jueves, 24 de septiembre de 2015

Juan Damián, hacedor y creador de huaraches

** Creó un modelo con correas de mochila, que vino a sustituir al de campesino, el cruzado de carnaza, y es el que le copian mucho, muchísimo, dice
** la cuestión es que siempre estoy intentando estar en el gusto del cliente
Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
24 de septiembre de 2015


 Trabajando las suelas.

Juan Damián Peláez tiene 44 años, tres hijos y cinco hermanos. Nació en Cuajinicuilapa, en el barrio de La Banda.

Ocho años vivió en Acapulco y trabajó en la llamada industria turística; allí mismo estudió Contabilidad en la universidad e inglés al mismo tiempo. Otro año de su vida lo vivió en Estados Unidos, en el estado de California, donde fue a trabajar y a estudiar, y le fue bien, le gustó vivir allá sobre todo porque hay mucho respeto por las leyes. Pero sus responsabilidades aquí lo hicieron regresar, aunque tenía en mente volver al Norte.

Mujer e hija, primero, luego el trabajo, fueron las razones para quedarse ya en Cuajinicuilapa y dejar la escuela. Juan Damián desciende de una mujer oriunda de Cuajinicuilapa y de un hombre originario de Santa María, quien le enseñó el oficio que ahora lo llena de orgullo y le da muchas satisfacciones.

–Para mí era importante hacer una carrera, por cumplir con la familia, conmigo mismo también, ya que mi salida de Cuaji se dio por eso, por estudiar; después venía lo otro, de trabajar. Y como también me gustaba el fut... era otra... quería ser futbolista profesional.

–No terminaste la carrera, ¿ahí quedó?
–¡Ahí quedó! No, no me atormentó ni me atormenta, solamente que... ahí quedó... Me atormenta en este momento la cantidad de becas que hay, cabrón, porque en ese momento yo era alumno de los que sacaban mucho diez y yo no me acuerdo de haber recibido una pinche beca de esa madre...

–El 80 por ciento son recomendados...
–Sí, hay recomendados, hay recomendados, pero sí, no tengo ninguna cuestión de tener pensamientos encontrados por no haber estudiado. Sí me hubiera gustado, pero lo que pasó, pasó... No me siento chingón, pero estoy tranquilo, estoy bien. Ahora que estudien mis hijos, si quieren...

–Llegas a Cuaji, a trabajar; ¿el taller era de tu papá?
–Sí, pero casi coincidió mi llegada con su partida a Estados Unidos; él ya había ido muchas veces para allá. Pero, llego y él se va, y de hecho no llegué a lo que es el huarache, llegué a curtir pieles, ése fue mi negocio primero, pero la gente seguía viniendo a buscar este huarache y un día pensé: Voy a hacer huarache, a ver qué tal me va.

No quería hacer huarache, no me gustaba. Nunca me gustó, desde que era chamaco; le ayudaba a mi jefe a trabajar pero sin el gusto por hacerlo; le ayudaba porque había que ayudarle. Yo veía que mi jefe trabajaba y me decía: Bueno, hay que echarle la mano.

–Ahora ya lo haces con gusto...
–Sí, pues, comparé mis dos trabajos, la curtida con el huarache y dije: Aquí me canso menos, y, pues, está mejor.


 

En la máquina, cosiendo las correas.

–¿Se gana más?
–Sí... bueno, en aquel momento, no. Allá vendía cantidad y era más ingreso monetario. Curtía todo tipo de pieles y las vendía; también hacía cinturones de distintas pieles de animales: de venado, de víbora, de lagarto... está prohibido ahora, pero en ese entonces no estaba. Hace como unos diez años que dejé de curtir.

–Perdimos a un curtidor y ganamos a un huarachero...
–En un principio fue más hacer [huaraches] sobre pedido, más que hacer para vender; entonces, no había falla, pues, buscábamos siempre satisfacer la necesidad del cliente, no tanto vender el huarache por venderlo...

–La primera camada de huaracheros que llegó de Santa María [municipio de Ometepec] vendía ya un tipo de huarache, fundamentalmente...
–Sí, pero yo nunca hice ese huarache, el cruzado, el de campesino. Yo empecé con otro tipo de huarache... digamos, yo empecé a meter la cinta ésta. Antes de que yo llegara a Cuaji esto no se trabajaba aquí; ahora ya lo trabajan, acá en Santa María, lo he visto en Acapulco, ya lo trabajan.

Sin querer empecé a innovar; la verdad, no fue mi intención. Empecé a meter piel de otro tipo, de más calidad, la famosa piel de caballo, que le llaman, que se usa en la industria automotriz. Hacía huarache por pedido, pero el cruzado no me gustó hacerlo. Yo le decía al cliente: ¿Sabes qué? Mejor te hago este huarache, uno tejido, en piel de ternera, que yo curtía, la pielecita que está dentro de la vaca, que tiene un pelito muy finito y, la verdad, se ve bien chingón... en color negro, blanco... está bien asentado. Yo les decía: Mira esta piel, yo la curto, ¿qué te parece si te la hago de ésta? –Ah, mira, se ve bien bonita. Y empezó a gustar, a gustar, a gustar...

–Era un huarache para vestir, más que para trabajar, ¿no?
–Ajá, no era para trabajo, pues. Pero yo le di un giro al cruzado. Aparte, para que salga, hay que hacer muchos huaraches y yo, la neta, decía: Si no me gusta hacer huarache, menos voy a hacer por montones...

–¿Tú usabas ese huarache?
–No, no lo usaba; será por eso que le agarré como roña, no sé...

–No es fino, pues...

Nos interrumpe un niño que va a encargar unos huaraches.

–Éste huarache lo empecé a hacer porque... los que vendían agua... me dice uno: Oye, el huarache que compramos se revienta. Hazte uno que no se reviente. Le dije en broma: Solamente que te lo haga de fierro. –No, dice, debe haber algo; búscate. Y un chavo me dice: Hazte unos de mochila. La cinta de la mochila, ¿ves que esa no se revienta aunque se moje? Y ya, me aventé un parcito, así sin... Y ya, le dije al del agua: Llévatelos. Después ahí viene otro compañero de él, y otro y otro y otro... Hasta la fecha lo sigo haciendo.

–Ése es el de trabajo ahora...
–Ajá. Me lo compran mucho los albañiles porque dicen que aguanta el cemento y que no sé qué, y los que venden agua también, no, que aguanta demasiado ese pinche huarache...

–Y el ciudadano común, ¿lo compra?
–No, me compra el de piel. Como ése, el rojo [de piel de caballo]; ése ahora lo usan los chavitos que andan de corrideros, el que le gusta andar de sombrero, el ganadero, o el de pelito también.

–¿De dónde salen los modelos?
–Muchos modelos salen a petición del cliente...


 
Ensamblando los huaraches.

