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miércoles, 7 de abril de 2021

DE ESA “EFÍMERA” Y RELEVANTE MÚSICA DE NEGROS CRIOLLOS

[PLATICÁNDOLE A ESTEBA BERNAL POR QUÉ CARLOS RUIZ NO ESCRIBE DE LO QUE SABE, SINO DE LO QUE CREE SABER]


Leo un texto de un etnomusicólogo mexicano sobre formas culturales de la Costa Chica, y noto que se sigue insistiendo, sin probarlo, que no son propias, sino que son ajenas, que han sido inspiradas en otras latitudes, que han sido impuestas, pero no se reconoce la creatividad y el arte en los híbridos construidos a partir de ello (toda forma cultural es producto de cruces e intercruces, claro, no las hay puras), desde el momento en que se mira desde arriba, con desdén, sin rigor, desde el gabinete, apresuradamente, desde una óptica prejuiciosa. Visión turnia, la del Carlos Ruiz, que mira puros subhumanos, desde fuera, sin empatizar, como meros objetos, no como sujetos: imitadores, maleables, sin creatividad. Y, sobre todo, a la música propia, criolla, como la cumbia y el bolero, se le reduce a mera mercancía, pero no se acepta que es una cultura de resistencia, marginal, precisamente frente a, e inmersa, en el voraginoso movimiento de la globalización que todo lo trastoca, despojando a los pueblos, marginales, que venden los productos de su arte, pero no su esencia, no su espíritu, sino que resisten, no se acomodan ni se adaptan sin imprimirle características propias, locales, inquietantes, incómodas, independientes, que el estudioso no quiere ver ni aprecia.

Lo primero que le dificulta a Carlos Ruiz atisbar lo que ve (aunque tal vez sea más propio escribir: lo que escucha) y penetrar en su significado, es un prejuicio: en su análisis sigue utilizando un concepto anquilosado e impreciso, el pretendidamente correcto, pulcro, objetivo e imparcial afrodescendientes, categoría discriminatoria que estampa en el título de su disertación para ordenar su texto a partir de esa columna vertebral, que construye con artificiosidad y afectación —digamos— académica: «Al filo de la globalización: localidad regional y expresiones musicales afrodescendientes de la Costa Chica». Este artículo es el primero que aparece en el libro Etnomusicología y globalización. Dinámicas cosmopolitas de la música popular que publicó El Colegio de la Frontera Norte en 2020. Además, induce un choque semántico al insertarlo (arcaico y fósil, como es) en un contexto pretendidamente actual, el de la globalización reciente. Afromestizos es un concepto que discrimina porque no ubica territorial ni históricamente a esos sujetos (o a ese sujeto colectivo), quienes se consideran mexicanos, a mucha honra y orgullo, y prefieren antes llamarse negros (nada qué ver con ése de muy en moda rollo panafricanista ni de orgullo negro gringo, ni entelequias que se le parezcan) que afromestizos o afromexicanos. Negros criollos, de la Costa Chica. Ubicados en México, en el término afromestizo, lo mestizo (inasible) devora lo afro (no es gratuito que en la Constitución se estampara el afromexicano).

Ya entrado en la justificación de su des-atisbo, o marco teórico, Ruiz Rodríguez, enrédase lindamente con esos hilos discursivos (aparte de que su sintaxis tiende a lo confuso e impreciso, crítica que ensarto aquí por tratarse de un artículo académico y, por ello, pretendidamente científico o teórico): «En el acercamiento podrá advertirse que esta región, si bien fuertemente influida en lo cultural desde mucho tiempo atrás, mantiene en su tejido social arraigadas tradiciones culturales que dan cuenta de una perenne localidad regional», anota, en la introducción de su ensayo. Primero: ¿Hay alguna región en América que no sea una región «fuertemente influida en lo cultural desde mucho tiempo atrás»?, ¿la hay en la Europa, en el África o en el Asia?, ¿o es sólo la Costa Chica? Tampoco queda claro a qué se refiere con «mucho tiempo atrás». ¿Desde la llegada de los frasteros, en el XVI? ¿Desde la llegada de los frasteros y estudiosos, a mediados del XX? Esa perpetua, permanente, continua, incesante, imperecedera e inmortal «localidad regional», ¿sigue siéndolo después de haber sido «fuertemente influida y, con ello, cambiante, en lo cultural desde mucho tiempo atrás»? ¿Cambia sin alterarse? A fuerza de dudas, sigamos leyendo. Paciencia, y nos iluminamos.

Expone, luego, sus pretensiones, entre las que llaman la atención dos: «…la agencia tecnológica como alternativa a la escasez de músicos tradicionales; el surgimiento y permanencia de expresiones musicales locales a partir de influencias en la región». Es decir, afirma que existe una «escasez de músicos tradicionales», y que son sustituidos por la «agencia tecnológica»; entonces, ¿qué es eso que no define y que sí enuncia como «agencia tecnológica»? Además, que han surgido y permanecen expresiones musicales a partir de influencias. Y al explicar esas pretensiones, vuelve al término afrodescendientes, ahora utilizado para referirse a los frasteros, los que llegaron, la población que descendía de africanos, cuya población «jugó un papel central como portadora, generadora y reproductora de estas expresiones». Tampoco deja en claro qué o quién es un músico tradicional, de esos que escasean ahora, según dijo. Ya se enredó, y me enredó. ¿Eran los mismos sujetos, esos que jugaron ese papel central (involucrados en los tales viajes de ida y vuelta) con quienes, viviendo aquí, fueron fuertemente influidos desde mucho tiempo atrás por aquellos que llegaron en tales viajes?

«Luego de la llegada de los primeros africanos en épocas coloniales, el paulatino amasijo histórico de su cultura se fraguó a partir de una permanente convivencia entre castas cuyos referentes culturales africanos fueron base, ingrediente o aderezo de una diversidad de expresiones músico-dancísticas. De esos diálogos resultaron manifestaciones diversas que hoy se consideran representativas de la cultura afrodescendiente de la Costa Chica: danzas de raigambre religiosa como diablos vaqueros, o bailes de orden festivo como el fandango de artesa o los bailes de hoja y tarimba dan cuenta de ello (Ruiz, 2009)». ¿Se consideran representativas?, ¿por esa comunidad? No lo explica. ¿No será él quien las considera representativas? ¿A la gente de qué poblaciones concretas, localidades, representan los diablos, los vaqueros, el fandango de artesa y los bailes de hoja y tarimba?, ¿de qué municipios? Acoto: hubiera preferido yo que acudiera a conceptos más precisos, como relevancia social, o algo así, pero el académico y sabihondo es él. Dos observaciones: ¿omitió a propósito el corrido local, la chilena, la cumbia y el bolero criollos, o estos no son representativos, o estos no tienen «referentes culturales africanos» en su base? Otra anotación: sustenta su afirmación de que ésas son las danzas representativas en su propio dicho, en su mero criterio; de allí la auto-cita. O, ¿el corrido, la chilena, la cumbia y el bolero criollos sólo son músicas y no danzas?

Párrafos después, nuestro Carlos Ruiz rehace, para ampliarlo, este inventario: «En el entorno costeño, la cultura musical afrodescendiente se compone de una diversidad de tradiciones musicales y músico-dancísticas, que pueden comprender expresiones de antigua prosapia, principalmente transmitidas entre generaciones por tradición oral (artesa, diablos, tortuga, toro, mariposa, doce pares, moros, apaches, sones, etc.), por medios escritos (diálogos y relaciones de danzas, parabienes, etc.), o bien, más recientes, transmitidas prioritariamente por vía mediática (cumbia, charanga/merequetengue/guaracha, reggaetón, etc.), o una combinación de las anteriores (chilena, corrido, repertorios de banda de viento, etc.). En la Costa Chica estas expresiones forman parte del ciclo vital colectivo e individual, que recuerdan la propia historia, configuran identidades y tejen lazos sociales, entre otras importantes funciones». Hay que echar de ver que ahora este erudito olvidó incluir en ese repertorio al de tan «antigua prosapia» bolero, no sólo el condensado en los que escribió con excelente arte y maestría ese negro que fue don Álvaro Carrillo, sino, además, el que se ha concebido, escrito, musicado y compuesto e interpretado y enraizado bolero que comienza con Cirino Arellane’ y Bertín Góme’, como Mientes tú y Soledad, ambos paridos en 1974 (días más, días menos), probablemente porque estas canciones criollas no se cantan ni se escuchan ni se disfrutan en el inasible ente que es la academia,  sino en vulgares bailes colectivos, cantinas de cerveza, mujeres y rocola o cocha-que-se-traga-las-monedas, casas de gente que no gana más de seis mil al mes, taxis y combis de servicio colectivo, etc., a lo largo y a lo ancho y a lo profundo de ese ente concreto que nombramos Costa Chica, por amuzgos, negros criollos, mixtecos, mestizos, triques, zapotecos, “mestizos”, y hasta por afromexicanos y afromexicanas y afromexicanes y afromexican@s y afromexicanxs (llamados estos así por la mágica acción de auto adscribirse y volverse visibles a la tendencia globalizadora de pertenecer a alguna minoría marginal en la que se les enclaustra, como en el tal apartado C del artículo segundo de la Constitución, por mandato e imposición de organismos internacionales y de gobiernos mexicanos, sobre todo del federal y de los estatales, para alejar supersticiones ligadas al atraso y la pobreza, pero inservibles).

