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martes, 22 de junio de 2010

El esclavismo, otro olvido del Bicentenario oficial


Judith Amador Tello

Aunque se trató de “uno de los capítulos más trágicos de la historia de la humanidad”, la esclavitud de los africanos en Europa y América, México no reconoce a fondo ni enfrenta su realidad con la llamada “tercera raíz”, al grado de que la especialista Luz María Martínez narra sus esfuerzos infructuosos para que en los libros de texto se explique a los niños mexicanos esa porción de su historia.

MÉXICO, D.F., 14 de junio (Proceso).- Desde hace más de 35 años la etnóloga Luz María Martínez Montiel ha luchado para que en los libros de texto se reconozcan las aportaciones de las culturas africanas a la conformación étnica y cultural del ser mexicano; pero también el peso de la mano de obra esclava en la edificación y desarrollo de la nación desde la sociedad virreinal hasta hoy.

No ha tenido éxito.

Y es que la historia oficial sigue ponderando el mestizaje del mexicano a partir de españoles e indios y ha dejado fuera no sólo a los negros que –a decir de la investigadora– son “nuestra tercera raíz”, sino a muchos otros seres humanos que se mezclaron con la población local a lo largo de los siglos.

Poco se conoce incluso de las poblaciones negras que habitan regiones como las costas de Guerrero y Oaxaca, así como del estado de Veracruz. Y aunque con la diferencia de que las comunidades indígenas se identifican a sí mismas como herederas de culturas milenarias y luchan por el reconocimiento de sus derechos culturales, económicos, políticos y sociales desde hace siglos, los pueblos negros padecen igualmente la discriminación e intolerancia.

¿Cómo es posible –se le pregunta a la especialista– que el gobierno actual se apreste a celebrar el Bicentenario de la Independencia sin ese reconocimiento? ¿Cómo celebrar “200 años de ser orgullosamente mexicanos” sin tomar conciencia de qué es precisamente el mexicano y de todos los elementos que lo conforman, incluyendo la negritud?

En su departamento de la colonia Condesa, casi al mismo tiempo que los restos de los héroes insurgentes eran exhibidos por Paseo de la Reforma, Martínez Montiel, egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y del Centro de Estudios Africanos de París, responde:

“¡Es la misma pregunta que me hago!”

Y cuestiona a su vez:

“¿Cómo vamos a enfrentar 200 años si negamos nuestros orígenes?”

Repite que desde el inicio de las investigaciones sobre la esclavitud africana y su impacto económico, social y cultural en la conformación de la nación, se ha luchado por entrar a los libros de texto gratuitos, “porque es en la escuela donde aprendemos estas cosas, y sin embargo...”

Se interrumpe, levanta las manos y tras un silencio remata:

“¿Para qué le digo? ¡Las autoridades de la Secretaría de Educación Pública!”

Su opción ha sido dar talleres a los maestros de primaria y secundaria para que conozcan del tema, y pese a que “han quedado encantados”, no se reproduce la enseñanza en las aulas. Se le pregunta si le han ofrecido una explicación. Niega con la cabeza.

–¿Ha hablado con autoridades de la SEP?

–¡Sí, cómo no! El año pasado tuvimos un taller con altos jerarcas.

De más está insistir en que los libros de texto gratuitos siguen sin explicar la historia de la esclavitud a la cual fueron sometidos los africanos en la época colonial y dio origen a la actual población afromexicana. Por el contrario, los libros han sido criticados recientemente por suprimir distintas etapas de la historia, como la época prehispánica.

Como parte de los festejos por el Bicentenario, la Presidencia de la República, junto con la SEP y el Fondo de Cultura Económica (FCE), editó el libro Historia de México, escrito por investigadores miembros de la Academia Mexicana de la Historia (AMH), y coordinado por Gisela von Wobeser, a quien toca escribir el capítulo del virreinato de Nueva España en el siglo XVI.

En el volumen apenas hace referencia al esclavismo. Se cuenta que en 1542 la Corona expidió las Leyes Nuevas, donde se prohibió “emplear” indígenas en las minas y fábricas de los ingenios azucareros, lo cual obligó a “contratar” esclavos negros, introducidos por comerciantes portugueses, que los traían de África o los adquirían en mercados europeos y asiáticos.

