lunes, 6 de agosto de 2018

EN 1854, SANTA MARÍA SE EXILIA DE LOS CUISLEÑOS



Que Vicente Guerrero, que los negros de la costa,
que otros como ellos se metan en esta empresa descabellada,
se comprende, no tienen nada qué perder,
pero que sujetos acomodados... se comprometan con riesgo de sus vidas,
eso sí es extraño.
Ignacio Manuel Altamirano


Mira muerte, no seas inhumana,
no vengas mañana, déjame vivir.
Canción “Clarín de campaña”


Otros negros, también establecidos en palenques y que no se concertaron con las autoridades coloniales, utilizan, asimismo, para organizar su vida, el modelo de república ideado por los españoles para la población india. Esto sucede especialmente en la costa del Pacífico, en donde los negros fugitivos no tienen problemas para defenderse con éxito de las expediciones punitivas de los colonos. Cuando el despotismo ilustrado se consolida en México, la situación marginal de las repúblicas negras es respetada y en ellas se reclutan los hombres que integran las milicias de Pardos y Morenos.

*   *   *   *   *

Los negros y los hombres de mezcla, mestizos y mulatos, alforrados y fugitivos, constituyen –después de los indios– el sector más numeroso al término de la Colonia. Es precisamente el logro simple de esa magnitud lo que en definitiva acaba con el sistema de castas, ya que no teniendo los hombres marginales una posición definida en el sistema, y siendo los más, faltaba al sistema lógicamente bases de sustentación.
Gonzalo Aguirre Beltrán


A la vejez, virgüela –habrá pensado Francisco Atilano al mirar la escolta de guancos que, sin su consentimiento, lo guarda de sí mismo. No es cuestión de ellos, sólo obedecen órdenes; decide ignorarlos, a los ignorantes. Prefiere acomodar sus aperos para sembrar y aprovechar la mañana, antes de que el sol se caliente. Ahora que ha obtenido permiso de residencia para ser vecino de Oaxaca, para vivir en su casa de Cortijos con el destino manifiesto de estar en paz con los hombres, tiene que vivir vigilado porque los del Supremo Gobierno temen que su espíritu levantisco, legado de los negros cimarrones, lo haga desandar la vejez y regresar, jinete, armado con hombres y armas, y pelear por recomponer las desviaciones –una más, qué importa: ¿Qué le hace la jícara al mar?– de la revolución de los años idos, la verdadera, la del pueblo, con el amigo Vicente Guerrero como jefe y caudillo; sólo que esta vez al lado de otro de sus amigos, Juan Álvarez, y de Florencio Villarreal, desde Ayutla, contra el cabrón de Santana, quien regresó al país a malgobernar, a querer imponer su capricho como si él fuera el Supremo Gobierno.
Pero ya está lejos de toda esa boruca; lo que lo ocupa ahora es sembrar unos palitos de zopilote para dar sombra a su solar y, con el tiempo, madera de buena sangre y preciosa a alguno de sus hijos o sus nietos o a cualquiera que le aproveche. El General Luis de Noriega, Prefecto y Comandante Principal del Departamento de Ometepec, ha dado su consentimiento para que Santa María cambie de vecindad; a cambio lo sujeta a vigilancia, lo esclaviza a soportar la presencia de unos chocos que ni saben de verdad quién es él; él, que siempre ha sido negro libre, americano legítimo, criollo nativo de Quajinicuilapa, donde desde hace mucho antes de que naciera todos eran libres, dueños de su casa, su hogaza y su pedorraza, sin necesidad de pelear contra nadie para serlo, dueños de dos o tres vaquitas, pudiendo hacer su tlacolole o chagüe en el lugar que les acomode para sembrar algodón, maíz, chile, frijol, tabaco, ejote, calabaza, sandía, ajonjolín, a condición de venderle la cosecha de algodón y de que sus vacas coman el rastrojo de las milpas cosechadas; abundar gallinas, totoles y cuches; cazar conejo, iguana, cucucha, pichiche, cusuco, venado o pescar cuatete, sacamiche, blanquillos, alaguate, mojarra, chacalín o endoco; andar de peón, arriero o vaquero o en cualquier otro menester, sea trabajando el algodón en la hacienda o acarreando en carreta de bueyes el algodón para llevarlo a la Barra de Tecoanapa y embarcarlo con rumbo a Acapulco; y fachoseando en días de fiesta con sus trapos nuevos, pantalones largos y anchos y sombreros de lana, los hombres; sus nagüas largas, anchas y floreadas y sus cadenas y pulseras de oro, las mujeres.
Los de la guardia se aburren viéndolo metido en sí mismo mientras trata que el espeque agujeree lo suficiente para que el suelo guarde las raíces. Él tiene su maña: ha hecho que el chiquitillo que lo acompaña eche agua en cada pozo, y deja que penetre y ablande la tierra colorada y como de piedra, en tanto se ocupa de otro.
Anoche, apenas bajada la luna de lo alto del cielo, el charrear del tecolote lo despertó sin siquiera imaginarse que la pájara de pico torcido lo había emitido, pues apenas le queda la insistencia del canto que lo ha acompañado todo el día, como lo han hoy acompañado los recuerdos viejos removidos por el sueño de anoche, soñado de madrugada, luego de reconquistado el sueño: Había fandango en Cuisla, y el chimisco animador de la fiesta era servido en abundantes jícaras para fortalecer la jácara y el jolgorio de los prietos champurrados; y los pasadobles, chilenas, sones y corridos valseados a surgir del bajo sexto, la guitarra, la caja y el violín, y las voces de los músicos a surgir como serpenteando desde sus bocas hasta los oídos de los presentes, haciéndolos vibrar con su ritmo, dándoles ocasión para reír y gritar; y el taloneo de las parejas a resecar la a propósito humedecida tierra para evitar las molestias del polvo, en tanto los elegantes cuerpos erguidos se deslizan con cadencia a placer; y a calentar el agua o endulzarla con miel para la garganta de los cantantes y verseros; allí, como cusucos en la cusuquera, como iguanos en el iguanal, él y Juan se enfrascaron en pícaro torneo, en disputa de versos, donde la imaginación y el ingenio prestos despicaban para ofender y ganar al rival y complacer a los escuchas, impresionar a las negras y chingar al otro, como lo hizo al fin, Competían para ver quién tenía mejor montura, y él, con su caballo albo corto, demostraba cómo se manda a una bestia, al punto de hacerla pararse de manos y acercarse a una mesa a beber agua de una jícara sin tirar nada de agua, parado el animal sólo en sus patas traseras; o, machete en mano, se aprestaban a enfrentarse... Hasta que tuvo conciencia de que soñaba, y despertó.
Hay buena luna para sembrar; a ella se acoge. Sus movimientos son lentos: ha hecho montoncitos de arcilla al lado de cada pozo y deja que el agua haga lo suyo antes de seguir; va hacia el bule y toma un largo trago de agua, como si la sed fuera mayor.
Pero no, con el Teniente Coronel Juan Bruno siempre tuvo buena amistad; las disputas con él sólo fueron de palabras, como en julio de 1830, siendo Jefe del Batallón Activo de Ometepec y teniendo el encargo de vigilar toda la Costa Chica, cuando tuvo que emplear la paciencia completa para quitarle muchas pendejadas de la cabeza y hacerle entender a ese negro fiero que la revuelta no era para ir a pelear la España, ni que los blancos hubieran quitado al presidente Guerrero por ser negro, ni pretendían acabar con los indios y negros; ni menos que se tratara de matar gachupines por matarlos –él no odiaba a los españoles, menos a los gachupines de agua dulce que conocía en el pueblo de Ometepec, de los que apreciaba su dedicación al trabajo, aunque los despreciaba un poco por su tozudo propósito de ser españoles auténticos, siempre buscando ser considerados y tenidos por blancos, resaltando su religiosidad y su ‘sangre limpia’, por la posición de privilegio que ello traía; admiraba a españoles como el General Joaquín Rea, que alguna vez fue su comandante, porque era un hombre generoso y emprendedor, cuyo capital invertía en sembrar algodón y criar ganado, dando trabajo y preocupado por el progreso de las personas y los pueblos, ayudando a quienes lo necesitaran sin cobrar nada a cambio.
Luego, ya completa la partida con los hombres de las Estancias de Quajinicuilapa, San Nicolás y Maldonado, el día 25, urdieron el modo de hacer creer a los hombres del Supremo Gobierno que él no participaría por su voluntad en la revolución para devolver a Vicente Guerrero a la Presidencia de la República; por lo que permaneció prisionero –según lo idearon– en Cuisla, en tanto Juan y una brosa de más de mil hombres a su mando (la mayoría, machetero) ponían sitio a Cortijos el día 29, y derrotaban sin disparar ni un tiro ni amellar ningún machete, a punta de palabras y boruca, a los gobiernistas comandados por el Teniente Coronel Juan Nepomuceno Olvera, jefe de las fuerzas de Tehuantepec, que iba en auxilio de Nicolás Bravo, capturándoles cantidad de machetes, 200 armas de fuego, parque y dinero, y convenciendo a la tropa a cambiarse de bando. Luego de su hazaña, Bruno se fue a la revolución con Guerrero y Juan Álvarez; él prefirió quedarse porque no quería complicaciones ni dejar lo suyo, sabiendo que desde allí también podría poner algo para el triunfo; como quiera, ya habría momento para que se sumara.
Cuando el Supremo Gobierno pidió cuentas de su participación en el asunto, dijo, en carta del 27 de agosto de 1830:

