lunes, 18 de mayo de 2009

Los cimarrones de Cuajinicuilapa celebran la cruz en el monte


Para esa india que me echa tortillas todos los días y para el indígena güero que parió, hijo de negro.

El tres de mayo, en Cuajinicuilapa se celebra la cruz. Un ritual ahora católico, pero antes pagano, omnipresente, ancestral. Con la cruz se adoran las peleas de gallo y las apuestas –siempre al filo de la navaja de la violencia, pues nadie quiere perder, ser mancillado, vencido aunque sea a través de un animal–, la profunda alteridad hermosa que otorga el alcohol comparable a la visión de lo deseado e inconseguible, la música y el baile –música encarnada–, las riñas entre jóvenes, el erotismo, el juego y las risas de los niños, la comida –tamales, nombre que daban los azteca a esa insustituible parte carnosita del cuerpo femenino– y el canto de los rezos. Se adora la libertad, particularmente aquilatada en estos tiempos de pandemia: nadie hace caso de lo dicho por las autoridades, sea verdad o sea mentira. Cada quien hace lo que más le gusta: darse gusto.

Todos: muchos. Los criollos y los recién llegados se dan la mano o se hermanan en esta fiesta, a pesar de los pleitos o por ellos mismos. Hombres y mujeres coquetean con una cerveza o una copa en la mano, al ritmo de una cumbia o un corrido o un bolero en estos montecitos donde antes los venidos de las islas de adentro vivieron y dejaron rastro. Niños y niñas corretean y se ríen. Jóvenes y adultos, hembras y hombres, alzan su cerveza para mejor acomodarse a la vida. Todo mundo debajo de una parota, como antes, como hace siglos. ¿Cimarrones modernos en debajo de una parota y no de una pochota? En el monte, bajo un par de parotas, los cuijleños celebran la cruz, lejos del pueblo, de “las casas”, como se decía para oponer el lugar donde se vivía al lugar donde se trabajaba, “el monte”. Cimarrones modernos, transportados en vehículos que vienen del norte, al que fueron y de donde volvieron, en buenas y malas condiciones y mañas. Abajo del panteón de los cristianos, en el monte, a donde los policías no entran, en el camino hacia San Nicolás, los cimarrones celebran la cruz.

Sin siquiera proponérselo reviven un antes que tal vez nunca lo ha sido, sino que ha permanecido agazapado para regresar, para volver, para demostrar que lo adquirido durante siglos perdura, se hace genético. Y se dan la mano lo de los indios, lo de los europeos y lo de los africanos, apretados, amacollados, hasta no distinguirse dónde comienzan o terminan. En el monte, debajo de grandes árboles-madre, sentados en sus raíces, con rezos, alcohol, música y comida, los cimarrones de ahora festejan la cruz. Al margen, y dentro.

No hay comentarios: