV distrito local, Perla Xóchitl), que “bajaron” recursos para apoyos de los pueblos afromexicanos, negros, de esta zona, pero que estos nunca recibieron, sino que se quedaron en familia; así como donaciones en especie (cámaras de video y de fotografía profesionales, etc.). Recientemente apareció en el escenario nacional, al formar parte silente del elenco que le entregó al presidente López Obrador el bastón de mando, en representación de los pueblos indígenas.

Al final, en los últimos cinco años, estos oponentes se perdonaron y decidieron actuar y repartirse los recursos y los cotos de poder o, cuando menos, no estorbarse, aunque no siempre cumplieron el pacto, porque Bulmaro y Sergio se pelearon por los recursos que les dieron para acudir al encuentro de pueblos negros en Múzquiz, Coahuila, y en otros actos de esos grupos y otros del país. Y Benigno, como por arte de enjuagues, heredó el cargo de Bulmaro, y ahora funge como subsecretario de Asuntos Afromexicanos del gobierno del estado, y “se toma la foto” con su “hermano” Sergio.

Sergio Pedro Peñaloza ha “caciqueado” a la organización que le heredara el tobaguense Glynn Jemot, México Negro, A. C., la cual inició como una asociación que luchaba por combatir la pobreza, el desempleo, la falta de servicios de salud pública, de educación de los pueblos negros de la Costa Chica y las que dieron en llamar tradiciones culturales. En algún momento, la funcionaria María Elisa Velázquez se ufanaba en llevar a este cuileño a viajar, con dinero del erario, por varios países, como Brasil, representando a sus paisanos, haciendo “turismo étnico”, usurpando una representación que la gente de su pueblo, de los pueblos negro-afromexicanos nunca le dio. Incluso, ni la gente de su pueblo, ni de su barrio, lo apoyó en su pretensión de ser candidato independiente a la presidencia de la República… por los afromexicanos.

Y el episodio más reciente en su trayectoria como líder afromexicano-negro fue la irónica designación que hiciera el gobierno del estado de Guerrero, al otorgarle el premio “Cuauhtémoc” al mérito civil: «Por primera vez en la historia de Guerrero, en este año en el marco de la conmemoración del 171 Aniversario de la Creación de nuestra Entidad Federativa, se otorgará el Premio al Mérito Civil “Cuauhtémoc” a un hermano Afromexicano Pedro Sergio Peñaloza Perez [sic], Presidente de la Organización México Negro A.C. Un merecido reconocimiento a toda una vida de lucha por la visibilización de los derechos y la cultura del pueblo Afromexicano. Nuestra Constitución Local de Guerrero desde hace varios años ya tiene tuteados los derechos del Pueblo Afromexicano, equiparados con los derechos de los Pueblos Indígenas», escribió el secretario de Asuntos Indígenas y Afromexicanos. [Se respeta redacción.]

Estos tres activistas que han enarbolado la bandera de la defensa de los derechos de los pueblos afromexicanos nunca han tenido base social, sino que ésta ha sido escasa, y sí han tenido el rechazo o la apatía de la población que dicen representar ante sus acciones. A menos que den dinero. Es irónico, porque el profesor Silvio, cuando menos tenía gente. Pero las argucias de los poderosos para seducir y cooptar este movimiento son numerosas, y si esa camada de negros ya va de salida, otros más jóvenes, más “preparados” están sustituyéndolos, tal vez porque el botín no se agotará en los próximos años.

En realidad, son procesos que los pueblos deben vivir antes de arribar a la conciencia de sus derechos humanos fundamentales, organizarse y emprender una lucha genuina, colectiva, comunitaria y efectiva por los mismos, por su cultura y sus tradiciones, por su entorno ecológico y por su propia historia, purgada de espurios.

PS: «Negro, en su acepción literaria, es el que hace trabajos anónimamente en provecho y lucimiento de otro, que pone la firma. La expresión es de origen francés —los ingleses usan el término ghostwriter, escritor fantasma— y surgió con la producción en masa de folletines en el siglo XIX, cuando se empezó a llamar négrier —negrero— al que firmaba y nègrenegro— a quien escribía». Tomado de la revista Muy interesante, de España.


[Eduardo Añorve · Cuajinicuilapa de Santamaría · 15 de noviembre de 2020]


lunes, 15 de noviembre de 2010

Aran Shetterly, así se hacen los chismes...

