sábado, 19 de diciembre de 2015

ESA MÚSICA DE CRIOLLOS NO ES PURA CHANDERA, COMO DICEN


(DE LA RELEVANCIA SOCIAL DE LA CUMBIA Y EL BOLERO DE LA COSTA CHICA)
Por Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
28 de noviembre de 2015

LA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
Soy costeño de nación,/ me gusta bailar la cumbia. Ésta es una declaración de principios, enunciada allá en Chacagua, Oaxaca, a mediados de los años 70 por Jesús Hernández Salinas, del Conjunto Tropical Mar Azul, en la cumbia llamada Pinotepa Nacional. A partir de ella podemos construir una mínima visión del mundo de los criollos que viven en la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, y tal vez de su propia visión, que también es la de uno. Este criollo que pasa de ser el negro de la Costa, de Álvaro Carrillo, a ser el hombre guapachoso, de Esteban Bernal; es el tránsito del hombre que sabe matar al que prefiere divertirse, tocar y bailar, aun a costa de ser considerado un flojo o bueno para nada, improductivo. Implica la declinación de la chilena como la música con amplia relevancia social en la Costa Chica, para dar paso a la de la cumbia (charanga, merequetengue, guaracha) y de su hermano gemelo, el bolero. Ello ha sido así cuando menos en los últimos 40 años. Por cierto, en los tres géneros los protagonistas siguen siendo “la negra” y “el negro”, como aparecen juntos en La boda negra, una versión acriollada que hicieran Las Estrellas de Acapulco de Casamiento de negros, de Violeta Parra, a principios de los años setenta.
Pero en el comienzo de todo este proceso de adquisición de relevancia social de la cumbia y el bolero criollos está el llamado Monstruo del Trópico, el grupo musical Acapulco Tropical, maestros de maestros, porque algunos de sus imitadores llegaron a ser maestros, y después fueron maestros de maestros (y algunos lo siguen siendo):

Cumbia Acapulco Tropical

Nos fuimos y ya volvimos,
llenos de ritmo, y más tropical,
alegres, llenos de gozo
pues todo mundo ya va a bailar.

Acapulco Tropical
es un ritmo guapachoso:
lo bailan niños, viejitos,
los jovencitos, con mucho gozo.

Cuando escucho la guitarra,
también el bajo y el acordeón
se me enchina todo el cuerpo,
me da brinquitos el corazón.

Las tarolas y el güiro,
las tumbadoras, le dan sabor,
y Walter está cantando,
le canta al pueblo con mucho amor.


Eran los fines de los años 60 e inicios de los años 70 del siglo pasado. De ellos aprendieron los demás, de El Acapulco, como familiarmente le decían, aprendieron. Asegura Cirino Arellano (nombre artístico de Cirino Arellanes, el que cambió porque a su director musical le parecía muy chando y no muy fino para alguien de su nivel como compositor e intérprete) que él compuso el primer bolero costeño, en 1974: Creíste(s). También dice don Cirino que él armó el primer conjunto tropical en la Costa Chica, Corralero Navy, precisamente en Corralero, Oaxaca. Y relata que formó a varios músicos, como Abraham y Uvaldo Bernal, quienes después emigrarían a Chacagua, en el mismo estado, donde se integrarían a otro conjunto, Mar Azul, liderado por Jesús Hernández, José Tornéz y Margarito Larrea. Cirino Arellanes agarró muestra de esa música en Acapulco, donde trabajó y estudió la secundaria. El modelo: El Acapulco, como se les decía, El Monstruo del Trópico, como decía la publicidad. En la cumbia transcrita arriba se proponen el gusto, lo guapachoso y lo alegre como características ligadas (como le fueran inherentes por naturaleza) al “pueblo”, a quien también le cantan, y que incluye a personas de todas las edades: niños, viejitos y jovencitos. Allí mismo enuncian la dotación instrumental típica: guitarra, bajo, acordeón, tarolas (timbales), güiro y tumbadoras. Y el cantante o voz principal, claro está. Música para olvidarse de congojas, cantará Régulo Alcocer en la Luz Roja de San Marcos, el mismo ritmo alegre que El Negrito baila quebrando la cintura... pasito pa’ delante,/ pasito para atrás, después de conminar (se sospecha): Óyeme negrita, a gozar con tu negrito guapachoso, como hacen los del Corralero Navy en La negrita guapachosa. Música para bailar y gozar, en tanto le gritan a Cirino que se “acabe” la guitarra eléctrica que requintea con maestría.

EL TERRITORIO DE NACIÓN
Desde Acapulco hasta Huatulco hay unos 500 kilómetros de costa, que pertenece a los estados de Guerrero y de Oaxaca y está sitiada por las estribaciones de la Sierra Madre del Sur en norte, y regadas con la brisa y las aguas del Océano Pacífico. Aquí conviven diversos grupos humanos, muchos de ellos son descendientes de los habitantes prehispánicos, algunos de los cuales englobamos actualmente en los términos mixtecos, nahuas, amuzgos, triquis, zapotecas, etc. Después de 1521 llegaron unos frasteros, europeos y africanos. Todos ellos se mezclaron, con violencia y con ternura, como buenos humanos; de esas mezclas nacimos nosotros, los costeños. Y ese gentilicio es el que nos da unidad: somos costeños, así, a grandes rasgos, por haber nacido en este territorio. Y así nos asumimos. Sin embargo, existen diferencias entre esos grupos humanos, las que nos permiten hablar de culturas subalternas (para los cuales existen diversas denominaciones: indígenas, afromexicanos, mestizos, aparte de los ya mencionados), en los términos del bueno de Guillermo Bonfil Batalla, las que pertenecen a lo que suele llamarse cultura nacional o cultura mexicana, es decir, la cultura dominante.
En esta franja costera se ubican pueblos que desde los años 70 andan en boca de mucha gente, merced a la difusión de estas músicas, la cumbia y el bolero criollos: San Marcos, Huehuetán, Cuajinicuilapa, Corralero, Pinotepa Nacional, Cerro del Chivo, Chacagua, Río Grande. Allí nacieron y vivieron y murieron o viven músicos y compositores criollos como Régulo Alcocer, Ignacio Nacho Magallón, Cirino Arellanes, Bertín Gómez, Jesús Hernández, Emiliano Gallardo, Esteban Bernal y José Barette, nombres ligados de manera directa a los míticos conjuntos musicales Luz Roja de San Marcos/Acapulco, Los Magallones, Mar Azul, Corralero Navy, Condesa Tropical, Los Cumbieros del Sur, Grupo Miramar y hasta el Condesa de Bertín Gómez Jr.


LOS ATRIBUTOS DE LO CRIOLLO
El vocabulario
Dice el veterano músico Antonio López, de San Francisco El Maguey, Oaxaca, que las letras de las canciones de los criollos, la cumbia y el bolero es fácil distinguirlos de las demás por “el vocabulario” que los músicos y los compositores utilizan. El hablar mocho, el usar palabras chandas o no refinadas, el no decir la “s” al final de ciertas palabras o de cambiarla por una “j”, el usar palabras arcaicas, serían algunas de las características de lo que él llama “el vocabulario”.
Don Gonzalo Aguirre Beltrán (en Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro) reconoce la existencia de esta habla criolla, aunque no la nombra así (las cursivas son mías):
El idioma hablado en Cuijla es una forma dialectal del español...  Ante el caos lingüístico de la esclavonía el español devino una lengua franca que permitió la fácil e indispensable relación entre blancos, negros e indios.
A medida que la situación local fue estabilizándose, al disminuir y cesar los aportes migratorios africanos, los cambios lingüísticos tendieron a la consolidación. Ello permitió a las nuevas generaciones recibir y transmitir un español modificado que no había de sufrir, en el transcurso de tres centurias, mayores alteraciones...
El empleo de esos vocablos [nahuas, bantús, mixtecas] y de las formas dialectales cuileñas son propias tanto del ‘sermo urbanus’ como del ‘sermo rusticus’; sin embargo, en el habla rural, particularmente en la lengua que usan para su comunicación los habitantes de las pequeñas cuadrillas, las diferencias respecto al español europeo y mexicano son mayores.
Este conservatismo lingüístico indica la fuerza incontrastable de las formas originadas durante los primeros contactos entre el castellano y los idiomas indígenas o africanos –principalmente bantús–, al punto que parece como si hubiese sobrevivido una fijación de las resultantes de la aculturación idiomática.

El sermus rusticus o habla rural es la esencia del criollo hablado en la Costa Chica, el mismo que los compositores y los músicos criollos utilizan como materia prima para sus letras, a través del cual convierten sus pensamientos e imágenes en palabras, como puede verse en Mar Azul, Los Magallones, Los Cumbieros del Sur, Los Donny’s de Guerrero, Los Karkik’s, etcétera, en expresiones como: Te fuistes y me dejastes, ¡Qué chulo!; tiró una risada; me echastes al olvido; muda de ropa o cambia de ropa; por no saberse tantear; arrancó corriendo; se ingre (de engreído); la cosa estuvo de que... En sustantivos y nombres propios como: escorpioncillo (reptil), tlachicón (árbol), cuinique (roedor), arrecho (eretizado), ranguñazo (rasguño), defuensas (por defensas), guachos y melitares (por militares), na (contracción de nada), pedidor (el que pide a la novia), maroma (pirueta o voltereta), ramasama (botella), mama (por mamá), cuchito (por armadillo), cumbiamba (fiesta), pa (contracción de para), maistro (por maestro), embición (por ambición), Chejuita (por Chefita), fego (por fuego), corajudo, Pifanio (por Epifanio), vierne (por viernes), feves (por jueves), mañas (manías), fidicial (por judicial), Ometepet (por Ometepec), antonce (por entonces). Y en modos verbales como: garraron (por agarraron), feron (por fueron), volvido (por vuelto), fe (por fue), guindar (colgar). Etcétera. Y en muchas más palabras y expresiones, claro.
Anoto aquí una observación que ayuda a entender el por qué de la amplia relevancia social de la cumbia y el bolero, en detrimento de la de la chilena: En la cumbia y el bolero el habla criolla se expresa espontáneamente, es el dialecto, el vehículo utilizado cotidianamente para comunicarse, sobre todo de personas que viven al margen de la cultura nacional, muchas veces en la pobreza material o en la precariedad, viviendo con lo mínimo indispensable y conformes con ello, en los barrios de la periferia o en poblados pequeños, que no han recibido instrucción escolar; en el caso de la chilena no: en la chilena el habla criolla ya se imita, ha dejado de ser espontáneo, por tanto, las letras de esta música suelen ser artificiosas, y, a últimas fechas, se le imprime un tono folklorizante[1] (como en la obra del maestro Baltazar Velazco de Pinotepa Nacional). Incluso, parece que la chilena está en riesgo de convertirse en una música-baile de exhibición: las chilenas con amplia relevancia social fueron compuestas hace medio siglo por José Agustín Ramírez (Ometepec, El toro rabón) y Álvaro Carrillo (Pinotepa, El amuleto, El negro de la Costa), y en las últimas décadas no ha existido un compositor que cree otras que se acerquen a o igualen esa relevancia, aunque algunos cantantes, como Pepe Ramos, se han dedicado a actualizarlas para un uso lúdico, el disfrute de escucharlas, pero que excluye el baile. Curiosamente, en las interpretaciones de este músico conviven equilibradamente el habla nacional con el habla mestiza. En sentido contrario, otros grupos musicales, de los surgidos en las décadas de los años 70 y 80, utilizaron un habla pretendidamente correcta y evitaron usar cualquier criollismo, como hicieran Las Estrellas de Acapulco, Grupo La Amistad (de Pepe Ramos), Roca Blanca, Apache 16; posteriormente lo hicieron grupos como Kumbala Show, Metal, Yanga, Amadeus, Los Hijos de la Banda, El Condesa de Bertín Gómez Jr., pretendiendo ser correctos y desdeñando el habla criolla, ese dialecto chando y de chandos, dicen quienes lo piensan así.

[1] Ver Música y Etnicidad: una introducción a la problemática, de Josep Martí, en Trans (Revista transcultural de Música) número 2. http://www.sibetrans.com/trans/

miércoles, 2 de diciembre de 2015

ALVARO CARRILLO, CUATRO MIRADAS


PRIMERA

En recuerdo de la ausencia

un pedazo de tierra y una cruz
y, por Dios, un recuerdo.

La voz de Álvaro Carrillo es ronca, viene de la garganta. Y la raspa. Pocos matices. Corta las frases con brusquedad, aunque a veces se suaviza y logra imprimirles ternura. Voz grave engolándose, pretendiendo elegancia, fraseando con despacio. Las “r” se arrastran. Las “s” se enfatizan.
Es la ausencia: Hay ausencias que triunfan/ y la nuestra triunfó. Añora lo perdido, el goce —signo y señal— que ya no es y por ello vuelve a ser, recuperado, re-vivido, también ahora, en el momento de la voz dolida y gozosa, festiva, casi risueña, lamentándose, regodeándose en el amor ido, impuesto por sí mismo, a pesar, incluso, de haber sido su ave de paso, su mariposa de mil flores. La ausencia y la añoranza: hoy siento la nostalgia de tus brazos,/ de aquellos tus ojazos,/ de aquellos tus amores, confiesa, acepta el andariego, ofreciendo, ahora sí, el corazón, rogando, pidiendo perdón, él, a quien ni cadenas ni lágrimas ataron, arrepentido de dejar en la ausencia al otro amor, y se humilla para obtener la calma y el sosiego, no sólo de la muerte sino del perdón del amor abandonado: amémonos ahora con la paz/ que en otros tiempo nos faltó. Y una lágrima, una plegaria y, por Dios, el olvido.
La ausencia aun en compañía de la amada: yo presiento/ que no estás conmigo/ aunque estés aquí. Y no se nombra la causa, se le describe: esta ingrata mentira de mi corazón. Es la duda, la incertidumbre: si tú me quieres o me engañas,/ sabrá Dios,/ uno no sabe nunca nada. Son los celos: y debo estar loco/ para atormentarme/ sin haber razón. La ausencia que Dios atestigua.
La ausencia y la presencia de lo ausente, que llena la memoria y satura el recuerdo, los eterniza: Pasarán más de mil años,/ muchos más;/ yo no sé si tenga amor la eternidad,/ pero allá tal como aquí/ en la boca llevarás/ sabor a mí. Por si no fuera suficiente, totaliza el amor ofrendado, ubica su marca, la define: tú llevas también/ sabor a mí. Y no por vanidad sino por la fuerza de ese amor, bueno y pobre: bastaría con abrazarte y conversar./ Tanta vida yo te di… Eternizadas, la ausencia y la presencia, tanto tiempo, el del disfrute del amor, que se equipara, ahora, al del recuerdo. Equilibrio de adentro y afuera, de lo real y lo recordado, de lo ausente y lo presente, en quien no se pretende dueño y presume ser nada.
La ausencia y la toma de conciencia del desamor ajeno, de la otra, la dulce enemiga, de la amada: Y hoy resulta/ que no soy de la estatura de tu vida. Se le acusa, se le pretende correspondiendo el amor infructífero: me quieres a pesar de lo que dices, argumentando al amor como una herida: llevamos en el alma cicatrices/ imposibles de borrar. Se le amenaza daño: hasta puedo hacerte mal si me decido. Se le chantajea: tu amor lo tengo muy comprometido. Y en vano, pues al final se otorga el perdón: a fuerzas no será, tal vez porque se enfrenta lo inevitable: otros amores. Pero ya el dolor propio poco importa (ni siquiera sientas pena por dejarme), sino el pacto ante Dios, quien ha de cobrar el agravio, que la promesa se ha devuelto.
El arrepentimiento como antídoto contra la ausencia: Vuelve conmigo mi amor,/ que tus errores no me causan temor. El arrepentimiento y la oferta de aceptación a costa de lo que sea, que la ausencia se prefiere antes juntos y contra el mundo, que en compañía del mundo y en contra de la amada: como eres,/ así yo te quiero. Ahora sí, que el mundo, los otros, las terribles gentes demasiado buenas condenan la soledad, el lunar, la mancha del desamor, del deshonor, de la ausencia, que ha quedado impreso en el amante y ya no ha de desaparecer.
La ausencia absoluta, anclada en la realidad: ya todo lo llenas tú,/ yo no soy nada en ti. Y la resignación: Adiós,/ que de algún modo/ seguiré mi viaje. Porque, a pesar de la indiferencia, del compromiso amoroso, del menosprecio, la dignidad sienta sus fueros (me haces menos/ y ése es mi coraje) y obliga a renunciar a un amor que ha renunciado antes, casi como capricho, se abandona todo, degustando, incluso, la amargura de la felicidad que no es propia o en su compañía: al fin tú eres feliz,/ ni lo vas a notar. Amargura y tristeza.
La tristeza como secuela: desde que te fuiste/ no he tenido luz de luna. En la obscuridad ha vivido desde la partida de la amada y anhela ser alumbrado: yo quiero luz de luna/ para mi noche triste. Entonces, la ausencia es lastre, dolor, muerte: Yo siento tus amarras/ como garfios, como garras/ que me ahogan en la playa/ de la farra y el dolor. Ausencia y tristeza que convierten al amante en cadáver que revive, en fantasma que arrastra sus cadenas/ en la noche callada.
Y la ausencia es silencio, que quien no ha amado/ que no diga nunca que vivió jamás.

SEGUNDA

El negro de la costa

la palabra que me diste
en el corazón la tengo,
y como no me la cumpliste
a que me la cumplas vengo.

Álvaro Carrillo, El Negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca, nació en zona mixteca, en El Camalote, municipio de Cacahuatepec en Oaxaca. Candelaria Morales fue su madre, una “mulata” juchiteca, de Juchitán, Guerrero, la patria de quienes peleaban terrenos con los huehuetecos. Llevó, pues, nuestro paisano en el apellido, como se lleva un lunar, una alusión al color de su piel —pariente de Mora, Morado, Moral, Morán, Morelos, Moreno, Moro y todos los demás que se arrejunten. 2 de diciembre de 1919, fecha de su nacimiento; 3 de abril de 1969, de su muerte. Apenas vivió cuarenta y nueve años.
A los diez o los doce ya cantaba y tocaba, según se dice. A los 12 compró su primera guitarra en 75 centavos. Su padre, Francisco José María, era director de la orquesta cacahuatepequeña, que interpretaba danzones, chilenas, boleros y sones, entre otros bailes. Junto con Eleazar Jiménez Jiménez y Gildardo Salinas Guzmán, Álvaro formó su primer trío. Misael Vázquez Guzmán afirma que ellos interpretaron su primera composición, Celia, y ubica en 1940 su ingreso a la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo, donde escribiría Luz de luna, Magnolia, Eso, Azul, Mañanita, Flores del corazón, Orgullo y Matemáticamente. Su primer éxito sería Amor mío, antes de la fama y la popularidad de Sabor a mí, cuyas interpretaciones son incontables.
 Pelo cuculuste, frente amplia, cejas cortas, ojos pequeños, nariz chata, pómulos altos, boca grande y de labios gruesos, mentón redondeado: sería un inventario del rostro del negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca. Y la mirada abierta. Se asemeja a las colosales cabezas olmecas, excepto por la papada. Se nota corpulento más que delgado. Y se sabe afecto a las bebidas alcohólicas. Es un costeño. En su obra existe una dicotomía: por un lado, los boleros y las canciones románticas; por el otro, la chilena. Y en las chilenas es donde se asume costeño, donde refleja los valores masculinos exacerbados: de las mujeres costeñas/ nacen los hombres valientes. Los fuertes y de acero de Agustín Ramírez se convierten en bravucones, temidos, intocables, personificando La Ley: Cierto que echo mis habladas,/ pero Sóstenes me llamo.// A mí nadie me hace nada,/ como quiera yo las gano,/ y no hay ley más respetada/ que el machete entre mis manos, porque ésa es su naturaleza, pues la sangre que es costeña/ no tolera las traiciones. Y en el arte de matar, se presume maestría: No me enseñen a matar/ porque sé cómo se mata, no solamente con el machete, también a balazo tendido: Soy tirador,/ mi retrocarga es la ley. Ubicarse por encima de todos, de los otros: la supremacía se muestra hasta en el oficio: en el agua sé lazar/ sin que se moje la reata.
Y más si se trata de pelear por la hembra, a quien se le concede el privilegio de amarlo, pues él se pesca con trabajo/ y se come con cuidado. El rival es poco, se hace menos, se le increpa: Tú para mí eres pura facha/, tú no aguantas la pelea./ O me dejas la muchacha,/ o me dejas la zalea. Y se pregunta uno si realmente será capaz de desollarlo. Seguro que sí, porque es un bravero que se rifa sin condición, poniendo en riesgo y dispuesto a rajarse el cuero/ con el que ofenda mi corazón. Bravero en serio, sin matices, bravero de condición, sobre todo ante el rival de amores, a quien espanta con facilidad: Hay otro que te pretende,/ ya no se acerca, ¿por qué será?/ Será que le da mi sombra/ y a veces miedo la sombra da. Y la imagen tradicional, la del gallo de pelea como símbolo supremo de lo masculino: Gallo muerto en raya gana/ si el otro corriendo va./ Soy pollo de tu ventana;/ no sé tu gallo por qué se irá./ Y hoy si me da la gana/ aquí otro gallo no cantará,/ porque si canta se morirá. Gallo de pelea ante el rival, pollo ante la doncella dentro de la habitación, cuya ventana permite el atisbo de una promesa amatoria. Y aunque no fuese correspondido, poco importa, se trata de conseguir a toda costa el preciado tesoro himeneo o placentero que la amada o, más bien, deseada, guarda para él: De ti nunca me he retirado/ ni me voy a retirar,/ porque soy gallo jugado:/ aquí en la raya me han de matar. En gallo convertido ahora, luego de vislumbrar el rechazo, el desamor; y la amenaza de ¡Virgo-coito o muerte!: Soy necio en cuestión de amores./ No me voy a retirar/ aunque de rodillas llores,/ ni que me vengan a regañar,/ pues soy de los cazadores/ que a donde apuntan han de pegar,/ y a tus amores vine a apuntar, agrega como si no bastara morirse en la raya o coitear en mullida cama aunque de mecates. Ha de suavizarse el bravero, ha de ser domado por la bella, él, el de la sombra pesada: porque si pisan tu sombra/ yo te aseguro que me han pisado. Pisar al gallo, al pisador.
Mas no todas sus chilenas son apología de tales valores. Para muestra Pinotepa. O Negra cortijana y Jardín florido: Cuatro o cinco limones/ tenía una rama,/ y amanecieron cincuenta/ por la mañana. Como se ve, lírica popular de gran calado, son a veces, aunque prestados, los versos.

TERCERA

Ars Amandi del gavilancillo del viento

…me quieren pa’ golosina
porque he nacido prietito.

¿Que si le gustan las mujeres? ¡Claro que sí! ¿Cómo que no? ¡No fuera de la Costa Chica! Pinotepa me gustó/ por sus sensuales inditas;/ Lo de Soto me encantó/ por sus bellas morenitas, dice por boca de Álvaro Carrillo todo costeño que se asuma costachiqueño, y agrega: Es verdad que Ometepec/ lindas mujeres tenía,/ pero en Cacahuatepec/ encontré la reina mía.
Para todas tienes, Moreno —me pienso, aunque no me lo diga a mí mismo sino a mis otros mí mismos, no enterados aún de mi condición de Enamora’o-Como-Perro-Flojo. Y disgrego porque la fantasía fantasea conmigo y enmigo: ¡Ah, malhaya, pudiera yo con todas! Ser águila de las peñas,/ gavilancillo del viento/ soy el de las costeñas/ que a todas les doy contento. Indias, mestizas, negras u ometepecanas; pinotepeñas, cortijanas, cacahuatecas, amuzgueñas, soteñas, vistahermosianas y tlacamamenses; morenas o morenitas, sensuales, bellas, prendas del alma, ingratas, chaparritas, capullos, palomas, chiquitas, angelitos, corazoncitos, nenas, mujeres, muchachas, mamacitas, preciosas, cachetes color de rosa, sureñas, finas y hasta lindas morenitas con patas de chichalaco. Y agrego a las chinitas, que olvidaba por falla no edipiana sino por venganza ante el desdén sistemático que he sufrido por las cuculustas de verdad.
En la chilena asume y resume don Álvaro la pasión amatoria o erótica del costeño o atribuida a él. Y la pasión aparece acompañada de la alegría, la fiesta, el baile, lo arrecho, pues. La arrechura, una de las características culturales evidentes, manifestada en la música: yo soy coplero/ y te estoy cantando/ porque nació en tu suelo/ la morenita que estoy amando// Me gustan tus mujeres,/por eso aunque no sepa/ yo seguiré cantando/ que viva la Costa con Pinotepa// Mis canciones van volando/ rumbo a Vista Hermosa,/ donde hay muchas mestizas/ y también indias preciosas// Te vengo a cantar con gusto/ mi más hermosa canción. Y para mejor convertirla en cómplice de amores, amiga de pasiones, se la invita: Éntrale negra bonita,/ vente conmigo a cantar/ esta alegre chilenita/ que te voy a dedicar. Al baile también va la pasión amatoria: Si zapateas bonito/ yo te prometo/ hacer con el polvito/de tus zapatos/ un amuleto. Porque, después de la bravura, la felicidad y el contento son signos de la costeñitud: Viva el sol, viva la luna,/ viva la luz del día./ Donde están los costeñitos/ nunca falta la alegría.
¿Que si gusta a las mujeres? No se sabe. Y de lo que se sabe, como que no mucho, aunque tal vez no importa porque se trata de ser El Amante, no el amado; se trata de enamorarlas aunque no correspondan. Cual Cupido, tirar flechas y flechar, pedir: Negra, dame tus ojitos/ para completar dos pares/ porque con los míos solitos/ no puedo llorar mis males.// …la palabra que me diste/ en el corazón la tengo/ y como no me cumpliste/ a que me la cumplas vengo.//… prenda del alma que tengo,/ quiéreme, no seas ingrata, / que yo por amarte vengo/…que me duele el corazón./ Apúrate chaparrita/ a calmar este dolor.// …que me dé suerte/ para que me quieras/ y me acompañes hasta la muerte; prometer: Si quieres ir al cielo/ sueña conmigo,/ porque al cielo se llega/ con las cositas que yo te digo; amenazar: Soy necio en cuestión de amores,/ no me voy a retirar/ aunque de rodillas llores; y, ya de plano, aceptar que no es amado: Tú, pensando en que me voy,/ yo pensando en ti, o reconocer que la pasión es pasajera, es arrechura de momento, rabia del deseo, motivo de disfrute y ya: La pasión de ayer, mi nena,/ poco a poco se acabó./ Sólo la alegre chilena/ que cantamos, ésa no.
El gusto está más en el enamoramiento que en el amor, y se manifiesta en el jugueteo, donde ella es apenas motivo, provocación de la arrechura: Cuídate, linda sureña,/ no me quieras dar picones;/ dime si con otro sueñas,/ para cambiar mis pasiones// …pero cuida tu boquita/ no te la vaya a besar. Y peligrosas pueden resultar, las coquetas: No hay que hacer adoración/ de las que se andan sonriendo,/ porque llega la ocasión/ que al pobre lo están engriendo/ y lo dejan como el farol:/ por fuera inflado y por dentro ardiendo; peligrosas e interesadas en el dinero, engañadoras de pobres. Falsas pueden ser, si no ellas, sus palabras sí: Papeles son papeles,/ cartas con cartas;/ palabras de mujeres/ siempre son falsas. Ni siquiera se parece a la que es en realidad, la morena cerrera/ de cuerpo cenceño/ y alma cimarrona. O su alma ya no es tan cimarrona.
Pero como costeños no hay sólo uno, sino se dan por puñadas, ¿quién ha de ser el mero mero, el Juiqui-Juiqui Ñanga-Ñanga? Que con sus dudas se despidió don Álvaro: Entre tantos gavilanes/ ¿quién te comerá, paloma? Y en mientras ella lo dilucida (es decir, juega a decir que sí y que no), él juega a que ella lo prefiere: me he tardado despidiendo/ porque en la boca tenías/ un besito deteniendo;/ ya mero te lo pedía/ para írmelo comiendo. O si no, se lo imagina.

CUARTA

Poesía morena y de cuerpo cenceño

la madurez ardiente de un hombre del trópico

Le cantó a la Costa Chica, don Álvaro Carrillo. Mi espíritu se nutrió con la savia de la floresta, respirando el aire montaraz y arisco que abre el alma costeña a los silencios infinitos de una soledad cósmica, haciendo más bravíos los fandangos y sofocantemente cálido el estallido de los jolgorios, anota, asume en el prólogo de su Canto a Costa Chica, poema extenso. La justificación, los silencios infinitos de la soledad cósmica, no parecen pertenecer a este territorio que tanto cantó y alabó el oaxaqueño por nacimiento e hijo de crianza de la Costa Chica de Guerrero. Y en abono a esta última idea, agrega: por eso todas mis composiciones y este Canto a la Costa Chica tienen ese sabor tan especial de la región guerrerense, conservando los matices torrenciales de una escala musical, de policromado colorido.
 La primera figura del poema es la Costa Chica como mujer: Morena cerrera de cuerpo cenceño/ y alma cimarrona. Montaraz, la dice, mesteña, arisca, cerrera —tal apenas bajada del cerro a tamborazos, como reza el dicho. Escuálida o enjuta, de carnes escurridas, cuyo cuerpo es cenceño. No paso a creerlo. O el poeta erró o le tocó en mirar una morena no tan frondosa como suelen serlo. Prefiero su alma cimarrona, coincide más con el modo de ser de las costeñas, atrevidas, igualadas, osadas, cimarronas, rebeldes, pues. Aunque esa epitetación refuerza el sentido de cerrera. Y más que tripulando ensueños, el estro del maestro parece bregar con una realidad más pedestre y prosaica, que lo hace rubicón-arse o séase que se es: la dificultad, los esfuerzos y la color rojácea que produce decir la tu poesía que es nube y es golpe roqueño,/ tristeza, jolgorio, paz y rebeldía. Noto al negro o moreno como el color que denota la piel de la Costa Chica.
La segunda estrofa describe, en principio, lo geográfico y económico, es decir, la pobreza provocada por las circunstancias geográficas: Te guardan aislada tus grandes montañas,/ montañas azules, hermanas del cielo,/hechas con el barro de tu propia entraña,/ pero que estrangulan con maligno celo/ el esbelto cuello de tu economía. No anda la poesía por estos versos, a pesar de la tesis expuesta y la imagen del esbelto cuello de la economía, algo audaz, por cierto, dado que intersecta dos áreas por demás antitéticas, la improductiva belleza y la lucrativa economía. Y describe enseguida la conducta de los costeños, empeñados en matarse: tus hijos, como los atridas,/ se escarnian, se odian, y en su tropelías/ vierten el alarde de su sangre estéril, sin que tanta crueldad gratuita y milenaria —biológica, sospecha este lector pacifista cuasi cristiano que ahorita duda si conviene poner o no la otra mejilla en caso necesario— pueda matar a la gran madre sufrida y aguantadora, la Costa Chica mía de don Álvaro. Se avienta en esta estrofa el poeta una palabreja dominguera: redaño, que casi no entiendo, excepto por el diccionario y que me sugiere el imperativo del poeta en causar impresión en el lector por vía del descontón léxico: fuerzas, brío y valor.
Nos dice el estro poético de don Álvaro en la tercera estrofa los milagros que impiden la destrucción de su zona natal, a pesar del bárbaro y salvájico comportamiento de sus hijos, los costachiqueños: No, tú nunca mueres, te protege un suelo,/ te acaricia un mar y te bendice un cielo, con la intervención directa de Dios padre en persona, según aclara en seguida nuestro vate: un evangelio/ que derrama en torno de tus liviandades/ la verdad divina de tu catecismo/ y un mar que es un manto/ azul, que Dios puso en tu piel morena. No sé por qué, pero casi olisqueo la hostia y el cáliz católico.
Pero para regocijo de los folkloristas, don Álvaro recurre también al espíritu del pueblo costachiqueño, la arrechera, cuyo soplo apuntala la eternidad de esa mujer morena, la tal Costa Chica: tú nunca mueres porque estás bullente/ en los cascabeles de tus tradiciones,/ porque hasta el brebaje de tus aguardientes/ deja gotas bellas para mis canciones,/ para la chilena, que es entre tus sones/ el arpegio cumbre que bailan los dioses/ aquí en el Olimpo de mis pretensiones. Se impone una confesión que me hizo Indalecio Ramírez, compositor y protegido dilecto de don Álvaro: “Él era muy grande, muy lírico, tenía mucha cultura. Y era un gran costeño; le gustaba mucho el hecho de ‘vamos a beber en la misma media de aguardiente’. Era muy dado a la paisanada. Era un hombre muy culto. Está toda esa poesía romántica y modernista, y en costeño”. Confesión que corrobora los versos del brebaje. Bueno, en mí, lo que el aguardiente ha dejado no son gotas bellas sino un sonambulismo postborrachera y un sentido de imbecilidad como provocado por los silencios infinitos de una soledad cósmica.
En la cuarta estrofa se asume plenamente costachiqueño, con todo y lo macho de gran machitud y machonería, aderezado con pintoresquismo tradicional: Yo soy de ese pueblo, ingenuo, bravero,/ yo me rifo todo cuando suelto un gallo,/ y en los jaripeos/ yo soy el primero/ que le entra al jaleo/ jineteando un toro,/ montando un caballo/ o arrastrando el vértigo de una vaquilla / en la serpentina de la lechuguilla. Y no le creo, don Álvaro, me se dificulta verlo haciendo todas esas hombrerías, esas charradas, a pesar del buen intento poético con tales licencias y del casi hallazgo en el vértigo de una vaquilla y aunque la serpentina de la lechuguilla sea muy visual y acertada.
Y ya encarrerado, nos ensarta don Álvaro sus memorias, referidas a lo folkosteño: esas ferias chulas/ con sus juegos-danza de los doce pares,/ la tortuga, el tigre y el feo machomula.// Amo el simulacro de las capitanas/ y el vertiginoso juego de la iguana/ y al alebrestado toro de petate. Me sospecho que lo tumbó el machomula, don Álvaro o no entendería de otro modo esa fealdad atribuida gratuitamente. Tampoco sepo eso de el simulacro de las capitanas: ¿Será que las féminas a caballo montan a medias, de pierna cruzada? ¿Será que las féminas no son vaqueras, caballerangas ni militares de rango alguno?
El patriotismo regional estalla sin redaños en la sexta estrofa: jirón de patria, solitario, arisco. Y ha de solicitar permisos para sus versos: deja que mi verso sea repique y trino/ para tu ostracismo/ o la cantinela de los pajarillos/ para tu jauría/ o la nebulosa estrella que derrama estrellas/ para tus abismos. Y me juro de nuevo desconcertado en mi entendimiento poetril: no veo que el ostracismo tenga cabida en esta concepción festiva, alegre, bullanguera y arrecha de la madre patria regional que nos ha venido mostrando don Álvaro, excepto que el chingadazo léxico quiera romperle la madre al lector ignaro. El repiqueteo de tal palabra es tan ruidoso, que apaga el ladrido de la jauría, la cantinela de los paxarilhos y se extiende más allá de la nebulosa estrella que derrama estrellas, por decirlo casi en términos cinemáticos o en sustitución de: ¡Al infinito, y más allá!
El número siete para la última estrofa relata las buenas intenciones, los deseos deseados del aeda costachiqueño, olvidando, tal vez, el adagio del perro comiendo güevo: Y cuando tus hijos ya no sean atridas,/ cuando tus recuerdos hallen su picota,/ cuando se restañen tus arterias rotas/ y queden tus grandes montañas vencidas… Y me detengo por el momento, preguntando si el oficio de atrida es sólo la violencia irracional. Me respondo que no, y paso a lo propio y requerido por don Álvaro para su oficio poético: que este mismo verso, metamorfoseado/ diga el florilegio de un himno sagrado/ de cuyas estrofas/ pendan bucles de oro que besen tu frente. Y para finalizar, recupera versos de la tercia estrofa, mordiendo la serpiente la cola, finiquitando el Canto a Costa Chica: mientras el brebaje de tus aguardientes/ deje chulas gotas para mis canciones,/ para la chilena, que es entre tus sones/ el arpegio cumbre que bailan los dioses/ aquí en el Olimpo de mis pretensiones.

