miércoles, 20 de mayo de 2009

DE LO AFROMESTIZO Y LO AFROMEXICANO

¿Basta la invisibilidad de la identidad como estrategia política o es sólo el comienzo de una intervención estratégica que reclame por una transformación de la política? Judith Butler

Los tipos bajos de la especie serán absorbidos por el tipo superior. De esta suerte podría redimirse, por ejemplo, el negro, y poco a poco, por extinción voluntaria, las estirpes más feas irán cediendo el paso a las más hermosas. José Vasconcelos (Y no precisamente el “negrito poeta”)

A fines del XVII y principios del XVIII, en Nueva España confluyeron varios fenómenos sociales y económicos, articulados en rededor del conflicto que sostenían dos actores en disputa por el poder: gachupines y criollos; estando los primeros ligados directamente a los intereses de la Corona española; y perteneciendo los otros a la elite local de poder, con independencia de su lugar de nacimiento (incluía hasta a los “peninsulares” que compartían intereses con la clase local dirigente). Un tercer actor, La Iglesia, utilizaba su autonomía para hacer coincidir sus intereses con los anteriores, ya con uno, ya con otro o ambos, a conveniencia.

Incomunicación y dispersión de los novohispanos, producto de las condiciones geográficas; un sistema de castas con prohibiciones y estamentos rebasados por la realidad; concentración de la riqueza en manos de los criollos y los gachupines, y miseria de los indios y demás individuos de las castas; disputa entre los gachupines y los criollos por las riquezas de Nueva España, donde las reformas borbónicas apoyaban a aquellos; sentimiento de “súbditos de segunda”, experimentado por los criollos; un sistema de gobierno vertical, autoritario y corrupto; apertura a las ideas de la ilustración francesa; apertura a la ciencia, la investigación y la educación; supresión y limitación de los privilegios y las propiedades del clero; secuestro de la soberanía, representada en la figura del Rey, a manos de los franceses —y con ello, la reacción de los curas novohispanos, ante un pretexto formal, condenando y atacando la masonería de los franchutes, quienes, con la patente de la Revolución, decapitaban en sus ratos libres y habían disminuido el poder de la Iglesia franca; y viendo las barbas de aquellos rapadas, a las suyas no pretendían dar loción, menos aceptarla de ajenos, e impulsaron una guerra santa, amparados por el estandarte de la “virgen morena” y con el grito de “¡Viva la religión! ¡Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva la América, y muera el mal gobierno!”.

Es curioso: hoy que están de moda las guerras santas, olvidamos la santidad de las nuestras, o condenamos una mística que se nos aparece como distinta y contraria, dejando en el olvido el patriotismo suicida con el que nos han educado y con el que seguimos educando. En este momento veo un héroe niño envuelto en el patrio lábaro, un señalado trece de septiembre de 1847, arrojarse desde el concertístico Castillo de Chapullintepec para evitar que la enseña nacional caiga en manos del enemigo, del que hoy somos aliados obcegados. Moraleja: por la causa o la patria o las creencias hay que dar la vida; lo mismo que hicieron y hacen los tales “terroristas” acaudillados por Ben Laden, a decir no muy cierto de los Bushes. En este momento desconecto a Hadad y sus Tarzanes, y suspendo el “La cruz no pesa / lo que cala son los filos”, y entono: “Mexicanos, al grito de guerra /el acero aprestad, y el bridón.// Y retiemble en sus centros la tierra / al sonoro rugir del cañón.”, bajo la dirección de un arcángel divino, sintiendo renacer en mí a uno de los soldados con que preñó el Dedo (no comments) de Dios Padre a la Madre Patria Nacional Mexicana. A pesar de inflamárseme el pecho con tamaña emoción, dudo si mi hombría sea bastante para exhalar mi aliento en aras de la guerra que recién declaramos.

En esta disputa por las riquezas novohispanas, desde el XVIII, los criollos iniciaron la construcción de un discurso que recupera, demagógicamente, el pasado de las naciones indias (el mito de fundación nacional es náhuatl), asume el discurso tradicional del poder estatal español y recupera el discurso ilustrado (libertad, igualdad y fraternidad); por lo que, según José María Pérez Collado,

articulados, el conjunto de estos discursos tenía como misión crear la ficción de una nación y un Estado mexicanos. Recogiendo factores ideológicos de todos los grupos sociales que, provenientes de la antigua Colonia, estaban llamados a formar México, escondían la realidad de que, en el tránsito del Antiguo Régimen al Estado constitucional, se iba a producir, más que como una auténtica transformación, el mantenimiento del hilo conductor colonial que situaba a la inmensa mayoría de la población indígena y mestiza en una situación de sometimiento y de desdicha