–El milpero o de campesino vino a ser sustituido por éste, el de correa de mochila; ¿cómo hiciste ese diseño?
–El diseño original no era así [la cinta central no llegaba hasta la suela y no tapaba todos los dedos, era más corta], pero me dijo un cliente: ¿Sabes qué? Es que yo uso el huarache al ras y al hacer esto [poner el pie con los dedos hacia abajo] me raspo la uña. ¿Por qué no lo cierras? –Sí, yo lo hago con lo que el cliente me pida. Y lo cierro.

Otro cliente me pidió que pusiera las correas salteadas, con huecos; sin embargo, nunca nadie me lo pidió, nomás él. Dije: No funcionó.

Sin embargo, el que está cerrado, todo el mundo me lo empezó a pedir. Es más, ya ni hago ese que está abierto, ya no lo quieren. Cuando está nuevo, dicen, se ve bien con pantalón también. Lo hacía negro, pero luego me decían: Oye, métele colores. –Ah, sí. Y la gente viene: Traigo unos modelos, traigo fotos, ¿lo haces? –A ver, sácalas. Ah, sí.

–¿Cuánto vale en promedio un par de huaraches?
–170 pesos, en promedio.

–Y el de correa es el más vendido...
–Sí, es del que saco más dividendos. Aparte, me da gusto hacerlo porque es de mi creación, salió de mí, pues, ése no se lo copié a nadie y me lo han copiado mucho, muchísimos; entonces, sí me da gusto.

–¿Tus hijos le entran al taller?
–A regañadientes, el chavo, pero sí le entra; la muchacha, ésa sí le entra bien...

–Tu hijo, como tú...
–No, no, no. Aquel huarache yo no quería hacerlo; éste sí. Es más, a mí me puede amanecer... Es más, yo le madrugo y... no me aburro. Mucha gente me pregunta si no me aburro. ¡Cómo me voy a aburrir si estoy haciendo algo creativo! No representa más de lo mismo; cada vez que hago un huarachito, para mí es algo chingón... Yo no tengo competencia; la gente viene a comprarme a pesar de que en los últimos años han puesto varias zapaterías en Cuaji. ¡Que bueno! A mí no me afecta. Yo, si no se vende éste, busco hacer otra cosa, otro huarache; la cuestión es que siempre estoy intentando estar en el gusto.

Juan Damián tiene un tallercito en el barrio de La Banda, donde expone, vende y le encargan sus huaraches. En el rato que dura esta entrevista, una hora y más, llegan personas que van a por sus huaraches que llevaron a reparar o a encargar otros. En una hora y media se hace cinco pares de huaraches de distintos modelos.

martes, 22 de septiembre de 2015

Aquí no hay discriminación; eso pasa en otro lado

(Crónica)
Eduardo Añorve Zapata
Cuajinicuilapa, Gro.
20 de septiembre de 2015


Muñeca de una quinceañera de San Nicolás. Fotografía: Eduardo Añorve

Es San Nicolás, comunidad de este municipio algunos de cuyos ciudadanos pretenden la creación de uno nuevo y hace unos días recrudecieron esa lucha que iniciaron en 2006, sin conseguirlo.

Con unos amigos reporteros visitamos en su casa a una señora de unos 50 años y que tiene tres hijos: dos hombres y una mujer.

La reportera habla con ella y se medio entienden, porque la sintaxis de cada una es diferente, no siempre coinciden sus vocabularios, además de que cada contexto personal también es distinto. Por si eso no fuera suficiente para entorpecer la comunicación, la una pregunta lo que quiere saber y la otra responde lo que quiere que sepan.

Ambas intentan acercarse a través de sus dialectos y hacerlos coincidir en una solo lengua, o hacerlos funcionar como una lengua, y a ratos lo consiguen.

La reportera intenta averiguar sobre el asunto de la discriminación y de cómo las percepciones de los sannicolareños sobre el tema influyen o no en la pretensión de crear un municipio independiente de Cuajinicuilapa. Algo así como: Ustedes quieren ser otro municipio porque ahora los discriminan, no les reconocen sus derechos como afromexicanos.

Ante una pregunta directa, la mujer morena (curiosamente, la reportera tiene la piel más clara que la de la anfitriona entrevistada) asegura que en San Nicolás ni en Cuaji (el municipio) existe discriminación por el color de la piel ni otras características asociadas a la africanía o negritud.   

Antes de casarse, en su juventud, esta mujer trabajó varios años  (unos siete) en el Distrito Federal, y al final regresó a su pueblo porque entendió que es mejor vivir aquí que en otro lado, donde, finalmente, uno es extraño.

Ella habla y se explaya sobre experiencias que ha visto y escuchado sobre cómo a algunas personas en otros lugares las maltratan (les hacen feo) por ser negras, oscuras o morenas (de piel, claro), incluso narra que en alguna ocasión un hombre intentó insultarla por el mero hecho de que ella fuese negra, despotricando contra todos y todas las negras habidas y por haber.

Pero lo paró, le dijo sus verdades, lo calló, y el hombre agresor, avergonzado, tuvo que huir (a mí no me va hacer menos cualquier pendejo); ella cuenta esta anécdota con orgullo: se le encienden los ojos.

Su esposo y sus hijos son morenos, su familia es morena (tiene 20 hermanos y un chingo de sobrinos, además de tíos, primos, etcétera), con algunas excepciones. Todo anda bien, no discriminamos ni nos discriminan, eso ocurre en otro lado.

La conversación deriva hacia su familia, sus tantos hermanos, sus pocos hijos, las ocupaciones de estos: los dos menores estudian, la mayor, de 27 años, es soltera y trabaja, se graduó en alguna institución de educación superior.

Entonces le pregunto qué sucedería si su hija se casara con un negro o moreno o prieto o de color oscuro…

Y vuelve a encenderse: que no, que su hija tan bonita y estudiada y exitosa no piensa casarse ni tiene programado o pensado casarse, incluso no tiene ni novio.

Pero ya está en un punto sin retorno: ¡Ni lo permita dios!

Es una mujer hermosa.

Ahora su sonrisa se descompone un poco: relata que la hija de un tío suyo, una hermosa entre las hermosas, se casó con un negro estadounidense, tan bonita ella, y que su padre no quiso ni siquiera que la familia de él viniera a la pedida de la novia, tampoco hubo ceremonia del perdón, ni siquiera hubo fiesta, se casaron por el civil nomás y ya.

No quedó muy claro, pero parece que la familia de ella ni fue a la boda (¿a qué, a pasar vergüenzas? ¡Ni lo permita dios!).

¡Que se casen así nomás!, dijo el padre, decepcionado, lastimado profundamente, aturdido todavía por no entender cómo su hija le había pagado tan mal, con ingratitud. ¡Casarse con un negro más negro que los negros más negros! Y eso que ellos le dieron lo mejor, le dieron estudios.

El novio y el padre tienen o tenían el mismo color de piel, y rasgos fenotípicos similares: cuculustes, labios gruesos, nariz chata. ¡No quiso ni verlo!

