sábado, 6 de febrero de 2010

Un día sin nosotros

MATTEO DEAN

El título no es un error. No llegué tarde a la cita histórica de ese primer día de mayo de 2006, en el que millones de migrantes en Estados Unidos protestaban y dejaban de trabajar. Fue aquel un hecho histórico. Y aunque esa movilización no haya conseguido precisamente lo que se proponía, en Europa ya se está gestando un día sin migrantes. La fecha marcada por el calendario de la protesta mestiza es el próximo primero de marzo.

La iniciativa, libremente inspirada en la manifestación estadunidense de hace cuatro años, toma impulso por la voluntad de una periodista de origen marroquí, Nadia Lamarkbi, quien tras abrir una página de Internet titulada “24 horas sin nosotros” ha recibido miles de adhesiones y ha comenzado a coordinar las iniciativas en todo el país. Los ahora organizadores, “mujeres y hombres de toda creencia, de todo corte político y de todo color de la piel, inmigrados, descendientes de inmigrados, ciudadanos conscientes de la esencial aportación de la inmigración”, se declaran indignados por la criminalización de los migrantes. Explican que el primero de marzo de 2005 entró en vigor la nueva ley de inmigración, CESEDA por su acrónimo francés, o comúnmente llamado el “código de los extranjeros”. Y entonces, “¡cuál mejor fecha para convocar a un día sin migrantes!” La invitación es explícita: “Durante 24 horas dejemos de participar en la actividad económica de las empresas, en la administración pública, en las escuelas [...]”.

Nacida en el entorno político y social francés, especialmente agobiado por las medidas represivas del gobierno de Nicolas Sarkozy (por ejemplo: Desalojo en La Jungla, La Jornada, 26 de septiembre de 2009), la propuesta ya rebasó las fronteras de aquel país y se está expandiendo en la Unión Europea (UE). En el Estado español y en Grecia en estas semanas se están constituyendo comités locales para promover la protesta. Sin embargo, particular relevancia tiene el lanzamiento de la iniciativa en Italia, de manera particular a raíz de los despreciables hechos de Rosarno, en el sur del país (La Jornada, 30 de enero de 2010). Tras ese ejemplar episodio de racismo tolerado por las autoridades, cuatro mujeres –tres de ellas extranjeras– han decidido lanzar la misma protesta en Italia.

Las demandas y las perspectivas son las mismas. “Condenamos y rechazamos los estereotipos y los lenguajes discriminatorios; el racismo de cualquier tipo, de especial forma el institucional, que utiliza de manera instrumental el llamado a las raíces culturales y religiosas para justificar el rechazo y la exclusión”, clama el manifiesto internacional suscrito ya por miles de personas y organizaciones en todo el viejo continente. El mismo escrito señala que “ver en los migrantes una masa sin forma de parásitos o una cuenca sin fin de fuerza de trabajo barata representa posiciones inmorales, irracionales y contraproducentes”. Añade: “La contraposición entre ‘nosotros’ y ‘ellos’, ‘autóctonos’ y ‘extranjeros’ está destinada a caer, dejando el lugar a la conciencia de que hoy estamos ‘juntos’, viejos y nuevos ciudadanos, encargados igualmente de construir el futuro”.

Y aunque el llamado a la protesta, “a la huelga de los migrantes”, está incomodando a más de un sindicato en Europa, el próximo primero de marzo se perfila como una gran ocasión para recomponer el movimiento migrante alrededor no sólo de los ejes temáticos del racismo, la discriminación, la exclusión, la explotación laboral; sino también –y sobre todo– alrededor del eje de la actual crisis económica. En este sentido, es importante entonces reconocer ciertas diferencias que desde ahora se están marcando con respecto al encuentro del primero de mayo de 2006 en Estados Unidos. Antes que nada, es necesario marcar la diferencia en la composición del trabajo migrante hoy, en Europa definitivamente muy diversificado. Es también evidente la falta, en la UE, de sujetos clásicos de representación social –ya sean partidos o sindicatos– capaces no sólo de llevar la voz de ese nuevo y complejo “trabajo migrante”, sino también de interceptarlo, entenderlo y mezclarlo, como debería ser, con el “trabajo precario” cual categoría incluyente de la anterior. Al propio tiempo, ese mismo trabajo resulta hoy el centro de la mayor crisis económica de décadas recientes, siendo los migrantes las primeras víctimas de eventuales despidos, recortes de personal y/o reajuste salarial. En este aspecto, el gobierno de la migración ya no se dedica a la tarea de controlar y absorber –de manera legal e ilegal, poco importa ahora– lo que era considerado “algo útil”, es decir la fuerza de trabajo migrante. Al contrario, hoy esa multitud de migrantes que viven en la UE son sujetos de sobra, sujetos que deben irse y quitar la molestia.

Así las cosas, el gobierno de la migración se convierte en una de las tantas maneras de controlar esta sociedad al borde de la desesperación, trazando límites, separando gente, marcando diferencias artificiales. Es por eso que hoy muchos son los europeos que bien pueden asimilarse, en condición y perspectiva, con el ciudadano migrantes. Hoy más que nunca está vigente la consigna: “todos somos migrantes”. Y si así fuera, la protesta del próximo primero de marzo bien puede convertirse en algo más que una movilización de ciudadanos migrantes: una protesta de éstos junto a los trabajadores precarios de toda Europa, es decir un día sin nosotros.

