sábado, 19 de diciembre de 2015

ESA MÚSICA DE CRIOLLOS NO ES PURA CHANDERA, COMO DICEN_02

(DE LA RELEVANCIA SOCIAL DE LA CUMBIA Y EL BOLERO DE LA COSTA CHICA)
2/4
Por Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
5 de diciembre de 2015

b) Lo propio
Para el criollo que no ha acudido a la academia una persona “negra” reúne cuatro características: color de piel oscuro, cabello puchunco, cuculuste o chino o rizado, nariz chata y labios gruesos, aunque las dos primeras son las fundamentales para suscitar esa percepción. Por su parte, el término “negra” utilizado en las canciones se refiere muchas de las veces a un mujer muy hermosa y es utilizado como una manifestación de querencia, cariño o para halagar; es un término suave y amable, excepto donde se indica lo contrario. En contraste, para el académico –que suele no ser criollo, y si es criollo de origen, su visión suele ser la de un frastero, de alguien que mira desde fuera estas dinámicas sociales–, la cuestión es un asunto de cultura, un asunto colectivo, un asunto de grupo, una cuestión “étnica” e histórica y hasta motivo de reivindicación de sus derechos políticos; por lo tanto, para el académico tiene que ver muchas veces con el panafricanismo (históricamente venimos de África y eso nos hace iguales o parecidos a todos quienes tenemos ese origen, sin importar a qué cultura se pertenezca actualmente o en qué país se viva) y con una presunta conciencia de esa condición o, cuando menos, de ser y utilizarse como un signo político y afirmativo de una especificidad étnica, es decir, “negro” o “negra” tienen una carga política, de auto reconocimiento no sólo de la persona sino de la historia (de África hasta América, pasando por Europa, y etcétera) grupal.
Por otro lado, para el criollo lo propio es “lo criollo”; por tanto, lo criollo es lo propio, lo nativo de aquí, sean plantas, animales o personas, con todas las implicaciones; por ejemplo, hay personas criollas y se comunican con un dialecto, el criollo, el del origen individual, el cual utilizan, pero que pueden o no utilizar, dependiendo de sus aspiraciones “sociales”. Se puede nacer criollo y dejar de serlo, como en el caso de Cirino Arellanes, que se convierte en Cirino Arellano y, como él dice, aprende a hablar bien, a vestir bien, a componer bien, a comer bien, a tener una buena casa... a ser una persona de bien: Cirino ya no es flojo, ni violento, ni choco,ni malo, como suele atribuírsele a los criollos, ya superó esa condición “atrasada”, de “incultura”, aunque al final de su vida se dice arrepentido por haber hecho concesiones a esa condición original, la de haber nacido criollo y haber sido criollo los primeros años de su vida.


Aunque suele identificarse al “negro” con el criollo, no necesariamente los negros son criollos ni los criollos son negros; lo que define al criollo, además del lugar de origen, es “el vocabulario”, el dialecto, el sermo rusticos. Y otras características intangibles: al sentido de pertenencia territorial se suma el de independencia, el conservadurismo, el de goce, el entendimiento de la precariedad de la vida, la ausencia –y desprecio– por el atesoramiento, la espontaneidad, y otros, pero, para los fines de estas disquisiciones, nos limitaremos al asunto de la pertenencia y del lenguaje.


4
EL SABORCITO CRIOLLO EN ESTAS CUMBIAS Y BOLEROS
Hay tres influencias evidentes en estas músicas: Los Corraleros de Majagual (Colombia), Los Ángeles Negros (Chile) y la música “norteña” (Los Cadetes de Linares y Los Tigres del Norte, etc.). En algunos casos, como en la música hecha por Los Magallones de la primera generación, puede hallarse la influencia directa de la música cubana. Aunque para la mayoría de los conjuntos de música tropical de la Costa Chica de los años 70 del siglo XX el modelo fue El Acapulco, como se anotó antes. Yendo más atrás, se conoce que la mayoría de las actuales músicas populares y tradicionales de América Latina tienen un origen común: el cancionero afroarábigoandalúz ( como bien documenta y argumenta Antonio García de León Griego en El mar de los deseos); así, la cumbia y el bolero que se crean, se tocan, se bailan, se escuchan y se viven y disfrutan, se venden y se compran, se piratean, se emiten en radiodifusoras, se reproducen en aparatos electrónicos y dispositivos digitales en la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, en México, también tienen su origen allí.
Es sencillo darse cuenta, dice el músico oaxaqueño Eusebio Villalobos (en entrevista con el autor) que uno de los elementos que distingue a estas músicas es el group[1]:

Es un patrón que se está repitiendo, un patrón rítmico que está sonando todo el tiempo y nunca cambia, y a lo mejor puede haber un acorde solamente en la melodía, y el group, constante, y sobre ese acorde todo lo demás está girando, creando melodías que están alrededor de eso que le da unidad rítmica a todo, y a lo mejor esto sí es erótico, sexual, sin decir ni una sola palabra, no refiriéndose al sexo...

Así, podemos identificar el group en la ejecución de las tarolas, del bajo y de las congas, en las percusiones, explica, y habla de la dificultad que implica acercarse académicamente a estas cuestiones, hacerlas racionales o inteligibles:

He escuchado a muchos músicos que dicen que tienen el mismo sabor en todas las canciones: lo que es el sabor, es el solo, y eso hace que suenen todas igualitas, sólo cambian las letras, tienen el mismo ritmo, el mismo patrón rítmico; e incluso, las formas. En tal momento dan los solos, el estribillo, la canción, y así se da la oportunidad de jugar con otras cosas y regresar otra vez al patrón. Y aquí se da la inventiva musical, aquí los solos son distintos cada vez, hay figuras, elementos, que a lo mejor se parecen, lo que llamamos los músicos “motivos”.
Otra cosa que yo no entendía era cuando se decía que “charangas”, que “cumbias”, que “merequetengue”. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? Porque uno a veces quiere academizar la música... que es en 6/8, 2/4... no sé, quieres estructurar todo, tener el control absoluto, hablar de un concepto, por lo general, de la música escolarizada, pero es absurdo porque este tipo de música no está en esa idea. A veces se puede decir que una charanga es charanga porque versa sobre tal tema –como el corrido, que versa sobre la violencia– y puedes hacer un bolero que tú, como músico, dices que es bolero 4/4, tiene tal golpe, tal tiempo, pero otro podría decir que es un corrido porque está narrando algo trágico o un suceso violento. Claro pero ellos no entienden así la música, por eso yo no entendía. De hecho, algunos hablan de cumbiamba… y por eso, tratar de academizarlo es absurdo. Es por eso que depende del estado de animo de quien nombre, del que esté creando las circunstancias también, ¿no?, todo eso que escapa a la música académica, a tratar de encerrarlo todo en notas.