Y sigue, nuestro Carlitos: «Hoy en día es ampliamente perceptible la participación de estas expresiones músico-dancísticas en las festividades colectivas con las que están relacionadas». ¿Antes no era «ampliamente perceptible»?, o, ¿antes no nos visitaban ampliamente los etnomusicólogos? Digo, él, que habla del «tiempo viejo», debe haber escuchado que en aquellos ayeres el corrido era otro corrido: con mayor duración (horas, y hasta días, para contar una historia ocupaban un corridero y luego otro y luego otro, alternándose, bebiendo agua tibia con miel para no dañarse la garganta, y en derredor, un montón de hombres adolescentes, jóvenes y viejos bebiendo aguardiente y bailando entre ellos y con alguna mujer de las llamadas alegres y de gusto), con otra cadencia, con otro tiempo, con más belleza en sus letras.

Y hablando de tiempo nuevo, de lo actual, este investigador incurre en pifias inexplicables, como cuando asegura que: «La tecnología actual –básicamente los medios de grabación audiovisual incorporados a los teléfonos celulares– ha permitido el registro local de una gran cantidad de celebraciones comunitarias, lo cual ya por sí mismo es relevante; sin embargo, lo que es aún más interesante es la proyección casi inmediata de estos registros por medio de plataformas como YouTube»; curiosamente, no menciona a Facebook, el vehículo más relevante para esta nuestra sociedad ambidiestra, que tiene un ojo en El Norte y otro en su pueblo, en la Costa Chica, y a través del cual se realizan innumerables comunicaciones e intercambios cada día. Ahora, hasta la antaña gente del tiempo viejo tiene fei’ para comunicarse con sus hijos, parientes y amigos. ¿Lo ignora el académico?, ¿lo menosprecia por vulgar y villano (de quienes viven en los villorrios nuestros)? Sólo él sabe. Y continuamos con tales y cuales dudas suscitadas por la lectura de su ensayo o texto académico. Pero él también tiene dudas: «Al parecer, las festividades y sus expresiones músico-dancísticas colaboran a apuntalar identidades entre los migrantes costeños del norte, que residen en el estado de Carolina del Norte o en California, Estados Unidos». La chaña, con eso de «al parecer», no porque dude, sino porque afirma y confirma que ni él está convencido. Y la paisanada no está sólo en esos dos estados, sino en un chingo más. Pero hay que cuestionar aquí su afirmación de que esas expresiones músico-dancísticas, que él señala como esenciales para las gentes de la Costa Chica que migró hacia allá, «colaboran a apuntalar identidades entre los migrantes costeños del norte»; pregunto: en el Norte, ¿nuestros paisanos realmente requieren de esas expresiones para no dejar de ser costeños, o afrodescendientes de la Costa Chica, o lo que se le parezca? Es decir: si la mayoría emigró siendo mayor de edad, ya formados como personas, como costeños, con sus identidades locales construidas y enraizadas; ¿cómo, entonces, podrían dejar de desidentificarse como costeños, por ejemplo? ¿Se quita allá lo aprendido por esas personas durante su dos primeras décadas de vida?, ¿se diluye? Además, en los años ochenta, cuando ocurrieron migraciones importantes, dado el empobrecimiento de la gente y la búsqueda de alternativas económicas para sobrevivir, la tecnología (de hace treinta, cuarenta años) no permitía una intercomunicación tan rápida y profusa. ¿’tons qué, mami? Digo, son dudas de uno.

Se referirá luego al toro de petate, pero eso no me incumbe aquí, y paso a mirar el apartado que titula Un Mar Azul: desvaneciendo fronteras musicales. Una de las primeras dudas que vienen en su lectura es: ¿Por qué habla de merequetenguecharanga y guaracha, sin utilizar la palabra cumbia, dado que es ésta la protagonista en los títulos de las canciones (y de sus letras) del Mar Azul y del modo en que conceptualiza esta música entre nosotros? «En tiempos más recientes, un caso representativo que afloró de los diálogos que esta región ha mantenido con el exterior es la expresión musical que hoy se conoce en la Costa Chica como merequetengue, también llamada charanga guaracha», escribe. Pero sólo en el CD Megamix de merequetengues (Discos El Puma) se utiliza esa palabra para englobar las cumbias marazulinas. Y lo que es pior: Pa’ definir esa expresión musical sí recurre a la entrada «Cumbia mexicana» de Wikipedia. No tiene uno nada contra la tal enciclopedia digital, pero, ¿le dio flojera consultar textos más —digamos— académicos? Lo más pior es que lo cita, o sea, deja la huella, que ni el gato. En esta afirmación, Carlos Ruiz enfatiza que la cumbia criolla, de la Costa Chica, viene de fuera. Parece que no leyó el libro El mar de los deseos, de tata Antonio García de León. Lo mucho muy pior es que cita a este libro como una de las fuentes de estas elucubraciones tropicales (por aquello de que a esta música se le relaciona con este término, tropical). «…hacia fines de la década de 1960, la influencia de algunos grupos colombianos se dejó sentir en puntos estratégicos del país, principalmente en la capital y en grandes centros urbanos, como Monterrey. […] Tal es el caso de la Costa Chica, donde surgieron varios grupos musicales a partir de su influencia; uno de ellos, quizá el más conocido, es el conjunto Mar Azul». Cierto, pero incompleto: la cumbia criolla no se inspiró en lo sucedido en la capital Tenochca, ni en la árida Monterrey, sino en Acapulquito, precisamente en las personas que integraban el mítico Acapulco Tropical, los llamados El Monstruo del Trópico, por cierto. Es decir, no fue una influencia directa de las playas marinas colombianas, sino del mar sagrado acapulcano. Allá fueron a nutrirse y contagiarse de esos ritmos los primeros músicos costeños, como don Cirino Arellanes (a) Cirino Arellano, del también mítico Corralero Navy; allá, también, en Acapulco, compró sus aparatos para formar su grupo en Corralero, precisamente; incluso, él dice que dos de sus integrantes y alumnos (los hermanos Bernal) migraron hacia Chacagua, donde se incluyeron en el naciente Mar Azul, fundado por Jesús Hernández Salinas, acompañado de José Tornez, Márgaro Larrea y Bertín Gómez García. Al tiempo que el Corralero grababa y popularizaba su bolerito Mientes tú, el Mar Azul grababa un disco de 45 rpm con Soledad(de Bertín), en la cara A, y Cumbia del Mar Azul (de Jesú), en la cara B. Era 1974.

Menciona, también, Carlitos Ruiz que «sicos como Alejo Durán, Humberto Pavón (Grupo Cañaveral), Lucho Argaín (Sonora Dinamita) y Alfredo Gutiérrez (Corraleros de Majagual) formaron parte de este ímpetu. En el caso de la Costa Chica, su visita a importantes polos regionales, como Acapulco o San Marcos, dejaría una huella profunda en el gusto regional». Neta que se pasa este académico. Cuando los colombianos llegaron a estas tierras, ya había música criolla local sonando, y no por haber sido inspirada por ellos, sino por músicos como Mike Laure. Pero (algo más inexplicable en este investigador de gabinete) es la ausencia del nombre de Aniceto Molina, quien se sumó a la ya muy relevante Luz Roja de San Marcos (en cuyo primer disco apareció como Luz Roja de Acapulco, para aprovechar el movimiento que ya había iniciado El Acapulco), y la Luz era un conjunto musical que ya tenía su estilo y sus éxitos, basados estos en los boleritos de Régulo Alcocer, al que unos meses después se sumaría Domingo Valdivia. Una de sus canciones más relevantes en su época precolombiana de la Luz fue Mi gran dolor (del mero Régulo), además de cumbias como La burra bronca y de su versión de La sanmarqueña (fusión de cumbia y chilena, como las fusiones similares que hicieron Los Magallones, quienes tenían una tradición añeja que entroncaba con la música de Cuba, como puede colegirse de canciones como El negro de la Habana o la mención de la jicotea en algunas de sus canciones). Allí, en San Marcos, Aniceto vendría a darle a la música de la Luz Roja un toque más cercano a la de Corraleros de Majagual y de otros grupos colombianos similares, híbrido que llamaron cumbia colombia-mex.

Y hablando de ese primer Mar Azul, nuestro estudioso afirma que: «A la usanza de los grupos tropicales de la época, el ensamble instrumental se conformaba por requinto, güiro, bajo, tarolas, acordeón y una o dos voces; básicamente el repertorio se componía de cumbias, combinadas con baladas y boleros». Aunque no aclara qué entiende por «grupos tropicales de la época», porque Mike Laure y sus Cometas, que él investigador menciona, utilizaban acordeón, clarinete, saxofón, güiro, congas, guitarra eléctrica y batería acústica. Por cierto, Wikipedia asegura que la batería acústica de Mike «…fue parte del sello definitivo de la cumbia mexicana, pues era la primera vez que se interpretaba cumbia creando la base del ritmo con los bombos, toms y platillos de la batería, signo definitivo característico de los grupos tropicales de los 1970’s». Mar Azul, y la mayoría de los grupos de cumbia y bolero criollos de la Costa Chica, utilizaron y utilizan las tarolas para construir sus bases rítmicas. La excepción es la de Los Magallones, quienes integraban desde mucho antes instrumentos de viento, como pistón, saxofón, trombón y trompeta. Y tocaban música tropical, además, como la misteriosa Pata cambá.