viernes, 16 de octubre de 2015

EL Museo de las culturas afromestizas Vicente Guerrero Saldaña

[Algunos datos sobre su creación]
Eduardo Añorve


En 1986, jóvenes profesionistas de Cuajinicuilapa formaron una asociación para conseguir mejoras para la población, según su dicho, y el 24 de febrero de 1988 se registran como Asociación de profesionistas del municipio de Cuajinicuilapa, integrada por las comisiones de salud, educación, deportes, saneamiento ambiental y sociocultural, y por la mesa directiva. Después de varios esfuerzos infructuosos por trabajar en pro del municipio, sus miembros fueron dejando de participar. La comisión sociocultural, en la persona de Jorge Añorve Zapata, presentó la propuesta de construir un museo, tomando en cuenta la gran cantidad de restos arqueológicos prehispánicos que se encuentran en el subsuelo de la región, los cuales se exhibirían allí, además de objetos antigüos. Ésta fue una de las propuestas que permitieron dar continuidad al trabajo de la asociación, además del festival del baile de los diablos que, desde 1986, venía realizando, bajo la iniciativa del mismo Añorve Zapata, considerando que es uno de los más representativos de la zona.
Con la idea de construir un pequeño museo que albergara objetos de la vida cotidiana del pasado inmediato y las piezas arqueológicas que encontraban y otras que recibían en donación, se comenzó a conseguir un lugar para ello. Se obtuvo para tal propósito, incluso, un terreno cedido por las autoridades ejidales. Mas no sería sino hasta el año de 1994, cuando se acudió a una reunión del Programa Nacional de Museos Comunitarios en Santa Ana del Valle, Oaxaca, donde se tuvo clara conciencia de que la orientación museográfica debería tender hacia la raíz africana, uno de los constituyentes étnicos y culturales más fuertes en la población de la Costa Chica.
Los socios activos de la antigua asociación y otros más que se sumaron en el camino se constituirían informalmente en la organización Pro-museo Cuijla, A. C., con el objeto definido de construir un museo que recuperara las tradiciones y manifestaciones culturales de los costeños, logrando registrarse el 15 de noviembre de 1995, bajo el nombre de Museo Comunitario Cuijla, A. C. Su objetivo central era “la fundación de un museo comunitario que llevará por nombre Cuijla”, además de “fomentar la cultura afroamericana de los grupos étnicos de la región, sus tradiciones, sus costumbres” y de “contar con una fuente de datos históricos e impulsar las artesanías de la cultura afroamericana” e “inculcar en las generaciones de estudiantes y público en general la importancia de los mismos”.
 A solicitud de la asociación civil, a fines de 1997, las autoridades municipales, presididas por Andrés Manzano Añorve, reunieron a funcionarios del Programa Nacional de Museos Comunitarios, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, de la Dirección General de Culturas Populares (en sus diferentes áreas: Dirección de Acción Regional, Programa Nuestra Tercera Raíz y la Unidad Regional Guerrero), del gobierno del estado de Guerrero y a socios de la organización Museo Comunitario Cuijla, A. C. con el objeto de trabajar en “la planeación de lo que será el primer Museo de la Cultura Afromestiza en nuestro país”.
Durante 1997, 1998 y 1999 se trabajó para fundar el museo, con la participación de los tres niveles de gobierno mexicano. Al ayuntamiento municipal, le correspondería aportar “el terreno que se destinará al museo de la tercera raíz”, según se lee en el acuerdo de cabildo del 14 de marzo de 1997, y aportar recursos económicos y materiales para los trabajos de capacitación y construcción. El gobierno estatal aportaría aproximadamente un millón de pesos para las obras de remodelación y construcción del inmueble, que incluiría el edificio del museo, la biblioteca municipal, la casa de la cultura y un conjunto de edificios redondos. Por su parte, las autoridades y los funcionarios federales aportarían la colección museográfica, así como la asesoría histórica y etnográfica. En este sentido, la Dra. Luz María Martínez Montiel estaría a cargo del diseño museográfico; la mayor parte de colección museográfica sería temporal y se planteó cambiarla cada seis meses.
La inauguración del museo se programó para el 21 de marzo de 1999, donde se haría realidad el “Decreto 001. Que crea el Museo de las Culturas Afromestizas General Vicente Guerrero Saldaña”, cuyo artículo 1º dice: “Se crea el día 21 de marzo de mil novecientos noventa y nueve el Museo de las Culturas Afromestizas General Vicente Guerrero Saldaña en Cuajinicuilapa, Guerrero, como un organismo desconcentrado del H. Ayuntamiento de Cuajinicuilapa, Guerrero, que será gobernado por el Comité de Museo Comunitario Cuijla, A. C. como organización comunitaria”. Sin embargo, por cuestiones administrativas, la presencia del gobernador del estado, Ángel Aguirre Rivero, adelantó la ceremonia de inauguración, siendo celebrada el 17 de marzo del mismo año, en presencia del Secretario de Educación Pública federal  Miguel Limón Rojas.
Luego de un periodo de bonanza al estar asistida por el ayuntamiento municipal, quien pagaba los gastos del personal adscrito al museo, así como los gastos corrientes de electricidad, agua potable y teléfono, la organización Museo Comunitario Cuijla, A. C. (integrada en esas fechas por 14 mujeres y 4 hombres), a partir de diciembre de 1999, se vería en apreturas económicas cuando el gobierno municipal fue relevado por otro con signo político distinto y que pretendió desaparecerlo. Durante tres años, el museo y la asociación civil resistieron el embate del presidente municipal en turno, Constantino García Cisneros, quien decidió desobedecer los acuerdos de cabildo que otorgaban recursos económicos y administrativos al museo. En esa pretensión, el gobernante convirtió la casa de la cultura —parte del conjunto cultural que albergaba al museo— en un centro de rehabilitación del DIF municipal. Sin embargo, la organización y el trabajo de la asociación permitieron defender el museo de esos intentos de desaparición y conseguir recursos económicos apenas suficientes para su funcionamiento: de marzo a noviembre de 1999, los gastos de administración del Museo fueron subvencionados por el ayuntamiento municipal, según el decreto aludido. A partir de diciembre, las autoridades municipales recién electas decidieron ignorar el decreto y retirar los apoyos comprometidos, por lo que la planta laboral del Museo se redujo y las labores de mantenimiento de la colección no se realizaron, menos la sustitución de la exposición temporal.
Desde diciembre de 1999 hasta 2004, MUSCOM Cuijla, A. C. realizó diversas actividades para obtener recursos con qué pagar los gastos de administración del Museo, algunas de las cuales se detallan: 5 bailes populares, durante las fiestas del Señor Santiago Apóstol (agosto de 2001, 2002 y 2003) y el 12 de octubre (2001 y 2002); 2 rifas; quermeses; venta de objetos (playeras estampadas, libros, artesanías elaboradas por nuestros socios, videos, postales, etc.). Algunas actividades se realizaron conjuntamente con la delegación de la Cruz Roja municipal. El año pasado y al actual, el Ayuntamiento Municipal ha donado alguno que otro mes la cantidad de $ 5,000.00 (cinco mil pesos) que se utilizan en pago del personal que labora en el Museo en la biblioteca. Conviene precisar que las instalaciones del Museo albergan la biblioteca municipal y se imparten clases de danza y música. En relación a la biblioteca municipal Francisco Atilano Santamaría, el personal especializado renunció por no contar con un salario suficiente; la colección bibliográfica se ha visto disminuida y se maltratado por falta de mantenimiento adecuado. Las clases de danza y música, en cierto momento comenzaron a suspenderse, también por falta de recursos económicos. El nuevo gobierno municipal, encabezado por Alejandro Marín Mendoza, tampoco parece interesado en aportar recursos para la administración y el mantenimiento del las instalaciones que albergan al Museo ni a la biblioteca.