Tomado de la Revista Cronopio (http://www.revistacronopio.com/?p=3010&cpage=1#comment-1729)Periodismo

Posted by admin on October 10th, 2010


NEGRO EN MÉXICO: LA OTRA CARA DE LA MEJICANIDAD

Por Aran Shetterly*

¿De dónde venimos?
¿Qué somos?
¿Hacia dónde vamos?
(Paul Gauguin).

Me senté en la sombra, bajo una palapa y esperé al bote-taxi que me habría de llevar desde el pequeño pueblo de Zapotalito, a través de las lagunas de Chacahua, al pueblo, incluso más pequeño, de Chacahua, que se extiende entre los manglares del borde de la costa pacífica mexicana. Justo al lado del endeble muelle de madera, aves fregata acosaban pelicanos, esperando apropiarse de peces.

El bote apareció a la vista y, momentos después, el zumbido del motor alcanzó mis oídos. Cerca de 10 metros desde la orilla, el piloto cortó el poder, levantó el aparejo y encalló en la playa. Un hombre saltó del bote, descalzo, llevando unas viejas bermudas amarillas de surf y una camiseta. Un afro completo se englobaba bajo su gorra de béisbol.

Cargué mi mochila en el bote y me senté en un travesaño mientras el chofer nos sondeaba hacia aguas más profundas. Volviéndome a mirar hacia Zapotalito, lo observé mientras sumergía el motor fuera de borda en las aguas turbias.

«¿De dónde eres?» Pregunté.
«De Cuba»
«¿De Cuba? ¿Cómo terminaste aquí?»

El hombre rió. «Un barco de esclavos naufragó junto a la costa. Algunos de los esclavos lograron llegar a la playa. Hemos estado aquí desde eso.»

Haló el cordón, el motor rugió y yo sostuve mi sombrero mientras el bote alcanzaba velocidad y se dirigía hacia los canales laberínticos de la laguna, dejándome en mis cavilaciones sobre cómo un barco cubano de esclavos había llegado a la costa oeste mexicana.

UNA POBLACIÓN POCO CONOCIDA
Pocas personas, incluyendo a la mayoría de los mexicanos, se dan cuenta de que una población significativa de mexicanos negros vive a lo largo de la «Costa Chica» de México que se extiende desde justo al este de Acapulco bajando hasta Huatulco, en el estado de Oaxaca.

Si uno piensa en Afro-Mexicanos, tiende a hacerlo respecto a Veracruz, en la costa del golfo del país.

El mayor puerto del Caribe mexicano, Veracruz, es conocido por su carnaval, por el danzón cubano y por un guerrero africano del siglo XVI, llamado Yanga, quien estableció un pueblo negro libre en las montañas de la zona.

Y, sin embargo, la población negra de la costa oeste es significativamente mayor, a pesar de ser menos estudiada o comprendida, debido, al menos en parte, a su aislamiento geográfico.

De acuerdo con el académico norteamericano Bobby Vaughn, «Mientras que la población contemporánea de negros mexicanos es muy pequeña en Veracruz comparada con la de Costa Chica, el discurso sobre la negritud en Veracruz es dominante. Veracruz es contemplado por la imaginación popular mexicana como un estado negro y, si bien esto se debe en parte al legado del esclavismo en Veracruz, esta imaginación se origina más en un intercambio cultural ocurrido con Cuba durante el siglo XIX.»

La historia hispánica de México como importador de esclavos es a menudo opacada por el número de africanos vendidos como trabajadores en el Caribe, los Estados Unidos y Brasil.

Hasta 1650, sin embargo, hubo más esclavos africanos en México que en cualquier otro lugar de las Américas. Y, más sorprendentemente aún, Vaughn propone que la población hispánica radicada en México no superó a la de africanos hasta 1810.

Esta historia es estudiada por sólo un puñado de académicos amateur y profesionales, curiosos sobre el rol jugado por los africanos en México. Muchos mexicanos saben que el segundo presidente del país, Vicente Guerrero, era de ascendencia africana. Igualmente lo era José María Morelos, el héroe nacional que luchó y murió por la independencia mexicana frente a España. Pero, incluso así, la realidad cotidiana de lo que significa ser negro en la Costa Chica permanece en gran medida ignorada por los mexicanos no-negros y, de igual manera, por muchos mexicanos negros.