Y, pues no, tú. Los dos primeros discos de larga duración del criollo Mar Azul (Soledad, que grabó con AMS Records, y 15 éxitos del Mar Azul-Yo, El Negrito Vacilador, grabado con Discos Orquídea) no incluyen baladas, ni una. Por cierto, su primer disco fue Soledad, no el que grabaron con Discos Orquídea (como asegura el estudioso que estudiamos), éste fue una recopilación de éxitos. Hay cumbias (La güeritaCumbia del Mar Azul—con acordeón sonante—, Pájaro cardenalMe acuerdo del besito —con acordeón—, La vida del pescador Las florecitas) y boleros (Soledad —con un acordeón desafinando—,  Amigo míoCecilia y Amor de los dos —que no es propia, pero que se la apropia Bertín); baladas, cero. En el segundo LP están las cumbias Yo, El Negrito (con acordeón), El chupacosasLa ZacateraAl ritmo del bajoMaría TeresaGloria (con acordeón), La Diabla (con acordeón), Perico locoCumbia Mar Azul (con acordeón), El borrachitoMaría DoloresPorque te quiero y Mi paseo en Chacagua (con acordeón); y los boleros Amelia (con acordeón) y Flor Silvestre (con acordeón); será hasta que llegue Esteban Bernal (por invitación de José Tornez. No tenemos acordeonista, vente a tocar nosotros, dijo Esteban que le dijo José) cuando el acordeón sea protagonista en el Mar Azul y, después, en los múltiples Mar Azul que se desprendieron de este primitivo conjunto musical (a excepción de la agrupación que, a mediados de los años noventa, abandonara Esteban, la cual acudió a los teclados para sustituir el acordeón, y sería con la reinclusión de éste cuando el ahora Internacional Mar Azul volviera a este instrumento). Por cierto, eso de El Negrito Vacilador es el apodo que le daban y asumía don Jesú en vida.

Dice otras cosas desafinadas el señor Ruiz, pero, para ya no aburrirme, voy a referirme solamente a una afirmación sobre la música del Mar Azul: «Un rasgo peculiar de esta música tiene que ver con el estilo, caracterizado por una mezcla de formas musicales diversas que acompañan a letras hilarantes en las que se combina el agudo sentido del humor local con la admiración y apego a la propia tierra y su naturaleza». He escuchado centenares de canciones suyas (durante cuarenta y tantos años, aunque en esta última semana he estado atento a ellas durante varios días y a toda hora) y no he encontrado una que mueva a risa, a pesar de que algunas son chuscas y chistosas o irreverentes, y hasta groseras, o incursionan en un lenguaje de doble sentido, algo común en la música popular de todas las latitudes mexicanas. Si fuera el caso, hilarantes tal vez lo sean algunas canciones del grupo Fandango Costeño, como La mosca coquetaLa casimira y El cotorro, o de Los Cumbieros del Sur, con El perico de ToñitaEl indito y El palito de Marañón, o la ya mencionada La burra bronca. En fin.

Para que no se vayan a confundir con falsos imitadores, decían los del Internacional en sus presentaciones para acusar como oportunistas y espurios a los demás Mar Azul que abundaron después del éxito de Me voy pa’ Carolina (la gente quería ver a Esteban, escuchar y bailar su música). Este texto fue iniciado unos quince días hará, antes de que Esteba falleciera. Ahora le devuelvo al amigazo las palabras que canta en la canción La diabetes, enfermedad ésta que él padeciera: Ya le pegó la diabeti’/ a su amigo Esteban Bernal;/ ya se va pa’l otro mundo,/ ya no les puede tocar.// Yo me voy de aquí,/ voy al otro mundo,/ yo voy a tocar/ donde no me vea ninguno.


[SEMANARIO TRINCHERA · Eduardo Añorve · Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro. · 2 de abril de 2021]

martes, 8 de noviembre de 2011

Por la relevancia social de su música, homenajean a Estaban Bernal en Cuajinicuilapa

30 de octubre

EDUARDO AÑORVE

CUAJINICUILAPA

El legendario músico criollo Esteban Bernal, de San Nicolás, municipio de Cuajinicuilapa, integrante del también mítico grupo musical Mar Azul, fue homenajeado por el Seminario de tesis Andrés Manzano Añorve (el que está integrado por estudiantes de la unidad académica local de la Universidad Intercultural de los Pueblos del Sur) y la asociación civil Cuaji 2000 la noche del pasado viernes 28 de octubre en la cancha central de esa población, y en el que participaron distintos músicos.

En un acto que el homenajeado calificó como importante porque “su gente” le reconocía su trayectoria musical de un poco más de treinta y cinco años, se presentó en primer lugar el libro Afro. África, Cuba, México, que incluye textos, fotografía, pintura y grabado de creadores como Francisco Toledo, Raúl Leyva y el Taller Experimental de Gráfica de la Habana, Iván Alechine, Romina Hierro y de estudiosos como Tomás Fernández Robaina y Antonio García de León.

La presentación corrió a cargo del antropólogo Santiago Olguín, el fotógrafo Alberto Ibáñez y el profesor Jorge Añorve, quienes participaron en la elaboración del libro; después de una serie de preguntas al público, se obsequió un ejemplar de Afro (con valor en ese acto de novecientos pesos) a un músico de Maldonado que respondió una pregunta sobre quién había concebido Los sentimientos de la nación.

Después de ello, dio comienzo a la participación de los músicos que se unieron a este evento musical para reconocer la relevancia social de la música del también conocido como El del Acordeón Arrecho: Fernando Amaya, el dueto Sorpresa Costeña, Juan Saguilán Peña alias Pegamento, Ña Marina Guerrero, el grupo Tono de Tigre, el propio Mar Azul de Esteban Bernal, Rosita y sus Reyes de Oro y Chelo Vaca y los Ñieros del Día 7.

El momento más alto del festejo que duró un poco más de cuatro horas, ante unos doscientos asistentes, ocurrió cuando El Internacional Mar Azul, con Esteba al acordeón, tocaron para deleite de los asistentes, algunos de los cuales se pararon de sus asientos para bailar Ya me voy pa’ Carolina, El molito de armadillo, El Vainón, La muerte de Monca, entre otros de sus éxitos.

La maestría y el oficio de estos músicos, la mayoría de los cuales se desplazó desde Acapulco para participar en este evento musical, hicieron que su música fuera disfrutada por los asistentes a pesar de los problemas de sonido que se presentaron.

También fue muy apreciada la participación de Ña Marina Guerrero, que cantó tres de sus canciones a capela, provocando el llanto, incluso, en algunas personas, dada la emotividad y la hondura sentimental de su voz; por ese mismo arte, los excelentes músicos de Chelo Vaca y los Ñieros del Día 7 se propusieron musicalizar algunas canciones de esta compositora y cantante criolla.

Las estudiantes de la Unisur organizaron este homenaje toda vez que para su formación académica debían realizar un acto de comunalidad; en este caso, éste se construyó alrededor de la relevancia social de la música de Esteban Bernal, acorde con uno de los temas de investigación: La música y el bolero criollos como patrimonio cultural de México.

El programa del evento cultural fue conducido por las estudiantes Érika Oliva, Poleth González y Leydi Edith Villanueva.

Muda de piel, Esteba Bernal, el del acordeón arrecho y con la fama entre las manos

25 de octubre

EDUARDO AÑORVE

CUAJINICUILAPA

El sexagenario músico sannicolareño Esteba Bernal ha decidido, después de mucho pensarlo, cambiar de piel: está armando su nuevo grupo música, en el que incluirá a sus hijos. Un día antes del homenaje que le ha de rendir el Seminario de tesis Andrés Manzano Añorve en Cuajinicuilapa, Esteba anda emocionado con la idea, feliz, motivado, incluso, para sorpresa de los organizadores, ha decidido traer a su grupo a tocar en la cancha central de este pueblo, donde una veintena de músicos tocarán algunas de sus canciones para hacerle saber que lo quieren, lo admiran, los inspira. Él sí es el original, un criollo que ha puesto de manifiesto la relevancia social de la cumbia en la Costa Chica, al grado tal de convertirse en un patrimonio de la cultura de este país. Pa’ muestra nomás baste Ya me voy pa’ Carolina.

En esta entrevista para El Faro, como siempre en sus pláticas, su pensamiento corre, discurre, vuela, pasa de una idea a otra rápidamente, después de haber agotado la primera: Esteba ensarta, zurce, enhila ideas, palabras. Preguntarle es difícil por temor a interrumpir su rica perorata, sus datos, sus anécdotas. Esteba es verborreico, y este reportero no quiere interrumpirlo, o lo intenta pero no lo consigue: Esteba está emocionado. Habla de su nuevo proyecto, un grupo en que se incluyan sus hijos, y de la relación que tiene con sus compañeros del Internacional Mar Azul; también habla de su ex compañero, Jesús Hernández, a quien valora y reconoce; habla de su origen, humilde, pobre, y de su solidaridad con muchos de quienes quieren verlo tocar en vivo. No quiere que su música muera.

EDUARDO AÑORVE: Oiga, Esteba, platíquenos cómo está eso de que anda formando un nuevo grupo.

ESTEBAN BERNAL: Yo tengo pensado desde hace mucho tiempo, desde que vi que iban a crecer mis hijos, yo pensé en enseñarles y dejarlos encarriladitos para que ellos sepan defenderse, porque, la verdad, uno no sabe qué día va a morir. Si me muero, ellos ya no van a sufrir, si yo les enseño algo, ¿me entiendes? Siempre he pensado en hacer un grupo que sea mío, propio, porque… yo, ahorita ando bien como Mar Azul, porque yo soy el que representa al Mar Azul, salgo adelante, hago las canciones, grabo, pero no es lo mismo como traer lo suyo, y empezar a enseñar a mis hijos es otra cosa, porque ya ellos se van a quedar encarriladitos, ya, saboreando la música que yo siempre le he puesto al público en las manos.