Y agrega que de las uniones entre españoles, negros e indios surgieron las llamadas castas (mestizos, mulatos y zambos), “que tuvieron los mismos derechos y obligaciones que los españoles de clase baja y culturalmente se hispanizaron”.

Se pide a Martínez Montiel una opinión sobre el libro. Pregunta quién lo escribe, y al escuchar que miembros de la AMH, coordinados por Von Wobeser, ataja:

“Sin comentarios.”

El año pasado el jefe del Ejecutivo, felipe Calderón, conmemoró la rebelión encabezada por Gaspar Yanga, un príncipe africano que fue traído como esclavo, y celebró el 400 aniversario de la fundación del poblado de Yanga, en Veracruz (1609), como “el primer pueblo libre de América”, según las crónicas de prensa, que destacaron la ausencia en el acto oficial de descendientes afromestizos.

Martínez Montiel aclara que se deben tomar los hechos “con prudencia”, pues no se puede considerarse como un antecedente de la gesta de Independencia. Y puntualiza que Yanga no fue el primer territorio libre de América, sino Haití (1804), “¡y hay que ver cómo está ahora!”.

Bien harían, insiste, en reconocer las aportaciones de la mano de obra esclava, saber que las tropas de Miguel Hidalgo estuvieron nutridas por afromestizos o que la misma sor Juana Inés de la Cruz dedicó unas ensaladillas a la población negra. Se sabe que manifestó preocupación por ella.

Tras las huellas

El pionero de los estudios africanistas en México desde los años cuarenta del siglo XX Gonzalo Aguirre Beltrán (1908-1996) hizo ver también la grave omisión en la historia de México. En la introducción del tomo XVI de su obra antropológica, señala:

“Es inconcebible que la Historia de México (1978), editada por Salvat y coordinada por Miguel León Portilla, preclaro profesional, con quien colabora la flor y nata de nuestros historiadores, no mencione una sola vez al negro, o a la esclavitud negra en alguna de las 3 mil 100 páginas de los 13 volúmenes profusamente ilustrados.”

No quiso atribuirlo a un “olvido involuntario”, pues habría sido “racismo larvado, inconsciente”, más bien consideraba la falta de especialistas en el tema. Entonces ya mencionaba entre los pocos al fallecido Gabriel Moedano y a Martínez Montiel.

Ganadora de la medalla Gonzalo Aguirre Beltrán, la antropóloga afromexicanista continuó por la brecha abierta por el médico antropólogo al fundar, en 1974, en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) el proyecto Afroamérica. La tercera raíz, y en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) el seminario de Historia de África y el curso Mundo africano. Edad moderna, luego de haber recorrido mundo en busca de conocimientos sobre africanía con profesores de la talla de Claude Lévi-Strauss, Roger Bastide, George Balandier y Jacqueline Delange.

Creó, asimismo, en 1987, el Museo de la Ciudad de Veracruz con la primera sala dedicada al tema de la esclavitud; en 1989, con Guillermo Bonfil como director general de Culturas Populares del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Programa Nuestra Tercera Raíz, basado en los proyectos anteriores, que ahora retoma su nombre Afroamérica. La tercera raíz, dentro del Programa México Nación Multicultural, de la UNAM, dirigido por el etnólogo José del Val.

A decir de la antropóloga, a lo largo de estos más de 35 años se han editado varios libros de estudios afroamericanos en Centroamérica, Sudamérica y México. Ahora, destaca, hay más investigación y ha habido “una producción grande de tesis”, tanto en la Ciudad de México como en los estados de la República. Aunque sigue faltando difusión, el término “tercera raíz ha alcanzado cierta voz”; hay gente interesada en averiguar a qué se refiere.

“Hemos despertado vocaciones en la UNAM. A estas alturas debe haber 40 especialistas en provincia y en el extranjero que han venido a estudiar aquí porque esa materia no se da en las universidades de América Latina, en la mayoría de las universidades, podríamos decir para no pecar. Cuando había becas para latinoamericanos, yo tenía estudiantes de Colombia, de Trinidad, de Estados Unidos, en fin, en Cuba misma no hay una materia como ésta y es una de las potencias más adelantadas en estos estudios, pero no existe la cátedra de historia de África o de Afroamérica, es otro beneficio que da la universidad.”