EL DISCURSO MUSEOGRÁFICO

1. GENERALIDADES
México fue desde la antigüedad un vasto territorio del área mesoamericana habitado por una pluralidad de poblaciones constructoras de grandes y originales civilizaciones. En el siglo XVI, como parte del nuevo mundo, la Nueva España fue receptora de otras culturas provenientes de Europa y Asia. A ellas se sumaron las que trajeron esclavos de diversas regiones del continente africano. Esta emigración forzada fue parte del comercio de esclavos, por medio del cual se desplazó desde África hacia las colonias americanas a millones de negros, quienes aportaron su fuerza de trabajo para la construcción de América. Su herencia se extendió a la genética y la cultura, depositada en el largo proceso de mestizaje con el indio y el español. Reunidas en la pluralidad, estas raíces se multiplicaron, conformando la cultura nacional. Nuestra singularidad regional se reafirma en la universalidad de nuestros orígenes. Las culturas locales son, pues, la proyección del genio creador de sus pueblos.
El Museo de las Culturas Afromestizas “Vicente Guerrero Saldaña”, creado por la población y las autoridades cuijleñas, es un espacio de integración comunitaria. Desde su nacimiento se planteó que los habitantes del municipio le asignaran sus funciones en la dinámica de su vida cotidiana y sus festividades, dando por sentado que bajo su custodia se enriquecerá y conservará para la educación extraescolar y para la difusión de su historia y su cultura.
El Museo fue fundado el 21 de marzo de 1999 bajo los auspicios del ayuntamiento municipal de Cuajinicuilapa, el gobierno del estado de Guerrero y el programa nacional “La tercera raíz”. La administración del Museo se encuentra en manos de la sociedad civil, a través de la organización Museo Comunitario Cuijla, A. C. (MUSCOM Cuijla, A. C.), promotora de su creación.
El espacio del Museo incluye la biblioteca y la casa de la cultura municipales y algunas áreas para exposiciones y presentaciones. Desde sus fundación se pensó en un Museo según el sentido original del término: un lugar para el aprendizaje, desarrollo, instrucción y educación de los niños, jóvenes y adultos. En consecuencia, en la casa de la cultura se han impartido talleres de música, pintura, ajedrez, danza, entre otros, aunque en la actualidad sólo existan los de danza y música; se habilitó la biblioteca para dar atención al público; se realizaron actividades culturales diversas y, sobre todo, se dio énfasis al festival del baile de los diablos, donde se reúnen grupos de Ometepec, Cuajinicuilapa, Cerro de las Tablas, El Quizá, Comaltepec, El Terrero, Barajillas, El Capricho, Collantes, La Estancia, El Ciruelo, Lo de Soto, Tapextla y otras poblaciones de Guerrero y Oaxaca.
Se abre al público desde las 10:00 y se cierra a las 18:00. El lunes permanece cerrado. El Museo de las Culturas Afromestizas se encuentra en Manuel Zárate s/n, esquina con Cuauhtémoc, frente al palacio municipal, atrás de la cancha deportiva.

2. OBJETIVOS
2.1. Difundir la historia de la trata negrera entre África y el nuevo continente (siglos XVI al XIX) y de la esclavitud en América, destacando la influencia de la presencia africana en la conformación de la sociedad y la cultura mexicanas.
2.2. Promover el reconocimiento de la africanía en la cultura mexicana como nuestra tercera raíz, integrándola a nuestra matrices indígena y europea.
2.3. Promover el rescate de las manifestaciones culturales regionales y nacionales que conserven elementos de africanía.
2.4. Contribuir a la toma de conciencia de los pueblos de la Costa Chica y los mexicanos de otras partes del país respecto de su africanía, como parte de su identidad histórica y cultural, factor primordial de independencia y desarrollo nacional.

3. GUIÓN TEMÁTICO
3.1. La ruta del esclavo
Para conocer y reconocer nuestras raíces, se aborda este tema en el momento histórico cuando se produjo el encuentro Europa-América-África y en el inicio de relaciones entre estos continentes a través de los océanos. Se destacan los rasgos característicos dominantes de las culturas que entraron en contacto a raíz de la colonización de América, iniciando el proceso de mestizaje. La conquista del nuevo mundo dio un impulso gradual a la esclavitud africana. Las tierras recién ocupadas demandaban fuerza de trabajo para explotar sus enormes riquezas en beneficio de las potencias europeas. El proceso de expansión se desenvuelve entre los siglos XV y XVI. En este marco, el comercio de esclavos llegó a ser el fundamento de la industria y el comercio colonial, la base de la navegación y el suministro de mano de obra, así como la garantía de abundancia de productos americanos, en beneficio de las industrias europeas. Deportados masivamente en un tráfico ininterrumpido durante casi cuatro siglos, reducidos a mercancía y a motor de sangre, millones de africanos en edad productiva fueron arrebatados de África. La trata negrera, como se ha llamado a este injusto comercio de seres humanos, constituye uno de los genocidios más crueles en la historia de la humanidad. La abolición de la trata, siglos más tarde, obedeció a lo elevado de los precios de los esclavos africanos, a la abundancia de mano de obra barata en las colonias americanas y a la colonización de África, llegando a su fin la etapa mercantilista.

3.1.1. Los escenarios de la historia

3.1.1.1 El mundo precolonial
Para el año 1492 inician relaciones entre el viejo y el nuevo mundo, África y Asia, a través de los océanos; todos los continentes tenían sociedades organizadas y habían alcanzado diferentes estadios de civilización.

3.1.1.2. Cultura y civilizaciones europeas
Desde Irlanda hasta Rusia europea, durante milenios se acumularon técnicas, formas de vida y, en general, lo que conforma el proceso llamado cultura. A partir del XI se había iniciado en Europa una era de expansión del comercio en el mundo mediterráneo, que se extendió al Asia Menor y, en el otro extremo, al norte de Inglaterra y el Báltico. Surgió la necesidad de habilitar o construir centros de intercambio en los puertos o lugares de reuniones estacionarias. Con el fin de intensificar el intercambio, fue imperativo contar con mejores recursos de transporte, para ello fue necesario asegurar la eficacia de los medios de navegación. Gracias a la producción y creación de nuevos bienes, como a los avances tecnológicos alcanzados, surgen los imperios mercantiles durante el último tercio del siglo XV y se consolidan en el siguiente. En este proceso, las dos potencias que destacaron por su fuerza expansionista y colonizadora fueron España y Portugal. Al surgimiento de los estados nacionales —contemporáneo de la expansión mercantilista— se añaden los descubrimientos geográficos debidos precisamente a la actividad marítima de los iberos, quienes alcanzaron las costas de Guinea, en África, y las tierras americanas. El tráfico comercial, incluyendo el de los esclavos, fue impulsado por el capital mercantil, sobre el cual se apoyaba la política expansionista precedente en formas de colonización y de explotación de nuevas tierras. El empleo de mano de obra negra en las empresas coloniales tuvo un papel muy importante en el destino de las tierras de América.

3.1.1.3. Cultura y civilizaciones americanas precolombinas
Como todos los pueblos de la tierra, los americanos precolombinos practicaron la recolección de frutos, insectos, raíces, tubérculos, hojas y flores para su alimentación, y desarrollaron eficaces técnicas de caza y pesca. Dentro de sus grandes logros, en  Mesoamérica, están la domesticación del maíz y la papa (en la región andina), dos productos de gran importancia para la alimentación y la economía mundial. Al acumular suficiente información y experiencia en la producción de alimentos, los nativos americanos tuvieron los recursos necesarios para ampliar su reproducción como grupo; fundados en esa fuerza no sólo física, pudieron construir grandes ciudades. La organización urbana hizo posible la construcción de centros político-administrativos como: Teotihuacán, Tikal, Kaminal-Juyú, Chan Chan y Machu Pichu. En el caso de México, Tenochtitlán, establecida sobre un lago, fue trazada entre canales, dentro de la isla, para circular libremente en canoas y poder transportar productos hacia la ciudad desde zonas muy lejanas. El alto desarrollo organizativo entre algunos grupos generó la posibilidad de levantar obras monumentales. Pero debe resaltarse la capacidad de los americanos de mantener la cohesión de sus sociedades al satisfacer las necesidades fundamentales de sus miembros. Los conocimientos científicos y las creaciones culturales no se redujeron a la botánica y sus aplicaciones: hubo grandes adelantos en astronomía, matemáticas, escritura, arquitectura, escultura y pintura. Los sistemas de pensamiento y las representaciones colectivas demuestran una complejidad que iguala a la de cualquier civilización de la antigüedad.

3.1.1.4. Cultura y civilizaciones africanas
Las sociedades precoloniales vivían de la agricultura; sólo una porción menor se dedicaba al artesanado o al comercio. La industria estaba en la etapa artesanal, incluida la minería, explotada desde épocas tempranas en casi toda África. Los grandes imperios del occidente africano alcanzan su máximo apogeo en los siglos IX al XV. Entre los más notables están Ghana, Shongay, Malí, Ife, Benín; estos dos últimos corresponden al pueblo yoruba. Contemporáneos suyos son: al sureste de Katanga (hoy Zaire) los luba o baluba, que se asentaron en la región desde el siglo X. Además del reino del Congo, que se desarrolló en la región del mismo nombre. Las ciudades crecieron con el movimiento mercantil, construyéndose las capitales o centros importantes de los reinos. Kounbi fue capital del reino de Ghana; Malí fue residencia de su soberano; Toumbuctú y Djene eran los centros del saber de su época; Daura, Kano, Gobir, Katzena, Biram, Rano y Zaria son las siete ciudades houssa de una etnia que fue vehículo poderoso del islam; Ndjiem fue capital del reino de Kanem en el Chad; Gao, capital del imperio Shongay, en el Níger; Darfur, el punto de encuentro de las caravanas del Sahara, provenientes del Nilo y el Chad. Desde el siglo XVI, los pueblos africanos quedan vinculados al Atlántico. Es un nuevo mundo y una nueva relación que producen nuevas y originales civilizaciones en América.