En cuanto al bolero criollo, Eusebio Villalobos asegura:

El bolero costeño tiene prácticamente la misma instrumentación, hablando musicalmente, que tiene el grupo de charanga, el grupo de merequetengue y el de cumbia, que es: el bajo, la tarolas o las congas o las dos, la guitarra eléctrica... no sé desde cuándo apareció en el panorama, creo que en los setentas... pero, igual, la guitarra eléctrica tiene el mismo efecto. No sé si la usan limpia, y ahí le ponen algo, pero es el mismo sonido. Pero, además, tiene que ver con lo que aquí se conoce como “música moderna”, músicas electrificadas al estilo de los grupos de rock de los años 70, porque, incluso, hay grupos que hasta compran estos órganos [como los utilizados por estos grupos] y los usan, como en el caso del Grupo Miramar, que se convierte en un distintivo. En el bolero costeño hay versatilidad porque con esos mismos instrumentos tocan cumbia, charanga, merequetengue y guacharaca.
El bolero costeño es por lo general en tono menor, pero no siempre puede ser así, pero así se entiende de manera académica. Lo que hace diferencia entre el bolero criollo y el tradicional, otra particularidad, es la voz, que parece que está llorando. Lo que hablaba hace rato del patrón o el group: están tan acostumbrados ellos al group, que cuando hacen un bolero, es inevitable que no esté el group, aunque esté lento, y eso es lo que hace que sea más cadencioso, y se nota hasta en el bailar: más quebrado, más “arrabalero”... en realidad no es que sea de arrabal, sino que son las características de instrumentación: los músicos están tan acostumbrados al group, al patrón, que cuando hacen un bolero, éste está marcado, el group está reforzando la parte más importante de la canción, el sentido de la letra. No creo que ellos se pongan a pensar que en esa parte se tiene que reforzar, que en esta parte hasta lloren: es algo que se les da de forma natural, es intuición.


Por otro lado, hablando de José Tornéz, uno de los fundadores de Mar Azul, a quien considera el mejor bajista de todos los marazulinos, el músico Antonio Toño López, de la Orquesta La Barredora, dice: “No era un músico de mucho conocimiento, pero era alegre, José Tornéz”. Es decir, pondera la alegría como un valor musical de la cumbia. Y agrega, generalizando su concepción de estas músicas criollas y su enraizamiento:

Cuando ya está la estructura es muy fácil llegá’ y aprendé’ lo que ya está hecho. No es una estructura muy difícil, está fácil, bueno, para mí: yo tocaría la guitarra, la conga, el bajo, con ellos, si me invitaran, sin ensayar, será porque el estilo de guitarra de la cumbia lo puedo hacé. Yo me he juntado con músicos de escuela, músicos buenos, que leen chingón las notas, a primera vista, pero no es lo mismo hacé’ algo que estáj leyendo que algo que te nazca del corazón. Y, por ejemplo, es un estilo de música fácil pero que a la gente le gusta, la gente de acá tenemos las características ésas...
Un ejemplo, Los Donny’s de Guerrero era un grupo descuadra’o que ni... pero, pues, a la gente... ¡’ira, venden más discos, creo, que cualquiera! Sí, ya se refinaron, pero ahora que se refinaron ya no pegan, pues. Yo no sé... el morbo, la gente que quiere sabé’ el chisme: Vamos pa’ ve’ cómo tocan esos negro’ que los oímo’ en los disco’, y descuadra’os, a ve’ si... [¿Cómo sabemos que son negros nomás escuchándolos?] En el vocabulario, pues, a’nque no los veas, tú nomás los oyes y te imagina’ que son negro’. Anoche escuchaba un corrido que decía “melitares”, ¡qué va de “melitares” a “militares”! O: “yo los voy a deregir”. Es que, como acá no estudiamos pa’ músicos, andamos por allí, en El Bajo[2]... La gente, lo que quiere es la música.
Aunque, aquí, ‘onde vivimos nosotros, tenemos la misma cultura, pues... Yo sí identifico, nomás escuchando a un grupo tocar, en la orquestación: en la Costa es muy raro que un grupo le meta instrumentos como trompeta o trombón; acá, es una guitarra, un teclado, un bajo, batería o timbales. En el modo de la conga, luego se conoce la música de acá, en el tocar la conga. Aquí, aprende uno mirando. Si yo veo un conguero, vo’a aprender como él, pero si yo, ya, me voy a viví’ a Veracruz, ya, allá le pegan diferente a la conga, ya vu’a (voy a) vení’ yo... hasta gua (voy a) parecé’ no ser negro, van a decí’: Bueno, ese moreno no es de acá, en el modo de tocar se conoce que no es de acá...
La “cáscara”, así se dice porque le pegan en la lámina de los timbales, ése es el nombre correcto de lo que llaman las tarolas. En otros grupos no se toca así; allí, un timbalero es para meterle unos remates, pero no es que se va a dedicá el timbalero, que va a llevá’ toda la melodía [canción] como acá. Hacen el ritmo, los timbales. Los grupos de aquí que traen acordeón no traen batería, traen timbales, yo digo que ya es su cultura de ellos: Así aprendiste y así... Corralero Navy traía batería, pero el modo de tocar la batería, la tocaban como los timbales; antes, el timbalero llevaba toda la parte de la batería. Ya ahorita, ya se han ido... los músicos tocan más fino. Antes, en los conjuntos nomás ponían sus tarolitas con un cencerro y nomás allí se la llevaban.
Yo digo que eso ya lo traen en la sangre, y que te saques tu sangre es difícil. Tú vas a hacer lo que tu corazón te mande, ¿no? Nosotros traemos esa sangre de bullangueros, así... Yo he visto músicos de diferentes lugares; aquí, nosotros tenemos una cultura media chañuda, pa’ todo somos... nosotros, hasta para vestir, ¿por qué? Ya ves que nos ponemos unos colores de ropa y... Por ejemplo, ves unos músicos del norte, muy educados, mucha disciplina, pero son más fríos, pues... Si tú ves un negro de aquí bailando una canción del norte, no la va a bailar como allá, a’nque se vaya pa’llá. Quizá después de que vea que todo mundo baila así y él es el único que no, quizá le ‘garre la onda, pero él va a hacé’ siempre, acá, pues, él siempre lo va a hacé’ muy chañudo, no sé... así somos los negros, pues, la forma de ser de los negros. ¡‘uta!, unos bailan, ‘ira, hasta se mueven, acá. [Se agita]

Pero, saborcito, la verd’a, lo que se dice saborcito, el requinteo de Papa Cirino, cuando joven, en cumbias como La negrita guapachosa, Corralero Navy y Elizabeth, en el Corralero Navy de la primera época.