RAÍCES DESCONOCIDAS
Mientras recorría las sendas de Chacahua, vi gente de todos los matices, desde bronceado claro hasta chocolate oscuro. Vi cabellos lisos y afros y todo lo intermedio entre éstos. Casi todos, sin embargo, incluso aquéllos que podían pasar por mestizos (el término más común para la mezcla entre indígena mexicano y español) se identificaban como «morenos» o «negros».

Al preguntar sobre la historia del pueblo y su gente se me dijo, «Tienes que hablar con los de los viejos tiempos.»

Mientras el ocaso se asentaba, observé una mujer vieja sentada en una silla en su patio de tierra bien rastrillada. Su sencilla casa de madera se levantaba detrás de ella y, a su lado, ardía un fogón de leña.

«¿Desde dónde vino la gente de Chacahua? Le pregunté.
«Pues, hubo un accidente de avión en los 1950» repuso ella.
¿Era esta historia un ‘non-sequitur’ o una versión moderna de la historia del barco de esclavos?
«Pero, por qué es así su pelo?»

Ella alargó la mano y se tocó las puntas blancas de su afro. «No sé por qué es mi pelo así. Soy mexicana».

UNA CUESTIÓN DE CONCIENCIA

Cuando el padre Glyn Jemmott escucha estas historias narradas por mexicanos negros, para explicar (o no explicar) su presencia en México, un gesto de dolor cruza su rostro.

«No es sólo ignorancia», dice, «Están aferrándose a un mito que se les entregó como un modo de racionalizar y reformar el pasado. La parte enfermiza de la broma es que lo aceptan. Pero, —y aquí concede una cualidad posiblemente subversiva a los mitos—, cuando un hombre negro se encoge de hombros, ¿qué tanto es indiferencia y qué tanto supervivencia?»

Jemmott es de Trinidad. Fue ordenado Sacerdote Católico Romano en 1977. Vino a Ciudad Oaxaca a principio de la década de 1980 y poco tiempo después visitó Pinotepa Nacional, una capital municipal en la esquina suroeste del Estado de Oaxaca.

Cuando vio a toda la gente negra que allí vivía, se dio cuenta de que era allí donde estaba destinado a ser ministro. «Tenía que estar allí,» dice.

El Padre Glyn, como es conocido entre sus feligreses, fue enviado a ser el sacerdote parroquial de la pequeña y polvorienta aldea de Ciruelo. Llevó allí no sólo su fe, sino una creencia en la identidad pan-africana y en la justicia social. Ha dedicado los últimos 22 años de su vida a las necesidades espirituales de sus feligreses y a nutrir las llamadas incipientes hacia la justicia en estas comunidades rurales empobrecidas y aisladas.

A fin de lograr estos dos últimos objetivos y para aumentar la conciencia general sobre la población negra de México, creó una organización llamada México Negro. Este apelativo enfatiza la «africanidad» de la gente, más que su mestizaje. La «negritud», afirma él, existe en México.

«La cuestión de la justicia es básica en este tema. México no puede negar la igualdad y el reconocimiento», dice. Explica que no hay estadísticas gubernamentales sobre la población negra, no hay opciones de apropiarse de esta identidad en el censo (y por consiguiente no hay forma de determinar, con ningún grado real de precisión, el tamaño de la población). Esto, dice él, es un «juicio sobre África y la africanidad que no está siendo reconciliado [con la identidad mexicana.]»

La historia convencional de la fundación del México moderno enfatiza la mezcla de españoles y mexicanos indígenas que forjó la identidad «mestiza». El padre Jemmott cree que la dualidad de este mito hace más fácil excluir a todos aquellos que no encajan en el modelo; hacerlos invisibles, incluso, a veces, para ellos mismos».

Una sonrisa irónica curva los bordes de su boca mientras bromea sobre el héroe nacional, José María Morelos, «[él] no puede quitarse su pañoleta porque mostraría su pelo crespo».

«Las gentes indígenas de México han dicho «No hay México sin nosotros». Los negros no han podido decir esto». Jemmott cree que hay una cohesión interna en las culturas indígenas que se desarrolla como liderazgo interno.

Jemmott espera que México Negro ayudará a crear el tipo de unidad que produce líderes que continuarán y extenderán el trabajo que él ha comenzado. Cada marzo la organización celebra un encuentro de los pueblos negros. Las gentes del área son invitadas a celebrar su herencia y a pasar tres días discutiendo problemas locales tales como la atención en salud, la educación y la recolección de basuras.