3.1.2. La trata negrera
Del siglo XVI a la primera mitad del XIX, la trata de negros, es decir, la compra y exportación de esclavos, dominaría las relaciones entre Europa y el África subsahariana. Ciertamente, los esclavos no eran la única mercancía, pero sí la fundamental. El comercio esclavista estuvo en manos de portugueses, genoveses, franceses, holandeses, daneses e ingleses, quienes, a través de mercedes, licencias, asientos, contratos o contrabando, introdujeron al continente americano a millones de africanos. Los españoles se mantuvieron fuera de la trata porque la Corona la prohibió a sus súbditos; sin embargo, no tuvieron ningún inconveniente en comprar esclavos. Fueron diversos los lugares donde se extrajeron esclavos. En principio provenían de la costa occidental africana, entre los ríos Níger y Senegal, región conocida como la Costa de los esclavos. Más tarde, la zona de extracción se extendió hasta el Congo y Angola. También hubo cargamentos provenientes de la región suroriental del continente africano. Los africanos vendidos como esclavos provenían de diferentes grupos étnicos. Entre los más importantes en su paso a América están: los yoruba, mandingas, congos, angolas, ararás, ashantis, bran, biafras, lucumíes y wolof. El comercio esclavista les despojó de tales identidades para cosificarlos como “negros”.
En los comienzos de la trata, todo embarque debía dirigirse a Europa para registrar los cargamentos, pero el alto costo de esta acción llevó a los comerciantes a establecer los viajes directos a América, desembarcando en los principales puertos americanos como La Habana, Veracruz, Portobello, Cartagena de Indias y San Salvador. Como se sabe, la plantación americana fue fundamental para el desarrollo de la trata; ésta era un elemento más del comercio europeo, integrado en un circuito denominado comercio triangular. Esto es, los productos europeos eran negociados para comprar esclavos quienes, a su vez, eran cambiados en los puertos americanos por productos tropicales, plata y oro, trasladados en barco a Europa. Desde luego, los europeos obtuvieron los mayores beneficios.
La llegada de los portugueses a las costas africanas en el siglo XVI marcó un cambio definitivo dentro de la historia de la humanidad. La aventura portuguesa en el Atlántico los llevó a descubrir y comerciar con la, hasta entonces, misteriosa tierra africana. Desde luego, Europa sabía de la existencia de sociedades diversas más allá del Sahara, pero eran los árabes los que estaban en contacto con estos pueblos, gracias al comercio transahariano. Bordeando la costa occidental africana, los portugueses establecieron diversos puntos considerados claves para el comercio. Los productos nativos de mayor interés fueron el oro, las especies, el marfil y los esclavos; estos, conocidos en Europa gracias al comercio mediterráneo establecido entre diferentes naciones europeas y los árabes, comenzaron a aparecer con mayor frecuencia en las ciudades a partir de la segunda mitad del siglo XV, luego de que mercaderes y armadores portugueses se dieran cuenta que las expediciones eran amortizables vía el comercio de esclavos.
El comercio llevado a cabo en una serie de puntos de la costa mediante el trueque, fue en beneficio económico de los europeos. Telas baratas, cazuelas de cobre, cuentas de cristal, cuchillería, pólvora y mosquetes, fueron algunos de los artículos cambiados a los nativos por esclavos. Aun cuando esta práctica se mantuvo durante los cuatro siglos de la trata negrera, la demanda creciente de esclavos motivó que los europeos establecieran otros mecanismos para abastecerse de esta mercancía humana: celebraron alianzas con gobernantes espurios, financiaron razias tierra adentro, fomentaron las guerras intertribales proporcionándoles a los adversarios armas, pólvora y hasta algunas mercenarios, con la condición de que al regresar de las guerras les ofrecieran esclavos a bajo precio.
Los africanos adquiridos generalmente eran transportados en grupos de seis, con anillos al cuello, unidos por grilletes en los pies para evitar huidas, enfrentamientos, rebeliones y hasta suicidios. Según relatos de los propios negreros, estos cautivos traídos de lugares muy alejados, llegaban en condiciones deplorables a las factorías. Para poder venderlos a un precio razonable, les reunían en grandes barracones donde se recuperaban del camino, eran mejor alimentados que en la travesía y revisados para detectar si tenían enfermedades contagiosas; en caso de estar enfermos, se les ponía en cuarentena o bien, mientras llegaban los barcos negreros, eran destinados a la agricultura. Los esclavos eran marcados con un hierro candente para diferenciarlos de los nativos; esta práctica, llamada calimbo, era recibida por los esclavos, en ocasiones, más de una vez, sobre todo si eran vendidos o castigados con frecuencia: las marcas se hacían en el rostro, pecho, muslos, brazos y espalda. Ya en América, y luego de casi seis meses de travesía, los negreros repetían el proceso de mejorar lo más posible su mercancía, con la intención de conseguir mejores precios en los mercados por cada pieza de ébano.

3.2. Afroamérica
La presencia histórica del africano en América data de las primeras décadas del siglo XVI. El número de hombres y mujeres que fueron desarraigados del continente africano ha sido objeto de polémica constante: Du Bois reporta quince millones; De la Roncière señala veinte millones, pero un cálculo que incluye a los que morían en los barcos negreros durante la travesía (35%), en los depósitos de esclavos en las costas africanas (25%) o bien en el trayecto del interior del continente a los puertos de embarque (50%), eleva la cifra de los sacrificados antes de arribar a las costas americanas para servir de esclavos en el régimen colonial. En el proceso de la creación cultural en América Latina y el Caribe se han incorporado formas y técnicas de procedencia africana que, adaptadas a las sociedades originales locales, produjeron culturas que patentizan la africanía en el proceso cultural de nuestros pueblos y países.
El desarrollo de las empresas coloniales en América descansó en el sistema esclavista: ante el desplome demográfico de las poblaciones indígenas fue necesaria la importación de mano de obra barata y cautiva. El imperativo de los conquistadores y colonizadores de explotar las riquezas del nuevo mundo y la escasez o carestía de otras fuentes de mano de obra ejercieron particular influencia en la distribución del negro en América. Su presencia, sobre todo en las plantaciones de azúcar, algodón, añil, cacao, coco, tabaco y otros productos tropicales, condicionó la demografía, tanto de las regiones insulares como de las regiones continentales. La intensa explotación a que fueron sometidos los esclavos en tierras americanas desde los Estados Unidos del Norte hasta Sudamérica motivó los tempranos y constantes movimientos de insurrección; de hecho, los africanos ejercieron la resistencia violenta desde su captura. En las factorías y depósitos las rebeliones eran hechos comunes, así como la formación de comunidades cimarronas en toda América. La primera revolución independentista, culminación de la resistencia esclava, fue la haitiana, en 1804.

3.2.1. La esclavitud y economía colonial americana
La capitalización fundada en la obtención de metales preciosos fue la clave de la expansión española en América, a través de la industria extractiva y de los botines en las acciones de conquista. El imperio español, hasta los últimos decenios del siglo XVIII, se conservó dentro de una economía metalífera; en Brasil, las minas de oro y diamantes tuvieron un auge que sólo fue posible con la introducción de mano de obra negra para alcanzar el alto rendimiento de las provincias metalíferas. El ciclo del oro avanzó desde las Antillas hasta México por el norte y hasta Chile por el sur; a éste se debió un segundo horizonte minero, el de la plata, cuya explotación estuvo en manos de esclavos negros e indios aborígenes, según fuese la región. Además de la minería, el ingreso progresivo de esclavos en América estuvo condicionado por el desarrollo de los nuevos cultivos e industrias coloniales, entre las que se destaca por su importancia la industria azucarera. Su cultivo se experimentó en las islas antillanas, costas y valles continentales, bajo el sistema de plantación.
Pronto, este sistema productivo establecido por los europeos en las diferentes colonias americanas se extendió a otros productos agroindustriales, como algodón, tabaco y café. La explotación de estos monocultivos, localizados sobre todo en el Caribe y los Estados Unidos, requirió de grandes extensiones de tierra como de numerosos contingentes de trabajadores que fueron aportados por África, quedando establecida la mutua dependencia entre plantación y esclavitud.

3.2.2. Esclavitud y sociedad
La jerarquía interna del universo esclavo se definía y establecía según dos criterios: por su autonomía o por su saber.
La autonomía se medía por el grado de confianza del amo en el esclavo, otorgándole posiciones de poder sobre otros esclavos o grupos sociales; el saber, por los conocimientos de un esclavo acerca de la cultura africana, al mismo tiempo que se adaptaba y conocía la cultura de los blancos. Leer y escribir la lengua europea le permitía al negro entender el mundo y la realidad de los amos; además de autonomía, le daban acceso, de cierta manera, a los privilegios que a los demás esclavos les estaban vedados. El conocimiento de la cultura de origen y de la cultura dominante fue factor de movilidad social para alcanzar, a veces, posiciones directivas, fungiendo incluso como mediador cultural, especialmente desde su posición en el servicio doméstico. A los esclavos que se criaban en la casa de los amos y que eran puente de unión y mediadores útiles entre los blancos y los negros, se les concedía gran ascendente y eran vistos como superiores dentro de su comunidad.
Aunque la vida de los esclavos estaba totalmente definida por el trabajo, existían cier-tas formas de agrupación, sin salir del sistema opresivo, que representaban una variante en las condiciones de vida de los negros. Por ejemplo, servidores domésticos, artesanos o trabajadores calificados podían gozar de una mayor autonomía en la vida cotidiana, celebrar u observar algunas prácticas culturales propias o de la sociedad dominante e, incluso, podía permitírseles buscar los recursos para comprar y obtener su libertad. Y si eran libres podían alcanzar cierto bienestar y hasta otro estatus social.

3.2.3. Oficios y servicio doméstico
Diversos oficios fueron ejercidos por negros, mulatos y castas, pese a las prohibiciones reales, opuestas a su ingreso a los diferentes gremios, los que se pueden dividir entre quienes se encargaban de producir objetos de lujo y elaborar artículos de uso común. Los primeros agrupan a sederos, bordadores, hiladores de seda, doradores, pintores, escultores y plateros, entre otros. Los segundos integraban a los zapateros, panaderos, curtidores, carpinteros, sastres, toneleros, etc. Hubo gremios que permitieron el acceso de negros y mulatos como aprendices, para luego convertirse en oficiales.

3.2.4. Cimarronaje
Durante el tiempo de la esclavitud, los castigos corporales eran moneda corriente a la que recurrían los amos ante la mínima infracción y con la más completa arbitrariedad. Aún cuando las diversas legislaciones metropolitanas intentaron frenar el abuso de los amos mediante el establecimiento del tipo de castigos que debían infligirse a los esclavos de acuerdo a la gravedad de la falta, en realidad la distancia de sus colonias les dejó en libertad de obedecer o no. Al huido o fugitivo, denominado cimarrón, por ejemplo, se le castigaba con el látigo, con el encadenamiento durante una o varias semanas. El castigo aumentaba si reincidía; entonces se le marcaba, se le ponía en el cepo, se le colocaban grilletes o una máscara o un collarín de hierro.
Con frecuencia hubo motines o levantamientos, extensivos a toda América en las zonas de mayor explotación, que fueron duramente reprimidos por las autoridades coloniales. Cuando las rebeliones tenían mayor organización, generalmente culminaban con el establecimiento de palenques o quilombos, donde se agrupaban los esclavos. Como no formaban parte de la sociedad ni de la economía de la época, fueron marginales, consiguiendo subsistir del ataque constante a los territorios adyacentes colonizados. Otros se refugiaron en regiones escondidas, poco accesibles, nunca ocupadas por europeos, formando comunidades autosuficientes. Los palenques existieron en todo el territorio americano, destacándose por su alcance el de Palmares, establecido en Brasil. Este palenque, durante más de medio siglo, no pudo ser sometido por los portugueses, configurándose incluso como la República de Palmares.
Donde quiera que su número lo permitía, los esclavos formaron grupos unidos que les ayudaban a tolerar su situación, expresar su humanidad y mantener el sentido de sí mismos. Estos grupos florecieron en la ciudad de México, en los puertos de Veracruz y de Acapulco, en los principales centros mineros y en las plantaciones de azúcar, permitiendo a los africanos preservar algo de su herencia cultural, aun cuando, a la misma vez, forjaban relaciones culturales nuevas y dinámicas.