La mujer entrevistada insiste ahora que no era posible que niña tan hermosa quisiera casarse con un hombre tan feo, tan prieto, pero prieto demás, que ella echara a perder su vida con alguien así, habiendo tantos hombres… Ella, tan bonita.

¡Y los hijos, cómo no habían de salir!

No tengo más preguntas ni más comentarios que hacer.

La reportera tampoco puede entender bien a bien qué está pasando, menos aceptar que la mujer primero le haya dicho que no, que no existe discriminación, y que ahora le narre hechos de por sí discriminantes y que además se haya encendido al recordar como su prima echó a perder su vida con un negro igual que a elle, igual que a su familia, igual que a nosotros.

Intenta cuestionarla para que aquélla recapacite y ponga atención en sus palabras, pero no hay modo, no hay espacio: para la mujer esta visión de estos hechos es natural, o le parece, es justa, es correcta, es verdadera, es real.

Al inicio de la conversación la mujer la había dicho que ella se siente orgullosa de su color, de ser negra, de ser afromexicana (por usar una palabra que está de moda), de su raza. ¡Qué bonito color!

Medio en broma, medio en serio, la reportera le había expresado su deseo de encontrarse en San Nicolás, o en Cuaji, un hombre moreno y hermoso para sostener amoríos con él, y recibió como respuesta que le sería fácil encontrarlo, sobre todo por estar blanquita (aquí luego va a encontrar).

La mujer le enseña fotos de su familia, sobre todo de los muchos hermanos y sobrinos y primos que están en Estados Unidos: morenos, morenos, morenos, la mayoría son morenos, chicos y grandes, algunos más morenos que otros, muchos de los cuales se fueron y ya no han regresados, y otros que nacieron allá y ya no regresarán, que sólo saben de San Nicolás por teléfono, por pláticas, por alguna que otra noticia, por fotos, por videos.

Ella nunca quiso ir al norte como muchos de sus familiares, como muchos de su generación, se negó a ir a Estados Unidos, no había necesidad; se casó joven con un muchacho de San Nicolás también, trabajador como ella, y se han esforzado, se esfuerzan por sacar adelante a sus tres hijos.

Son personas generosas: le pide a la reportera que los visite con más tiempo para que conozca las fiestas y tradiciones de San Nicolás, le ofrece su casa para quedarse, le insiste un par de veces que debe venir a ver a la América, que no debe perderse la pelea de los apaches contra los gachupines, que en ningún otro lugar hacen la fiesta tan bonita como aquí.

Minutos después nos despedimos. Ha sido grato y hemos aprendido sobre ella y su visión del mundo, y ello también nos hace reflexionar sobre la nuestra, y sobre ello platicamos más tarde, cuando caminamos a la comisaría municipal a buscar a gente de la policía comunitaria.

El fotógrafo se quedó un tiempo más en casa de la mujer para hacer otras tomas, más pensadas, más detalladas, incluso para pedirle que le enseñe su patio, su lugar de trabajo, el lugar de su vida, su casa.

LA ALEGRE PELEA DE LA NOCHE TRISTE EN SAN NICOLÁS


A las doce del día 16 de septiembre inició la pelea entre los apaches y los gachupines (guachupines, dice la mayoría de la gente de San Nicolás, tal vez porque se ha asimilado la idea de los gachupines con la de los guachos, los soldados, creándose esta nueva palabra).

Inició a esa hora porque la doncella que encarnó a la América nació hace 15 años; por esta razón también se llama América y sus padres le cumplieron el anhelo de representar a la protagonista de esta fiesta popular (como también fue el deseo de su abuela) en la que se escenifica en las calles de San Nicolás la derrota de los españoles a cargo de los indígenas aztecas, la llamada noche triste.
Antes de esto, la caravana que formaban los carros alegóricos de la reina de España y la América y sus huestes (aztecas, apaches, las tres garantías; la dama de compañía, los chambelanes) desfilaron para sumarse al desfile mayor, que incluyó a algunas escuelas y hasta a una representación de la Policía Comunitaria.

Había muchas expectativas en el aire, desde hacía meses: que la pelea iba a ser encarnizada (es sentido figurado, claro) pues los guachupines habían acopiado unas 18 gruesas de cuetes y cuetones, como para durar 3 horas peleando; y la gente de la América había respondido que iban a ver, que estaban dispuestos casi casi a todo pero que ni un cuete le iba a pasar cerquita a la doncella y que llegaría sana y salva, la honra intacta, a la iglesia.

La pelea de este año fue más corta, fue rápida. Hay un motivo de fondo: siempre tiene que ganar la América y perder la reina, como nos enseñan que sucedió en la noche triste. Así el asunto, los guachupines nunca deben ganar, porque sería traicionar la historia nacional, nuestra historia como mexicanos; por eso, aunque puedan ganar, terminan perdiendo, y a veces eso los encabrona, como ahora.

Y esta vez perdieron, pero lo hicieron para seguir con el guión tradicional: al final, después de que sonó la campana para anunciar que la pelea debería terminar porque la América había entrado en la iglesia, los guachupines siguieran guerreando; y tuvieron que intervenir los policías comunitarios para parar la pelea, porque no hacían casi a las amonestaciones y las amenazas que les hacían en la bocina.
Uno que otro moreteado, uno que otro raspado, uno que otro con las ropas rasgadas, pero todos en paz, a pesar de que en ciertos momentos las pasiones amenazaban con desbordar a los guachupines y arrollar a los apaches; por fortuna, todo quedó en palabras, y al final, todos contentos, como amigos o no enemigos, sabedores que éste es un juego.

Tampoco la reina de España y la América escaparon a estas pasiones: estas niñas se hicieron señas groseras, se dijeron palabras ofensivas, se echaron miradas de puñal, se jalonearon y desgreñaron durante el acto de entrega de la corona de aquélla a ésta, y después todo siguió: América cortó las cadenas de la esclavitud, los apaches bailaron esos viejos sones de indios (como El pitorreal), y al final terminaron casi todos en la cancha, echando chelas mientras esperaban la barbacoa, y escuchando música arrecha.

La imagen que cierra esta historia es la de la América bailando con los guachupines; ellos haciéndole rueda; ella, bailando con ellos de a uno por uno, riendo, gozando, festejando que hace un chingo de años pelearon la independencia y la abolición de la esclavitud los indios aztecas o apaches y los guachupines de España, o tal vez que en algún momento la suerte se volteó y se hizo triste para estos, que perdieron una gran pelea en Popotla, la que en los libros de historia de los escolares se suele llamar la noche triste (aunque, viendo a los sannicolareños, debería llamarse la noche alegre).

[Eduardo Añorve]

domingo, 5 de julio de 2015

ENTREVISTA CON RAFAEL REBOLLAR, REALIZADOR DEL DOCUMENTAL “LA RAÍZ OLVIDADA. LA ESCLAVITUD EN MÉXICO”

 Rafael Rebollar (Internet)

El 4 de febrero del 2002, el Canal 22 transmitió al aire el documental “La raíz olvidada. La esclavitud en México” del realizador Rafael Rebollar, a quien entrevisto en su casa de Coyoacán en el D. F.