... le pongo ésta para decirle un pormenor de cómo ha sido toda esta revolución. Los señores Generales Armijo y Berdejo me oficiaron para que les mandara cien hombres, lo que verifiqué, y un día antes de que salieran les fui yo mismo a pasar lista, y con toda tropelía entró el Teniente Coronel Don Juan Bruno aconsejando a la tropa que no convenía el ir a morir por los gachupines, y así ‘viva el señor Guerrero’. Para esto ya tenía conquistado a las dos estancias de San Nicolás y Maldonado que se nos echaron encima con sus machetes, y yo tuve a bien el chisparme y venirme a mi casa, y dar cuenta al Juez de 1ª Instancia y al Comandante. Esto fue el día 25 y el 28 traté de que restablecieran el gobierno pronunciándome, y me acompañaron 200 hombres hasta lograr correr a los de San Nicolás, pero el resto de la noche se fueron a reunir con Bruno, de modo que sola quedó esta estancia. De este hecho fue la causa que me pusieron preso, y se fueron a poner el sitio a Cortijos, y el día que lo ganaron vinieron por mí a donde me tenían preso con 40 hombres de custodia, y me hicieron Comandante de un firmón, pues es delito que por ahora me compaña. ¿Pero qué quería usted que hiciera?, pues de lo contrario me hubiera costado la vida, y todavía no la tengo muy segura... están muy resueltos con el número de mil hombres que tienen entre todas las estancias...