Aunque el jurista omite a los afromexicanos, su importancia en el proceso la indica el número de veces que se decretó abolida la esclavitud en un país donde no existía, excepto en Tabasco y Campeche, y los indios tenía rato que no eran esclavos y habían sido reconocidos como individuos, aunque rústicos, menores y miserables: En 1793, en Michoacán, el obispo Abad y Queipo propone una "ley que iguale las castas descendientes de negros, mulatos, indios y españoles, que padecen nota de infamia, con la condición del estado llano y general de los demás habitantes del reino"; el 19 de octubre de 1810, José María de Ansorena Caballero, alcalde de Valladolid, bajo la influencia de Hidalgo, emite un decreto que decreta abolida la esclavitud; José María Morelos y Pavón, en El Aguatillo, emite un bando el 17 de noviembre de 1810, para abolir la esclavitud; en Guadalajara, Miguel Hidalgo y Costilla decreta abolida la esclavitud, el 29 de noviembre de 1810; el 16 de diciembre del mismo año, los diputados americanos presentaron, entre otras, una proposición a las Cortes españolas, la octava, donde hacían caso omiso de la situación de los afrodescendientes: "Los americanos, así españoles como indios, y los hijos de ambas clases, tienen igual opción que los españoles europeos para toda clase de empleos y destinos, así en la corte como en cualquiera lugar de la monarquía, sean de la carrera política, eclesiástica o militar"; Ignacio López Rayón, en 1812, hizo circular Los Elementos Constitucionales, cuyo 24º dice: "Queda enteramente prohibida la esclavitud"; en Chilpancingo, José María Morelos y Pavón, emite un bando para prohibir la esclavitud, el 5 de abril de 1813; el 23 de octubre de 1814, el Congreso Constituyente emite el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, cuyo artículo 24 establece: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad”; el 17 de marzo de 1821, en el Plan de Iguala Iturbide enuncia: "Todos los habitantes de la Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos ni indios, son ciudadanos de esta monarquía con opción a todo empleo, según su mérito y virtudes"; a Vicente Guerrero le toca, siendo presidente de la República, decretar finalmente la abolición de la esclavitud el 15 de septiembre de 1829. Por otras razones, el 19 de diciembre de 1817, la gracia del rey de España se manifestó al prohibir a todos sus súbditos la compra de negros africanos.

El concepto de libertad transita del ámbito del esclavo al del individuo: del hombre que ya no es esclavo al que sabe gobernarse a sí mismo; finalmente, se instituye la falacia de la naciente nación como libre de la esclavitud a la que la sometía España, siendo que los únicos esclavizados fueron los indios, primero, y los africanos, después. Astutos los criollos, que nunca fueron esclavos, se asumen como tales para “liberarse” de la Madre Patria. Además, erigen un ente que enmascara a los distintos: el mestizo. Es innegable que la Nueva España es suma de distintos que se mezclaron biológica, cultural, económica, política y socialmente; es cierto que este proceso fue ágil, flexible y enriquecedor; pero, también es verdadero que el concepto de mestizo alude a cualquier mezcla humana, en cualquier tiempo y lugar. Aunque tal concepto otorga igualdad a los afromexicanos y demás castas e indios, la realidad la impide: los derechos civiles que obtienen son sólo papel, palabras, discurso: la jerarquización social, la discriminación por el color de la piel continúa, la presencia de sangre negra en un individuo lo sigue haciendo infame; amén, la discriminación económica. Por ello, los afrodescendientes se asumen como mexicanos, pretendiendo negar lo innegable: el estigma de infamia, la desigualdad; porque con el concepto de mexicano se niega lo distinto, se impide el derecho al disentimiento, a la diferencia. Los negros ni siquiera existen, ¿cómo hablar de ellos?

Se pretendió, luego de la Independencia, hacer tabla rasa de los no blancos; el ideal era blanquear a los indios y morenos; sobre éstos, Don Carlos María de Bustamante comenta:

Los pardos aspiran a la estimación de los blancos: desean confundirse con ellos, y a la segunda o tercera generación están ya enlazados en sangre y en intereses, de modo que forman un sola casta entre los blancos: por cuya razón la influencia de los morenos es nula, y su poder físico y moral de ningún riesgo, si se toman con previsión las medidas correspondientes.