—¿El documental se refiere a...?
—El tema principal... pretende documentar la historia de la esclavitud en la Nueva España y, sobre todo, cuáles fueron las aportaciones de la población africana a la formación de la cultura y la nacionalidad mexicanas, ¿no? Cuáles fueron sus aportaciones culturales y económicas. Porque, finalmente, los africanos estuvieron por todo el país, incluso en el norte estuvieron trabajando en las minas, etcétera; no es como comúnmente se cree, que nada más en Veracruz y en Guerrero hay influencia cultural africana. En el siglo XVIII había más africanos que españoles en la ciudad de México. Entonces, se trata un poco de poner a consideración del público, de los espectadores...hacerles saber que la presencia de la población africana en México contribuyó de manera muy importante a la construcción de este país...

El 5 de diciembre del año pasado, en el Museo de la ciudad de México, el documental había sido presentado al público del Distrito Federal. En la invitación se anotaba que: “Este primer programa tratará el desarrollo de la esclavitud en la Nueva España. Se abordará el impacto de la presencia africana en la cultura, la sociedad y en la economía novohispana, y su integración durante los siglos XVI, XVII y XVIII”.

—¿Cómo se documentaron?
—Estuvimos trabajando en Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Puebla y en el Distrito Federal; hicimos una serie de entrevistas, nos apoyamos bastante con historiadores que están trabajando alrededor del tema, quienes aportan una serie de datos de tipo histórico. También vemos en acción a diferentes comunidades donde la huella cultural africana es muy clara.

La parte histórica está fundada en entrevistas hechas a estudiosos de la afromexicanidad en México, (como Gonzalo Aguirre Beltrán, Gabriel Moedano, Araceli Reynoso, María Elisa Vázquez, Adriana Noveda, entre otros) y en España (Javier Laviña).

—¿Alguna motivación particular de tu parte...?
—Yo me dedico a esto, hago documentales; he trabajado en México, fundamentalmente con comunidades indígenas; y tengo un especial interés por el trabajo con las comunidades, las poblaciones negras de México. Me interesa, básicamente, la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca; aunque también he trabajado algo en Veracruz, ya tengo un vínculo establecido con la Costa Chica, y quiero seguir trabajando sobre ello. De hecho, estoy preparando un documental sobre los tonos...
Me interesa el tema... me parece que es una historia poco conocida en México, yo creo es necesario que los mexicanos reconozcamos la aportación africana a nuestra cultura.

En 1992, Rebollar realizó el documental “Tercera raíz: danzas de la Costa Chica”, con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Los bailes y danzas abordados fueron: Los Diablos, del Quizá, Gro.; La danza de la conquista, de Cuajinicuilapa, Gro. (aunque en los subtítulos aparece como Tierra Colorada); Los apaches y La artesa, de San Nicolás, Gro.; El machomula y La tortuga, de Lo de Soto, Oax.; y Los tejorones y Son mixteco, de Pinotepa Nacional, Oax.

—¿Hay apoyo institucional? ¿Quién paga el documental?
—Son dos los documentales que he realizado sobre el tema; uno es éste, sobre la esclavitud en la Nueva España y la impronta cultural africana en México y otro es sobre una comunidad afromestiza que vive en Coahuila, que es la comunidad de los mascogos, quienes son descendientes de esclavos norteamericanos. Para la realización de estos dos documentales recibí el apoyo del Fonca y del Fideicomiso de Cultura México-Estados Unidos; el Canal 22 también participó como coproductor y algunos particulares como Alberto Castro, Yolanda Arizmendi y Fernando Valenzuela también metieron dinero; un canal norteamericano también hizo una aportación; y, bueno, el resto lo metí yo de mi bolsa. Ahora, lo que pretendemos es venderlo, recuperar los gastos hasta donde se pueda; de hecho, ya está en Estados Unidos en programa, está siendo distribuido allá, veremos que tal le va. La idea es recuperar para seguir produciendo.

—¿Cómo se difundirá?
—Aquí en México es el Canal 22 quien se va a encargar de difundirlo, porque ellos son coproductores. Estamos tratando de hacer venta directa al público, pero estamos analizando la opción. En el extranjero, estamos tratando de vender los derechos por su transmisión al aire, porque es la única manera de recuperar. Curiosamente, hay más interés en Estados Unidos que en México por el tema...

—¿A qué lo atribuyes?
—A que aquí en México, salvo el esfuerzo de un grupo de investigadores y de algunas gentes, la gente desconoce por completo esto, no lo considera importante. La versión de la historia oficial es que México es un país mestizo de indios y españoles; eso quién sabe qué signifique, pero, en todo caso es un modelo ideológico que ha sido promovido desde el Estado mexicano, desde el Estado del nacionalismo revolucionario: desde la revolución acá, los africanos no han existido. Entonces, en México, el trabajo de hacer documentales, de lo que sea, está subvalorado por completo; al margen de la opinión que mi trabajo merece, el trabajo de los documentalistas en México no tiene ningún valor, no hay mercado. Es mucho más factible pensar que se puedan recuperar gastos y tener mayor divulgación en el extranjero. La paradoja de México como país subdesarrollado que es, es que, muy probablemente, si llegamos a colocar estos materiales en Estados Unidos, entonces se va a divulgar de una manera masiva aquí mismo.

—¿Y el gobierno de Veracruz, de Guerrero, de Oaxaca...?
—Las instancias gubernamentales son dificilísimas, menos si no tienes el contacto. No les interesa; en términos generales, no les interesa, salvo excepciones de personas que sí apoyan este tipo de proyectos. A nivel institucional, creo que el gobierno de México apoya ciertas manifestaciones de este tipo por cumplir con una agenda que tiene que cumplir...

—¿Y el Canal 22...?
—El Canal 22 tiene presupuesto muy limitado; sin embargo es una ventana muy importante...

En el sitio web del Canal 22, la programación del documental se acompaña por el  texto siguiente: “Especiales del 22: La raíz olvidada. Veracruz es un estado que conserva muchas de las costumbres heredadas por los esclavos africanos que llegaron en el siglo XVII a raíz del mestizaje y del comercio propagados por los colonizadores españoles. Este programa rescata los principales aspectos de la influencia africana en la actualidad veracruzana”.

—¿Y la televisión abierta?
—Bueno, tal vez después de insistir un buen tiempo logro que se transmita, pero a cambio de nada. Y tampoco estoy dispuesto a trabajar de gratis para ellos. No, digamos que a la televisión abierta le interesan las telenovelas, los noticieros y los programas de entretenimiento supuestamente cómicos. La lógica de la televisión en México es hacer la mayor cantidad de dinero posible de la manera más fácil posible. La cultura no es negocio para ellos; el día que descubran que la cultura es negocio, le van a meter, pero por esa razón; son muy obtusos, no ven más allá de sus narices...
En Estados Unidos el esquema es básicamente igual que en México, pero es mucho más amplio. Hay una gran cantidad de sistema por cable; de allá nos llega un montón de documentales, incluso sobre México, pero producidos por extranjeros. Entonces, vemos que allá sí hay mucho público interesado en ver este tipo de materiales, pero sale más barato comprarlos en el extranjero que producirlos acá. En México no ha habido ningún funcionario, ni público ni privado, que tenga la visión necesaria para decir: “Vamos a producir y vamos a exportar lo que producimos”. Salvo en los casos de los partidos de futbol y de las telenovelas, México no exporta nada.