[1] Y precisa que utiliza el término group, que proviene del jazz, por no encontrar otro mejor, pero que hace alusión a un patrón rítmico fundamentalmente.
[2] El Bajo: Tierras de humedad donde se siembra. Este músico utiliza esta expresión para enfatizar que los músicos criollos provienen de zonas rurales, que tienen escasa instrucción escolar, que son rústicos.

ESA MÚSICA DE CRIOLLOS NO ES PURA CHANDERA, COMO DICEN


(DE LA RELEVANCIA SOCIAL DE LA CUMBIA Y EL BOLERO DE LA COSTA CHICA)
Por Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
28 de noviembre de 2015

LA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
Soy costeño de nación,/ me gusta bailar la cumbia. Ésta es una declaración de principios, enunciada allá en Chacagua, Oaxaca, a mediados de los años 70 por Jesús Hernández Salinas, del Conjunto Tropical Mar Azul, en la cumbia llamada Pinotepa Nacional. A partir de ella podemos construir una mínima visión del mundo de los criollos que viven en la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, y tal vez de su propia visión, que también es la de uno. Este criollo que pasa de ser el negro de la Costa, de Álvaro Carrillo, a ser el hombre guapachoso, de Esteban Bernal; es el tránsito del hombre que sabe matar al que prefiere divertirse, tocar y bailar, aun a costa de ser considerado un flojo o bueno para nada, improductivo. Implica la declinación de la chilena como la música con amplia relevancia social en la Costa Chica, para dar paso a la de la cumbia (charanga, merequetengue, guaracha) y de su hermano gemelo, el bolero. Ello ha sido así cuando menos en los últimos 40 años. Por cierto, en los tres géneros los protagonistas siguen siendo “la negra” y “el negro”, como aparecen juntos en La boda negra, una versión acriollada que hicieran Las Estrellas de Acapulco de Casamiento de negros, de Violeta Parra, a principios de los años setenta.
Pero en el comienzo de todo este proceso de adquisición de relevancia social de la cumbia y el bolero criollos está el llamado Monstruo del Trópico, el grupo musical Acapulco Tropical, maestros de maestros, porque algunos de sus imitadores llegaron a ser maestros, y después fueron maestros de maestros (y algunos lo siguen siendo):

Cumbia Acapulco Tropical

Nos fuimos y ya volvimos,
llenos de ritmo, y más tropical,
alegres, llenos de gozo
pues todo mundo ya va a bailar.

Acapulco Tropical
es un ritmo guapachoso:
lo bailan niños, viejitos,
los jovencitos, con mucho gozo.

Cuando escucho la guitarra,
también el bajo y el acordeón
se me enchina todo el cuerpo,
me da brinquitos el corazón.

Las tarolas y el güiro,
las tumbadoras, le dan sabor,
y Walter está cantando,
le canta al pueblo con mucho amor.


Eran los fines de los años 60 e inicios de los años 70 del siglo pasado. De ellos aprendieron los demás, de El Acapulco, como familiarmente le decían, aprendieron. Asegura Cirino Arellano (nombre artístico de Cirino Arellanes, el que cambió porque a su director musical le parecía muy chando y no muy fino para alguien de su nivel como compositor e intérprete) que él compuso el primer bolero costeño, en 1974: Creíste(s). También dice don Cirino que él armó el primer conjunto tropical en la Costa Chica, Corralero Navy, precisamente en Corralero, Oaxaca. Y relata que formó a varios músicos, como Abraham y Uvaldo Bernal, quienes después emigrarían a Chacagua, en el mismo estado, donde se integrarían a otro conjunto, Mar Azul, liderado por Jesús Hernández, José Tornéz y Margarito Larrea. Cirino Arellanes agarró muestra de esa música en Acapulco, donde trabajó y estudió la secundaria. El modelo: El Acapulco, como se les decía, El Monstruo del Trópico, como decía la publicidad. En la cumbia transcrita arriba se proponen el gusto, lo guapachoso y lo alegre como características ligadas (como le fueran inherentes por naturaleza) al “pueblo”, a quien también le cantan, y que incluye a personas de todas las edades: niños, viejitos y jovencitos. Allí mismo enuncian la dotación instrumental típica: guitarra, bajo, acordeón, tarolas (timbales), güiro y tumbadoras. Y el cantante o voz principal, claro está. Música para olvidarse de congojas, cantará Régulo Alcocer en la Luz Roja de San Marcos, el mismo ritmo alegre que El Negrito baila quebrando la cintura... pasito pa’ delante,/ pasito para atrás, después de conminar (se sospecha): Óyeme negrita, a gozar con tu negrito guapachoso, como hacen los del Corralero Navy en La negrita guapachosa. Música para bailar y gozar, en tanto le gritan a Cirino que se “acabe” la guitarra eléctrica que requintea con maestría.