Una de las aportaciones que considera tendrán efecto a largo plazo es que los afromexicanos están reclamando reconocimiento y tienen ahora argumentos reales de apoyo para la búsqueda de su identidad, y en una retroalimentación, pronto se editará un libro con este tema. Antes –recuerda su propio caso– se iba a África a buscar la historia de la africanía del siglo XVII, hoy se acude a las comunidades afromexicanas y se constata cómo se transformaron tanto África como América, y España y Europa también a partir de las aportaciones de esos continentes.

“Ninguna de las tres culturas, europea, americana y africana, quedaron intactas, sería absurdo. Nosotros le llamamos cultura afroamericana a aquello que contiene elementos de africanía, pero contiene también elementos de hispanidad y de indianidad, es una cultura híbrida. En ningún caso podemos encontrar culturas puras.”

–¿Cuál ha sido el beneficio para las comunidades negras de México?

–Bueno, si no hay beneficios para las escuelas (en libros de texto), no hay beneficios para las comunidades.

Luego reconsidera, pues aunque oficialmente no se reconozca a estas poblaciones, el Programa sí los ha beneficiado. Menciona por ejemplo la creación del Museo de las Culturas Afromestizas Vicente Guerrero Saldaña (primero en su tipo), en Cuajinicuilapa, Guerrero.

Cabe señalar, como ejemplo también, que recientemente se realizó el foro Afromexicanos: Por el reconocimiento constitucional de los derechos del pueblo negro de México, cuyo resultado es el libro De afromexicanos a pueblo negro, compilado por Israel Reyes Larrea, Nemesio J. Rodríguez Mitchell y José Francisco Ziga Gabriel, cuya versión electrónica puede consultarse en la web del programa México, nación multicultural.

“A las comunidades –dice la etnóloga– se les beneficia regalándoles su historia, despertándoles la conciencia de su identidad, enseñándoles pues, es lo que nos toca hacer. ¿Cuántos beneficios puede haber en las comunidades en México? Todavía no los puedo medir, para qué especular. Ahora estoy estudiando los procedimientos de organización de los llamados pueblos negros de Oaxaca y de Guerrero.

“Porque esta idea de organizarse y reclamarse como afrodescendientes no es originaria de México, viene de otras partes de América Latina, entre ellas Colombia, en donde el reclamo es diferente y el problema es muy distinto. En cada país de América Latina hay una situación, pero no en las mismas condiciones ni en los mismos términos.”

La organización de los pueblos negros no es tampoco semejante a la de las comunidades indígenas. Tras recordar que recientemente hubo un encuentro entre grupos de ambas comunidades que se llamaron “hermanas”, la especialista explica que el reconocimiento a la diversidad cultural (impulsado por ejemplo ahora por la UNESCO), entraña una lengua propia, una historia conocida, un reclamo a esa historia y a una identidad, y los negros no tienen todo ello.

Hay que recordar que sus antepasados fueron arrancados literalmente de sus territorios, no lograron conservar sus lenguas ni sus formas culturales.

“No conocen su historia, no conocen sus orígenes, apenas se están enterando de quiénes son.”

De hecho, la etnóloga no está de acuerdo con el uso del término “negro”, se opone a él aunque los propios pueblos negros se autonombren así, pues considera que no se debe juzgar a la gente por el color de su piel, “ése es el racismo verdadero”.

–¿Cómo llamarlos entonces?

–Lo estoy averiguando –responde al tiempo que levanta un ejemplar de La raza cósmica, de José Vasconcelos, que está releyendo–. El término negro es una categoría colonial, ¿cómo es que la seguimos usando? Les decían negros a los esclavos, pero ellos venían de pueblos con nombre y apellido, de verdaderos imperios, igual que los indios, y fueron despersonalizados por los europeos: De aquí a acá son indios y de acá para allá son negros, y se acabó, no tienen personalidad, no tienen nombre, no tienen cultura.

Vergonzosa historia

Los antecedentes históricos de una nación esclavista pueden no ser motivo de “orgullo” en el contexto celebratorio de 200 años de “Independencia”, como reza la propaganda del gobierno que en contraste otorga el reconocimiento del Águila Azteca al líder sudafricano Nelson Mandela, por su lucha contra el apartheid, pero no reconoce las aportaciones de los negros en su propio país.