—¿En Estados Unidos quienes lo están exhibiendo?
—No, en Estados Unidos lo están vendiendo un par de distribuidoras, hacen venta directa a universidades, al público, tienen un catálogo... Son Archivos de video Latinamericano y Film for Humanity. Es una distribución limitada, pero es una manera de penetrar en ese mercado. A ver si en algún momento hay posibilidad de vender los derechos de transmisión al aire... Estamos haciendo el esfuerzo de distribuirlo...

—En el video, ¿hay alguna propuesta, conclusiones para el espectador?
—Que las conclusiones las saque el espectador; nosotros le damos una serie de elementos: aquí hubo población africana, que entregaron su trabajo y su vida por la construcción de este país, de muchas maneras; y quedan una serie de manifestaciones culturales que tienen ese origen y forman parte de nuestra cultura nacional. Así como tenemos elementos europeos e indígenas, también están los africanos; además, ¿por qué no decirlo?, de muchos otras culturas.

—¿Dónde has encontrado esas manifestaciones culturales africanas, sus huellas?
—En la música, en la danza, en los rituales, en ciertas creencias, en la medicina tradicional, en la gastronomía... En el video mostramos lo que es más evidente; a los investigadores les toca puntualizar lo demás. Seguramente, en todo el país hay muchos rasgos culturales africanos que tenemos y que ignoramos; en Veracruz, en Guerrero y en Oaxaca, es muy fácil encontrarlos, son más evidentes...

—¿El color de la piel?
—Sí, pero esa es la cuestión racial, el fenotipo biológico, ¿no? Pero puede haber personas blancas o rubias que tengan antepasados africanos.

—¿Eres afromexicano?
—Culturalmente hablando, por lo pronto, sí. Forma parte de mí, reconozco que es una parte de mi cultura personal.

—¿Mestizaje, negritud...? ¿Cuál es la concepción que está atrás del documental?
—Bueno, México es un país esencialmente mestizo...

—¿Indios y españoles? ¿Afromestizos, afromexicanos...?
—Allí hay una gran discusión. Una investigadora norteamericana me preguntó el nombre de mi proyecto; cuando le dije que era “Afroméxico” se molestó y me dijo que no estaba de acuerdo, porque para ella, quiere decir que había una alusión muy directa a África. Yo le contesté que la cultura de los mexicanos no era una cultura pura que viniese de un solo lugar; finalmente, aunque haya regiones, todos los mexicanos comemos maíz, chile y frijol; y  también los africanos, los indios, los españoles y los que me pongas aquí; y esos son rasgos culturales que compartimos; por supuesto que si mi padre es un alemán y yo como eso, yo participo de ese hecho cultural, soy mexicano. Entonces, si hay una gran cantidad de rasgos culturales que provienen de África, que influyeron en el desarrollo económico de la Colonia, todo eso me pertenece: uno se apropia de todo eso. Deberíamos hablar de un sincretismo cultural, pues. La gente mitifica: cuando habla de los indígenas, habla del conocimiento prehispánico; en realidad, los indígenas actuales tienen rasgos culturales prehispánicos, pero la mayor parte de esos rasgos son sincréticos; todos son católicos o evangélicos, no tienen una religión prehispánica. Se mezcla todo...

—Ser mexicanos es descender de indios y españoles...
—Esa es la versión oficial; el documental pretende plantear que existe la raíz africana...

—Es una crítica a la teoría del mestizaje....
—Claro, me parecer muy pueril y simplista decir que somos un mestizaje de indios y españoles. Los indios son muy diversos y los españoles también; no tiene nada que ver un tarahumara con un maya; y los españoles, en aquella época, un andaluz era más bien árabe y un gallego un celta, por decirte algo. Los españoles mismos provienen de un mestizaje intenso. Hablar de españoles e indios en general es un absurdo. Es un esquema ideológico que al sistema político mexicano le convenía para crear la sensación de nación, para fortalecerse como nación. En estos tiempos, subsiste, a nivel mundial, una intolerancia a la gente que es diferente a uno...

—¿Y en México...?
—Sí, por supuesto. Creo que en México hay racismo, pero...

—¿Crees o lo hay?
—No. Estoy seguro que hay...

—¿En el caso de los negros...?
—El caso más evidente... En México hay, según el gobierno, cuarenta millones de pobres; es decir que, en realidad, hay como setenta millones de pobres, de los cuales hay veinte o treinta en extrema pobreza, los diez millones de indígenas son los más jodidos todavía, y no es casual que así sea... Si eso no es producto del racismo, no sé de qué lo pueda ser...

—Con los indígenas es muy evidente, notoria. En el caso de los afromexicanos, ¿hay racismo?
—Sí. Históricamente fueron esclavos. Los frailes que protegían a los indígenas, Bartolomé de las Casas, Motolinía, y muchos otros de los que tenemos una imagen de humanistas, tenían a su servicio su docena de esclavos, ¿no? Ja, ja, ja...

—¿Y en la actualidad?
—Yo creo que existe una serie de estereotipos culturales respecto de los negros aquí en México. A mí me llama mucho la atención, por ejemplo, cuando platico con amigos mixtecos en la Costa Chica, cuando me platican: “No. Los negros son diferentes, los negros son flojos, los negros tienen mucho poder sexual”. A pesar de que también están en desventaja ante el sistema, tienen sus estereotipos culturales muy precisos y muy determinados acerca de cómo son los negros; y me llama mucho la atención porque esos prejui... ese tipo de nociones conducen a una forma de racismo...

—¿Y a nivel nacional?
—Esa, mas bien, es una pregunta que yo le haría al público, a ti mismo: ¿Tú crees que hay racismo en la Costa Chica hacia los negros?

—Cuando tú realizas un documental sobre negros que, además, tiene como antecedente el de la tercera raíz, de algún modo estás...
—Estamos empezando a hablar del tema; no importa que a nivel oficial no se haga. Ya hay un grupo de investigadores muy serio, con varios años trabajando en esto, y algunas instituciones de carácter cultural, se empieza a hacer una diferenciación de que hay regiones muy delimitadas en el país. Entonces, el documental, otros trabajos...

—En Oaxaca, la Constitución local reconoce a los afromexicanos como sujetos de derecho...
—En los censos oficiales, cuando se habla de grupos étnicos nunca se habla de afromestizos...

—¿No es racismo, discriminación...?
—Claro. Pero puede que sea racismo, pero pueda que no...