Entonces, yo quiero que mis canciones no se mueran, que mis hijos, sobre todo, le agarren amor y sigan y sigan grabando. Porque hay unos que no les gusta, pero si yo les inculco: Tienen que hacer algo sobre la música

EA: ¿Cuántos hijos tiene?

EB: Tres hijos. Dos son hijos varones, que ya me pueden ayudar, ya les enseñé a tocar un poco la batería, saben tocar el güiro… Bien, se pegan bien cuando les digo: Ayúdame, aquí. Hasta la gente les da sus veinte pesos, y hasta se alegran los chamacos. Les digo: ¿Ya ves, ya ves? Síganme la onda a mí y van a ver que van a ganar dinero. Entonces, yo ya tengo un poco de aparatitos para empezar: como ocho graves, doce bocinas del 15; ya estoy más o menos para tocarle a un amigo que esté pobre como yo, porque yo soy una persona de lo más humilde, pobre como toda la gente. Entonces, por eso a mí siempre me ha dolido cuando dan un precio muy alto. En Mar Azul siempre me dicen, como compañeros: Oye, ¿no me puedes cobrar un poquito menos de 35 mil pesos en tu pueblo? Pero, si yo traigo mi grupo, puede ser diferente, yo puedo hacerle favores a mis amigos, o sea, ya va a ser directamente, yo voy a mandar en el grupo. Y ahora somos cuatro socios, no puedo salirme yo de la chamba… Ellos me han dicho: Mire, amigazo, mientras nos salga chamba no nos deje, porque la gente siempre quiere que usté vaya a tocar. No hay problema…

EA: ¿Cuánto gana Esteba Bernal en el Mar Azul?

EB: En el grupo, no crea que me gano mucho, amigazo, no. No me gusta ser así, una persona exagerada. Yo, de dos mil pesos, y hasta tres mil, hasta tres mil, como artista que soy. Porque tampoco podemos cobrarle a una cosa muy cara. Yo le pido un precio que sí lo vale, el grupo. Me dicen: Estoy jodido, Bernal, pero quiero que vayas a tocar tú, porque me gusta cómo tocas. Le bajamos, porque somos pobres, de ahí nacimos, de la pobreza, aunque andemos ahorita con una fama, porque es lo único que tengo yo, la fama; dinero, no tengo nada. Yo, en mis brazos tengo la fama y el dinero lo tengo acá [Se señala el pecho, el punto del corazón], invertido. No tengo dinero en el banco, me gusta ser sincero…

EA: Bueno, hay grupos que cobran cincuenta, sesenta, como los hijos de Bertín…

EB: [Se ríe] Sí, pero, la verdá, a mí me duele eso, yo no soy una persona así. Ese valor, no lo tengo. [Se le llenan, por unos segundos, los ojos de agua de lágrimas] El Mar Azul los vale, quiero que sepas que los vale, que los dan, pero… Fíjate que, cuando grabé [Ya me voy pa’] Carolina, antes de eso no había nadie que cantara como Mar Azul. Jesúj Hernánde, mi respeto porque es una persona chingona, yo sé que es una… es compositor, como yo, canta y todo, fue chingón, ahorita, ya, la voz no le ayuda, pero, mi respeto para el amigo Chú. Pero, de ahí para allá no hay nada de bueno, yo sé que no hay nada. Yo tengo más de treinta años, treinta y cinco años, como Mar Azul.

EA: ¿Cómo se va a llamar el grupo?

EB: Mira, no te puedo decir. Ahorita nomás estoy haciendo unas tarjetas que dicen Esteban Bernal y su Grupo. Yo, a la mejor le pongo Esteban Bernal y su Bombardeo de San Nicolás, y es todo. Porque esta música que yo traigo es pura arrechura; quiere decir que: puro bombardeo, pura cosa caliente, ¿me entiendes? Y aquí están mis números de teléfono, por si la gente se anima, son el 741 41 501 87 y 744 135 5082, ahí están, por si a alguien le interesan.

EA: ¿Vas a seguir por la misma línea, en la música?

EB: No. Yo voy a seguir igual, con la misma música. Por eso le digo a muchos: Contrátenme, si quieren como mi grupo, yo les toco como mi grupo. Yo les hago un contrato, y los marazules me lo respetan ya, porque ellos ya saben que yo ya estoy trabajando con mi grupo, pero no me les quiero despegar así, porque yo no soy así, pues. Yo ya regué tarjetas, pero si me hablan, yo estoy puesto, por mí no hay problema. Eso sí, si ya firmé un contrato mío, ellos me lo respetan.

EA: Platícanos de tu nuevo grupo.

EB: Yo le quiero meter dos saxofones para que se oiga más, para que tenga más alegría. Más o menos, quiero hacer un sonido como el de Aniceto Molina, pero yo, mi estilo mío, pa’ que tenga contestaciones con los metales [, el acordeón], porque, alegría la tengo, mi deseo es traer dos saxofones y, con esos saxofonistas, si yo hago un contrato de boda, yo le digo: ¿Sabes qué? Yo traigo dos saxofones; si quieres que saquen a los novios de la iglesia, ‘tan los dos saxofones puestos, nada más hay que dale otra lanita y ellos ‘tan puestos.

EA: ¿Grupo nuevo, canciones nuevas?

EB: Bueno, sí hemos compuesto algunas que ya estamos por grabar, como La muerte de Monca y Si la envidia fue sarna.

EA: ¿Cuántos años tienes, Esteba Bernal?

EB: Yo ya tengo mis años, ando como en 58, 59 años…

EA: Pero cargas ganas de seguir en la música…

EB: No. Yo, ahorita ando con ganas y, por mis hijos, voy a ponerle las ganas para que ellos queden encarrerados…

EA: El del acordeón arrecho…

EB: Sí, claro, sigue siendo arrecho, el acordeón. La arrechura siempre la voy a tener, porque si se me va tengo que ponerme algo que me dé vida. [Risas] ‘arajo.

sábado, 11 de junio de 2011

Juan Bernal, músico por sí mismo

UNO

Nos recibe en su casa, en Montecillos. Casa de jaulilla. Primorosa casa, la de Juan Bernal Candela, músico de guitarra y acordeón. Hombre generoso. Elegante, es Juan, tiene lo que se suele llamar don de gentes, es gentil. Y de charla fácil: se le da la palabra, como se le da la música. Conocí a Juan Bernal tocando en alguna de las innumerables e intermitentes cantinas de Cuajinicuilapa, en compañía del fallecido Ildefonso Foncho Rendón Mayo. Ellos habían tocado juntos en varias grupos, pero lo que a mí me gustaba era su pertenencia a un proyecto entrañable, el de Los Cimarrones.

Los Cimarrones, de San Nicolás, grabaron en 1985 un disco Long Play o LP, producto de un taller de música que impartieran “los viejos trovadores afromestizos” Eustaquio García, Wenceslao Habana, Wenceslao Noyola, Eliseo Cisneros, Luis Petatán, Emilio Petatán y Pedro Hernández. En ese disco, el querido Juan Bernal canta Traigo una flor hermosa y mortal y Filadelfo Robles, además de acompañarse con Tiburcio Bucho Noyola en el Corrido de los zapatistas de San Nicolás. Sólo estos datos son suficientes para justificar esta entrevista, pero, por justicia a su largo quehacer artístico de este creador criollo, en lo sucesivo serán aportados, en función del desarrollo de esta entrevista, o nos los irá platicando él.

-¿Quién te enseñó a tocar, el acordeón, la guitarra? ¿Cómo aprendiste?

-Mi cabeza. ‘ira. Nadie me lo cree. Yo… a mí no me enseñó nadie a tocar guitarra, a tocar esto [el acordeón] no me enseñó nadien.

-Pero, ¿cómo supiste que había guitarras?

-‘ira, la primer vez, yo me fui de aquí a Acapulco y, ya estaba como de unos 14, 15 años, y allá vivía un tío en La Laja, arriba del cerro. Entonces, allí salían dos, tres chavos en la noche, a tocar, al callejoncito ese, a divertirse con su guitarra. Y me le acerco una noche. Le digo [al de la guitarra]: Oye, acompáñame un corrido. Yo… me gustaba cantar, pues. Acompáñame un corrido. Me dicen: Sí. A ver, tararéale. Y les empecé a cantar. Oye, dice, cantas bien, te sabes acoplar. ¿Sabes tocar? Le digo: No. Yo he de queré’ aprender. Ajá, y le digo a un amigo, le digo: Enséñame, ¿no? Una postura pa’ corrido, le dije yo. Dice: . Me da, un requintito cargaba allí. Dice: ‘ira, ponle el dedo aquí, el otro aquí. Y ya, empiezo yo: ran-ran-ran. Yo, como conocía varias canciones. Ora sí que me daba la idea de cómo iba la canción, ¿no?, qué clase de música era, y le fui dando. A ver tal canción: se oye así, y así empecé. Y que me dice: Oyes, va’ a aprendé’ a tocar. Digo: ¿Tú crees? Dice: . Ajá. Se enfadaron, y de allí se fueron. Otro día regresaron, en la noche… Siempre, como las siete, las ocho de la noche, ya estaban más allí. Todas las noches, era su costumbre de ellos. Y voy más, y le digo: Oyes, ¿me prestas tu guitarra? Dice: Sí, hombre. A ver si no se olvidó la postura que te di. Y la agarro, y ya le pongo… Creo que aquí, me dijo, y la empiezo a sonar. Y me dice: Sí, allí es, dice, así es. Ajá. Hasta se me hizo ámpula en este dedo. Ya, después, se fueron ellos, ya no les dije nada. Digo: Es mucho está’ molestando a este amigo.