Pero no le creyeron; y en septiembre, el Gobierno buscó a su tío Francisco Estévez, Diputado al H. Congreso Local de Oaxaca, para presionarlo y conminarlo a abandonar sus actividades subversivas. Ya antes, a comienzos de año, había sido aprendido y hecho preso en Oaxaca por reunir gente del Departamento de Ometepec a favor de Vicente Guerrero, y puesto en libertad en abril al no comprobársele la acusación de guerrillero subversivo. Ahora no, en esta ocasión se presentó ante el Teniente Coronel Eligio Ruelas, Comandante de la División de Operaciones Sobre la Costa Chica de Oaxaca, para someterse a las órdenes de los hombres del Supremo Gobierno.
Así ha vivido su vida, ajustándose a los hechos que se le imponían y que poco podía hacer para mudar: fue realista en 1816, a las órdenes de Juan Bautista Miota; en 1818 militó en las filas de los insurgentes americanos; se levantó en defensa de Guerrero cuando lo obligaron a dejar la Presidencia y hasta su muerte –la que, en compañía de Juan Álvarez, quiso evitar–; en 1831 fue indultado directamente por el Vicepresidente Bustamante, y se sumó al Gobierno de la Costa Chica, con la obligación de perseguir a Bruno; en 1833 ofreció sus servicios al Presidente Santa Anna y combatió en la zona a los simpatizadores del General Mariano Arista; al lado de los Generales José Antonio Reguera y Joaquín Rea, en apoyo al Plan de Fueros y Religiones, en 1844; en 1845, por órdenes del General Rea, juntó gente para apoyar al Presidente José Joaquín de Herrera; cuando el General Rea era hostilizado por Juan Álvarez, en 1846, volvió a la guerra; en 1850, cuando llegó a Ayutla en auxilio del Comandante Principal de la Costa Chica, Señor Carlos Tejada, quien se encontraba en el lugar con el Gobernador del Estado, Juan Álvarez, con el fin de investigar el asesinato de Joaquín Rea...
Del lado de unos y, luego, del de los otros, no por voluble o acomodaticio, por quedar bien con Dios y con el Diablo, sino porque aprendió que la verdad no cambia, pero sí los hechos y los modos de los hombres, sobre todo cuando tienen el poder; sino porque es fiel a sí mismo y no a las ideas de otros, y serlo consigo es la manera más honesta de serlo con los demás. Y su verdad es su tierra, su ganado, sus caballos. Si hay algo que lo ha comprometido con todos ellos es la amistad; y se ha obligado a ser hombre de palabra con todos y fiel con quien admira y a quien respeta, sobre todo si es honesto y valiente. Cree en el trabajo, en la propiedad y en el orden, es enemigo de la anarquía; quiere paz y tranquilidad, mas ve que todo lo hacen mal y no le queda más remedio que entrar a componer las cosas, a hacerlas él mismo, a pesar de que sólo se complique. De 1835 a 1844 se alejó de la vida pública y de los asuntos de la política para dedicarse a los suyos, a su trabajo y a sí mismo. Ahora es lo mismo, aunque esta vez está solo, sólo se acompaña a él mismo; y los vigías que le han puesto, pero ellos no importan. Ha terminado de plantar; sonríe, a gusto con lo hecho.
Se dirige al río, sus pasos son calmos bajo el sol que apenas quiere encumbrarse. Corre el año de 1854 y ha cumplido 62 años e ignora que su muerte lo ha alcanzado; aunque ignorarla es el mejor modo de tenerla presente, a la despreocupada, la que vive al acecho de todos y por ello ni conviene desvivirse por siquiera asomarse a verla, menos dedicarle tiempo y pensamientos. Cuando murió su animal creyó, más que nunca, que pronto moriría; pero nada de eso pasó, sólo eran creencias: el cuero curtido del tigre le sirvió para tapar la cama y, de esa manera, siguieron siendo compañeros. Durante muchos años, la idea de tener animal le ayudó a mostrar valentía y seguridad en sus actos y en las cosas de su vida, en lo fácil y en lo difícil; como cuando tuvo que enfrentarse, de nuevo, al rebelde y temido guerrillero Juan Bruno, alias El Africano, para convencerlo de que se indultara y se agregara al Supremo Gobierno, buscando la calma de la Costa Chica. Y lo logró: en el fondo Juan era un alma de cántaro que le entró a la revolución más por el gusto de las armas y los balazos que por ideas que no entendía bien; de guapo lo hizo, más que de inteligente. Tal vez fue sencillo convertirlo en hombre de orden y trabajo porque ya estaba cansado de andar a salto de bestia, malcomiendo totopo y plátano y alguna que otra alimaña y yerbas, sin bailar ni enamorar a alguna negra, y ni un tasajo de carne asada que le recordara su tierra.
La paz permite el fandango y la borrachera, aunque de ahí se deriven riñas y muertes; y no hay costeño que se niegue a estar alegre, cuando menos ninguno de Cuisla. Trabajar no es lo suyo, menos progresar: son buenos para problemáticos, para pleitistos; él lo ha vivido en carne propia: no por nada, ya siendo Coronel de Caballería Activa, dejó la Presidencia Municipal, en la que duró apenas un año, para ir a refugiarse a su casa de Cortijos –que con esa chingadera de los límites quedó del lado de Oaxaca, cosa que nunca le ha parecido: ¿Cómo quiere el Gobierno que seamos dos estados distintos si la Costa Chica es una sola y nada puede dividirla? La gente nunca va a decir: “Soy de Guerrero”, “Soy de Oaxaca”; uno dice: “Soy costeño” y ya–. De poco le valió haber dado sus terrenos para que, el 1 de abril de hacen dos años, se constituyera el Municipio de Cuajinicuilapa, formado por el pueblo del mismo nombre –elevado a ese rango y al de Cabecera Municipal el mismo día–, las Estancias de Maldonado y San Nicolás y el Rancho de Santiago, ya independientes de Ometepec al fin. Pero gobernar a esos negros era como acostarse en una cama llena de chinches; allá ellos, los pobrecitos, que se estén en su hormiguero, que sigan chingándose entre ellos mismos, que se peleen por “¿qué me ves?”, que maten por afrentados, que las familias se acaben por la honra. Tienen sus propias leyes, que es la del arma, la del valor, la de la amistad, que los hace ser más fieles que perra iguanera... pero que nos los ofendan, porque entonces se vuelven animales a los que ciega el coraje y no se detienen ante nada ni ante nadie. Fiesta y armas es lo único que quieren, y robar lo ajeno, lo que no han trabajado, sean mujeres o vacas, carne siempre quieren: como si todo les perteneciera; trabajan apenas para comer y para el lujo de las fachoseras.
El gusto de saber añidido su apellido al de su pueblo no se lo quita nadie, aunque pocos lo sepan y se le olvide a la gente. A fin de cuentas, todos vamos hacia el olvido, y nadie tiene su mapa comprado. Nunca ha esperado el agradecimiento de alguien para actuar; hace las cosas por cuenta propia, porque así lo quiere y se siente a gusto consigo. De su nobleza que hablen los demás, hombres como Don Vicente Guerrero y Juan Álvarez: El primero le tenía tanta confianza que le expidió nombramiento de Comandante Principal de la Costa Chica y le escribió una carta exponiéndole los motivos que había para combatir al gobierno emanado del Plan de Jalapa –documentos que nunca llegaría a leer porque todavía los cargaba el General en el momento de ser capturado por gobierno impostor, luego de la traición de Picaluga pagada por Bustamente; ya muerto Don Vicente, supo de ellos y volvió a llorar, como en el momento en que tuvo noticia de su fusilamiento, para ya no volver a llorar nunca más, que lágrimas no son adorno en los hombres–. El otro influyó para que se constituyera el Municipio de Cuajinicuilapa y que llevara su apellido, en pago de los muchos esfuerzos y luchas que hizo durante su vida a favor de su lugar de nacimiento y de sus habitantes.
A orillas del río corta una hoja de yucucata, busca la sombra, la coloca en la playa y se sienta: mira cómo corre el agua, la misma agua de siempre. Antes, siendo joven, lo seducía estar frente al mar, quedarse horas y horas viendo cómo los tumbos se sucedían, pausados y violentos, estallando su espuma, hasta sentir su cuerpo moverse desde dentro de la misma cadencia, sin tener pensamientos, sólo la mirada emperrada en esa agua estancada que parece viva de un modo distinto a la que contempla en el río, cuya agua viene a veces limpia y lenta, a veces rápida y turbia, como la vida, como su vida, ahora a cargo de una escolta de guamucheros que le impide acudir a Ayutla donde, armas en mano, seguramente cantan los guerrilleros:

¡Qué bonita guacamaya,
azul, amarilla y verde
que peleó contra Santa Anna!
Chatita,
mi gallito nunca pierde.
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lunes, 4 de diciembre de 2017

Pa’ ser músico se requiere gracia

Entrevista con el músico Pedro Jesús Hernández López
Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
20 de octubre de 2015
[Hace unos días falleció este músico cuileño. Se publica este texto, en su memoria.]



Jesús Hernández López fue músico de una banda durante 23 años, desde mediados de los años 50 del siglo pasado hasta un poco antes de concluir la década de los 70. Quería tocar el saxofón y terminó tocando la batería, por falta de dinero para comprarlo, así que la gente lo llamó y lo llama como Jesú’ ‘Batería’. Tocó con La Alondra Costeña danzones y cumbias. Y ahorró: con lo que ganaba como músico fue comprando ganado, y ahora vive de sus animales, dice. También asegura que para ser músico no sólo se requiere aprender, se requiere nacer con eso, se precisa tener gracia también. Tocó con varias orquestas, incluidos los famosos Magallones. En el corredor de su casa, en el antiguo Barrio del Gato, este músico criollo nos platica cosas de su vida y su obra.

–Su nombre es Jesús...
–Me conocen de Jesú’, pero mi verdadero nombre es Pedro Jesú’ Hernánde’ Lópe’.

–Criollo de Cuaji...
–Sí.

–¿Cuántos años tiene?
–No, yo ya ‘stoy viejo que la chingada... no te lo imagina’...

–Debe andar por los ochenta, ¿no?
–Ya los ando acompletando. Me falta, para cumplí’ los ochenta... ahora en este julio que viene, el 29 de julio acompleto los ochenta.

–¿Y va a haber fiesta?
–No, qué fiesta, yo ya no... te voy a decir la pura verda’... yo ya no aspiro, de fiesta, yo, mi dedicación es a cuidar mis animale’, la’mor es mij'animale’.

–Usté fue músico, ¿qué instrumento tocaba?
–No, a mí no me gusta decir mentira. Yo estudié el método porque a mí me gustó mucho el sarsojón, pero en esos tiempos, cuando terminé el método, mi papá se abrió: agarró otra mujer y los abandonó. Entonces, me dijo el maestro que los ‘taba enseñando el método: ‘Mira, a ti te veo voluntariamente que tú... te nace de músico, pero el estrumento no hay quien te lo compre. Vamo’ hacele lucha a la batería’. Así que yo me dediqué a tocá la batería...

–¿Era muy caro el saxofón?
–N’ombre. En ese tiempo no valía ni 4 mil pesos.

–¿Cuántos años tenía en ese tiempo?
–Unos 16 años.

–Aprendió aquí; ¿y quién era el maestro?
–Mira, a mí me enseñó el dejunto Israel Ventura; luego, despué’, llegó un maestro que se llamaba ‘Chucho’, de México, y ese los acabó de enseñá’. Porque no nomás de agarrá’ la batería, debes aprendé’ el compás, es lo precisante. Va.

–¿Y con qué grupos tocó?
–No, mira, no fue un grupo, fue una orquesta que quizá la haigas oído mentá’, se llamaba La Alondra Costeña.