EL TERRITORIO DE NACIÓN
Desde Acapulco hasta Huatulco hay unos 500 kilómetros de costa, que pertenece a los estados de Guerrero y de Oaxaca y está sitiada por las estribaciones de la Sierra Madre del Sur en norte, y regadas con la brisa y las aguas del Océano Pacífico. Aquí conviven diversos grupos humanos, muchos de ellos son descendientes de los habitantes prehispánicos, algunos de los cuales englobamos actualmente en los términos mixtecos, nahuas, amuzgos, triquis, zapotecas, etc. Después de 1521 llegaron unos frasteros, europeos y africanos. Todos ellos se mezclaron, con violencia y con ternura, como buenos humanos; de esas mezclas nacimos nosotros, los costeños. Y ese gentilicio es el que nos da unidad: somos costeños, así, a grandes rasgos, por haber nacido en este territorio. Y así nos asumimos. Sin embargo, existen diferencias entre esos grupos humanos, las que nos permiten hablar de culturas subalternas (para los cuales existen diversas denominaciones: indígenas, afromexicanos, mestizos, aparte de los ya mencionados), en los términos del bueno de Guillermo Bonfil Batalla, las que pertenecen a lo que suele llamarse cultura nacional o cultura mexicana, es decir, la cultura dominante.
En esta franja costera se ubican pueblos que desde los años 70 andan en boca de mucha gente, merced a la difusión de estas músicas, la cumbia y el bolero criollos: San Marcos, Huehuetán, Cuajinicuilapa, Corralero, Pinotepa Nacional, Cerro del Chivo, Chacagua, Río Grande. Allí nacieron y vivieron y murieron o viven músicos y compositores criollos como Régulo Alcocer, Ignacio Nacho Magallón, Cirino Arellanes, Bertín Gómez, Jesús Hernández, Emiliano Gallardo, Esteban Bernal y José Barette, nombres ligados de manera directa a los míticos conjuntos musicales Luz Roja de San Marcos/Acapulco, Los Magallones, Mar Azul, Corralero Navy, Condesa Tropical, Los Cumbieros del Sur, Grupo Miramar y hasta el Condesa de Bertín Gómez Jr.


LOS ATRIBUTOS DE LO CRIOLLO
El vocabulario
Dice el veterano músico Antonio López, de San Francisco El Maguey, Oaxaca, que las letras de las canciones de los criollos, la cumbia y el bolero es fácil distinguirlos de las demás por “el vocabulario” que los músicos y los compositores utilizan. El hablar mocho, el usar palabras chandas o no refinadas, el no decir la “s” al final de ciertas palabras o de cambiarla por una “j”, el usar palabras arcaicas, serían algunas de las características de lo que él llama “el vocabulario”.
Don Gonzalo Aguirre Beltrán (en Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro) reconoce la existencia de esta habla criolla, aunque no la nombra así (las cursivas son mías):
El idioma hablado en Cuijla es una forma dialectal del español...  Ante el caos lingüístico de la esclavonía el español devino una lengua franca que permitió la fácil e indispensable relación entre blancos, negros e indios.
A medida que la situación local fue estabilizándose, al disminuir y cesar los aportes migratorios africanos, los cambios lingüísticos tendieron a la consolidación. Ello permitió a las nuevas generaciones recibir y transmitir un español modificado que no había de sufrir, en el transcurso de tres centurias, mayores alteraciones...
El empleo de esos vocablos [nahuas, bantús, mixtecas] y de las formas dialectales cuileñas son propias tanto del ‘sermo urbanus’ como del ‘sermo rusticus’; sin embargo, en el habla rural, particularmente en la lengua que usan para su comunicación los habitantes de las pequeñas cuadrillas, las diferencias respecto al español europeo y mexicano son mayores.
Este conservatismo lingüístico indica la fuerza incontrastable de las formas originadas durante los primeros contactos entre el castellano y los idiomas indígenas o africanos –principalmente bantús–, al punto que parece como si hubiese sobrevivido una fijación de las resultantes de la aculturación idiomática.

El sermus rusticus o habla rural es la esencia del criollo hablado en la Costa Chica, el mismo que los compositores y los músicos criollos utilizan como materia prima para sus letras, a través del cual convierten sus pensamientos e imágenes en palabras, como puede verse en Mar Azul, Los Magallones, Los Cumbieros del Sur, Los Donny’s de Guerrero, Los Karkik’s, etcétera, en expresiones como: Te fuistes y me dejastes, ¡Qué chulo!; tiró una risada; me echastes al olvido; muda de ropa o cambia de ropa; por no saberse tantear; arrancó corriendo; se ingre (de engreído); la cosa estuvo de que... En sustantivos y nombres propios como: escorpioncillo (reptil), tlachicón (árbol), cuinique (roedor), arrecho (eretizado), ranguñazo (rasguño), defuensas (por defensas), guachos y melitares (por militares), na (contracción de nada), pedidor (el que pide a la novia), maroma (pirueta o voltereta), ramasama (botella), mama (por mamá), cuchito (por armadillo), cumbiamba (fiesta), pa (contracción de para), maistro (por maestro), embición (por ambición), Chejuita (por Chefita), fego (por fuego), corajudo, Pifanio (por Epifanio), vierne (por viernes), feves (por jueves), mañas (manías), fidicial (por judicial), Ometepet (por Ometepec), antonce (por entonces). Y en modos verbales como: garraron (por agarraron), feron (por fueron), volvido (por vuelto), fe (por fue), guindar (colgar). Etcétera. Y en muchas más palabras y expresiones, claro.
Anoto aquí una observación que ayuda a entender el por qué de la amplia relevancia social de la cumbia y el bolero, en detrimento de la de la chilena: En la cumbia y el bolero el habla criolla se expresa espontáneamente, es el dialecto, el vehículo utilizado cotidianamente para comunicarse, sobre todo de personas que viven al margen de la cultura nacional, muchas veces en la pobreza material o en la precariedad, viviendo con lo mínimo indispensable y conformes con ello, en los barrios de la periferia o en poblados pequeños, que no han recibido instrucción escolar; en el caso de la chilena no: en la chilena el habla criolla ya se imita, ha dejado de ser espontáneo, por tanto, las letras de esta música suelen ser artificiosas, y, a últimas fechas, se le imprime un tono folklorizante[1] (como en la obra del maestro Baltazar Velazco de Pinotepa Nacional). Incluso, parece que la chilena está en riesgo de convertirse en una música-baile de exhibición: las chilenas con amplia relevancia social fueron compuestas hace medio siglo por José Agustín Ramírez (Ometepec, El toro rabón) y Álvaro Carrillo (Pinotepa, El amuleto, El negro de la Costa), y en las últimas décadas no ha existido un compositor que cree otras que se acerquen a o igualen esa relevancia, aunque algunos cantantes, como Pepe Ramos, se han dedicado a actualizarlas para un uso lúdico, el disfrute de escucharlas, pero que excluye el baile. Curiosamente, en las interpretaciones de este músico conviven equilibradamente el habla nacional con el habla mestiza. En sentido contrario, otros grupos musicales, de los surgidos en las décadas de los años 70 y 80, utilizaron un habla pretendidamente correcta y evitaron usar cualquier criollismo, como hicieran Las Estrellas de Acapulco, Grupo La Amistad (de Pepe Ramos), Roca Blanca, Apache 16; posteriormente lo hicieron grupos como Kumbala Show, Metal, Yanga, Amadeus, Los Hijos de la Banda, El Condesa de Bertín Gómez Jr., pretendiendo ser correctos y desdeñando el habla criolla, ese dialecto chando y de chandos, dicen quienes lo piensan así.