Yo trabajaba en una compañía que se llamaba La Iasa, andaban arreglando las calles allá por Morelos, pa’ allá, pa’ esa colonia. El sábado salí, rayé y salí, y me acordé que en el mercado ‘bía visto unas que ‘taban allí colgadas, de venta, pues, y ahí voy. Gua comprá’ una, ¿no? Llego yo, a ‘onde estaban las guitarras, y estaba un amigo tocando con una guitarra. Él le podía, pues. De las nueva’, que’staban allí. Y al ver que estaba ojoteando los guitarras, dice: ¿Quieres alguna guitarra? Digo:. Dice: Mira, esta está buena, suena bonito. Corrientona, la guitarra, pero sí sonaba bonito. Y que, ya, le digo al dueño: ¿Cuánto cuesta eso? Dice: Treinta pesos. En ese tiempo… fue como en el setenta y… No, fue más atrás todavía, sí, fue más atrás todavía. Algo así como en el setenta, setenta y dos, algo así, en ese tiempecito. Sí, como en el setenta o setenta y dos. Treinta pesos me costó la guitarra. Se la pago. No le dije: Te doy veinte, veinticinco, no, ahí ‘tán los treinta…

-No le regateaste…

-No, porque yo quería ese instrumento. Ajá, y me fui a mi casa con la guitarra, ¿no?, allá ‘onde yo estaba, ‘onde mi tío. Y en las tardes, yo iba [a] veces que me afinaran, los chavos, esos, sí. En ese tiempo estaba triunfando el Acapulco Tropical. Mi negra ven a bailar/ al ritmo de este conjunto… Acapulco Tropical. Cum---cum-cum-cum-cum-cum-cum. Así que me gustó ese ruidito, y ahí estoy, ahí estoy, ahí estoy. Y ya me salía, yo, a la andador, a ‘onde se ponían los muchachos también. Y decían las chamacas: Ve, ya el moreno puede tocar, toca como el Acapulco Tropical. Así, pues, porque yo le quería hacer esa figura, pero no podííía, yo, no’más estaba… Porque así empezaba esa cumbia…

Después, me dijo un amigo: ¿Sabes qué? Cómprate un método. ¿Querej aprender a la música? Cómprate un método, y con eso vas aprender. Digo: Y eso, ¿qué cosa es? No, pues, un libro, dice, donde están todas las notas de la música. ¿Y a dónde lo encuentro, eso? Dice. Vete al mercado, en la papelería, dice, ahí lo vas a encontrar. Sí, l’otro sábado me voy, allá. Lo pedí, y sí me lo dieron, me lo dieron el método. Y con eso…

-Pero sí sabías leer y escribir, ¿no?

-La verdad, yo no fui a la escuela ni un ratito, por diosito santo. Aquí está mi mamá que, a veces me dice…

-Te regaña…

-No, sino que ella está confundida, porque dice: ¿Cómo fue eso, que tú te enseñaste, que nadie te enseñara, aprendiste a tocar, nadie te enseñó? Y sí, pues, a no me enseñó nadie.

-De oído…

-‘ira: una cosa increíble. Me iba yo, veces, allá en Acapulco, a donde hay mariachis y músicos, así; me iba yo a oírlos, y quédate pensando nomás que ese ruido, ese ruido me lo llevaba yo, el ruido que me gustaba, pues, cómo le hacían a la guitarra, me lo llevaba yo. Juíjate, tanto ruido de carro, y todo eso. Y yo pensando en eso. Decía: No, pues, este ruido lo oí yo así, así, y llegaba a la casa y me ponía con la guitarra, a buscarlo, hasta que, más o menos, me salía. Y así, a mí no me enseñó nadien en la guitarra. Ese amigo fue la primera y la última que me dijo. Se llama Choso, y vive, ese amigo. Después, al poco tiempo, como a los diez años o más, creo, lo vi a ese amigo. Ajá. Le toqué la guitarra, y dice: Oye, aprendiste mucho. ¿Cómo le hiciste, aprendiste mucho? Yo ya ni me acuerdo de… Sí. Y la verdá’, no porque…

-Así aprendiste a tocar la guitarra; ¿y el acordeón?

-Igual, igual. Cuando yo tocaba con Los Alegres de la Costa, en el grupo… Si uno ya sabe de la guitarra, puede aprender cualqu’er estrumento. Con el acordeón, como está afinado, ya nomás, de saber acolocar los dedos, de buscar las notas, pues, ‘ónde va una, ‘ónde va otra.

Juan Bernal Candela tiene dos acordeones, de teclas y de botones.

-Cuando yo me organicé con el grupo de Los Alegres, le compraron los aparatos a Sergio [Sandoval, de Luces del Mar]. En ese tiempo, treinta y siete… Yo recuerdo como si ahorita fuera sido… Treinta y siete mil pesos, el equipo completo, pero, menos el acordeón. Entonces, el pariente Leonel… Tal vez conozcas a Adalberto Cruz, uno que carga una pasajera de Llano Grande La Banda. Gasolina, le dicen de apodo. Ése anduvo con Luces del Mar, anduvo de acordeonista. Él le vendió un acordeón a Leonel, un acordeón verde. Pero el pariente no le pudo; quería él ser músico, pues, pero no le pudo porque, así, con un dedo… [Toca uno de sus acordeones, con un dedo] ¿Qué nota vas a sacar con un dedo? Y se enfadó. Le daba y le daba y le daba, y se enfadó, nunca le pudo. Entonces, después, le dice a Fau’tino: Yo, la verdá’, no le pude a eso, ya ves, ya tengo mucho tiempo y ya es pa’ que pudiera. Búsquenle ustedes. Órale. Y ya, se puso Fau’tino, y de vez en cuando se descuidaba, pero… También, fíjate que eran un poco egoista’, me decía: Pariente, a ver, ¿usté’ le podrá a esto? Le digo: Pues, yo no le he tocado, pero, a ver, préstemelo, a ver qué. Sí, ya luego, pues, como en las blancas es Do mayor, si usas todas las blancas es Do mayor. Le jallé, y empiezo, tal canción, y así, así, así. Fau’tino quería ser el… y yo me lo gané porque, allí, yo me daba la idea, cómo, pues, el acordeón, allí. Le busqué, le busqué, le busqué.

-¿Has probado en otros instrumentos? Trompeta, bajo, saxofón…

-No, esos estrumentos no, pero yo siento que sí los aprendo. El otro día quería comprar uno, le dije a un amigo de Igualapa, se llama Rey. Le dije: Trae uno, porque decía que tenía dos…

-¿Y cómo te conocieron esas gentes de allá arriba, tú?

-De igualapa. El músico ‘ta como, ¿cómo te diré? ‘ta comoquiera, como esa gente que anda ‘ondequiera [Se ríe. En el aire flota dos palabras: Como güinsa], y ahí se ve uno, y si, más o menos, me gusta el juego…


DOS

En una presentación que tuvieran Juan Bernal y Foncho Rendón en la feria de Cuajinicuilapa, Juan interpretó una chilena que dice: Una vieja me lo daba/ repegada a una pader,/como’staba jor’badita/ no se la pude me… puse a jugar con ella, etc. En este punto de la entrevista le recuerdo a Juan esa anécdota y le pregunto por su reticencia a cantar esa canción.

-¡Ahhh! [Sonríe] Mira, te voy a decir una cosa: yo ya estoy grande y tuve una educación que creo que ahorita ya no lo hay. Ahí está mi mamá, ahí vive, y en una ocasión… yo tenía una grabadora, aquí, y que grabo esa pendejada, la grabé… eran casét… Y un día viene mi mamá, y que prende la grabadora y que sale eso, pues. Y me dice: Juan, bonitas canciones grabas ¿verdá? Y le digo: ¿Por qué? Dice: Yo oí una canción allí en tu casét, que tú la grabaste. ¿Ajá? Y yo me sentí apenado. Yo, allí está mi mamá, yo, en delante de mi mamá yo no digo groserías, porque mi educación mía fue ésa, pues. Y por eso, pues, el respeto, había mujeres…

-Y ya, aprendiste guitarra y dijiste: Ahora voy a componer una mía

-Sí. La primera que hice… Yo compongo corridos, cumbias, boleros y tengo varias canciones que no las he grabado todavía. Hubo un tiempo en que me trató mal el gobierno. Y le hice un bolero.

Agarra su acordeón y comienza una melodía, una tonada melancólica, como el tono de la voz de Juan: Yo bien recuerdo el día en que fui sorprendido,/ una mañana antes de salir el sol,/ era el gobierno el que me estaba esperando,/ me echó en su carro y a Acapulco me llevó…

-‘ta un poco crítico, lo que me pasó a mí, pero, no lo debo, no lo hice y, pues…

-¿Y qué te achacaban?