Ganadora por su parte del Premio Internacional Fernando Ortiz, otorgado en Cuba, debido a sus aportaciones en los estudios afroamericanos, Martínez Montiel resume en un breve texto aquella parte de la historia de México, que comparte con otros países como Brasil, Cuba o Colombia:

“El comercio trasatlántico de esclavos que duró alrededor de 400 años es uno de los capítulos más trágicos en la historia de la humanidad. Millones de hombres, mujeres y niños africanos fueron capturados, enviados en barcos, vendidos a dueños de plantaciones y otras empresas coloniales y esclavizados por varias generaciones.”

El texto es la presentación de la exposición Afroamérica. La tercera taíz, mediante la cual ha venido difundiendo no sólo en México sino en otros países de América Latina, África y Europa los temas de la esclavitud africana. Se expuso por primera vez en 1999 en la Casa del Lago.

Ahí queda claro que no se trató de “contratar” negros. La antropóloga africanista enfatiza:

“La diáspora africana, en tanto que movimiento forzado de millones de seres humanos, fue el mayor traslado de personas que el mundo jamás haya conocido... cambió el curso de la historia generando un largo proceso de interculturación en el que surgieron nuevas y originales manifestaciones conformadas por pueblos y civilizaciones antes desconocidos.”

Y lamenta:

“A pesar de ello, gran parte de esta historia aún no ha sido contada. Se le ha dado muy poca atención a la tragedia de la esclavitud, al sufrimiento humano que causó, al racismo que generó y al gran impacto que tuvo sobre tres continentes: América, África y Europa.”

Expone que los africanos hicieron aportaciones a la agricultura, la pesca, la minería, la metalurgia, la medicina tradicional, contribuyeron al desarrollo de Europa y del entonces llamado Nuevo Mundo. Y desde siempre lucharon por la abolición de la trata de esclavos en movimientos de resistencia. Pese a ello, sus descendientes no han conquistado sus derechos civiles y políticos:

“El estigma de la esclavitud existe aún en sociedades racistas, segregacionistas, y en los sistemas de apartheid, así como en formas modernas de esclavitud tales como el trabajo de niños, la servidumbre, la prostitución y otras formas disimuladas de explotación como la de los migrantes indocumentados en todo el mundo.”

La investigadora incluso pone en duda cómo serán tomados en cuenta los negros en el Censo General de Población y Vivienda.

“¿Por el color de su piel?”, pregunta con ironía el remarcar que ello sería una forma de racismo, un estigma. Antropólogos e historiadores han señalado que el censo no tiene una metodología adecuada tampoco para reconocer a la población indígena, a veces simplemente se guían por determinados elementos (dormir en petate, no en cama; usar huaraches, no zapatos; o el tipo de alimentación), cuando esto tiene que ver también con condiciones socioeconómicas, no sólo de tradición cultural.

Al dar a conocer la salida a la luz pública del libro De afromexicanos a pueblo negro, la agrupación De África, A.C., destaca:

“Creemos que hoy más que nunca, en que el mundo entero está reconociendo el papel importante que han tenido los pueblos afrodescendientes en la construcción de cada nación en donde hay presencia negra, debemos en nuestro territorio mexicano, acompañar a los pueblos negros a consolidar sus derechos. El censo, de acuerdo con lo establecido en el foro afromexicanos, constituye un principal paso.”

Advierte además que ya no quieren ser sólo un “objeto de estudio” de congresos y seminarios, quieren ser protagonistas y relatores de su historia:

“Los negros, como objeto de estudio, siguen siendo los negros atrapados en los archivos que quedaron olvidados, porque siempre han sido ignorados. Por eso a lo mejor se piensa que no hay negros en México, porque cuando se habla de ellos, se habla de quienes están en los archivos. Pero en la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero, en Valerio Trujano, Oaxaca, en Veracruz, en Coahuila y en todo México hay un pueblo negro que exige se le reconozca, que exige libertad de tránsito, que exige salir de esos groseros niveles de pobreza que Conapo (Consejo Nacional de Población) manifiesta, que exige ser parte de programas federales, que no quiere verse reflejado en las estadísticas como los más analfabetos, como los más carentes de servicios, como los más olvidados.”

martes, 4 de agosto de 2009

Pensando el Bicentenario desde la perspectiva afroecuatoriana

Jhon Antón Sánchez

ALAI AMLATINA, 04/08/2009.- Ahora entramos en la onda del Bicentenario. Las celebraciones, efemérides o actos de recordación son claves para refrescar la memoria, desempolvar recuerdos. Pero también puede servir para corregir los errores de la historiografía y revisar lo que realmente pasó.