[1] Ver Música y Etnicidad: una introducción a la problemática, de Josep Martí, en Trans (Revista transcultural de Música) número 2. http://www.sibetrans.com/trans/

miércoles, 2 de diciembre de 2015

ALVARO CARRILLO, CUATRO MIRADAS


PRIMERA

En recuerdo de la ausencia

un pedazo de tierra y una cruz
y, por Dios, un recuerdo.

La voz de Álvaro Carrillo es ronca, viene de la garganta. Y la raspa. Pocos matices. Corta las frases con brusquedad, aunque a veces se suaviza y logra imprimirles ternura. Voz grave engolándose, pretendiendo elegancia, fraseando con despacio. Las “r” se arrastran. Las “s” se enfatizan.
Es la ausencia: Hay ausencias que triunfan/ y la nuestra triunfó. Añora lo perdido, el goce —signo y señal— que ya no es y por ello vuelve a ser, recuperado, re-vivido, también ahora, en el momento de la voz dolida y gozosa, festiva, casi risueña, lamentándose, regodeándose en el amor ido, impuesto por sí mismo, a pesar, incluso, de haber sido su ave de paso, su mariposa de mil flores. La ausencia y la añoranza: hoy siento la nostalgia de tus brazos,/ de aquellos tus ojazos,/ de aquellos tus amores, confiesa, acepta el andariego, ofreciendo, ahora sí, el corazón, rogando, pidiendo perdón, él, a quien ni cadenas ni lágrimas ataron, arrepentido de dejar en la ausencia al otro amor, y se humilla para obtener la calma y el sosiego, no sólo de la muerte sino del perdón del amor abandonado: amémonos ahora con la paz/ que en otros tiempo nos faltó. Y una lágrima, una plegaria y, por Dios, el olvido.
La ausencia aun en compañía de la amada: yo presiento/ que no estás conmigo/ aunque estés aquí. Y no se nombra la causa, se le describe: esta ingrata mentira de mi corazón. Es la duda, la incertidumbre: si tú me quieres o me engañas,/ sabrá Dios,/ uno no sabe nunca nada. Son los celos: y debo estar loco/ para atormentarme/ sin haber razón. La ausencia que Dios atestigua.
La ausencia y la presencia de lo ausente, que llena la memoria y satura el recuerdo, los eterniza: Pasarán más de mil años,/ muchos más;/ yo no sé si tenga amor la eternidad,/ pero allá tal como aquí/ en la boca llevarás/ sabor a mí. Por si no fuera suficiente, totaliza el amor ofrendado, ubica su marca, la define: tú llevas también/ sabor a mí. Y no por vanidad sino por la fuerza de ese amor, bueno y pobre: bastaría con abrazarte y conversar./ Tanta vida yo te di… Eternizadas, la ausencia y la presencia, tanto tiempo, el del disfrute del amor, que se equipara, ahora, al del recuerdo. Equilibrio de adentro y afuera, de lo real y lo recordado, de lo ausente y lo presente, en quien no se pretende dueño y presume ser nada.
La ausencia y la toma de conciencia del desamor ajeno, de la otra, la dulce enemiga, de la amada: Y hoy resulta/ que no soy de la estatura de tu vida. Se le acusa, se le pretende correspondiendo el amor infructífero: me quieres a pesar de lo que dices, argumentando al amor como una herida: llevamos en el alma cicatrices/ imposibles de borrar. Se le amenaza daño: hasta puedo hacerte mal si me decido. Se le chantajea: tu amor lo tengo muy comprometido. Y en vano, pues al final se otorga el perdón: a fuerzas no será, tal vez porque se enfrenta lo inevitable: otros amores. Pero ya el dolor propio poco importa (ni siquiera sientas pena por dejarme), sino el pacto ante Dios, quien ha de cobrar el agravio, que la promesa se ha devuelto.
El arrepentimiento como antídoto contra la ausencia: Vuelve conmigo mi amor,/ que tus errores no me causan temor. El arrepentimiento y la oferta de aceptación a costa de lo que sea, que la ausencia se prefiere antes juntos y contra el mundo, que en compañía del mundo y en contra de la amada: como eres,/ así yo te quiero. Ahora sí, que el mundo, los otros, las terribles gentes demasiado buenas condenan la soledad, el lunar, la mancha del desamor, del deshonor, de la ausencia, que ha quedado impreso en el amante y ya no ha de desaparecer.
La ausencia absoluta, anclada en la realidad: ya todo lo llenas tú,/ yo no soy nada en ti. Y la resignación: Adiós,/ que de algún modo/ seguiré mi viaje. Porque, a pesar de la indiferencia, del compromiso amoroso, del menosprecio, la dignidad sienta sus fueros (me haces menos/ y ése es mi coraje) y obliga a renunciar a un amor que ha renunciado antes, casi como capricho, se abandona todo, degustando, incluso, la amargura de la felicidad que no es propia o en su compañía: al fin tú eres feliz,/ ni lo vas a notar. Amargura y tristeza.
La tristeza como secuela: desde que te fuiste/ no he tenido luz de luna. En la obscuridad ha vivido desde la partida de la amada y anhela ser alumbrado: yo quiero luz de luna/ para mi noche triste. Entonces, la ausencia es lastre, dolor, muerte: Yo siento tus amarras/ como garfios, como garras/ que me ahogan en la playa/ de la farra y el dolor. Ausencia y tristeza que convierten al amante en cadáver que revive, en fantasma que arrastra sus cadenas/ en la noche callada.
Y la ausencia es silencio, que quien no ha amado/ que no diga nunca que vivió jamás.

SEGUNDA

El negro de la costa

la palabra que me diste
en el corazón la tengo,
y como no me la cumpliste
a que me la cumplas vengo.