–Sí, la oí tocar...
–Ah, bueno. Yo, de mi parte, duré 23 años pero con Sabino, pero cuando me invitaba mi pariente Criserio, el de acá, de Llano Grande La Banda, me iba yo con ellos, cuando no teníamos chamba aquí; o si no con los de acá de Guajintepé; si no, con los esto’ canijo’ de... Los Magallone’.

–¿Tocó con Los Magallones? Ellos se hicieron muy famosos, ¿no?
–Ándele. No, esos cabrone’ se dieron a resoná, es cierto... y todos los de mi grupo se murieron ya, ‘l’único que estoy vivo, yo, y Ifraín Flore’, pero Ifraín Flore’ no la hizo. En su cara se lo dijo un maestro: ‘Hay hombres que les nace de ser músico’, pero no tienen gracia; pero eso quiere gracia…’.

–También fue baterista Alfredo...
–Alfredo Colón, nomá’ que Alfredo se hizo egoísto con el dejunto Sabino, se apartó...

–Ya no quiso tocar con él...
–Ya no.


–¿Y qué canciones tocaban?
–Mira, puro’ danzone’... danzone’ y cumbia’, pero allí mandaban ello’ a pedí allá, a México, a la Casa Blanca, y ya venían escrita’...

–Las partituras...
–Exactamente...

–¿Leían notas?
–No.

–¿Quién de ellos leía?
–Este... ¿cómo se llamaba, hombre? José... no me acuerdo de qué José... porque había tres trompetista’: éste de aquí, que era Sabino; luego, uno de Guajintepé; y otro de acá, de... Sinforiano, se llamaba, pero este canijo era de Guaxaca...

–Los tres eran de fuera...
–Sí, nada más que supieron congeniá con uno, y por eso tardaron mucho tiempo aquí.

–De aquí era usté, ¿y quién más?
–Éramo’ siete, siete canijo’. Era yo, el de la batería; luego, el menta’o Sinforiano, que tocaba la trompeta; luego, un canijo de aquí, de El Terrero también, que tocaba la trompeta... así que éramo’ siete canijo’...

–¿Se acuerda de algún nombre de canción de las que tocaban?
–Ya ni me acuerdo, hermano, ya no me acuerdo...

–¿Y por qué dejó la música?
–Mira, te voy a decí’ la pura verdá’: a mí me fastidiaron los desvelo’, ¿sí? Lo único que tardé, fueron 23 año’, y yo se los dije claro: ‘Hasta aquí los acompaño, mano…’.

–¿Cuántos años tenía en ese tiempo?
–No me acuerdo, porque yo, ahorita, voy a cumplí’ en julio los ochenta... sí, pero, gracias a dios, mira, de lo que hice fui comprando mi’ becerrita’, y de eso me mantengo ahorita. Cuando salí de músico, allí yo trabajé mucho tiempo con el ara’o y con mi caballo; antonce’ no había líquido’, se chingaba uno con su caballo y su ara’o, va... Yo sembré cinco hectárea’, un año, de puro ajonjolí, y de allí me repuse; también sembré maí’ y frijol y chile...

–No se los bebió...
–Nooooo...

–Ya ve que el músico tiene esa fama...
–No, no hermanito, yo fui músico pero no fui borracho, ¿no? He oído yo esa palabra: ‘Borracho, parece músico’, dice. Le digo... a vece’ ‘toy cerca... le digo: ‘Te equivoca’, yo fui músico 23 año’ y yo no soy borracho, ni asinita no se me antoja la cerveza…’.

–La rubia que todos quieren...
–Antonce’ llegó la Superior, era la juamosa...

–¿Y en qué pueblos tocaron?
–¡N’ombre, nosotro’ dimos vuelta! Llegamos a tocá’ hasta Chiapa’... tocamo’ en todo’ esto’ territorio’...

–Otra fama que le achacan a los músicos es que agarran mujeres...
–De a chingo’. Esa suerte tiene el músico, de las mujere’, sí, pero es una tontera porque tu dinero lo echa’ a perdé’, ahí lo invierte’ en las mujere’. No, yo no fui tonto, hermano, yo, de lo que hice, es lo que ‘toy aprovechando, de ahí me estoy manteniendo ahorita, de mi’ vaca’.

–¿Y bailaba?
–No, la bailada no me gustó, mira, nunca me gustó, me gustaba está’ mirando.

–¿No conseguía novia bailando?
–No, yo conseguía novia pero no de músico, aparte, aparte. ¡No! El músico tiene la facilidá’ en la mano pa’ conseguí’ mujer. Es bonito sabé’ aprovechá’ lo que hace’ en tu juventú’; ya, de viejo, nomás lo está’ aprovechando... y cuidarlo, lo que hiciste’.

–¿Tuvo hijos?
–No, nunca tuve hijo’, tal vez dios nunca me dio hijo’.

–Y nunca se le hizo tocar el saxofón...
–No, ya me achoqué... era el mismo desvelo, sí.

–¿Y la batería, dónde quedó?
–Como era de madera, en esta casa que está ahí, ahí se chingó, guardada, le cayó el comején, y cuando... un tiempo la moví, se apachacó. La tarola sí, porque ésa... es el vaso de jierro... ahí la tengo todavía; también el cencerro, ahí está todavía... Sí, hombre, es una cosa bonita eso de aprendé’ de músico, nada más que en ese tiempo que yo anduve se ganaba barato.

–¿Y cuánto se ganaba?
–N’ombre, ‘taba baratísimo... 30 peso’ por tiempo, a cada individuo. Despué’ le subió el maestro, ya ganábamo’ 100 peso’ por tiempo. Si tocábamo’ noche y día, eran 200. Ya despué’ le aumentó... llegamo’ a ganá’ mil 500 cada cabrón. Que cuando salí, ya ganábamo’ 2 mil 500; en la última temporada que di, fuimos a tocar a Corralero, en un casamiento...

–Tocaban también en velorios, ¿no?
–Sí, nada más que en los velorio’, pura marcha’, pura marcha’...

–Ya ve que últimamente tocan de todo, en los velorios...
–‘orita sí, ‘orita ya no se oye como un velorio, parece que es fiesta. Sí, hermano, es una cosa bonita eso de andá’ de músico... mi papá fue músico también... [Se ríe]

–Eso de ser músico, ¿se nace?
–Ya se trae de nacencia, pa’ eso hay que tené’ gracia... ya te ‘bía dicho.


sábado, 18 de marzo de 2017

COSTA CHICA... ¿COLOMBIANA?
(Agosto de 2004)