—¿No?
—Te voy a decir: Por ejemplo, el Instituto Nacional Indigenista es una institución que ha sido muy controvertida. Su existencia es un tanto racista. ¿Por qué no existe el Instituto Nacional de los Árabes, el Instituto Nacional de los Españoles, el Instituto Nacional de los Alemanes (hay una comunidad alemana acá)...? Es como si fueran poblaciones de especialitos: hay que darles asistencia, hay que ayudarlos... Los indígenas, los afromestizos y todos los mexicanos deberían guardar su especificidad cultural y estar integrados, al mismo tiempo, en el desarrollo del país. ¿Para qué hacer distinciones? Todos somos mexicanos.

En el documental, la voz narradora concluye con un mensaje exaltando el carácter mestizo de México. Curiosamente, en la transmisión hecha por el Canal 22, estas conclusiones desaparecen. Rebollar dice desconocer esta situación.

sábado, 14 de febrero de 2015

VICENTE, EL “BLANQUITO”

Para Betsy, quien parió uno (más otro: Áyax y Dante)



Parece que, a contrapelo de su voluntad, el héroe afromexicano don Vicente Guerrero ha podido franquear la frontera de “línea racial”, ha conseguido el anhelado, por muchos, pase de casta: de negro-mexicano a mestizo y de mestizo a blanquito —según se mira ahora en las estampas que lo retratan— para que presencie, mudo e impasible, las ceremonias patrias de septiembre: decolorado de piel, nariz afilada, los rizos alisados. De hablar ahora, criollizado, blanqueado, embellecido, ¿cecearía?

Paradójico destino de un hombre que se sabía negro y se asumió como tal; para muestra baste un dato: el 15 de septiembre de 1829, siendo presidente de la República, y en medio de muchas tribulaciones e intrigas políticas, don Vicente decretó abolida la esclavitud, “deseando señalar el aniversario de la independencia con un acto de justicia y de beneficencia nacional que reintegrase en los derechos á una parte desgraciada de los habitantes del país”, según interpretan y apuntan Enrique Olavaria y Ferrari y Juan de Dios Arias. Estos autores quedan cortos: la abolición de la esclavitud no sólo fue un acto hacia la masa de los excluidos, la mayoría del país, por quienes pudo realmente llegar a la presidencia; también hacía justicia a sus soldados cercanos, gente de su confianza, como Francisco Atilano Santamaría, Juan Bruno (a) “El Africano” y Juan del Carmen, vecinos los primeros de Cuajinicuilapa y el otro de Cuanachinicha —zona amuzga, a decir de los que se supone que conocen—. También se incluía el héroe en la casta de los infames por el color de la piel, por tener una gota de sangre africana, como condenaban los europeos: en 1830 se alborotaba a la negrada y a la indiada del sur —ahora estado de Guerrero— con el argumento de “que se quitó a Guerrero de Presidente por negro” y había que defenderlo. Negro.

Al paso de los siglos, la iconografía oficial reciente —imbuida, tal vez, de la ideología que condensa el errático José Vasconcelos apóstol del magisterio: “Los tipos bajos de la especie serán absorbidos por el tipo superior. De esta suerte podría redimirse, por ejemplo, el negro, y poco a poco, por extinción voluntaria, las estirpes más feas irán cediendo el paso a las más hermosas”— le ha quitado la mácula de la infamia, post mortem, como si le hiciese falta; de paso, lo han hermoseado. ¡Bendito San José Vasconcelos! En tiempos suyos, los de don Vicente, en los de la Colonia y aún en los nuestros, los post-modernos, el color de la piel ubica y jerarquiza a los individuos. Como si el sistema de castas, los estamentos que impedían o pretendían impedir el ejercicio de los derechos humanos, tuviera vigencia, ya no en las leyes escritas sino en las conductas prejuiciosas de los humanos, en los estereotipos sociales que rigen y ciñen esas conductas, en contrario con la moral.

Decretar abolida la esclavitud desde esa posición, en esa fecha, con esa investidura, es un hecho que no ha sido suficientemente valorado: fue darle una patada en el culo al sistema de castas, porque a pesar de que en esos años y en los cincuenta anteriores, cuando menos, ya no existía la esclavitud, sí pesaban sobre los afrodescendientes el estigma de infamia, la marginación por el color de la piel y los rasgos fenotípicos, la discriminación por incivilizados. Para mejor enterarnos de ello, veamos un ejemplo: en el Congreso de Puebla, en 1848, cuando se discutía si se aceptaba o no la formación de un nuevo estado, el de Guerrero, se argumentaba que “un pueblo recien conquistado por los bárbaros de la edad media no presentaria peor aspecto que estos paises en la actualidad. Todo lo que la miseria tiene de horrible: todo lo que la ignorancia tiene de abatido: todo en fin lo que en el abandono y destrucción tiene de mas espantoso, he aquí en compendio el departamento de Tlapa” [se respeta la ortografía original]. Aclaro que la actual Costa Chica pertenecía entonces al departamento de Tlapa. Además, seguían los sesudos diputados: “¿qué sociedad particular y privativa será dado formar entre sí á unas gentes que carecen aun de los primeros elementos de civilización, hallandose por decirlo así, sumidas en embrutecimiento y la barbarie? ¿Qué conocimientos tienen de los derechos y obligaciones que el pacto social impone y concede à los ciudadanos? ¿Que capacidad hay en ellos para ocupar los puestos públicos y desempeñar las altas funciones administrativas? ¿No será un escándalo ver compuestas sus asambleas por hombres rudos y groceros (sic), inútiles tal vez aún para dirigir por sí mismos los asuntos domésticos mas triviales? Objetos de risa y desprecio seràn sin duda, señor, esos representantes, cuando pretendan ejercer los difíciles cargos que les fueren confiados, no pudiendo sostener por sí una independencia propia, y luchando con los graves inconvenientes y peligros que el mando y el poder traen consigo”. Edificante, ¿no?

La estirpe magisterial en este país se ha encargado de diseminar y hacer germinar verdades no verdaderas, que se toman como tales pero no lo son; de entre ellas, una que despoja a don Vicente Guerrero de su condición de negro, de su filiación étnica, una circunstancia no circunstancial sino esencial en el guerrero y sus huestes. Incluso se perpetran representaciones conmemorativas de “La Independencia”, se hace desfilar a los “alucnos” —así lo dicen y repiten hasta la saciedad y hasta por altavoces o bocinas, alucnos por alumnos— y se ponen en escena carros alegóricos para ensalzar La Madre Patria y La América, maters doloridas de la nacionalidad mexicana, ignorando la de la tercera raíz, La Negra, La Africana, que es también la de don Vicente, quien de blanquito es retratado y seguro que si a la guerra va, se raja por la calor tan candente, o ésta lo quema tal que nos lo devuelve negro o prieto.

lunes, 23 de junio de 2014

La poligamia o poliamor y la fidelidad, opciones válidas si son consensadas: Eduardo Añorve


15 de noviembre de 2011
CUAJINICUILAPA DE SANTAMARÍA, GRO.