Álvaro Carrillo, El Negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca, nació en zona mixteca, en El Camalote, municipio de Cacahuatepec en Oaxaca. Candelaria Morales fue su madre, una “mulata” juchiteca, de Juchitán, Guerrero, la patria de quienes peleaban terrenos con los huehuetecos. Llevó, pues, nuestro paisano en el apellido, como se lleva un lunar, una alusión al color de su piel —pariente de Mora, Morado, Moral, Morán, Morelos, Moreno, Moro y todos los demás que se arrejunten. 2 de diciembre de 1919, fecha de su nacimiento; 3 de abril de 1969, de su muerte. Apenas vivió cuarenta y nueve años.
A los diez o los doce ya cantaba y tocaba, según se dice. A los 12 compró su primera guitarra en 75 centavos. Su padre, Francisco José María, era director de la orquesta cacahuatepequeña, que interpretaba danzones, chilenas, boleros y sones, entre otros bailes. Junto con Eleazar Jiménez Jiménez y Gildardo Salinas Guzmán, Álvaro formó su primer trío. Misael Vázquez Guzmán afirma que ellos interpretaron su primera composición, Celia, y ubica en 1940 su ingreso a la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo, donde escribiría Luz de luna, Magnolia, Eso, Azul, Mañanita, Flores del corazón, Orgullo y Matemáticamente. Su primer éxito sería Amor mío, antes de la fama y la popularidad de Sabor a mí, cuyas interpretaciones son incontables.
 Pelo cuculuste, frente amplia, cejas cortas, ojos pequeños, nariz chata, pómulos altos, boca grande y de labios gruesos, mentón redondeado: sería un inventario del rostro del negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca. Y la mirada abierta. Se asemeja a las colosales cabezas olmecas, excepto por la papada. Se nota corpulento más que delgado. Y se sabe afecto a las bebidas alcohólicas. Es un costeño. En su obra existe una dicotomía: por un lado, los boleros y las canciones románticas; por el otro, la chilena. Y en las chilenas es donde se asume costeño, donde refleja los valores masculinos exacerbados: de las mujeres costeñas/ nacen los hombres valientes. Los fuertes y de acero de Agustín Ramírez se convierten en bravucones, temidos, intocables, personificando La Ley: Cierto que echo mis habladas,/ pero Sóstenes me llamo.// A mí nadie me hace nada,/ como quiera yo las gano,/ y no hay ley más respetada/ que el machete entre mis manos, porque ésa es su naturaleza, pues la sangre que es costeña/ no tolera las traiciones. Y en el arte de matar, se presume maestría: No me enseñen a matar/ porque sé cómo se mata, no solamente con el machete, también a balazo tendido: Soy tirador,/ mi retrocarga es la ley. Ubicarse por encima de todos, de los otros: la supremacía se muestra hasta en el oficio: en el agua sé lazar/ sin que se moje la reata.
Y más si se trata de pelear por la hembra, a quien se le concede el privilegio de amarlo, pues él se pesca con trabajo/ y se come con cuidado. El rival es poco, se hace menos, se le increpa: Tú para mí eres pura facha/, tú no aguantas la pelea./ O me dejas la muchacha,/ o me dejas la zalea. Y se pregunta uno si realmente será capaz de desollarlo. Seguro que sí, porque es un bravero que se rifa sin condición, poniendo en riesgo y dispuesto a rajarse el cuero/ con el que ofenda mi corazón. Bravero en serio, sin matices, bravero de condición, sobre todo ante el rival de amores, a quien espanta con facilidad: Hay otro que te pretende,/ ya no se acerca, ¿por qué será?/ Será que le da mi sombra/ y a veces miedo la sombra da. Y la imagen tradicional, la del gallo de pelea como símbolo supremo de lo masculino: Gallo muerto en raya gana/ si el otro corriendo va./ Soy pollo de tu ventana;/ no sé tu gallo por qué se irá./ Y hoy si me da la gana/ aquí otro gallo no cantará,/ porque si canta se morirá. Gallo de pelea ante el rival, pollo ante la doncella dentro de la habitación, cuya ventana permite el atisbo de una promesa amatoria. Y aunque no fuese correspondido, poco importa, se trata de conseguir a toda costa el preciado tesoro himeneo o placentero que la amada o, más bien, deseada, guarda para él: De ti nunca me he retirado/ ni me voy a retirar,/ porque soy gallo jugado:/ aquí en la raya me han de matar. En gallo convertido ahora, luego de vislumbrar el rechazo, el desamor; y la amenaza de ¡Virgo-coito o muerte!: Soy necio en cuestión de amores./ No me voy a retirar/ aunque de rodillas llores,/ ni que me vengan a regañar,/ pues soy de los cazadores/ que a donde apuntan han de pegar,/ y a tus amores vine a apuntar, agrega como si no bastara morirse en la raya o coitear en mullida cama aunque de mecates. Ha de suavizarse el bravero, ha de ser domado por la bella, él, el de la sombra pesada: porque si pisan tu sombra/ yo te aseguro que me han pisado. Pisar al gallo, al pisador.
Mas no todas sus chilenas son apología de tales valores. Para muestra Pinotepa. O Negra cortijana y Jardín florido: Cuatro o cinco limones/ tenía una rama,/ y amanecieron cincuenta/ por la mañana. Como se ve, lírica popular de gran calado, son a veces, aunque prestados, los versos.

TERCERA

Ars Amandi del gavilancillo del viento

…me quieren pa’ golosina
porque he nacido prietito.