Cuando mi tío Licho Zavaleta bajaba en su panga –uno de los nombres con que nos referimos a la piragua o canoa– por el río que comunica a Comaltepec con Cerro de las Tablas, encendía el motor de gasolina para hacer sonar su tocadiscos. Iba a tocar en algún baile en Las Tablas. Por el camino se deleitaba escuchando alguna cumbia o guaracha o charanga o cualquier ritmo de esos de Colombia, a cargo de los tales Corraleros de Majagual, por ejemplo: El espejo del chinito, La cotorrita, El vampiro, La piragua, La burrita, Charanga costeña, Cumbianberita; en fin, infinidad de canciones y títulos que olvido por negligencia memorial. En la cancha de Las Tablas, jóvenes, niños, adultos y [hasta los] perros se alborotaban esperando la hora de la fiesta, regada y barrida la pista, los oídos atentos. Al percibir el más pequeño rumor de alguna nota musical de avanzada, los chiquitillos corrían a la playa, abajo del remanso, para esperar al “músico” del tocadiscos. En despuecito llegarían los mayores a por Licho y su máquina de sonidos. ¡Y hágase el baile! Eran los últimos años de los sesenta.
Decía mi abuelo Tino que la música de Los Magallones ya era vieja, anterior a ellos. Si uno se entera que los Corraleros de Majagual cantaban Festival de Guararé, puede colegir una certeza: el mítico Cuararé de los huehuetecos es deformación fonética del Guararé panameño que cantan los colombianos –y otros que no viene al caso incluir–, sobre todo porque no existe en nuestra geografía lugar con ese nombre ni sustantivo o verbo o nombre propio o algo que le dé un significado alternativo. No se pretende restar importancia a la inventiva de Nacho y sus secuaces musicales, sino rastrear el origen de una palabra que cantamos y cantamos, sin entender bien a bien qué quiere decir. Si lo anterior es cierto, en la obra de Los Magallones concurre, también, una presencia colombiana. Andando el tiempo, en los finales años de los setenta, la Luz Roja de San Marcos importó, desde el meritito Colombia, a uno de los músicos más importantes para la cumbia costeña: Aniceto Molina. Seguro es que llegaron también muchos más músicos colombianos y de otras latitudes; sin embargo, la digitación acordeónica, el arrecho ritmo, el fraseo vocal y la picardía en las letras de las canciones de Aniceto son excepcionales. Su influencia ha sido y es tanta que hasta conjuntos jóvenes y de otros géneros musicales se han enriquecido bajo su tutela; pongamos por caso a El Gran Silencio, quienes lo reconocen y admiran e imitan en lo que se puede.
Anoto lo anterior para apuntalar la idea sugerida en el título: lo colombiano en la Costa Chica. Y paso a enunciar una idea que me preocupa, motivo por la cual reflexiono de este modo: En los años recientes –diez, cuando menos–, la producción, el tráfico y el consumo de drogas ilegales llamadas estupefacientes ha crecido aceleradamente. Y no hablamos de mariguana y otras mariguanadas, sino de coca –no de la negra–, crack y XTC o éxtasis. No sé si técnicamente sea correcto hablar de producción de cocaína en la Costa Chica; quiero referirme al proceso químico que convierte a la pasta extraída de las hojas de la planta y es “cocinada” para convertirla en una sustancia inhalable, fumable o inyectable, normalmente adulterada o “cortada” –se sabe que el polvo que se vende en las calles no es cocaína pura, sino que está adulterado y contiene apenas entre 20 y 40 por ciento de coca; a veces se le agrega bórax, lactosa o manitol, o anfetaminas y algún anestésico, o gis o talco y procaína o novocaína–. En Pinotepa, por ejemplo, existen laboratorios subterráneos donde se le “cocina”; en el municipio de Cuaji, se sabe de algunos excelentes “cocineros”; en San Nicolás, los últimos dos años han sido fecundos para el tráfico y el consumo de estas drogas –se venden como vender palomitas: a la vista de todos, los clientes amontonados ante la ventera y sin que nadie diga nada–. En Ometepec, como en Pinotepa y Cuajinicuilapa, el asunto es cosa normal y aceptada por autoridades y ciudadanos.
Que los humanos tenemos necesidad de conocer y habitar otras realidades o de fugarnos de ésta, se conoce y acepta. El arte, por ejemplo, promueve formas y visiones de otras realidades. “La pregunta –incita mi amigo Jaime d’Angela– es ¿por qué nos drogamos?”. Mil y una noches llevaría cuestionar, aventurar respuestas y concluir al respecto. No la justicia ni la moral sino la ontología, propone explorar Jaime; es decir, meternos en los recovecos de la naturaleza de la existencia humana. Ni conocimiento ni espacio suficientes para ello tenemos ahora. Baste con saber que quienes la consumen experimentan, durante un lapso de media hora a una hora, euforia, locuacidad y sensación general de bienestar y lucidez, excitación, ansiedad, disminución de la fatiga, aumento de la capacidad de trabajo y sensación de mayor fortaleza física.
Lo complicado y conflictivo es el círculo vicioso que se genera en rededor de las drogas ilícitas: consumo, delincuencia y violencia. Aderezados con la corrupción de los cuerpos policiacos encargados de combatirlos, la impunidad legal y la impunidad social, tanto de los delincuentes como de los consumidores. El robo a casas, el asalto a mano armada, el robo de ganado, la extorsión, el vandalismo, los asesinatos, se han convertido en cosa frecuente. El que no anda armado quiere armarse, quiere defenderse al ojo por ojo, aunque terminen tumbándole un diente. Uno de los actores más involucrados en la comisión de delitos es la policía judicial, lo que garantiza la impunidad legal. La aceptación social de los narcotraficantes permite la impunidad social. Un encargado de procurar seguridad pública confiesa, en corto, que el asunto está cabrón, cabroncísimo, y entrarle es arriesgar la vida. Se sabe que en la zona actúan agentes de la Agencia Federal de Investigación infiltrados, y que son conocedores de la situación; se conoce que la Secretaría de la Defensa Nacional acopia información al respecto; en fin. Y no pasa nada. Parece que no pasa nada. Nadie hace nada.
“Está difícil, dice un amigo ganadero. Ni cómo meterse a ese asunto. Que las autoridades actúen”. Así se piensa, se pretende resolver el asunto personal, el individual, el que atañe a uno y a su familia. “¿Hasta que te secuestren un hijo, vas a actuar? –contra ataco–. ¿Hasta que te hagan o les hagan algún daño? Colombia parece estar cerca. O, si no lo estuviera, ¿para qué esperar hasta allá?”. No hay respuesta de su parte. Lo cierto es que mucha gente comienza a armarse por miedo. El código de honor de las armas ha cambiado: ya no se trata de demostrar valor sino de defender el patrimonio, hierro contra hierro. O de conquistar lo ajeno, de robar, de extorsionar, de envilecer al otro. Tiremos la Ley al monte.

Dice José Luis Arriaga Ornelas que “en México, durante la segunda mitad de los noventa se batieron casi todos los registros sobre el número de secuestros, robos, asesinatos y el contrabando de droga, entre otros índices delictivos. Ante ello, se volvió lugar común equiparar la realidad mexicana con los problemas de violencia que aquejan a Colombia desde hace varias décadas. No obstante, los argumentos esgrimidos para pretender tal comparación se alejaban de la causalidad de la violencia en la misma medida que se acercaban al carácter meramente informativo: era en los medios donde se daba cuenta del acercamiento entre los dos países; el síntoma de ello era la explotación de la nota roja”. Tiene razón. Son realidades distintas y obedecen a causas distintas. En mi caso, no me mueve la explotación de la nota roja para hacer la comparación, sino el miedo a la violencia, al delito, a la corrupción y a la impunidad. Porque sé que vivir en medio de ellos no es sano y sí peligroso y deprimente. Y también por cuestiones sentimentales: la riqueza que los colombianos han dado a la Costa Chica, cuando menos en lo musical, es alentadora y gozosa, y el deseo insiste en pretender que sea la única.

viernes, 19 de agosto de 2016

CUANDO MORILLO FUE PESCADOR
(2006)



Entrevista con Germán Hernández Camacho, mejor conocido como Morillo. Originario de Cuajinicuilapa, del antiguo barrio de Las Flores, que luego se conoció como Barrio del Gato y ahora se le llama de San Francisco. Fue boxeador y basketbolista, muy reconocido en la zona; peleó, incluso, en Acapulco, donde ganó todas sus peleas. Trabajó en el campo, como cargador y pescador. Ahora es propietario de una cantina, La Coronita, que está en remodelación. Platicamos esta vez sobre su experiencia en el mar, como pescador, rememorando la clásica de Mar Azul: La vida del pescador. Apenas nos sentamos, viene su nieta a decirle que ya está el almuerzo…

GHC: La carne es mala, la debe comer uno cada semana. Hay otras cosas, hay pescado…

EA: Fuiste pescador…
GHC: Claro.