En esta fecha del Bicentenario se recuerda que el 9 y 10 de agosto de 1809, en Quito se dio un primer grito de Independencia, quizá uno de los primeros de Hispanoamérica. Cuenta la historia oficial que aquel 9 de agosto en la ciudad de Quito el señor Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, instaló una fallida Junta Soberana. Al día siguiente, el presidente de la Audiencia, era notificado del intento de revolución. Pero más tarde los virreyes del Perú y Nueva Granada aplacaron la insurrección. Finalmente Ecuador tuvo su independencia en 1822.

Hasta aquí todo OK. Nuestra inquietud tiene que ver sobre el enfoque, mensaje y objetivos que se quiera vender con el tema del Bicentenario. En una conversación con funcionarios del Ministerio de Cultura, se me planteaba que el interés del Gobierno Nacional es hacer del Bicentenario, más que un acto de celebración de una fecha, un acto político de reafirmación de la identidad nacional. Se tratará de recuperar la memoria política y plantear que la Revolución Ciudadana debe comprenderse como una tercera independencia. Estamos de acuerdo con este enfoque. Y lo complementamos haciendo algunas precisiones al respecto.

Desde la perspectiva afroecuatoriana la Conmemoración del Bicentenario debe ser un punto de partida simbólico para afianzar el verdadero sentido de la identidad nacional: la diversidad cultural de la nación. Es decir comenzar a concretar el proyecto político de la Constitución cuando establece que el Ecuador es un Estado Plurinacional e Intercultural. Visto así las cosas, el Bicentenario para el pueblo afroecuatoriano debe ser un punto de partida para la justicia, la inclusión y la visibilidad de aquellos actores que también construyeron la Nación.

Sería muy decepcionante que esta fecha se aprovechara para afianzar el proyecto de la dominación racial que ha caracterizado a la identidad nacional con la supremacía de la blanquedad hispana disfrazada ahora de mestizaje. Si el Bicentenario es para ahondar más el viejo proyecto de exclusión, colonización y racismo que se ha mantenido desde la misma primera independencia, más vale no recordar.

El Bicentenario debe servir para hacer justicia con los artífices de la historia pero que en su condición de subordinados, dieron la sangre, pero no obtuvieron la gloria. La historia oficial, la dominante, la racista y colonial ha invisibilizado, excluido y desconectado a los vencidos y subordinados de la estructura social racial y racista, donde el blanco heredero de España fue la luz de la civilización, mientras el afrodescendiente y el indígena fueron las antípodas portadora de la barbarie.

De modo que al hablar de Bicentenario debemos comenzar por revisar la historia, recabar en lo que verdaderamente sucedió y devolverle el lugar a los sujetos sin historia. Entonces será necesario algunas verdades que la dominación racial blanco mestiza conoce muy bien pero oculta en sus museos, fiestas y demás monumentos.

En los libros escolares nos enseñan una versión de la historia que no es justa con los afrodescendientes. Nadie explica que fueron los esclavizados africanos quienes constituyeron la primera revolución industrial de carácter biológico, antes del vapor, la electricidad, el petróleo y la energía nuclear. Gracias a la fuerza esclava, Europa (más concretamente Inglaterra) se enriqueció y emergió el capitalismo que hoy domina Occidente. Así mismo, la primera semilla de la libertad, la igualdad y la justicia la sembraron los esclavos en América cuando crearon los palenques, se volvieron cimarrones y se automanumitían.

El proyecto de la Independencia de América Bolivariana no sería posible sin los afrodescendientes. Fue la Revolución Haitiana (1791-1804) comandada por esclavos que sembró la chispa de la hoguera en América Latina. Y esto es importante. Haití fue la primera nación libre de la región. Haití logra su independencia de Francia el 28 de noviembre de 1803, convirtiéndose en el primer Estado libre de América Latina y en la primera república negra del Mundo. Bolívar entonces se da cuenta de que sí es posible su proyecto. El 2 de enero de 1816, el tercer rey de Haití, Alexander Petión, recibe a Bolívar en Puerto Príncipe y le da todo el apoyo logístico, militar y financiero para la gesta independentista. La única condición de Petión a Bolívar fue la libertad de todos los esclavos.