¿Que si le gustan las mujeres? ¡Claro que sí! ¿Cómo que no? ¡No fuera de la Costa Chica! Pinotepa me gustó/ por sus sensuales inditas;/ Lo de Soto me encantó/ por sus bellas morenitas, dice por boca de Álvaro Carrillo todo costeño que se asuma costachiqueño, y agrega: Es verdad que Ometepec/ lindas mujeres tenía,/ pero en Cacahuatepec/ encontré la reina mía.
Para todas tienes, Moreno —me pienso, aunque no me lo diga a mí mismo sino a mis otros mí mismos, no enterados aún de mi condición de Enamora’o-Como-Perro-Flojo. Y disgrego porque la fantasía fantasea conmigo y enmigo: ¡Ah, malhaya, pudiera yo con todas! Ser águila de las peñas,/ gavilancillo del viento/ soy el de las costeñas/ que a todas les doy contento. Indias, mestizas, negras u ometepecanas; pinotepeñas, cortijanas, cacahuatecas, amuzgueñas, soteñas, vistahermosianas y tlacamamenses; morenas o morenitas, sensuales, bellas, prendas del alma, ingratas, chaparritas, capullos, palomas, chiquitas, angelitos, corazoncitos, nenas, mujeres, muchachas, mamacitas, preciosas, cachetes color de rosa, sureñas, finas y hasta lindas morenitas con patas de chichalaco. Y agrego a las chinitas, que olvidaba por falla no edipiana sino por venganza ante el desdén sistemático que he sufrido por las cuculustas de verdad.
En la chilena asume y resume don Álvaro la pasión amatoria o erótica del costeño o atribuida a él. Y la pasión aparece acompañada de la alegría, la fiesta, el baile, lo arrecho, pues. La arrechura, una de las características culturales evidentes, manifestada en la música: yo soy coplero/ y te estoy cantando/ porque nació en tu suelo/ la morenita que estoy amando// Me gustan tus mujeres,/por eso aunque no sepa/ yo seguiré cantando/ que viva la Costa con Pinotepa// Mis canciones van volando/ rumbo a Vista Hermosa,/ donde hay muchas mestizas/ y también indias preciosas// Te vengo a cantar con gusto/ mi más hermosa canción. Y para mejor convertirla en cómplice de amores, amiga de pasiones, se la invita: Éntrale negra bonita,/ vente conmigo a cantar/ esta alegre chilenita/ que te voy a dedicar. Al baile también va la pasión amatoria: Si zapateas bonito/ yo te prometo/ hacer con el polvito/de tus zapatos/ un amuleto. Porque, después de la bravura, la felicidad y el contento son signos de la costeñitud: Viva el sol, viva la luna,/ viva la luz del día./ Donde están los costeñitos/ nunca falta la alegría.
¿Que si gusta a las mujeres? No se sabe. Y de lo que se sabe, como que no mucho, aunque tal vez no importa porque se trata de ser El Amante, no el amado; se trata de enamorarlas aunque no correspondan. Cual Cupido, tirar flechas y flechar, pedir: Negra, dame tus ojitos/ para completar dos pares/ porque con los míos solitos/ no puedo llorar mis males.// …la palabra que me diste/ en el corazón la tengo/ y como no me cumpliste/ a que me la cumplas vengo.//… prenda del alma que tengo,/ quiéreme, no seas ingrata, / que yo por amarte vengo/…que me duele el corazón./ Apúrate chaparrita/ a calmar este dolor.// …que me dé suerte/ para que me quieras/ y me acompañes hasta la muerte; prometer: Si quieres ir al cielo/ sueña conmigo,/ porque al cielo se llega/ con las cositas que yo te digo; amenazar: Soy necio en cuestión de amores,/ no me voy a retirar/ aunque de rodillas llores; y, ya de plano, aceptar que no es amado: Tú, pensando en que me voy,/ yo pensando en ti, o reconocer que la pasión es pasajera, es arrechura de momento, rabia del deseo, motivo de disfrute y ya: La pasión de ayer, mi nena,/ poco a poco se acabó./ Sólo la alegre chilena/ que cantamos, ésa no.
El gusto está más en el enamoramiento que en el amor, y se manifiesta en el jugueteo, donde ella es apenas motivo, provocación de la arrechura: Cuídate, linda sureña,/ no me quieras dar picones;/ dime si con otro sueñas,/ para cambiar mis pasiones// …pero cuida tu boquita/ no te la vaya a besar. Y peligrosas pueden resultar, las coquetas: No hay que hacer adoración/ de las que se andan sonriendo,/ porque llega la ocasión/ que al pobre lo están engriendo/ y lo dejan como el farol:/ por fuera inflado y por dentro ardiendo; peligrosas e interesadas en el dinero, engañadoras de pobres. Falsas pueden ser, si no ellas, sus palabras sí: Papeles son papeles,/ cartas con cartas;/ palabras de mujeres/ siempre son falsas. Ni siquiera se parece a la que es en realidad, la morena cerrera/ de cuerpo cenceño/ y alma cimarrona. O su alma ya no es tan cimarrona.
Pero como costeños no hay sólo uno, sino se dan por puñadas, ¿quién ha de ser el mero mero, el Juiqui-Juiqui Ñanga-Ñanga? Que con sus dudas se despidió don Álvaro: Entre tantos gavilanes/ ¿quién te comerá, paloma? Y en mientras ella lo dilucida (es decir, juega a decir que sí y que no), él juega a que ella lo prefiere: me he tardado despidiendo/ porque en la boca tenías/ un besito deteniendo;/ ya mero te lo pedía/ para írmelo comiendo. O si no, se lo imagina.