EA: Y ¿cómo es la vida del pescador?
GHC: Los seis días de la semana –dice, recuperando una línea de la canción mentada y hace la finta de beber cerveza, y ríe. Nos reímos.

EA: ¿Dónde fuiste pescador?
GHC: En Corralero. Allí duré quince años como pescador. Pescaba guachinango, a cuerda, a cincuenta metros, no… perdón… brazadas. Le poníamos calamar de carnada, calamar chiquito, asinita –y hace una seña con dos dedos, con la medida de un jeme–; ése lo traían de Acapulco. Cuando no hay o se acaba lo agarra allá dentro uno con cuchara, en el mar, en el agua. El calamar se aboya con la lámpara y sube en montón hacia la lancha, y ya lo agarra uno.

EA: ¿Y cómo saben dónde encontrar los bancos de guachinango?
GHC: En un cerro; el guachinango siempre habita en los pedregales. Y uno ya tiene marcas. Se marca uno de allá de los árboles. Desde adentro del mar marca uno, mira uno hacia la orilla –y extiende los brazos y la vista, largos ambos–, a los cerros de la orilla; desde el mar los ves, porque el mar es más alto que los cerros. Como desde tres o cuatro kilómetros, ves un árbol, ves la medida y ya te ubicas. “Aquí es”, y ya, avientas el grampín…

EA: ¿El grampín? ¿Qué es un grampín?
GHC: Una araña de varilla, de fierro, que se traba en las piedras. Sacaba uno guachinango y pargo. Al pargo le echa uno guachinango chiquito vivo, y con eso lo sacas. Andan por el mismo lugar, el guachinango y el pargo viven juntos en los pedregales, en los cerros.

EA: ¿Y cómo sabe uno que son cerros?
GHC: Porque te desvías tantito pa’ allá y ya no sientes la cuerda. Como ahorita, aquí es cerro, y te vas para allá donde ya no es cerro y ya está una profundidad, una gran profundidad –dice y gesticula, un tanto impaciente porque no entiendo su explicación. Le cambio el tema.

EA: ¿Y hacías dinero?
GHC: Claro. Nada más que no tiene uno nunca porque se los bebe. El gran pico que tengo. ¿Que no ya lo dice la canción de Mar Azul?: comenzar por el domingo/ los seis días de la semana. Y luego, esperando al compañero/ para seguir parrandeando.

EA: ¿A qué horas pescabas?
GHC: A cualquier hora, pero es mejor en la noche. Lleva uno agua y comida, refresco. A veces un tequila para el frío. Somos dos o tres, y hasta cuatro pescadores, más no se puede porque se enredan las cuerdas. Cada quien va marcando su pesca. Llegas a sacar hasta tus cien quilos, ciento cincuenta, cuando las cosas están bien. A veces hay rachas en que llegan los guachinangos grandes, de a dos quilos; entonces sacas más mucho. Aunque vale más el de orden porque tiene más salida, ése cabe en un plato; aquellos grandes, los debes de filetear para venderlos. Cuando ya vienes de pescar, le sacas la tripa. Luego, en la playa, se lava con una agua limpia, se le lava la sanguaza. Después se enyela.

EA: ¿Dónde lo venden?
GHC: Ese pescado se lleva a Acapulco. El que se saca en la laguna, ése lo compran las gaviotas, las bandejeras que andan por allí, las que compran lisa. La lisa y otros pescados se sacan con tarraya. Y ellas lo revenden; no compran guachinango porque es caro.

EA: ¿Y porqué dejaste la pesquería?
GHC: Yo tuve un lancha con un motor de 55 caballos de fuerza, un Yamaha. Lo vendí cuando me vine, vendí todo. Bueno, la mujer vendió todo. Nos dejamos y vendió todo. Como me enfermé, tuve un accidente en el mar, me voltié, quebré una lancha, la hice pedazos, me cayó en la columna.

Eso fue en las reventazones. Me cayó un tumbo encima: ya vez cómo es el mar de cabrón, cómo están las olas en las reventazones, en la orilla. Iba yo pa’ dentro del mar, me dijo mi chalán “vámonos” y yo me apendejé, jalé mi motor; cuando vi el tumbo, tan grande como ese palo de mango, le saqué la vuelta, pero no… ¡qué le iba a poder! Y échosela de frente, lo partí al tumbo y se llenó la lancha de agua, y luego venía otro tumbo más alto; en ese tiempo mi chalán ya estaba en la playa, se había dejado caer, iba yo solo. Ya no me podía regresar, los chalanes se pueden tirar al agua; el dueño no, ése se tiene que quedar al último, a ver si salva su lancha, ni modo que ya te vas a tirar.

Ya la lancha no podía, nomás una bujía venía trabajando, y llena la lancha de agua. Al último vi que venía otro tumbo y dije: “No, este tumbo sí me mata, me voy a dejar caer”. Déjome caer y que repunto, así, y vi lo blanco que venía en el alto y era la lancha. Me cayó encima una tabla, me desvió la columna. Por eso fallo para caminar. Y ya, se acabó la vida del pescador.

EA: Pero sigues haciendo tarrayas, ¿no?
GHC: Sí, eso sí. Me hago una en un mes, y la vendo. Cada malla de tarraya lleva su mallero, asegún la quiera el cliente, para pescar en la laguna la carpa, la lisa, cualquier pescado. De ancho tiene sus cuatro o cinco metros; lo mismo de largo. Y la vendo según el cliente, el dinero que traiga. No es tan sencillo, es un quebradero de cabeza; se acaban los pulmones, la vista.

EA: ¿Te gusta comer pescado?
GHC: Me gusta la gallina, frita o en caldo, más que el guachinango, me gusta el plátano; esos, de agua salada. De agua dulce me gusta la mojarra prieta.
Sí, fui cargador de maíz, ajonjolí y copra, aquí en la bodega de Conasupo. Pero se acabó la buena temporada, vino la mala y me quedé sin trabajo. Por eso me fui a Corralero, me fui con la mujer; ella es de allá… A veces jala más la vaca que el toro –y se ríe, nos reímos.
Ahora soy cantinero... de La Coronita.

–Y reímos.

jueves, 11 de febrero de 2016

Los Diablos criollos, esa sagrada hermandad secreta

Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
11 de febrero de 2016

la verdad de un mito no está nunca garantizada
y no debe ser necesariamente ‘creída’
Walter Burkert


Ensayo una vez más un acercamiento al baile de los Diablos criollos, primordial y complejo, inagotable y en crecimiento siempre, ajusto mi mirada de este rito y sus variantes, que se practican entre nosotros, en esta mínima zona de africanía y negritud heredadas, cuyo territorio va del río Quetzala (en Guerrero) hasta el río de la Arena (en Oaxaca) y sus riberas, en la zona meramente costera de lo que conocemos como Costa Chica, en esta sabana que los castellanos de hace cinco siglos utilizaron para criar ganado, trayendo para ello cien familias negras, como esclavos, provenientes de esa entelequia que llamamos África, concretamente de las culturas yoruba y bantú-conga.

Leo a Burkert y algunas ideas en mi mente, que se condensaron y afinaron en mi última visita a Santiago Tapextla, encuentran eco en algunas palabras que él escribió sobre el rito y el mito en la religión griega. Desde hace tiempo he pensado que entre nosotros se he olvidado el mito detrás del baile de los Diablos (y del Toro de Petate y los Vaqueros, pero éste es otro tema) y solamente nos queda el rito (y sus variantes, insisto, las que ahora, en 2016, oscilan entre la tradición y el floclore). Lo que vemos, es de lo que podemos hablar. Y lo que vemos debe ayudarnos a entender o pensar, a preguntarnos por lo que animaba el rito. Ni siquiera conocemos relatos del cómo y el cuándo y el por qué del baile de los Diablos, pero sí tenemos lo que se ve, el rito, los ritos.