-Lo que pasa es que, aquí, un tío era malilla, y secuestraron a Eudocio Pastrana, y pensaron, tal vez, que yo también había ido, pero ese amigo fue con unos juchitecos, huehuetecos, y como él aquí estaba, y en la calle… como era mi tío… y yo tomaba, pues, entonces. No, que: Vamos pa’ca, vamos a echalo’ una’ cerveza’. Y yo una vez le dije, le digo: Oye, pero tú no trabajas, ¿’ónde jallaste dinero, tú? No, es que cuando me vine de Acapulco no’ quedaron a deber y fimos a cobrar. Y hubo una boda, creo, que se casó un muchacho, y compraron zapato’, compraron ropa… un billete. Y hasta después, pues, me di cuenta, y digo: ¡Ahhh! Y eso fue lo que… Aquí, mencionaban mucha gente, y de aquí me agarraron a mí, ‘garraron un tío, a su hermanito de Vitorio Hernández, a Chote, Agustín, pero ninguno de ellos no fue, este amigo fue con otros de Huehuetán o de Juchitán, no sé de ‘ónde chingao eran, y los ‘garraron a esos amigos, y me agarraron a mí también. Según, me acobijó esa vaina, pues. Pero no me comprobaron nada. Aquí me chingaron, allí, donde está la escuela; de allí, yo pensé que me llevaban a Ometepé. ¡No! ¡Cuál Ometepé! Hasta Acapulco me llevaron, mero a la zona melitar. Me tuvieron veintiocho días detenido, no se presentó nadie, no hubo… Ajá, y cuando aquí me golpearon, un soldado de aquí se fue hasta allá. Él oyó la investigación, cuando me estaban chingando, porque ‘tan golpeando a uno y le están preguntando, pues, cosas, y lo están escribiendo, todavía. Ya cuando me bajaron allá, se van los demás pero se queda él conmigo, pero ya dentro de la zona melitar, se van lo demás para allá y se queda él conmigo, y me dice: Moreno, no tengas miedo, no te pasa nada, dice. Nada más no vayas a decir otra cosa, lo que dijiste allá, eso di, y no te va a pasar nada. Digo: Todos son iguales, son los mismos. Pues, ¿ya qué?, ya me tienen. Así es que sí… Ese día, a otro día, a otro día, como a las doce de la noche, me hablaron: A ver, párate. Me paro. Salte. Me subieron arriba de un carro. Digo: Me van a matar ya. Y ahí me llevan. Yo, como a Acapulco lo conozco… Como que íbamos, así, rumbo a la Costa Grande, pa’llá. Pa’llá más oscuro, más oscuro. Digo: Sí, me van a matar, ni modo, pues. Ahí me dicen: No te vas a tirar del carro, ¿eh? Digo: No, no, ¿por qué me voy a tirar? No, pero más para allá ya empiezo a ver lucecitas y más lucecitas… Me llevaron, a ‘onde está… ora sí que pa’ sentenciarlos, a la grande, pues. Entonces estaba por allá, donde estaba la zona de mujeres, antes, pa’llá, aquel lado, estaba la cárcel grande, pero no nos metieron donde están lo sentenciados, donde están los detenidos nomás. Veintiocho días, ‘tuve yo.

-¿Y a los otros?

-No, los que hicieron el hecho no los ‘garraron, se llevaron a puros inocentes.

Juan Bernal nos muestra varios discos de su colección. En el titulado El indio costeño aparecen algunas composiciones suyas; el grupo se hace llamar Los Bullangueros, y fue hecho en 2005. En él viene un bolero de su autoría, dice Juan.

-¿Cómo se llama ese bolero?

-Para no pensar cosas tristes.

-Y, el arreglo, ¿quién se lo hizo?

-Yo, solo, aquí.

-¿Quién te enseñó a hacer arreglos?

-Dios, y la cabeza. Sí, porque, como ves, yo vivo solo. Mi esposa me dejó, ya tiene más de diez años, yo vivo aquí con mis hijos. Y, entonces, me quedé analizando eso, pues. Dice: Gracias le doy a mi dios/ por todo esto que yo tengo,/ esto de saber tocar/ es con lo que entretengo/ pa’ no pensar cosas tristes/ que en el corazón las tengo. He hecho varias canciones: boleros, cumbias, rancheras, algunas están grabadas ya, y algunas no. He hecho varios arreglos de corridos. El Corrido de Melitón, yo lo hice. Juimos al Faro a una jugada de gallos, nos envitó él, juimos con Fonchito, y dice… Allá ‘onde estábamos… después de que se terminaron las jugadas nos fuimos a un restaurán de una muchacha que es de aquí, pero está en el Norte, tenía un restaurán en El Faro. Y dice: Oye, cántense un corrido. Lo que no me gusta es que siempre le hacen los corridos a los que se mueren, que ya ni los oyen. Yo ‘bía de queré’ que me hicieran un corrido pero ahorita que ‘toy vivo para oírlo, para ver lo que hay. Digo: Ah, eso es lo de menos. Dijo: Eso es lo que ‘bía de queré. Digo: Sí. Ya, fíjate, en el camino ya vengo ideando, en el camino. A pocos días le digo: Ya te hice el corrido. Sí, le hice el corrido.

-¿Cuál fue la primera canción que compusiste?

-No me acuerdo cuál fue la primera. Porque hice una cumbia de una muchacha de aquí, que ya se casó ya, ahorita señora, pues, de cuando yo estaba joven, pues. Lucila, así, le puse el nombre de Lucila. [Y canta:] El sonido de mi lira/ parece que se oye encima./ Cuando me pongo a tocar/ me acuerdo yo de Lucila.// Le digo: Lucila hermosa/ vente, vamos a bailar… E interrumpe: no la recuerda.

-Esa fue de las primeras. Morenita, esa también no está grabada [Canta:] Morenita de mi vida/ yo no te puedo olvidar,/ todas las noches te sueño,/ parece que te oigo hablar.// Qué morena tan ingrata,/ cómo me fue a abandonar./ Lo que tú hiciste conmigo/ con dios lo vas a pagar. Tampoco está grabada. De esa me acuerdo que… yo pescaba, aquí, en El Faro. Unos primos que tenía yo en El Faro… vive uno de ellos… íbamos a pescar, en la tarde, y me dice: Oyes, dicen que eres cabrón para hacer composiciones. A ver, componte una canción ahorita, a ver si es cierto. En el mar, así, sin nada, nomás a puro pensamiento. Me acordé yo, yo tuve una muchacha aquí, se fue, me abandonó. Se llama ella Martina Quiterio, de San Nicolás… y que me pongo. Ahí vamos, y cuando íbamos, pa’l Cirgüelo, ya cuando íbamos a medio camino en el agua, iba pensando. Y ya, más allá, que se la empiezo a cantar. Dice: Oye, sí es cierto, entonces.

Mientras no me doy a la tarea, pues no, pero si alguien me dice: Oye, componme un corrido. Tengo un corrido de un amigo de acá, de Tapesla, Rufino Prudente, quizás lo conozcas. Y me dice: Oye, yo quiero que me hagas un corrido. Sí, se lo hice, se lo grabé. Después me dijo: Quiero que le hagas un corrido a mi suegro. Pasa esto, así y así. Nomás que ese corrido no quedó por completo, porque me dijo: No, dice mi suegro que no quiere, no quiere que salga al aire eso.

-¿No has tenido problemas con eso de los corridos, que alguien se moleste o te reclame?

-No, hasta aquí no. No, porque, mira, pasa esto: yo primero veo cómo está la forma, ¿no?, y sin ofender a nadie, porque, com’ora… Está el corrido de El Poste. Entonces, su papá se llevaba mucho conmigo. Ya murió también, Eladio se llamaba, aquí vivían ellos. Y me dice Eladio: Oye… porque, puro Cara Con Miedo nos nombrábamos nosotros. Oye, Cara Con Miedo, me dice, quiero que le hagas un corrido a mi hijo, le compongas un corrido. Ya había muerto, su hijo; ahí andaba yo cuando lo mataron. Le digo: ¿No iré yo a tener problemas con tus hijos? No, dice, tú hazlo, yo te estoy diciendo. Él fue nacido en La Estancia, y de allá en La Estancia tuvieron problemas y se vinieron aquí, porque aquí tenían un primo hermanito, Miguel García… su papá de El Poste… entonces, ya, le dieron solar por allá, en la orilla, y allá hicieron su casa. Aquí andaba él, aquí… mi mamá, ya es tiempo que vende bebida… aquí venía él a tomar, pero, muy buena gente, ¡hombre!, no se veía que era malilla. Y, otro, que compuse de Jesús Noyola, ése no lastima a nadie, porque no menciona a los que lo mataron, sino ‘ónde fue, a qué horas fue, ‘ónde estaba, ‘ónde andaba él, qué fue lo que hizo él, y todo eso.

-El que compone el corrido se tiene que cuidar…

-Sí, claro, para no tener problemas, pues, con la gente, con los familiares… Y solamente cuando el familiar, o el doliente, se puede decir, el doliente dice: No, componlo a cómo fue, quién fue y todo eso.

-Bueno, a algunos sí les interesa que se sepa lo que hacen para tener fama…

-Entonces, a toda madre, si él dice, pero si es por acá, no lo hago, porque al rato vienen por mí.

-¿Cómo se compone un corrido?