Como él anota, se pretende el blanqueamiento para evitar el espíritu conflictivo de los quebrados de color. El mismísimo Generalísimo, mulato o pardo o moreno de buen ver, José María Morelos y Pavón, no escapó a la visión de los blancos como los detentadores naturales del poder; Jesús Hernández Jaimes anota “el énfasis en el predominio de los criollos blancos sobre el resto de los grupos sociales” hecho en un documento de Morelos donde condena a José Mariano Tabares, mulato confeso, por pretender “asesinar a todos los blancos y personas decentes y propietarios, comenzando por el propio Morelos”, en Acapulco, a fines de 1811. Aclara el historiador que Morelos no era blanco sino mestizo, asunto que me obscurece más que aclararme el entendimiento de estos aconteceres. Consigna Santamaría que el término mestizo “aplícase a la persona nacida de padre y madre de razas diferentes, y con especialidad al hijo de hombre blanco e india, o de indio y mujer blanca”, siguiendo la definición que establece el Diccionario, es decir: el de la Real Academia de la Lengua. O séase que tamaña definición nos viene de los peninsulares, alias gachupines (voz que, a decir del maestro Santamaría, “se tiene por injuriosa, aunque al principio no lo era, y la usaban los españoles mismos para designar al español recién llegado y aun no hecho a la tierra”; voz que los realacadémicos convierten en cachupín). Hurtando el entendimiento del tutelaje gachupino, Santamaría anota que mestizaje, en principio, es “cruzamiento de dos razas de animales”.

El filósofo de la Raza Cósmica, José Vasconcelos, observa que “es fecunda la mezcla de los linajes similares y que es dudosa la mezcla de tipos muy distantes, según ocurrió en el trato de españoles e indígenas americanos... Entre nosotros, el mestizaje se suspendió antes de que acabase de estar formado el tipo racial, con motivo de la exclusión de los españoles, decretada con posterioridad a la independencia”. El académico por excelencia, Alfonso Reyes, abona con: “No hemos encontrado todavía la cifra, la unidad de nuestra alma. Nos conformamos con sabernos hijos del conflicto entre dos razas”. El poeta Octavio Paz encuentra, dentro de un solitario laberinto trágico, al perdido y deshumanizado producto de la cruza de dos razas, el mestizo, que no deja ni puede dejar de ser lo que es, ni alcanza a ser el otro, el hombre blanco, a que tanto aspira.

En esta concepción de las mezclas, del mestizo, el africano no existe. La educación, la enseñanza de la historia nos impuso el deber de explicar nuestro pasado a partir de indios y españoles: nosotros mismos, los negros mexicanos hemos negado y negamos nuestra raíz africana, asumiendo el mote de “mestizos”, aunque el color de la piel, lo cuculuste del cabello, la chatez de la nariz y la anchura de la boca delaten la diferencia; aparte de los hábitos y las costumbres culturales (modo de vivir, de beber, de amar, de celebrar la muerte, de hablar, de contar historias, de cantar corridos, de bailar, etc.). No es fácil aceptar que no somos mestizos, que en esa visión somos invisibles, que se discrimina lo negro por racismo. Yo apenas acabo de entenderlo cabalmente. (No creo en el concepto de raza, prefiero el de etnia; sin embargo, racismo es el término que se refiere a la actitud que se basa en la creencia de que existen razas superiores de seres humanos, cuyos valores están por encima de otros grupos sociales; además de ser una conducta negativa condenada y combatida, cuando menos en papel, por muchas organizaciones civiles y algunos gobiernos. Tal vez convendría pensar en etnocidio; sólo que mi reflexión no ha atendido el asunto.) Aclaro lo aclarable: decir “negro” no es referirse sólo al color de la piel; es un concepto cultural, no biológico.

Los negros de la Costa Chica nos asumimos como mexicanos, somos mexicanos; sin embargo, si la construcción de lo mexicano sólo se debe a europeos y a indios americanos, tal concepto nos excluye. Ser afromestizos, como pretenden algunos estudiosos y algunas instancias gubernamentales es no tapar el sol ni a dos manos: en buen sentido, afromestizo es cualquier afrodescendiente que tenga, además, otra raíz étnica; así, pueden serlo brasileños, estadunidenses, peruanos, franceses, alemanes, libaneses o de cualesquiera nacionalidad donde haya habido presencia de africanos. Ser afromexicanos, aun para escándalo de varios, es ubicarse en la denominada República Mexicana; y, además, compartir un territorio (con las otras etnias y grupos sociales), un pasado (del que nos borran), un status jurídico (aunque insuficiente para la etnia afromexicana), una tradición cultural (donde se notan las huellas de la negritud), una educación (parcial), un idioma (del que tenemos nuestro dialecto), etc. En suma: somos mexicanos. Ahora reivindicamos nuestra raíz africana.