Que son una tradición primordial, que tiene siglos entre nosotros, puede verse en el uso magistral que algunos músicos hacen de ese prodigioso instrumento que es el bote, sofisticado y misterioso, sordo y profundo, y en el bote mismo, como instrumento, como creación de la inteligencia y la pasión; y en la elemental charrasca, ladina o argentina; y en el propio baile, durante el cual los bailantes acomodan el lomo para propiciar tal vez que alguna fuerza baje y los habite; y los habita, como ocurre en las ocasiones en que los bailantes se sumergen en el ritmo y puede vérseles agacharse y saltar muy alto (un metro, por ejemplo, como hacían los de El Quizá de principios de los años noventa 90 del siglo XX), proeza que realizan una y otra vez durante los tres días que duran los ritos de culto a los antepasados muertos. El puro salto en un solo ser ya es una demostración de que algo excepcional está ocurriendo.





Procurando ver qué grupo ejecuta, a mi parecer, el baile de los Diablos de manera más tradicional llegué a la conclusión de que el de Tapextla es probablemente el que mejor conserva las formas rituales de hace décadas. Allí todavía el individuo no está por encima del grupo, allí los individuos se acogen a las reglas que el grupo, la hermandad, impone para dar cohesión y mantener el orden de esa familia. Son una familia: uno de los primeros actos que hacen los encargados de organizar el baile es pedir permiso a los padres de los muchachos menores de edad que quieren participar, diciéndoles que esos días él dejará de ser su hijo para convertirse en hijos de la mama (la Minga) y el papa (el Terrón Pancho o el Diablo Viejo, depende de quien salga o se vista). A los bailantes mayores de 18 años se les advierte lo mismo: esos días no serán hijos de sus padres de verdad, sino que sus padres de verdad serán la mama y el papa que ordenan el grupo. Se les apercibe también de que en ese lapso quienes los corregirán serán los chicotes de mama y papa, y que si ven que a sus hijos (que de momento no son sus hijos) les pegan, no tienen que meterse a defenderlos ni decir nada, tienen que aceptar que la Minga y el Terrón Pacho serán los que les pondrán rienda esos tres días.

Incluso, la propia autoridad del pueblo sabe y conoce que así son esas cosas, y colabora, claro está. Hoy en día, la mama y el papa prefieren en sus filas a mayores de 18 años para que bailen, porque si tomaron la decisión de participar, van a aguantarse y no estarán sujetos a que los padres reales intervengan o los llamen ante alguna autoridad en caso de que los castiguen. Antes no había tanta congoja con la edad de los muchachos porque se daba por sentado que todo mundo aceptaba estas reglas. Otro acción preparativa que realizan los en cabeza es avisar a la autoridad del pueblo y pedirle las llaves de la cárcel, porque en esos tres días quienes mandan en el pueblo son ellos. Así, si algún diablo no obedece las órdenes o desacata la disciplina o deja de asistir uno de los días a bailar, se le encarcela y se le echa llave a la puerta, y ese diablo permanecerá preso durante el tiempo que dure el rito.

Porque la palabra y el criterio de los nuevos nana y tata de los Diablos son inapelables. Si uno no se forma en la fila cuando le toca, le tocan dos o tres chicotazos; si uno agarra algo que no le toca (por ejemplo, tamales, arroz con leche, calabaza o cualquier alimento de la ofrenda), chicotazos; si uno ya se cansó y no baila con enjundia, chicotazos; si uno le responde a la mama o al papa, chicotazos; si uno se quita la máscara cuando baila o delante de la gente, chicotazos (aunque en los últimos años esta prohibición se ha flexibilizado); si uno se equivoca al bailar, chicotazos; si uno no obedece la orden de la mama y del papa, chicotazos; si uno les miente, chicotazos; si alguien revela la identidad de la mama o del papa, chicotazos; y así. El castigo es una forma de mantener el orden, el precario y ancestral cosmos del baile de los Diablos. Y vertiginoso, también, ese cosmos. La misma gente del pueblo acepta esa autoridad, incluso en el caso en que se burlen de ellos, como ocurre cuando se les hacen versos/coplas donde los tildan de burros viejos.

Es una disciplina que tiene mucho de militar, la aplicada por la mama y el papa: hay un mando centralizado en dos personas o tres personas (personajes) que en esos días asumen la representación del núcleo familiar y del núcleo social, legal y legítimamente, además de la del propio grupo. Y a quienes se les respeta. De esta hermandad (de unos 20 miembros que se alienan en dos o tres y hasta cuatro filas, según el espacio que tengan para bailar) son excluidos quienes no están dispuestos a aceptar ser mandados de acuerdo al interés del grupo, anteponiendo los intereses de éste y subsumiendo los propios; aunque muchos se excluyen y no se interesan en ser bailantes sino en espectadores. La disciplina no puede relajarse, excepto que aquéllos lo permitan. Y aunque pudiera parecer excesivo el trato que reciben quienes infringen las reglas, los muchachos siempre están con ganas de ser incluidos, pero no pueden ser aceptados todos, sino sólo los electos.



Es un grupo cerrado, y así aparece ante los demás, ante quienes los ven y los siguen por horas en tanto recorren las casas de quienes desean que honren a sus muertos con el baile y los versos que suelen improvisar para el casero o la casera, de corte satírico-burlesco (Ya se van los Diablos,/ ya se van felices/ en el burro viejo/ del señor Ulises o Ya se van los Diablos,/ se van muy feliz/ en la burra vieja/ de doña Beatriz). El pago es la ofrenda de los altares o dinero (20, 30 pesos, a lo sumo) o, a veces, bebidas alcohólicas. Este año, por ejemplo, uno de los diablos convenció al portador de las bebidas que le diera un trago de aguardiente, se lo bebió furtivamente, pero la mama y el papa se dieron cuenta y lo hicieron beberse una media (botella de 335 ml, aproximadamente) de un trago, y luego otra, hasta terminar totalmente borracho, en tanto era recriminado por adelantarse, por romper la regla (¿Querías beber? ¡Ahora te la acabas! ¡Para que se te quite lo perro, para que no andes más de jamba’o!). Y el infractor tuvo que pedir perdón y jurar que no lo volvería a hacer. El portador de las bebidas también fue castigado a chicotazos. La mama y el papa son guardianes inflexibles de este orden, su orden, pues.

A los castigados suele dolerles el castigo, pero los demás diablos se ríen y se burlan de ellos y aplauden los chicotazos y piden que les asesten otros más, y el castigado aguanta de pie y en su lugar la chinga, y al final nadie guarda rencor. De hecho, nadie cuestiona los castigos, nadie cuestiona su justicia, nadie cuestiona la autoridad de la nana y el tata de tres días, excepto que quiera exponerse a ser castigado. Así, los diablos tienen que pedir permiso para ausentarse de la fila (por ir a mear, etc.), y siempre deben tener una causa que aducir para solicitar permiso. Y si les niegan el permiso, lo aceptan de buen modo, o no muestran su disgusto, en caso de que lo tengan.

Uno de los organizadores del baile, el principal, en Tapextla, padre de familia, de unos 40 años, me contaba que ni a él lo respetaban la mama y el papa una vez que se ponían las vestimentas y la máscaras y comenzaba el ritual. Pero no se arrepentía de ello, a pesar de que en algún momento ya le dolía el lomo de tantos chicotazos: estaba esperando con ansiedad el siguiente año para volver a salir de diablo, o de Minga o como músico. Claro que tampoco los músicos escapan a estas prohibiciones y castigos. Y si no te gusta, ni te arrimes, dicen la nana y el tata.