-Hay que buscar la manera… a qué horas fue, en ‘ónde estaba, qué hizo, pa’ hacer el principio, ¿no? Com’ora aquí, dice: Voy a cantar un corrido… porque estos estaban en una cantina, ¿no?, aquí, ‘onde Melitón. Entonces, el principio dice: Voy a cantar un corrido,/ que apaguen la sinfonola,/ en Montecillos, Guerrero,/ se murió Jesús Noyola,/ pero él no se daba cuenta/ que había llegado su hora… Es que él era malilla, pues, él era malilla. Luego: Jesús ‘taba en la cantina/ del señor Sabás Cisneros,/ él estaba platicando/ con la tal Reina Cisneros./ Así se supo la historia,/ así dicen los que vieron.// Por cierto, era un dos de agosto,/ se celebraba el Santiago,/ el agua estaba cayendo,/ cuando se escuchó un disparo./ Nadie vido al endividuo/ porque de af’era tiraron. O sea que ellos estaban adentro, platicando, y estos le tiraron de ajuera, pues.

-Pero, ¿tú preguntas para que te cuenten la historia, o cómo es?

-‘ira, en este caso, en ese rato, está el agua… iban a tocar, por cierto, un grupo, Sangre Latina, de Acapulco vino, y ‘ta el agua recio, ya no pudieron tocar, por la fiesta de Santiago. Entonces, viene un primo y me viene a hablar a mí. Primo, este, dice Tejón –que era Juan García, que ya murió–, que vaya y que lleve su guitarra, porque los del grupo ‘stán tomando allá, anta Cupe, ya no van a tocar, y traiga un acordeón para que tú le acompañe’, quieren tocar corridos, nomás, que un guitarrista le acompañe. Digo: No, qué voy a salir. El agua estaba bien recio. Digo: Yo no tengo nailo, y luego, si mojo mi guitarra, se daña, pues. Le digo: No, no voy. Me dice: ‘mano, fíjate que pasó una de mala, mataron a Jesú’. Menos salgo, menos salgo. ¿Y quién lo mató? No, que Julano. Digo: ‘arajo. Si luego se supo, nada más que yo no lo quise mencionar porque aquí lo tenía yo, así es que no, aquí lo tenía. Y con ese pretexto, que fue de ajuera, nadie lo vio. Digo: No, pues, así sale bien, de que nadie lo vio, quien fue el que lo mató.

-Pregunto de nuevo: tú no viste.

-No, te digo que yo estaba acostado.

-Pero, ¿quién te platicó o cómo le haces tú para saber? Porque, a la mejor, yo vengo y te digo: Pasó así y así… y pasó de otro modo.

-Sí, lo que pasa es que hay que asegurarse con gentes que vieron, sí, pa’ hacer eso, en gente que está en el momento, ¿verdá?, de cualqu’er cosa que sea, que se encuentra presente, pues. Hay que envestigar, por acá este lado y por acá este lado, a ver ‘ónde está la verdá, ¿no? Com’ora yo, los corridos, las historias que hago, necesito saber ‘ónde está la verdá. Sí, porque hay algunos que le agregan, y no, pues. Un día, uno de Tecoyame lo oye el corrido de Jesú’, y me dijo: Oye, está exactitamente; tú, ¿que andabas tú detrás de ese amigo, que te diste cuenta de todo eso que hizo? Digo: No, pues, la gente dice, la gente dice. Veces no le dicen al que no le interesa, pero, a otra gente le platican.

-Bueno, ya tenemos el principio, y lo de en medio, lo que se cuenta; y, ¿cómo se termina el corrido, cómo dices: Hasta aquí llegó éste?

-Me despido, o…

-Pero, ¿cómo sabes tú cuando cortarlo? Porque hay corridos muy largos…

-Nosotros, en la primera grabación que se hizo, de Prisco Sánchez, yo creo que se lleva siete minutos. Lo cantaba el finado Foncho. El de Martín Díaz. Esas historias le tocaron a ellos. Yo grabé Flor hermosa y mortal y… ¿cuál fue el otro? Ah, el corrido de Filadelfo Robles, en ese disco. Foncho cantó cuatro, Tiburcio cantó dos, yo canté dos. El disco salió de ocho canciones porque las historias ésas, el de Juan Chanito, el de Prisco Sánchez y el de Martín Díaz… No sé si esté más ampliado ahorita o esté más reducido, porque en un CD entra un montonal de canciones, pero antes no, porque antes era de tres y medio, la canción, tres minutos y medio. Y si hacías un sencillo pa’ la sinfonola, no lo terminabas, el corrido.

TRES

En esta larga charla con Juan Bernal, compositor, guitarrista, acordeonista y cantante de Montecillos, tratamos un poco la historia del nombre del grupo Los Cimarrones, de San Nicolás; también cuenta alguna anécdota sobre su pariente, Esteban Bernal, el acordeonista del Internacional Mar Azul; además, asegura que su oficio y talento, su arte, viene de herencia porque él desciende de familia de músicos empíricos y autodidáctas.

-¿Cuándo dice el corridero: Ya, hasta aquí se acabó el corrido?

-Lo que pasa es que, veces, lo que se pone en la historia, o se en el corrido es lo más importante, porque si vamos a seguir… desde que nace uno, ¿cuándo crees que va..? Se hace largo, pues, y todas las vueltas que da, ¿eh? Es mucho.

-Vuelvo a la pregunta: ¿Y cómo sabe el corridero cuál es lo más importante?, ¿qué es lo que le importa decir al corridero?

-Siempre, lo que la gente quiere saber que si era malo, era bueno, qué era lo que hacía, y veces lo más importante es donde se matan u se dijeron algo pesado. No, pues, esto es lo que dijo la persona… Se pelearon y ya que aquel fue a traer l’arma, que no sé qué. Es donde le pone más atención la gente, ¿sí? Porque, de hecho, ya ves que todos caminamos, todos platicamos y todo eso, y si vamos a agarrar desde allí sería una historia grandísima.

-¿Cómo se iniciaron, quiénes eran Los Cimarrones?

-Cuando prencipiamos el cuarteto de Los Cimarrones, yo, Juélis, eligimos a él [Foncho Rendón]… porque Tiburcio [Noyola] siempre representa que el cimarrón es él, que él es el originario del cimarrón, que el cimarrón lo puso él. Cuando ya estábamos a punto de ya grabar, me dice Jonchito, en paz descanse: Pariente, ¿qué nombre le vamos a poner al cuarteto? Ya vamos a ir a grabar y no se nos ocurre ningún nombre de ponerle al cuarteto. ¿Usté no tiene algún nombre por ahi que cree que le quede bien pa’ que se le ponga al cuarteto? Le digo: Y ustedes, ¿qué? Fueli me dijo ese día el nombre que él, según, quería poner. O sea, que propuso. Entonces, le digo yo: Mira pariente, no sé si ustedes quieran, tengo un nombrecito allí, no sé si ustedes creen que le queda bien, digo: Los Rebeldes de Guerrero. Y ahí le hablan a Miguel Ángel [Gutiérrez Dávila]. Y le dicen: Los Rebeldes de Guerrero, ¿cómo la ves? ‘tonces, viene Miguel Ángel… cargan esos diccionarios, no sé, ¿cómo se llaman?.. Y empieza a buscar. Está perfecto, dice, cimarrones es lo que contiene. Sí, dice, ése le ponemos. Y fue cómo se le quedó el nombre. Y según Tiburcio ahora, que él es el cimarrón, pero no supo quién o de dónde salió la idea de eso. Yo, no es porque yo me la quiera echar, yo, con mi i’norancia, yo le dije: Vamos a ponerle Rebeldes.

-¿Qué música te gusta, Juan Bernal?

-Yo, me llama mucho la atención la música de Bertín y Lalo, o sea, su manera de tocar. Sí, por ahí tengo unos disquitos de ellos, porque, como músico, hay algunas figuras que llevan y, pues, pa’ aprender algo de allí, ¿no? Yo compro el disco ese, lo oigo y, alguna figura que yo no sé por dónde están las busco y las encuentro.

-¿El Mar Azul?

-Sí, ahí tengo del pariente Esteban, del primo, aquí. Viene a veces, hace grabaciones y: ¿No?, pues, primo, aquí le dejo éste. En algunas ocasiones la gente se ha equivocado, por esto, porque yo, algunas personas me han dicho a mí mero: Oye, tú debes estar bien, una buena casa… Digo, se equivocan, porque, no sé, creo que la gente más humilde es la de gusto. ‘tonces, el pariente… como semos la misma raza, él aquí se crió, él, aquí, para allá, a la orilla, allá estaba su casa, de sus agüelitos… él se crió con sus agüelitos… y, él, veces, cuando está aquí, aquí llega: Pariente, ¿qué’t’aciendo? Nada. Véngase. No, pus, mira, traigo una canción que apenas la compuse, se la voy a tocar… Si no, veces llega: Vamos a Cuaji, pariente. ¿Quiere’ i’ a Cuaji pa’ ve si sacamos pa’ los refrescos? Ha ido varias veces conmigo a Cuaji.

De él, un amigo de San Nicolás me comentó que en una ocasión… éste dejó una criatura allá por Costa Grande, un amigo mío que vive en San Nicolás, pero lo dejó de meses, que no lo conoció, él se vino a vivir a San Nicolás, entonces, con el tiempo… aquel estudió y ya es maestro o no sé qué cosa, es mujer… y preguntó a su mamá: ¿Mi papá? No, pus, vive en tal parte. Y se viene la muchacha a buscar a su papá, y este amigo, le dio gusto que vino la hija a buscarlo, y le hizo una cena, envitó a algunas personas, sus familiares, y, entonces, le dice a su hermano: Oye, ve a traerme a Esteban para que le toque unas canciones aquí a mi’ja. Y entonces le dice: ¿Te gusta la música del Mar Azul? Le dice: Sí. ‘orita te voy a traer el acordeonista de Mar Azul. ¿Lo has oído? Sí. ¿Lo conoces? Sí, dice.