«HAY UN FUTURO»
Gerardo Carranza tiene seis hermanos y una hermana y todos ellos han cruzado la frontera buscando trabajo. «No me gusta irme de mojado. Nunca» dice, a modo de explicación de por qué a sus veintidós años aún vive en el pueblo de Huehuetan, Guerrero, donde nació.

Carranza fue aceptado en el Morehouse College (una universidad históricamente negra) en Atlanta, Georgia, pero parece ser que la beca que recibió ha sido revocada. Dice que no le interesa «despertar este sueño» de nuevo.

En vez de esto, Carranza, quien es el presidente local de México Negro, enfoca su energía y atención en su pequeño pueblo Guerrerense donde dice que «puede verse que hay un futuro».

Para un extranjero las señales esperanzadoras no son fáciles de identificar. Las calles son estrechas, bordeadas por construcciones de madera y barro que van desmoronándose.

Una mujer vieja está agachada en cuclillas en una puerta abierta, frente a ella hay una pequeña muestra de zanahorias viejas a la venta. Las pocas casas modernas son, claramente, los frutos de parientes que trabajan al norte de la frontera. De hecho, la casa de los Carranza es de las mejores del pueblo. Pero incluso así, sus padres aún trabajan en los campos cada día.

Una de las señales de esperanza que ve Carranza es un pequeño bloque de construcciones. Los muros se alzan cerca de 1,20 metros y las enredaderas empiezan a treparse sobre ellos desde el interior.

«Esa es la biblioteca», dice, señalando que por cerca de 700 dólares más podría terminar de construirla. Después tendría que llenarla con libros y computadores.

Es una batalla difícil, dice. No hay trabajos, entonces los niños no encuentran razones para estudiar. Los recursos del pueblo son controlados por el gobierno municipal, un pueblo mestizo que, según Gerardo, no tiene ningún interés en el futuro de Huehuetan.

Así que está tratando de organizar una especie de secesión, la cual habría de permitir que su pueblo y otros cuantos formen su propia municipalidad y se gobiernen a sí mismos. Él cree que si Yanga pudo crear un pueblo autónomo para gente negra en México, ¿por qué no habrían de poder hacer lo mismo los ciudadanos de Huehuetan?

«Hay muchas cosas que este pueblo puede hacer, —dice Gerardo—. En diez años, aún estaré aquí organizando a la gente».

PRIMERO MEXICANO

No todo el mundo está de acuerdo con los esfuerzos del Padre Glynn de desarrollar la identificación de sus feligreses con sus raíces negras. Algunos académicos mexicanos argumentan que él está «inventando identidad». Lo que sugieren, parece ser, es que la «africanidad» de la gente es puramente histórica y que hoy día todos están mezclados y deberían identificarse como mexicanos.

Cerca de Ciruelo, cruzando la línea estatal de Oaxaca en Guerrero, se encuentra el pueblo de Cuajinicuilapa. Allí, los hermanos Eduardo y Jorge Añorve Zapata se oponen al acercamiento pan-africano del Padre Glyn, identificándose a sí mismos como «afro-mestizos». Este término, en vez de centrar la atención respecto a ser, ante todo, negros, relocaliza más bien la identidad en el modelo mexicano del «mestizo». No somos más que otro ingrediente de la mezcla mestiza mexicana, asevera. Pero ante todo, somos mexicanos.

Estas críticas al acercamiento del Padre Glyn son, por lo menos en parte, un rechazo a ideas «extranjeras». Incluso después de vivir un cuarto de siglo en México, éste sigue siendo un extranjero y su visión del mundo pone en cuestionamiento la forma en que algunos mexicanos —e incluso, algunos de los mexicanos que éste espera ayudar— se ven a sí mismos.

UN ACERCAMIENTO PRÁCTICO
De vuelta en Ciruelo, Elena Ruiz tiene poca paciencia para las discusiones abstractas sobre la identidad. Hay un problema más urgente que resolver: el empleo local.

Elena, una mujer llamativa, de piel oscura y cabellos lisos, creció en Pinotepa Nacional, donde experimentó su dosis de discriminación. Su preocupación actual es que sin nuevas industrias locales muchos de los pueblos negros pueden llegar a desaparecer.

Hay una determinación férrea en sus ojos cuando dice: «Éste es también nuestro país. Nacimos aquí. Nos sentimos completamente mexicanos».