En Ecuador, antes que se diera el primer grito de independencia, los afrodescendientes ya habían hecho esta siembra. En 1553, los primeros africanos que llegaron a Esmeraldas fundaron allí el Reino de los Sambos, una gran Comarca que con alianzas entre palenques llegaba hasta Buenaventura en Colombia. Los cimarrones Antón y Alonso de Illescas fueron sus primeros reyes. Otros fueron Pedro de Arobe y sus hijos. Este reino permaneció fuera de la Real Audiencia de Quito por más de 100 años. Y cien años es bastante. La semilla de la libertad y la igualdad la trajeron a América los ancestros africanos esclavizados en las haciendas, minas y en las ciudades. En el Valle del Chota muchos esclavizados fueron introducidos desde Colombia para trabajar en plantaciones de vino, algodón, tabaco y caña de azúcar. Muchos de ellos fueron utilizados para construir los astilleros y el puerto en Guayaquil.

En estos asentamientos hubo muchas rebeliones, alzamientos y protestas. Por ejemplo, para 1794, en Guayaquil la esclavizada María de Chiquinquirá solicitó juicio contra su amo el cura Alfonso Cepeda, quien se negaba a concederle la libertad, pues su madre ya era libre. Entre 1710 y 1820 muchas familias de esclavizados en el Valle del Chota se rebelaron contra sus amos. Entre ellos figuran las familias de Fulgencio Congo (Hacienda de Tababuela), Francisco Carrillo y Polonia Méndez (Hacienda de la Concepción), Martina Carrillo (Concepción), Pascual Lucumí y Ambrosio Mondongo (Salinas).

En la coyuntura de la Gesta de la Independencia muchos de los ancestros afroecuatorianos fueron parte del ejército libertador bolivariano quienes lucharon bajo la promesa de la libertad. Pero esta promesa sólo fue posible en 1854. De modo que el legado de Bolívar aún está en deuda con Haití y el pueblo afrodescendiente.

Si hablamos de héroes del Bicentenario entonces hay que mencionar a los héroes afrodescendientes que nunca han salido en los billetes ni aparecen en los museos del Banco Central: El General Juan Otamendi Anangonó fue uno de los héroes afrodescendientes más importantes en la Campaña Libertadora del Ecuador. Se le conoció como el “Tigre de la Batalla de Miñarica” o el “Centauro de ébano”. Otamendi nace en Caracas en 1797 y muere por la espalda en 18 de agosto de 1845 en la provincia del Oro, en Ecuador. Fue el hombre de confianza del general Flores. Fue muy amigo del liberal Urbina. Se casó en 1830 con la quiteña Ángela Naranjo. Y con la Constitución de Riobamba se hace ciudadano ecuatoriano.

Se habla mucho de Manuelita Sáenz como la libertadora del Libertador y de su papel en la batalla del Pichincha, pero lo que no se dice es que Manuelita tenía dos esclavas: Jonantas y Jatán, las cuales servían de espionaje y lucharon de codo a codo al lado de su ama. Al menos así la misma amante de Bolívar lo dice en sus diarios.

Luego de la independencia del Ecuador, muchos afroecuatorianos lucharon en los ejércitos liberales esperanzados por las ideas de libertad, igualdad y ciudadanía para todos. El ejército de los Tauras en Guayas del general Urbina fue compuesto en su mayoría por afroecuatorianos.

Pese a que en 1854 se abolió definitivamente la esclavitud, aun los recién libertos afroecuatorianos no fueron considerados ciudadanos, pues muchos de ellos no sabían leer, no tenían propiedad y tampoco patrimonio económico. El gobierno en lugar de reparar a los ex esclavos, prefirió indemnizar a los amos. Los recién libertos no tuvieron oportunidades de insertarse al desarrollo. Muchos fueron obligados a nuevas formas de explotación como el concertaje, el huasipungo y la servidumbre doméstica. Allí los orígenes de nuestra desigualdad y exclusión.