Entonces, se viene aquel anta el pariente Esteban y le dice: No, pus, dice fulano que vayas para que le toques unas canciones… que lleves tu acordeón. No, sí. Va él y agarra su bicicleta, ¿no? Y cuando lo vio él dice: No, pus, allá viene el del Mar Azul. Y, ajá, fíjate, la sorpresa pa’ la muchacha, porque ella dice que, según el que me contó, que pensó verlo en un auto de esos del año, y al verlo que va en bicicleta, dice: ¿Él es el del Mar Azul? Sí, dice ¿por qué? No, dice. Y, sí, ya luego empezó a tocar. Dice: Sí, su música, ésa es su música. Y sí, es lo que pasa, a mí me han dicho personas: No, tú debes estar bien puesto, tienes una buena… No, te equivocas porque el más humilde es el más [inaudible]. Sí, yo hice eso, de que ganaba mis cualilita’ y a puro echarle, a puro echarle. Ya, ahora, cuando ya me separé del vicio fue que pude comprarme estos acordeoncitos. No pensaba yo, de que: Necesito esto, no. Me iba yo, veces, terminando de tocar: Yo aquí me quedo, váyanse. Hasta donde terminara.

-Es lo que pasa. Com’ora, yo, ahorita… tal vez lo estoy haciendo un poco tarde… Estos chamacos, mis hijos no… allá está una guitarra, por acá está otra: son de ellos. Apena’compré esta guitarra, no la he usado ni una vez, no la he sacado a tocar; este es un requinto. Esto lo uso pa’ las figuras, es especial pa’ las figuras.

Juan Bernal afina su requinto y toca un corrido compuesto por él, el de Juan García, quien falleció de enfermedad. Luego, prosigue con su plática:

-Ahora sí que a mí me llamó la atención esto, y como estaba comentando hace rato que mi mamá se quedó, ahora sí que, sorprendida porque a mí no me enseñó nadie, ¿verdá? Pero esto viene por herencia, por sangre, porque, por parte de mi papá, músicos. Yo tuve un tío que fue bueno pa’l violín.

-¿Aquí mismo?

-Nosotros… es la misma raza, nomás que nosotros… yo nací en Tecoyame… Un tío que tocaba el violín, mi papá medio podía tocar y cantaba. Mi abuelo era músico. Dicen que… yo no lo conocí, ¿verdá? Dicen que en esos tiempos se usaba el bajo quinto, él tocaba ese enstrumento. ‘hora, por parte de mi mamá, esos Petatanes todos son músicos, pues. Mi mamá es de esa raza, de San Nicolás. Mi mamá es Candela Petatán; mi papá es Bernal García. Así es que eso viene de herencia de músicos.

-Pero no todos nacen músicos, porque, a veces, los hijos de los músicos no son músicos…

-No quieren, pues. Com’ora, estos chamacos… anda uno que le medio entiende tantito. Pasa eso. Fíjate, por ejemplo, Fonchito… éramos de la familia… y nosotros nos conocimos ya grande, y ahora que falleció vino el hermano de él y me dice, lo mismo que me decía Fonchito: No, pus, nosotros, Rendón, por el papá de ellos, pero por su mamá, Petatán.

CUATRO

En la persona de Juan Bernal, músico y trovador de Cuajinicuilapa, se intersectan y matizan dos tradiciones: la del griot y la del juglar. El primero tiene su origen en la África sudsahariana, y es un contador de historias y de noticias, músico, genealogista, entre otras características. El segundo tiene su origen en el medioevo europeo; también es un contador de historias, y músico. Ambos andan de pueblo en pueblo contando y cantando, a veces las historias propias, a veces las de otros, antiguos y modernos, cuyos nombres se olvidan pero sus recursos se definen, se decantan, como se decantan sus letras hasta llegar a la terrible perfección. Estos artes vienen de siglos, y se amaridan en este territorio, la Costa Chica, teniendo como espacio físico y espiritual la matriz indígena, para legarnos un arte criollo rico, auténtico, emocionante, apasionante y felizmente vivo, como puede constatarse en el corrido, el bolero y la cumbia, por ejemplo, y, por supuesto, la indispensable chilena.

Juan es un músico de ésa tradición, la local, la criolla, la nuestra, la de él, la propia, y pertenece a una cultura de resistencia, la que nació de la experiencia de colonización que vivieran tanto los esclavos negros africanos que fueron traídos por los castellanos y españoles para explotar estas tierras que despojaron a los indígenas, a los indios –plural de amuzgos, mixtecos, nahoas, yopes, ayacaxtlas, etc. –, quienes también sufrieron esas misma experiencia, hecho que los hermanó, además de hermanarlos el maridaje físico de indios y negras y de negros e indias, como hasta la fecha sigue ocurriendo.

Hubo otro factor común, además de la horrorosa experiencia de la colonización: las cosmovisiones de negros e indígenas eran parecidas, ambas animadas por lo que los europeos llamaron panteísmo. Y esto puede observarse, por ejemplo, en los conceptos del tono y del nagual, que muchas de las veces se confunden, se hacen uno, hermanan a aquellos. De ese linaje viene Juan Bernal, con quien también conversamos del arte de la composición de canciones, y nos canta una de sus cumbias, dando por terminada momentáneamente esta conversación.

-¿Cuántas canciones has compuesto, Juan Bernal?, ¿unas cien?, ¿más?, ¿menos?

-Yo, la verdá, menos, he compuesto… ni con las que no he grabado ni que… más o menos unas cincuenta, más o menos, pero más no son. Lo que pasa es que, com’ora’veces, me dan la tarea, me dicen: Oye, hazme este arreglo… Pero, así nada más. No, veces me dicen: Oyes, componle el corrido a julano, que pasó esto y esto. Pero necesito saber, pues.

-Y, ¿pagan por componerles corridos?

-No, a mí no me ha pagado nadie. No, no.

-Bueno, hay grupos que buscan quien les componga…

-Lo que pasa es que el músico, el artista, se puede decir, que ellos hacen el arreglo musical nada más, el arreglo musical, que la letra se las pasan otras personas, las escriben otras personas. Com’ora, por ejemplo, ‘tamos con Bertín y Lalo… yo… hubo una persona… porque yo sé donde viven esos amigos, se llevan muy bien conmigo, Bertín y Lalo… entonces… allí en el Marqués yo tengo familia, y yo fui en una ocasión a tocar allí, un amigo me dice: No, pues, aquí, yo le compongo a Bertín y Lalo, ¿no?, yo le compongo a Bertín y Lalo. Y, ‘ora sí que me mostró algunas de las composiciones: ‘ira. No es cosa de que es mentira. Mira, es ésta, va así y así y así. Allá ellos le pusieron l’arreglo musical, pero la letra la hice yo así, así. Digo: . Y yo las he oído, pues, con sus grabaciones de ellos. O sea que es eso, pues. Mucha gente se equivoca, y dice: Tiene mucha calidad para hacer tantas cosas. No, no…

-Y a ti, ¿quién te compone, Juan Bernal?

-No, yo no, nadie… yo solo hago todo, ajá. Porque el arreglo de la letra es una cosa y el arreglo musical es otra cosa.

-Cuando estás componiendo, ¿qué sale primero?, ¿la música o la letra?

-Yo, veces me… primero pongo la música, a ver, a ver, a ver… Hay veces canciones que me da la idea de cómo, ¿verdá?, y ya luego hago la letra. Porque, com’ora, por ejemplo, hubo una cumbia que no está grabada, y sí, ya la he tocado en el grupo, y, de esto, primero hice la música y después hice la letra.

[Toma el acordeón y lo jala.]

Aquí en las Vigas, viví unos días con una mujer, ahí, tiene una criaturita, una niña… y, entonces, algo menciona aquí de ella… y otra en Cuaji. Y esto, primero hice la música y después la letra. [A ritmo de polka-cumbia, canta:]

Soy cumbiambero,/ cumbiambero/ y mujeriego,/ me gusta bailar la cumbia/ si encuentro alguna chamaca.// Si me acompaña/ bailamos de jalaíto/ y también abrazaditos,/ le damo’ vuelo a la hilacha.// Soy cumbiambero,/ cumbiambero/ y mujeriego,/ me gusta bailar la cumbia/ si encuentro alguna chamaca.// Si me acompaña/ bailamos de jalaíto/ y también abrazaditos,/ le damo’ vuelo a la hilacha.// Mueve los hombros/ y mueve bien la caderita/ como lo hizo Chanita/ en Las Viga’, allá en su casa.// Pero allí en Cuaji yo sentí una voz divina,/quise bailar con Delfina/ pero la encontré borracha.// Con la chaparra, ¿cuántas vece te engañado?,/yo quise bailar con ella,/ pero ya me ha despreciado.// Pues, ya ni modo, aunque yo sienta penita/ mejor bailo con Chanita/ ya, ésa nunca se ha rajado.// Con la chaparra, ¿cuántas vece te engañado?,/yo quise bailar con ella,/ pero ya me ha despreciado.// Pues, ya ni modo, aunque yo sienta penita/ mejor bailo con Chanita/ ya, ésa nunca se ha rajado.

¿Sí, le entendiste? Tú sabes que son cosas que pasan. De veces, sale la idea, ¿no?