3.2.5. Abolicionismo e independencia
A principios del siglo XIX, bajo la forma de libre comercio, la trata negrera tendió a desaparecer. Los movimientos abolicionistas activos desde el siglo pasado habían conseguido que importantes sectores de las sociedades europeas repudiaran el comercio negrero. Francia e Inglaterra fueron las naciones donde con mayor fuerza se desarrollaron las repercusiones definitivas en las colonias americanas. En las colonias inglesas de Norteamérica, desde el siglo XVIII se cuestionaba el derecho de poseer esclavos y se discutía la idea de prohibir la esclavitud en algunos casos. Ya independientes del dominio inglés, se efectuó la primera protesta en los Estados Unidos en contra de la esclavitud y la trata. Por su parte, Inglaterra, en 1792, luego de una fuerte campaña política, prohibió la trata y sancionó el tráfico ilegal esclavista en sus territorios. La Declaración de los derechos del hombre, pronunciada por la república francesa, fomentó diversos movimientos de emancipación en sus colonias antillanas. El más destacado de éstos fue el que se produjo en Haití. Heredera de la tradición del cimarronaje, la lucha comenzó como una revuelta de esclavos contra los amos para terminar como la más radical de todas las revoluciones de independencia en 1794. Las luchas independentistas sostenidas en diversos puntos del continente americano a lo largo del siglo XIX determinaron la desaparición de la esclavitud.

3.3. Nuestra tercera raíz
Los africanos introducidos en México, principalmente por la costa atlántica, como mano de obra de las empresas virreinales fueron también factor determinante en la composición poblacional, llegando a constituir, en su descendencia, amplios sectores que conformaron la base del mestizaje mexicano. Gonzalo Aguirre Beltrán señala que para ubicar al negro dentro del panorama demográfico de la Nueva España es necesario abordar el problema en su conjunto; sólo así podremos valorar la importancia de su papel en el desarrollo de la población novoespañola y la trascendencia de su incorporación en el momento de gestación de lo mexicano que, hoy, más que en pasado colonial, perfila sus características biológicas triétnicas, al caracterizar el fenotipo actual, las aportaciones de los tres troncos: indio, negro y blanco En el siglo XVI, el México indígena fue receptor forzado de la España medieval y del África subsahariana en sus múltiples variantes. En el proceso de interculturización, las distancias entre las tres raíces antes autónomas se redujeron al fusionarse en el mestizaje, originando así la complicada urdimbre de las relaciones interétnicas, tejedoras de alianzas y antagonismos, atracción y rechazo, afinidad y rivalidad.
La tercera raíz es el término utilizado para señalar esta africanía como una de las partes constitutivas, en lo genético y lo cultural, de los países con población y cultura autóctona vigentes, aún después del embate del colonialismo, reforzándose en el mestizaje con la indianización e hispanización de las esclavonías de origen africano. El legado africano reside, fundamentalmente, en los sistemas de tradiciones orales, las prácticas religiosas, la medicina tradicional, las estructuras sociales, los bailes y tradiciones musicales, las vestimentas, artesanías, etc. Las particulares estructuras de algunos cultos y rituales y muchas otras construcciones culturales integrantes de la cultura popular son el receptáculo ancestral de los pueblos afroamericanos. Entre nosotros, el México profundo adquiere nuevas dimensiones al integrarse a él nuestra tercera raíz.

3.3.1. Negros conquistadores
Los primeros africanos llegados a nuestro país lo hicieron con los españoles. Hernán Cortés traía, cuando menos, uno a su servicio, llamado Juan Cortés. Varios de los capitanes traían a su cargo esclavos negros; uno de estos, llamado Juan Garrido, sembró trigo en México por vez primera. Pánfilo de Narváez también traía negros en sus huestes; uno era bufón, el otro desembarcó con viruelas, introduciéndolas al nuevo territorio, enfermedad causante de gran mortandad entre la población indígena. Fueron auxiliares en la conquista del territorio novohispano, como lo muestran algunas de las escenas recogidas en diversos códices de la época. Otros conquistadores también los utilizaron: Francisco de Montejo se hizo acompañar de negros en la conquista y colonización de Yucatán; Pedro de Alvarado los utilizó para pacificar Guatemala y, más tarde, al armar su expedición al Perú, conformó un ejército que, además de españoles e indígenas, incluía 200 negros. Esta costumbre de conquistadores y descubridores de llevar negros a sus empresas guerreras fue seguida por los pobladores en sus entradas a tierras de indios. Cuando Francisco de Ibarra fue enviado al norte de la Colonia a descubrir minas llevó consigo negros. De esta manera, el negro africano fue un aliado del español en la conquista y colonización del nuevo territorio.

3.3.2. La colonización
Concluida la conquista de México-Tenochtitlán, los conquistadores se dieron a la tarea de colonizar las nuevas tierras. En este proceso se contó con el trabajo indígena que, de manera voluntaria o forzada, se utilizó en las empresas coloniales. La conquista y la pacificación de territorios, la construcción de nuevos edificios, la explotación de los placeres de oro, de las minas de plata, el cultivo de nuevos productos no hubiesen podido realizarse sin el concurso de los indios. Utilizados inicialmente de manera forzada como esclavos y luego a través de la encomienda, trabajaron hasta el agotamiento en las diversas empresas españolas. El trabajo compulsivo desconocido en la tradición cultural mesoamericana, los malos tratos, la escasez de alimentos y la emigración intensa de los pueblos indios, sumados a la violencia física y psicológica de la conquista, las fuertes y extensas epidemias como viruelas, sarampión, tifo y vómito negro diezmaron dramáticamente a la población indígena. Pueblos enteros desaparecieron del territorio novohispano. Esta situación obligó a la Corona española a implementar una política proteccionista para los indios. Como primera medida intentó legislar a su favor, tratando de evitar el abuso y los malos tratos de los encomenderos españoles, luego abolió la esclavitud indígena (1542) y limitó los alcances de la encomienda. Más tarde, y debido a que la expansión económica colonial se tradujo en una creciente demanda de productos americanos como oro, plata, cacao, añil y azúcar en los mercados europeos, las autoridades hispanas consideraron la importación de esclavos africanos como la solución a la necesidad de contar con la mano de obra indispensable al desarrollo de sus empresas.

3.3.3. Trabajo y esclavitud
El desarrollo de las empresas de los colonizadores españoles estuvo sujeto a una extensa e intensa explotación de la mano de obra indígena, causa, entre otras, de la debacle demográfica de la población indígena en el transcurso de la primera mitad del siglo XVI. Esta situación fue tomada en consideración por la Corona para elaborar una legislación proteccionista para los indios. Cuando la Corona legisló a favor de los indios, buscando eximirlos de los excesos de encomenderos y colonizadores, se buscó el trabajo del negro. La mano de obra africana fue vital para los colonizadores españoles. A medida que los indígenas fueron asesinados o murieron de las enfermedades traídas por los europeos, los esclavos africanos asumieron una buena parte de la carga de trabajo, particularmente en el primer siglo y medio de la Colonia. Los esclavos africanos trabajaron en las minas de plata de Taxco, Pachuca, Guanajuato y Zacatecas, en las regiones norte y central; en las plantaciones de azúcar del Valle de Orizaba, Morelos, Puebla y Michoacán; en los obrajes (fábricas de tejidos de lana) de Puebla y de Oaxaca en la costa oeste y en la ciudad de México; y en el trabajo doméstico, en todas partes. Otros trabajaron en las estancias ganaderas del Bajío, del Sotavento veracruzano y en la Costa de Guerrero y de Oaxaca; además, en las salinas costeñas o como artesanos en las ciudades. Aunque los esclavos negros no sobrepasaron el dos por ciento de la población, sus contribuciones al México colonial fueron enormes, especialmente durante periodos de aguda necesidad de mano de obra; ésta, sin duda, tuvo importancia estratégica como fuerza de trabajo sustitutiva y, en la mayoría de los casos, complementaria de la mano de obra indígena. Juntos, negros e indios, fueron los artífices del desarrollo económico y físico de la Nueva España, actuando no sólo en el establecimiento de nuevas formas de organización del trabajo y la producción, sino originando una mezcla racial y cultural determinante en la constitución de la sociedad y la cultura mexicanas.

3.3.3.1 Minería
La importación de africanos a la Nueva España comenzó con la minería. Existen registros de la temprana presencia de esclavos negros en las minas del centro de México; tal es el caso de Taxco, Zacualpan y Tlalpujahua. Más tarde se encontraron en Pachuca, Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí. Sin embargo, las rudas faenas en los socavones de las minas terminaban muy pronto con los trabajadores africanos, por lo que resultaba incosteable su utilización. Por tal razón, las labores de extracción de minerales se dejaron en manos de los indios. Los esclavos africanos se reservaron para el proceso de refinamiento de la plata en el interior de las haciendas de beneficios como capataces, jefes de cuadrilla o, bien, desempeñando diversos oficios de la hacienda.
Como señalan las fuentes sobre el trabajo minero, el excavar y romper la veta, sacar la tierra y el mineral acumulados fueron las tareas más difíciles y fatigosas; además, de las que demandaban mayor número de operarios. Utilizando picos, barretas de hasta 20 kg, cinceles, martillos y marros, los barreteros lograban arrancar y trozar el mineral que peones o tenateros sacaban en bolsas o tenates (hechos de cuero o henequén) sobre sus espaldas, subiendo por rudimentarias escaleras llamadas “de gallinero”. Todas las faenas las cubrían grupos o cuadrillas dirigidas por un capitán o mandón, el cual solía ser un esclavo negro o mulato. Este papel de superioridad del negro ante el indio, como lo señalan los investigadores, se explica en función de su aspecto físico, pues, el español comprendió muy pronto que el negro, de ordinario más alto, fuerte y vigoroso que el indio, rápida e inevitablemente se hacía temer y obedecer por éste, particularidad que lo convertía en un instrumento utilísimo para manejar a los pueblos derrotados. Los negros también vigilaron que los indios achicadores se encargaran de sacar agua de las galerías, principal problema de la mina, llevando el agua a la superficie en cubos, método por demás primitivo que, apenas, a fines del siglo XVII se superó.