A sus 52 años, tiene cinco hijos, dos de los cuales trabajan en Los Ángeles. Aquí, como ocurre en todo México, la inmigración desgarra el tejido social. Más y más hombres y mujeres jóvenes se van. El dinero que envían de vuelta construye buenas casas para sus familiares e introduce estilos llamativos norteamericanos, pero hace poco para crear una fuente permanente de empleo.

En su mente no hay tiempo para esperar ayuda o reconocimiento gubernamental. Elena comenzó un taller de confección con la esperanza de que ella y otras mujeres pudieran hacer blusas y bolsos para vender en el mercado de Pinotepa. Desafortunadamente los recursos mínimos para mantener el proyecto en funcionamiento se han agotado.

Cada año en el Día Internacional de la Mujer, Elena organiza una carrera para las mujeres del pueblo. Salen a la autopista y corren los tres kilómetros que las llevan de vuelta al centro.

Es casi como que la carrera es una especie de retorno al hogar. Sal a la carretera y, en vez de escapar, corre de vuelta a lo que eres y al lugar de donde eres.
_______________________
* Traducción de Camilo Ramírez, estudiante de Filosofía de la Universidad de Antioquia.
*Reconocido escritor y periodista norteamericano. Radicado en México. Mundialmente conocido por su libro en forma de crónica “El americano” sobre el gobierno de Fidel Castro.

FIN DEL ARTÍCULO

Comentario de Eduardo Añorve Zapata:

Recupero un par de párrafos, por lo que dicen de uno y del hermano de uno: "Allí, los hermanos Eduardo y Jorge Añorve Zapata se oponen al acercamiento pan-africano del Padre Glyn, identificándose a sí mismos como «afro-mestizos». Este término, en vez de centrar la atención respecto a ser, ante todo, negros, relocaliza más bien la identidad en el modelo mexicano del «mestizo». No somos más que otro ingrediente de la mezcla mestiza mexicana, asevera. Pero ante todo, somos mexicanos.

"Estas críticas al acercamiento del Padre Glyn son, por lo menos en parte, un rechazo a ideas «extranjeras». Incluso después de vivir un cuarto de siglo en México, éste sigue siendo un extranjero y su visión del mundo pone en cuestionamiento la forma en que algunos mexicanos —e incluso, algunos de los mexicanos que éste espera ayudar— se ven a sí mismos".

Falso, ni Jorge ni yo andamos por el mundo asumiéndonos como afromestizos. En todo caso, a mí me gusta más el término afromexicanos o afroindios, aunque Jorge y yo hemos coincidido que basta de hablar de nosotros, los costeños, desde esos jodidos puntos de vista "raciales": somos gente y ya. Punto. Y como no sabemos qué tipo de acercamiento quiere el padrecito con nosotros (no sea que nos la arrepegue), pos no nos le ponemos de aguilita ni nada que se le parezca, como suelen hacerlo otros, incluida Lala.

Y tan no rechazamos las ideas extranjeras que leemos (y hasta nos plagiamos) a escritores gringos, griegos, chilenos, cubanos, europeos, nacatecas o churrumaiz, incluidos a los pinkfloyes y ecéctera y hasta chilangos y chilangas. Que no le digan, que no le cuenten, mi buen Aran. Por cierto, yo me declaro hijo legítimo e ilegítimo de Juan Ruiz, el Arcipreste, de Quevedo y Villegas, el que hasta por el culo se le conoce, y de El Manco de Lepanto, el que parió a don Sancho Panza y su infiel escudero, El Quijote de Marras, y eso que de español tengo el idioma que con trabajos hablo y a arrempujones escribo, y la maledicencia en el pensamiento. Por cierto, y con toda la mala leche para decir que ni escribir o traducir se le da: no se escribe "mejicanidad" sino "mexicanidad" porque abominamos de esa intención de los españoles de borrar la X que llevamos en la frente como calvario. O sea: a la tierra que fueres, toma cocholate (que es más sabroso que el chocolate)...

Y Glyn no puede cuestionarnos nada, no tiene autoridad moral para ello, es un vil comerciante (no por nada es cura -¿véis, Aran, cuán exquizzzito español escribo?-) de dizque ideas y movimientos que reivindican no sé qué chingaos, porque nadie se entera de su existencia... excepto cuando daba misa en una boda. Y si eso es chido y coqueto, qué chido, pues, para el que lo sea, y el que tenga su burro que lo amarre, y el que no, que no. Y ya con esta me despido.