La poligamia, o más correctamente, el poliamor y la fidelidad son conductas amorosas y modos de vida opuestos que se dan entre los criollos de Cuajinicuilapa y, más que ponderar a una por encima de la otra o juzgar a quienes las asumen, conviene tener presente que las dos opciones son válidas y legítimas si se fundan en el consenso entre quienes están involucrados en ese tipo de relaciones, expuso el estudioso Eduardo Añorve en la charla comunal titulada La poligamia y la fidelidad entre los criollos de Cuajinicuilapa, la noche del pasado lunes 14 de noviembre.

Ante una veintena de asistentes, entre hombres y mujeres, todos ellos adultos, Añorve Zapata comenzó recordando el motivo de esa charla: “Estamos aquí porque hace un año que se fue Andrés Manzano, no sé a dónde. Los que le hicieron una misa creen que se fue a un lugar; los que estamos haciendo esto creemos que se fue a otro lugar… Nosotros no somos dueños de ningún muerto; lo digo porque ahora está de moda homenajearlo. En realidad, este acto, que es un acto académico, está inspirado en la memoria de Andrés Manzano. Si pudiéramos preguntarle a Andrés dónde le gustaría estar, si en la iglesia oyendo misa o aquí, en esta charla, en la fonda La Florcita de Doña Mica, seguro que le gustaría estar oliendo esta florcita y no rezando”.

También respondió a la opinión manifestada por algunos ciudadanos de Cuajinicuilapa que tienen varias parejas en el sentido de que hablar de estos tema era ventilar asuntos privados en ámbitos públicos: “No vamos a hablar si a una persona le gusta arriba o le gusta abajo, sino que vamos a analizar hechos de todos conocidos, porque existen evidencias innegables de esas conductas, como la existencia de los hijos y de las mujeres, y ésas sí son cosas públicas, están a la vista de todos”.

“Desde el punto de vista social y cultural -dijo Añorve Zapata- tenemos que revisar estas conductas públicas porque inciden en la vida de la comunidad, tienen repercusiones en la ella. Es como vernos en el espejo, es ver cómo somos para entender cómo somos”.

De la poligamia, este estudioso dijo que tiene dos aspectos, la poliandria y la poliginia, referida a mujeres y a varones, aunque entre los criollos de Cuajinicuilapa esta práctica amorosa no está legalizada como matrimonio, como ocurre en algunos países, ni es impuesta, sino que se da por elección; en ese sentido, el término más correcto para designarla es poliamor, y en esta charla se utilizaría para referirse concretamente a la poliginia, dejando el tema de la poliandria para otra ocasión.

Además de ser una relación en el que las mujeres eligen involucrarse en ella, el poliamor critica y desafía el concepto patriarcal de la monogamia, el que está basado en la propiedad privada, toda vez que ellas asumen la posesión de su propia persona y a partir de esa decisión se involucran con un hombre que tiene otra pareja, con los riesgos que conlleva.

Luego de poner un ejemplo, explicó: “Yo pensé en por qué esta mujer, que es casada, se arriesga a que la golpee su marido, a armar un pleito en un pueblo en el que todo mundo sabe de esa relación, donde alguien puede terminar muerto, por qué se arriesga a que la arrastren, la balaceen, la maten, y me di cuenta que ella lo hacía por esa cosa que se llama amor, no por otra razón, porque él fuese rico y le diera dinero o protección, sino por amor.

“Entonces, me di cuenta que la teoría que explica que el hombre es el proveedor y que por eso puede tener muchas mujeres, porque puede mantenerlas, esa teoría es falsa, o no era acertada. Hay otros motivos que tienen que ver con la democratización de la sociedad: cuando las mujeres empiezan a tomar conciencia de lo que son y toman lo que llaman su destino en sus manos comienzan a hacer este tipo de elecciones”.

Expuso este estudioso de la cultura criolla que “la tercera en la relación aparece cuando las cosas funcionan mal, cuando existe algún problema en la pareja, y él opta por buscar a alguien fuera del matrimonio o de esa pareja para satisfacer alguna necesidad, como obtener placer, por ejemplo”.

Frecuentemente, entre los criollos de Cuajinicuilapa el varón acude al poliamor cuando su pareja no puede darle hijos varones o cuando ella se encuentra preñada, y en este último caso, la relación que parecía ser temporal adquiere rango de duradera, abundó.

Por otro lado, Añorve Zapata habló de la fidelidad, concepto en que se basa el matrimonio monógamo, y opinó que la fidelidad no es natural, a diferencia del deseo, el que anima al poliamor, sino que ésta es impuesta, y es una decisión errónea porque el deseo y el instinto de supervivencia de la especie son más fuertes: “Esposa, ¿es la que esposa?; querida, ¿es la que quiere, la que se quiere?”.

Y explicó: “Fidelidad tiene que ver con fe, implica adquirir un compromiso. El problema de la fidelidad es que es un concepto, y nosotros no sabemos cómo se puede cumplir un concepto. Es una obligación, la fidelidad, es un ideal difícil de concretar porque es tenue la línea donde comienza o termina una conducta fiel, sobre todo porque el deseo suele despertarse a partir de la vista, y todos vemos o podemos ver frecuentemente a quienes nos despierten el deseo”.

En respuesta a esta opinión, y dentro de la charla, un maestro, de entre los asistentes, expuso un par de casos en los que un hombre polígamo terminó solo al final de su vida, a pesar de haber procreado muchos hijos con varias mujeres; y sobre otro hombre que tuvo unos quince hijos con una mujer y todos ellos lo apreciaron y respetaron:

“Quizá alguien me diga: Yo tengo tres hijos allá, tres hijos allá y tres hijos allá, y soy feliz. Ah, yo creo que la felicidad es un sentimiento interno, que llevamos; es la conciencia la que nos dicta si hacemos bien o hacemos mal. Con esos dos ejemplos, yo me pregunto hacia dónde me inclino. Quizá ya estoy un poquito viejo y ya vivimos un rato, y quizá tuvimos un desliz por ahí, pero nunca perdimos de vista lo esencial, ¿cuál es? Mi familia, mi casa.”, concluyó.

Al respecto, Añorve Zapata comentó que “en nuestro país los matrimonios legales son los monógamos, pero, ante la vista de las circunstancias, el punto de la fidelidad o de la poligamia tiene que ver con la decisión de las personas involucradas; en consecuencia, debieran legalizarse los matrimonios polígamos, porque lo más importante es la decisión de las personas, tomada por consenso”.

En otra intervención, un médico expuso “Algo que he visto, que es una constante. Ahorita que está uno medianamente joven tiene una perspectiva diferente, pero, por ejemplo, a mi consultorio llegan personas de sesenta, ochenta años, hombres, con enfermedades de la próstata, tapados, con cáncer, desahuciados, y prácticamente llegan… en los hospitales ocurre… los dejan y nadie va por ellos, y tuvieron muchos hijos, y se quieren deshacer de esa persona. Entonces, la perspectiva cambia.