3.3.4. Sociedad: el mestizaje y la sociedad de castas
Durante el primer siglo de dominación española la distribución entre las diferentes poblaciones que integraban la Nueva España fue sencilla y su estratificación lógica. El peldaño más alto lo ocupaban los conquistadores y la población española; les seguían los aborígenes vencidos; y, finalmente, los esclavos negros, “casta infame” por su sangre. La mezcla de estas tres poblaciones presentó el problema nada fácil de encasillar a sus descendientes. La sociedad dividida en castas, que caracterizó al virreinato, tomó forma definitiva hasta los primeros años del siglo XVII, cuando las posibles mezclas entre las poblaciones conquistadora, vencida y esclava y sus hijos se habían llevado a cabo. La estrecha convivencia entre los diversos grupos sociales intentó ser contenida y aun prohibida por la legislación española. Sin embargo, pese a todas las disposiciones, castigos y sanciones, el mestizaje se dio desde fechas tempranas y de manera intensa En esta sociedad de castas, vertical, jerárquica y multiétnica fueron integradas “las castas”, es decir, los productos de las continuas mezclas: mestizos, mulatos, lobos, coyotes, moriscos, pardos, zambos, etc. El mestizaje explica en buena medida los matices de la esclavitud, las diversas y variadas formas de asumir este estatus en la vida cotidiana, como de buscar vías alternas de ascenso social y hasta de liberación.

3.3.5. Cimarrones y palenques
La esclavitud no fue asumida pasivamente. Los negros esclavos tuvieron una constante actitud combativa, manifestada sobre todo en las rebeliones organizadas que siguieron al cimarronaje, como se llamó a la huida de los esclavos que escapaban a las montañas para sustraerse al control del poder colonial. Estas rebeliones fueron muy tempranas: Aguirre Beltrán menciona la existencia de cimarrones en Chiapas y Guerrero en la década de 1530. Las rebeliones estallaban muchas veces en los centros urbanos y, desde luego, en las zonas de mayor explotación, como minas e ingenios, siendo duramente reprimidas por los ejércitos coloniales. Cuando las rebeliones tenían mayor organización, generalmente culminaban con el establecimiento de palenques en los que se agrupaban los esclavos, formando comunidades autosuficientes y desde donde combatieron al poder colonial. Estos palenques fueron numerosos y existieron durante lo dominación española en todo el territorio, destacándose por su alcance el establecido en la hoy población de Yanga en Veracruz, cuyo nombre precisamente honra a su fundador. En estas guerras de los esclavos contra el dominio español encontramos los antecedentes del combate final por la independencia.

3.3.5.1. Yanga
Nació hacia 1554 en la región llamada Bran (alto Nilo). Estaba destinado a ocupar el trono de su tribu. Llegó como esclavo a la Nueva España, por Veracruz, en 1579. Escapado de los trapiches y plantaciones, se enriscó a las faldas del Pico de Orizaba y el Cofre de Perote, convertido al cimarronaje. En 1609 realizó una de las más importantes rebeliones junto con un negro más joven, Francisco de Matosa. Derrotó a los españoles y fundó un pueblo libre de la tutela de blancos y españoles, que se llamó San Lorenzo de los Morenos, ahora Yanga. Una versión dice que murió en la célebre conspiración de los treinta y tres negros, en la plaza mayor de la ciudad de México, el 2 de mayo de 1612. Su intento de vivir en libertad constituye el más remoto antecedente de la independencia de México.

3.3.6. La revolución de Independencia
La participación de los esclavos y sus descendientes en la lucha por la independencia fue intensa: mientras algunos combatían por ella, otros participaron activamente en el bando realista (notorio es el caso del mulato Armengol y sus partidarios en la Costa Chica) y se mantuvieron fieles al gobierno español hasta el final del régimen colonial, en 1821. Cuando participaron en las filas insurgentes, su actuación fue definitiva para alcanzar el objetivo independentista; mientras Hidalgo oponía a los ejércitos regulares del gobierno virreinal masas indígenas con palos y flechas que se desbandaban al primer choque con las fuerzas armadas, José María Morelos apeló a los mulatos y mestizos de las costas y, en núcleos pequeños pero bien armados, los utilizó en su portentosa campaña. Para uno y otro, la abolición de la esclavitud fue punto importante de su ideario político, pero fue Morelos el que en forma precisa y sumaria logró plasmar los principios más avanzados de la revolución en los Sentimientos de la Nación. En ellos asume claramente la independencia de México y la abolición de la esclavitud, como pregona la igualdad social: todos los habitantes de estas tierras no se nombrarán por su calidad étnica o casta sino como americanos. Muerto Morelos (1816), el movimiento independentista prácticamente agonizó, excepto en el sur, donde Vicente Guerrero asumió tácticas guerrilleras de resistencia. Empecinado en lograr la independencia, Guerrero mantuvo a raya al ejército realista, desde la Mixteca hasta la Tierra Caliente de Michoacán. Heredero del pensamiento sociopolítico de Hidalgo y Morelos, consideró ganar la causa independentista mediante negociaciones políticas, tocándole en suerte conseguirla en 1821. Ya como presidente de la República Mexicana, Guerrero decreta la abolición de la esclavitud el 15 de septiembre de 1821.

3.4. La africanía en México
La evidencia del afromestizaje en el fenotipo de la población de las costas atlántica y pacífica hace pensar en la memoria genética de la cultura, donde la presencia del negro incluyó sus actitudes vitales frente a la realidad, su concepción del mundo, su mentalidad, tan distinta a la del indio; las formas de estar y aceptar la vida, la muerte, el nacimiento; las formas de interpretar y crear la música; la inclinación por ciertas comidas y bebidas; su gusto por la palabra, de especial valor en las culturas africanas; su idiolecto; la pronunciación del castellano; su pasión por el ritmo; su extroversión; y una empecinada lucha por sobrevivir y por alcanzar el derecho a existir y ser aceptado. La cultura de la Costa Chica confirma la africanización del indio y la indianización del africano. Aunque los elementos africanos no llegaron a integrar un sistema cultural diferenciado como en otros países de América son, por decirlo así, partículas dentro de los sistemas culturales que conforman nuestra cultura, están insertos en las capas de indianidad o de hispanidad que los encubren, pero son parte substancial de nuestro ser mexicano, multiétnico y multicultural.

3.5. EL AFROMEXICANO ACTUAL DE LA COSTA CHICA
En la actualidad, la población afromestiza del estado de Guerrero se localiza mayoritariamente en los municipios de Acapulco, San Marcos, Cruz Grande, Azoyú, Copala, Marquelia, Ometepec y Cuajinicuilapa; estando presente, además, en otros municipios (Ayutla, Tecoanapa, Igualapa y San Luis Acatlán, por ejemplo).
En Oaxaca, se pueden considerar comunidades afromexicanas: del distrito rentístico de Jamiltepec: San José Estancia Grande, San Juan Bautista Lo de Soto, Santa María Cortijos, José María. Morelos, Santa María Chicometepec, Paso del Jiote, San José Río Verde (La Boquilla), El Guayabo, La Humedad, Piedra Ancha, El Charquito (Nduayoo), Río Viejo, La Tuza, El Ciruelo, Corralero, Cerro de la Esperanza, Collantes, Lagartero, La Palma, Minitán, Santiago Tapextla, Llano Grande, Tapextla, Tecoyame y Santo Domingo Armenta; del distrito de Juquila: Río Grande, agencia municipal de San Pedro Tututepec. Charco Redondo, El Azufre, Chacahua, La Pastoría, Zapotalito, La Grúa, El Corral, Cacalotepec  y otros pequeños poblados, que están consideradas como agencias de policía del municipio de San Pedro Tututepec.
Esta población se diferencia de la población nacional mayoritaria por su desenvolvimiento histórico, identidad propia, rasgos físicos y patrones culturales definidos, resultado de un proceso iniciado hace quinientos años entre indígenas, africanos y europeos. Las relaciones entre los dos primeros aún guardan reminiscencias de la época colonial. Los pueblos afromestizos de la Costa Chica, en las últimas décadas, han sufrido un acelerado proceso de aculturación que se ve reflejado en la pérdida de la vivienda en forma de redondo, del vestido de algodón y en algunas variaciones de su cosmovisión. Comparten una forma de hablar; costumbres funerarias, de matrimonio y agrícolas; supersticiones y creencias; medicina tradicional; forma de ser; organización para el trabajo; fiestas y ceremonias sociales y religiosas; danzas y música; y una cultura oral, que les da identidad y que son producto de todo el proceso de mestizaje entre los americanos, españoles y africanos originales. Algunos de los rasgos físicos destacados de la población son el color de piel, el tipo de cabello, la estatura, así como la expresión corporal reflejada en la facilidad y gracia de las mujeres para llevar peso sobre la cabeza, el estilo de pararse siempre erguidas con porte flexible y con los brazos en jarras, la manera de cargar a los niños a horcajadas (chinqueteado).
El ambiente físico de la Costa Chica está compuesto por terrenos planos y fértiles, de abundante vegetación, que van desde los límites de la sierra hasta el litoral del Pacífico, con clima caluroso todo el año. En esta zona, las casas habitación pueden estar construidas con materiales naturales de la región (bajareque), adobe o con materiales industriales; a veces cuentan con amplios patios donde se crían gallinas y cerdos y hay árboles de limón, mango, almendro, jícara, guanábana, tamarindo. Su vida cotidiana en zonas rurales se compone de actividades como acarreo de agua (por niños y mujeres); el trabajo agrícola y ganadero (en pequeña escala normalmente) por los hombres principalmente; el cuidado de los niños pequeños por hermanos mayores; golpear (hacer tortillas), preparar la comida y hacer pan, por la mujeres. Su economía se basa en la agricultura y ganadería principalmente. La primera se desarrolla en las fértiles tierras bajas (de 20 a 50 msnm) y los cultivos más comunes son: maíz, ajonjolí, sandía, limón, coco, melón, papaya y mango; parte de la producción, sobre todo del maíz, se destina al autoconsumo y el resto al comercio. La actividad ganadera ha caracterizado a la región desde la época colonial, en que se establecieron las primeras majadas o estancias; en la actualidad, los ganados bovino y caprino son los más abundantes. Otra actividad importante es el tradicional comercio ambulante, tarea desempeñada por las mujeres desde la infancia
La migración (a ciudades o lugares turísticos nacionales y a los Estados Unidos) proporciona recursos económicos suficientes para modificar la estratificación social y económica y elevar el nivel de vida de los afromestizos; este hecho se puede observar en el auge de las habitaciones construidas con materiales industrializados, la proliferación de vehículos automotores y el fasto para celebrar las fiestas, sean públicas o particulares.
Las fechas públicas se celebran de acuerdo al calendario religioso y cívico. Del primero se festeja a San Nicolás de Tolentino, al Santo Señor Santiago, a la Virgen de Guadalupe, a la Virgen de Juquila, a la Virgen María, a San Juan Bautista, al Niño Jesús, la semana santa y el día de los Fieles Difuntos. Del calendario cívico: las fiestas patrias y el 20 de noviembre. En todas estas ocasiones se representan danzas como: la conquista, los apaches, los diablos y el baile del toro de petate, entre otras.

[De Los Hijos del Machomula, segunda edición 2015]