En las casas de Tapextla uno puede ver cómo los niños de tres años en adelante ya andan brincando, pidiendo que les hagan las máscaras y que los vistan de diablos. Algunos se pegan a las filas de los Diablos grandes en algún momento, consentidos por las familias; otros hacen sus pequeños grupos de diablitos en su casa o en su barrio, con máscaras rústicas y elementales que ellos mismos elaboran con ayuda de la mamá y hasta del papá. Se preparan, pues, para ingresar al grupo ritual cuando sea su tiempo.






Walter Burkert escribe, en Religión griega. Arcaica y clásica: “El ‘rito’, visto desde el exterior, es un programa de acciones demostrativas –fijado según el tipo de ejecución y a menudo según el período– y es ‘sagrado’ en cuanto que cada omisión o desviación suscita gran miedo y es causa de sanciones. Al ser comunicación e impronta social al mismo tiempo, el rito crea y asegura la solidaridad del grupo cerrado; en tal función, ha acompañado las formas de la convivencia humana desde los tiempos primordiales”.

No dudo que el baile de los Diablos de Santiago Tapextla sea un rito sagrado, ni que el mito todavía muestre algunos jirones de su telar.

lunes, 1 de febrero de 2016

Autoridades municipales de Cuajinicuilapa, entre los beneficiados por laudos laborales

** 75 demandantes del Ayuntamiento “trabajaron” en el primer gobierno del ahora presidente García Cisneros
Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
1 de febrero de 2016

 
 El presidente y la síndica. El erario como botín. Fotografía: Eduardo Añorve (archivo).

Un ciudadano de esta cabecera municipal asegura, contundente, que el presidente de Cuajinicuilapa “no tiene cara para andarse quejando, muchas de esas demandas de las que se queja son de su gente”.
Esto que este ciudadano dice a este reportero es una verdad que es muy conocida en esta cabecera municipal, y así lo corroboran testimonios e información recogida.
Incluso, hace menos de diez días se reunió un grupo de querellantes que han demandado al Ayuntamiento de Cuajinicuilapa en diferentes periodos, entre los que se encontraban algunos servidores y funcionarios públicos; allí no faltaron los reclamos de una definición: o quieren el empleo o quieren el laudo laboral; sin embargo, no hubo tal definición, “ninguno quiso dejar de mamar las dos chiches”, como resumió un testigo.
Por otro lado, el licenciado Constantino García Cisneros se ha quejado constantemente en los medios de comunicación de que su administración está acotada por muchos casos de demandas laborales contra el Ayuntamiento interpuestas en distintas épocas, tantas y algunas tan desmesuradas que en estos días suman unos 220 millones de pesos los que se adeudan.
También ha dicho en público que por ese motivo el tan prometido progreso y el tan vociferado desarrollo de Cuajinicuilapa está en riesgo, pues se tienen que destinar recursos públicos, o desviarlos, para un fin que originalmente no se pensó: pagar los montos de las demandas laborales perdidas.

DEMANDAS LABORALES DUDOSAS, DE PRIISTAS QUE TRABAJARON CON GARCÍA CISNEROS
Apenas la semana pasada le descontaron a las finanzas del municipio de Cuajinicuilapa 400 mil pesos del llamado gasto corriente, por un laudo laboral que perdió el Ayuntamiento y que viene desde 1998, de antes de que Constantino García fuera presidente por primera vez (1999-2002) también por el Partido Revolucionario Institucional.
Es decir, que durante su gobierno el presidente de Cuajinicuilapa (abogado de profesión, según presume) no actuó con eficacia para impedir que esa demanda se alargara, permitiendo que ese proceso se complicara y ahora el monto inicial se haya multiplicado.
Del periodo del presidente García Cisneros, un grupo de 75 trabajadores (y algunos que no le eran o no lo parecían, miembros del grupo político al que él pertenecía, el encabezado por “el licenciado” Andrés Cruz Castro, padre político putativo suyo) demandó al Ayuntamiento por motivos presuntamente laborales.
De acuerdo con especialistas en la materia, el problema es que los presidentes municipales en turno, de la mayoría de los ayuntamientos, en vez de llegar a arreglos con los demandantes, prefieren alargar los juicios y se van a amparo, por lo que cuando los casos se resuelven a favor de los trabajadores, las cantidades se duplican o triplican por los salarios caídos, como en el caso de Cuajinicuilapa.

FUNCIONARIOS PÚBLICOS: ENEMIGOS DEL ERARIO
 


 El secretario particular. Las dos tortas. Fotografía: Eduardo Añorve (archivo).

Actualmente, varios de los trabajadores que demandaron al Ayuntamiento son parte del gobierno del mismo, como la síndica procuradora Josefa Villarreal Baños, el secretario particular del presidente García Cisneros, Elías  Damián Rodríguez, el director de Gobernación, Fidel Martínez Gómez, Eduardo Román Salinas, Gonzalo Mariche Calleja, Humberto Martínez Sánchez, Honorio Colón Guillén, David Margarito Cruz Jiménez y María Luz Gazga o María de la Luz Gazga.
Otros demandantes, pertenecientes a este grupo, y que después de ser despedidos y demandar en 2003 han vuelto a trabajar al servicio del Ayuntamiento en otros periodos son: Valentín Eleucadio Agustiniano Montalván, Alejandro González Saligán, Juvenal Arellanes Bracamontes, Uriel Cenobio Cruz Martínez, Patricio Cruz Prudente y Joaquín Quirino Cruz Jiménez, varios de ellos familiares del expresidente Andrés Cruz Castro.

OTROS DEMANDANTES
Y hay otros demandantes del mismo grupo que también ganaron una querella al Ayuntamiento y que serán indemnizados, y son, entre otros más: E. Catalina Fuentes Quevedo, Minerva Arellanes Sugía, Santiago Morales Valentín, Eneyda Aguirre Mariche, Nelly Luz Abigail Torres González e Inocente Arroyo Martínez, algunos de los cuales no han trabajado a su servicio.
Se habla también de cuatro presuntos trabajadores de Acapulco, que cuidaban su casa en el puerto y trabajaban al servicio del “licenciado Andrés”, quienes tendrán ahora como recompensa sumas elevadas.
Por otro lado, durante el periodo de los perredistas Vicente Cortés Rodríguez, presidente, y Zeferino Torreblanca Galindo, gobernador, se interpusieron numerosas demandas, y otras más al concluir su administración, algunas de las cuales han sido ganadas y pagadas, en tanto que otras han sido ganadas por los demandantes pero todavía están por ser pagadas por el Ayuntamiento.
Esta información es manejada con hermetismo, pero se conocen algunos datos relacionados con los 220 millones a los que se refiere el presidente Constantino García: por una sola demanda laboral, de un total de 53 que acumuló de 2003 a 2013, le están requiriendo 97 millones 368 mil 431 pesos, bajo el expediente 15/2009; una segunda demanda, la 955/2009, es por la cantidad de 4 millones 339 mil pesos.
También enfrenta un embargo de 12 millones 16 mil 772 pesos, bajo el expediente laboral 93/2008.
Curiosamente, el autodenominado presidente de los pobres y los negros se queja de lo mismo que en su momento se quejó el también autodenominado presidente de los pobres y los negros, el expresidente Yrineo Loya Flores: que heredaron laudos laborales contrarios, el pretexto idóneo para que las obras escasearan, en el caso del último.