“Dices: ¿Qué pasó? Cuando eres joven, pues, sí, hablábamos de las herencias, de los apellidos, pero llega un momento cuando ya económicamente no eres fuerte o ya, prácticamente, estás perdiendo esa fuerza social, esa fuerza económica, entonces, lo dejan y dicen: Ahí, nada más póngale algo, allí. Te lo dejan, en los hospitales los dejan. Y dices: Bueno, ¿dónde están los hijos, dónde está todo eso que se trabajó? Y era lo que decía el maestro. Son diferentes etapas, que viven los seres humanos. A veces se dispersa la educación sobre los hijos. Cuando una persona llega a los noventa años es como un traste viejo, lo vas a echar a la tejavana, a donde nadie lo vea”.

Y evaluó, además, este tipo de charlas públicas: “Esto es muy importante, aunque a veces se sienta una situación tensa, un poco incómoda porque es muy difícil cuando uno se ve al espejo, tanto de un aspecto como del otro. Si tú te ves al espejo, es lo más incómodo, pero eso es lo que vas transformando tú también. El hecho de que se vea a alguien como fiel o como infiel, cuando te estás reflejando, dices: Órale. Como que no es muy fácil, pues, estar ante el espejo. Agarrar, pararte, desvestirte y decir: Éste soy yo. ¿Qué onda, no?

“Eso es lo que hace a este tipo de pláticas un poquito incómodas, pero a mí me parece interesante el ejercicio porque yo, que sepa, no se ha dado en otros lugares, que se hable tan francamente y… difícilmente… y que no es fácil hablar, porque sí se evade, sí se elude. Se trata de no enfrentarse, de no verse mal. ¿Por qué? Porque, como tú bien lo dices, la sociedad marca lo que debe de ser: las parejas fieles, las parejas que deben jurarse amor hasta que la muerte los separe. Pero eso es lo que otros quisieran que las demás gentes hicieran, y quienes dictan esas leyes nunca lo han hecho, porque saben que es imposible, ¿no?”.

jueves, 8 de mayo de 2014

LA BÚSQUEDA DEL MACHOMULA




UNO
Según Corominas, mulo y mulato comparten la misma raíz etimológica: se derivan del latín MÜLUS. La primer palabra significa “macho”; la segunda, “macho joven”, por comparación de la generación híbrida del mulato con la del mulo.
DOS
No conocemos totalmente el tiempo ni los modos que han compartido indios y negros en México, aunque en algunos lugares parezcan existir antiguos restos de esa amistad —pienso en las majestuosas cabezas olmecas: a mi entender, son cabezas de negros, no de jaguares-hombres ni serpientes-jaguares ni hombres ojos de serpiente y boca de serpiente.
Los negros esclavos llegados a la Costa Chica —esa entidad sentimental aún no bien delimitada— encontraron protección en el territorio y en los cuerpos de las mujeres nativas y se mezclaron con las amuzgas, quahuitecas y mixtecas, y demás grupos indígenas; con violencia seguramente, dado que ése es uno de los rasgos de los hombres: el poder, y sus hábitos inmemoriales. Una versión establece que cien negros llegaron con cien negras; no nos importe. Los blancos estaban presentes; y tuvieron que amulatarse.
Los hijos de los distintos fueron ni indios ni blancos ni negros. Mulas y machos, tal vez.

TRES
Los hijos heredaron el espanto de la persecución, la fatiga del trabajo forzado, el dolor del látigo y el hierro. Y casi siempre algún tono del negro en la piel —negro azul, negro cenizo, negro café, negro morado, negro amarillo, ecéctera—. Los hijos no miraron hacia atrás sino hacia adentro: aprendieron a olvidar. Olvidaron la distancia. Desaprendieron los idiomas dominados para afirmarse en el dominante. El eterno aquí y ahora decidieron vivir.

CUATRO
En Cerro de las Tablas, en cierto tiempo, un malilla[1] fabrica su caballito de vara, se pone antifaz y se amarra una reata de lechuguilla a la cintura; al extremo de la reata está otro malilla: al individuo que lo permite —por sonsera o descuido—, lo arrastran y lo raspan; porque hay muchos tras ellos, jugando y mallugándose (chanza, pero sí pesada), que para eso estos traen sus bejucos de malva, para ofender en defensa propia. El machomula se chinga a quien se le pone enfrente y lo enfrenta.
Distinto del multicolorido machomula amuzgo, esclavo del rencor y el odio: “Machomula: ¡Hijo de la chingada!”, lo saludan. Dicen que es un negro; mejor dicho, El Negro.
Los cerreños no saben que su mascarada tiene origen indio, si no tal vez ni la representan: lo único que quieren de los guancos[2] es su fuerza de trabajo eficiente y barata; aunque puedan aceptarlos como ciudadanos después de años y años de convivir con ellos; aunque quieran cogerse a sus guancas y, si es necesario, emparentar con ellos. Con aspereza, sí, mas convienen sus hábitos y costumbres; hay un lugar de coincidencia que trasciende los intereses y propósitos individuales.
Dos modos de lo mismo que lo hacen distinto. Somos hijos del machomula.

CINCO
El recuento del proceso de mestizaje en la Costa Chica es inacabable y arduo: ni documentos ni memoria colectiva suficientes. La imaginación y la intuición deben ser instrumentos fundamentales en esta búsqueda del ser machomulesco. La pesquisa debe estar en manos de los hijos de los distintos, en los nuevos otros, los hijos del machomula. El conocimiento de lo que hemos sido y de lo que somos debe emanar de todos, y no ser preocupación sólo de investigadores y del Estado.
(¡Ah!, triste tristeza. Acabo de visitar San Nicolás y vi derruido el redondo que significaba el intento de involucrar a jóvenes y niños en el baile de la artesa: otro proyecto gubernamental más abortado.)
La cultura real, diaria, se vive; los hijos del machomula la viven, no necesita ser rescatada: sólo hay que señalarla. Lo que de ella permanece es lo auténtico y humano; a ello habrá que apostar.

SEIS
Crimen contra los negros, crimen contra los indios, la conquista. No más crímenes.
Hay un movimiento social en la Costa Chica que pugna por delimitar su mapa histórico y cultural; en ello están puestos los sentimientos, las amistades y rencores, la pasión y la inteligencia. Se avanza a grandes pasos. Habrá que apresurarse porque el mapa se ensancha y cambia constantemente. El machomula parió otros hijos, en los que aún no fijamos la vista; sólo que los parió allende la frontera: aprenden inglés y pagan con dólares.

SIETE
Porque parió el machomula, ahora que paran sus hijos.



[1]. Malilla: calidad de malo; maloso, pícaro, travieso.

[2]. Guanco: el hombre que vive en la zona templada en contraposición al que vive en la costa; modo despectivo de nombrar a los indios.