CUARTA

Poesía morena y de cuerpo cenceño

la madurez ardiente de un hombre del trópico

Le cantó a la Costa Chica, don Álvaro Carrillo. Mi espíritu se nutrió con la savia de la floresta, respirando el aire montaraz y arisco que abre el alma costeña a los silencios infinitos de una soledad cósmica, haciendo más bravíos los fandangos y sofocantemente cálido el estallido de los jolgorios, anota, asume en el prólogo de su Canto a Costa Chica, poema extenso. La justificación, los silencios infinitos de la soledad cósmica, no parecen pertenecer a este territorio que tanto cantó y alabó el oaxaqueño por nacimiento e hijo de crianza de la Costa Chica de Guerrero. Y en abono a esta última idea, agrega: por eso todas mis composiciones y este Canto a la Costa Chica tienen ese sabor tan especial de la región guerrerense, conservando los matices torrenciales de una escala musical, de policromado colorido.
 La primera figura del poema es la Costa Chica como mujer: Morena cerrera de cuerpo cenceño/ y alma cimarrona. Montaraz, la dice, mesteña, arisca, cerrera —tal apenas bajada del cerro a tamborazos, como reza el dicho. Escuálida o enjuta, de carnes escurridas, cuyo cuerpo es cenceño. No paso a creerlo. O el poeta erró o le tocó en mirar una morena no tan frondosa como suelen serlo. Prefiero su alma cimarrona, coincide más con el modo de ser de las costeñas, atrevidas, igualadas, osadas, cimarronas, rebeldes, pues. Aunque esa epitetación refuerza el sentido de cerrera. Y más que tripulando ensueños, el estro del maestro parece bregar con una realidad más pedestre y prosaica, que lo hace rubicón-arse o séase que se es: la dificultad, los esfuerzos y la color rojácea que produce decir la tu poesía que es nube y es golpe roqueño,/ tristeza, jolgorio, paz y rebeldía. Noto al negro o moreno como el color que denota la piel de la Costa Chica.
La segunda estrofa describe, en principio, lo geográfico y económico, es decir, la pobreza provocada por las circunstancias geográficas: Te guardan aislada tus grandes montañas,/ montañas azules, hermanas del cielo,/hechas con el barro de tu propia entraña,/ pero que estrangulan con maligno celo/ el esbelto cuello de tu economía. No anda la poesía por estos versos, a pesar de la tesis expuesta y la imagen del esbelto cuello de la economía, algo audaz, por cierto, dado que intersecta dos áreas por demás antitéticas, la improductiva belleza y la lucrativa economía. Y describe enseguida la conducta de los costeños, empeñados en matarse: tus hijos, como los atridas,/ se escarnian, se odian, y en su tropelías/ vierten el alarde de su sangre estéril, sin que tanta crueldad gratuita y milenaria —biológica, sospecha este lector pacifista cuasi cristiano que ahorita duda si conviene poner o no la otra mejilla en caso necesario— pueda matar a la gran madre sufrida y aguantadora, la Costa Chica mía de don Álvaro. Se avienta en esta estrofa el poeta una palabreja dominguera: redaño, que casi no entiendo, excepto por el diccionario y que me sugiere el imperativo del poeta en causar impresión en el lector por vía del descontón léxico: fuerzas, brío y valor.
Nos dice el estro poético de don Álvaro en la tercera estrofa los milagros que impiden la destrucción de su zona natal, a pesar del bárbaro y salvájico comportamiento de sus hijos, los costachiqueños: No, tú nunca mueres, te protege un suelo,/ te acaricia un mar y te bendice un cielo, con la intervención directa de Dios padre en persona, según aclara en seguida nuestro vate: un evangelio/ que derrama en torno de tus liviandades/ la verdad divina de tu catecismo/ y un mar que es un manto/ azul, que Dios puso en tu piel morena. No sé por qué, pero casi olisqueo la hostia y el cáliz católico.
Pero para regocijo de los folkloristas, don Álvaro recurre también al espíritu del pueblo costachiqueño, la arrechera, cuyo soplo apuntala la eternidad de esa mujer morena, la tal Costa Chica: tú nunca mueres porque estás bullente/ en los cascabeles de tus tradiciones,/ porque hasta el brebaje de tus aguardientes/ deja gotas bellas para mis canciones,/ para la chilena, que es entre tus sones/ el arpegio cumbre que bailan los dioses/ aquí en el Olimpo de mis pretensiones. Se impone una confesión que me hizo Indalecio Ramírez, compositor y protegido dilecto de don Álvaro: “Él era muy grande, muy lírico, tenía mucha cultura. Y era un gran costeño; le gustaba mucho el hecho de ‘vamos a beber en la misma media de aguardiente’. Era muy dado a la paisanada. Era un hombre muy culto. Está toda esa poesía romántica y modernista, y en costeño”. Confesión que corrobora los versos del brebaje. Bueno, en mí, lo que el aguardiente ha dejado no son gotas bellas sino un sonambulismo postborrachera y un sentido de imbecilidad como provocado por los silencios infinitos de una soledad cósmica.
En la cuarta estrofa se asume plenamente costachiqueño, con todo y lo macho de gran machitud y machonería, aderezado con pintoresquismo tradicional: Yo soy de ese pueblo, ingenuo, bravero,/ yo me rifo todo cuando suelto un gallo,/ y en los jaripeos/ yo soy el primero/ que le entra al jaleo/ jineteando un toro,/ montando un caballo/ o arrastrando el vértigo de una vaquilla / en la serpentina de la lechuguilla. Y no le creo, don Álvaro, me se dificulta verlo haciendo todas esas hombrerías, esas charradas, a pesar del buen intento poético con tales licencias y del casi hallazgo en el vértigo de una vaquilla y aunque la serpentina de la lechuguilla sea muy visual y acertada.
Y ya encarrerado, nos ensarta don Álvaro sus memorias, referidas a lo folkosteño: esas ferias chulas/ con sus juegos-danza de los doce pares,/ la tortuga, el tigre y el feo machomula.// Amo el simulacro de las capitanas/ y el vertiginoso juego de la iguana/ y al alebrestado toro de petate. Me sospecho que lo tumbó el machomula, don Álvaro o no entendería de otro modo esa fealdad atribuida gratuitamente. Tampoco sepo eso de el simulacro de las capitanas: ¿Será que las féminas a caballo montan a medias, de pierna cruzada? ¿Será que las féminas no son vaqueras, caballerangas ni militares de rango alguno?
El patriotismo regional estalla sin redaños en la sexta estrofa: jirón de patria, solitario, arisco. Y ha de solicitar permisos para sus versos: deja que mi verso sea repique y trino/ para tu ostracismo/ o la cantinela de los pajarillos/ para tu jauría/ o la nebulosa estrella que derrama estrellas/ para tus abismos. Y me juro de nuevo desconcertado en mi entendimiento poetril: no veo que el ostracismo tenga cabida en esta concepción festiva, alegre, bullanguera y arrecha de la madre patria regional que nos ha venido mostrando don Álvaro, excepto que el chingadazo léxico quiera romperle la madre al lector ignaro. El repiqueteo de tal palabra es tan ruidoso, que apaga el ladrido de la jauría, la cantinela de los paxarilhos y se extiende más allá de la nebulosa estrella que derrama estrellas, por decirlo casi en términos cinemáticos o en sustitución de: ¡Al infinito, y más allá!
El número siete para la última estrofa relata las buenas intenciones, los deseos deseados del aeda costachiqueño, olvidando, tal vez, el adagio del perro comiendo güevo: Y cuando tus hijos ya no sean atridas,/ cuando tus recuerdos hallen su picota,/ cuando se restañen tus arterias rotas/ y queden tus grandes montañas vencidas… Y me detengo por el momento, preguntando si el oficio de atrida es sólo la violencia irracional. Me respondo que no, y paso a lo propio y requerido por don Álvaro para su oficio poético: que este mismo verso, metamorfoseado/ diga el florilegio de un himno sagrado/ de cuyas estrofas/ pendan bucles de oro que besen tu frente. Y para finalizar, recupera versos de la tercia estrofa, mordiendo la serpiente la cola, finiquitando el Canto a Costa Chica: mientras el brebaje de tus aguardientes/ deje chulas gotas para mis canciones,/ para la chilena, que es entre tus sones/ el arpegio cumbre que bailan los dioses/ aquí en el Olimpo de mis pretensiones.