Con la revolución liberal de Alfaro muchos afroecuatorianos participaron en el ejército de las ”montoneras”. La mulata Martina en 1877, le salva la vida a su antiguo amo Eloy Alfaro. Otros afroecuatorianos que lucharon al lado del general Alfaro fueron: Pío Quinto Nazareno (1882), Domingo Trejos, (1884), entre otros.

En la revolución de Esmeraldas, que se conoce como Revolución de Concha (1913-1916), los afroesmeradeños fueron grandes protagonistas. Allí se destacaron el mayor Federico Lastra y los capitanes Nicolás Castro, Julio Sixto Mena, Enrique Torres y Carlos Otoya, entre otros.

Luego para modernizar el país, se construye el Ferrocarril. En esta importante obra del desarrollo y la unidad nacional muchos afrodescendientes de Jamaica trabajaron de sol a sol. Estos fueron traídos exclusivamente para aprovechar su conocimiento, técnica y experiencia.

No vamos a redactar aquí una cátedra de historia subalterna. Pero la consideramos clave para saber exactamente qué cosas piensan los afroecuatorianos del bicentenario: El comienzo de un acto de justicia y reparación a los protagonistas de una historia en la cual la estructura racial blanco mestiza los venció y desconectó.

El Bicentenario deberá ser entonces la oportunidad de reparación a los hijos de la diáspora africana que sobrevivió a la trata esclavista, a los mismos cuya independencia no les reconoció su carácter de ciudadano, los mismo que la dictadura racial los utilizó como carne de cañón para sus guerras. Los mismos que siempre han estado explotados, que luego de esclavitud fueron conciertos, después huasipungueros, luego de la servidumbre urbana, y hoy empleados domésticos, porteros, vigilantes, policías, futbolistas y cantantes. Pues la sociedad racista no da mayor apertura para su plena inclusión social, pese a que aunque pobres están preparados.

Los afroecuatorianos piensan entonces el Bicentenario como la reparación de la memoria histórica. Se trata de recobrar el lugar justo en la sociedad, en la identidad y en los espacios de poder. La reparación está concebida constitucionalmente (artículo 57). Y es una herramienta conceptual de descolonización y lucha contra el racismo.

¿Cómo celebrar el Bicentenario desde una perspectiva inclusiva, reparadora y descolonizadora para los afroecuatorianos? Lo primero es intentar cambiar la cultura política de la exclusión por aquella de la inclusión. Esto implica un proyecto de transformación y revolución ciudadana (la auténtica, no la de la retórica). Para ello se requiere una política cultural para la revitalización de la memoria histórica de los subalternos, de los no blanco mestizos.

Proponemos entonces que entre las múltiples cosas que el Gobierno Nacional va a realizar para el Bicentenario revise su política cultural, o más bien intercultural. Primero el Banco Central debe darle un lugar a la afrodescendencia en su red de museos; el Ministerio de Cultura deberá atender claramente la red de patrimonio material e inmaterial afroecuatoriano. El Ministerio de Educación deberá revisar la historia y reescribirla nuevamente con una perspectiva descolonial. Pero lo más importante, el Gobierno Nacional deberá aplicar una política de acción afirmativa para garantizar los derechos sociales que han sido negados a los afroecuatorianos. Se requiere mayor inversión en salud, educación, seguridad social, vivienda, empleo y desarrollo productivo.

Planteamos que en el marco del Bicentenario, comencemos por temas como:

• Creación de Museo de la Memoria Afroecuatoriana

• Declaración de Feriado Nacional el día nacional de la afroecuatorianidad

• Aprobación de una ley contra la discriminación racial y por las acciones afirmativas

• Inclusión de la perspectiva afroecuatoriana en los libros de historia

• Declaración Oficial de los Héroes Afroecuatorianos de la nación

• Nombrar parques, plazas y avenidas en conmemoración a los aportes de los afroecuatorianos a la Nación.

• Creación de un fondo de compensación y reparación a los afroecuatorianos, comenzando con 170 millones de dólares que cuesta el componente afroecuatoriano del Plan Nacional de Desarrollo

• Impulso de una política de cuotas en la educación, empleo y poderes directivos del Estado para afroecuatorianos

• Pedir perdón por la esclavitud y el racismo contra los afroecuatorianos.

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