(La Jornada)

Un día sin nosotros


miércoles, 3 de febrero de 2010

Diputado racista se dice víctima de venganza política

Isaín Mandujano


TUXTLA GUTIÉRREZ, Chis., 2 de febrero (apro).- El diputado federal del PRD, Ariel Gómez León, afirmó que el “linchamiento mediático” de que ha sido objeto desde que se divulgaran sus comentarios xenófobos hacia los haitianos, es producto de una “venganza política” de sus “enemigos”, que sólo quieren “joder”.
En una entrevista publicada la revista local Código Sur que salió a circulación este martes, Gómez León, conocido como El Chunko, se quejó del encono que se desató en su contra, pese a que ha ofrecido disculpas públicas “por todos los espacios habidos y por haber”.
La semana pasada, el ahora exlocutor de radio y legislador por el PRD, dijo que los haitianos eran unos “negro abusivos” y que –como todos se parecían-- habría que marcarlos con una tinta indeleble blanca para no repetirles las ayuda.
Este martes, en Código Sur, el legislador federal, quien ayer anunció que padece de cáncer y que estará ausente durante el actual periodo ordinario de sesiones de la Cámara de Diputados, lamentó que “desafortunadamente por una cosa mala” lo hayan enjuiciado públicamente, y admitió que tendrá que “empezar de nuevo” en su vida. “Y si hay que renunciar, renuncio; por lo pronto ya renuncié a la radio”, indicó.
El locutor, quien sin dejar nunca la cabina de radio hizo carrera política al amparo del actual gobernador del estado, Juan Sabines Guerrero, insistió que los tuxtlecos entendieron su “broma” porque siempre entre la tragedia se burlan de ella, pero “los de afuera” no entendieron y lo siguen linchando mediáticamente.
El Chunko, quien fue calificado el año pasado por Sabines Guerrero como “un ejemplo de vida”, dijo que la idea clara contra su persona “es de sólo joder”, e insistió que sus “enemigos políticos” ahora están “felices” con su desgracia. Sin embargo, reiteró que él ha insistido que no fue con dolo su comentario, sino que todo fue una broma.
Insistió que un micrófono “quedó al aire”, a la hora de ir a una pausa y empezó a bromear con sus compañeros de la cabina. Sin embargo, el audio que empezó a circular desde el viernes pasado reveló que el legislador lo dijo al aire, sin rubor alguno, en medio de carcajadas de sus patiños.
En este contexto, el obispo de San Cristóbal de Las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, consideró que los comentarios racistas del diputado del PRD, Ariel Gómez, son una muestra del racismo imperante en Chiapas en contra de la mujer, de los indígenas y los campesinos.
“Ojalá que este hecho nos haga pensar a todos, que este es un problema muy generalizado todavía. Nosotros lo vemos como Iglesia, con dolor, que hay todavía mucha gente; nuestras sociedades que todavía discrimina a los indígenas, sólo por el hecho de ser indígenas, cuando valen lo mismo que cualquier otra persona”, declaró.
En Chiapas, pese al escándalo que provocaron las declaraciones de El Chunko --salvo Cuarto Poder y el Diario de Chiapas--, todos los medios de comunicación locales se abstuvieron de difundir la noticia. Sin embargo, en blogs y redes sociales como Facebook, Twitter, Youtube y otros espacios electrónicos en internet el legislador perredista ha sido exhibido ampliamente como una persona xenófoba.
De acuerdo con la Ley Federal de Radio y Televisión, el locutor violó el artículo 5, que establece la obligación de reafirmar “el respeto a los principios de la moral social, la dignidad humana y los vínculos familiares; evitar influencias nocivas o perturbadoras al desarrollo armónico de la niñez y la juventud; contribuir a elevar el nivel cultural del pueblo y a conservar las características nacionales, las costumbres del país y sus tradiciones, la propiedad del idioma y a exaltar los valores de la nacionalidad mexicana; y fortalecer las convicciones democráticas, la unidad nacional y la amistad y cooperación internacionales”.
El 3 de abril del 2009, el gobernador Juan Sabines publicó en el Periódico Oficial del estado el decreto 208 que contiene la Ley que Previene y Combate la Discriminación en Chiapas.
En el capítulo VI de la citada ley se habla de las “conductas discriminatorias en razón de su origen étnico, nacional o regional de las personas”; y en el se encuentra el artículo 20 que en su fracción XVIII refiere que se considera “conducta discriminatoria “ofender, ridiculizar, hostigar, rechazar, difamar o promover la violencia en su contra a través de mensajes e imágenes en los medios de comunicación”.

Fuente: Proceso

viernes, 29 de enero de 2010

Negros abusivos, llama diputado chiapaneco del PRD a damnificados de Haití

Ariel Gómez León

Ciudad de México.- La fracción del PRD en la Cámara de Diputados hizo un extrañamiento al legislador chiapaneco Ariel Gómez León y le exigió disculparse públicamente por los comentarios racistas que lanzó desde su programa radiofónico en Tuxtla Gutiérrez contra los damnificados por los terremotos en Haití.

Irritado porque sin previo aviso le descontaron un día de dieta para ayudar a los haitianos en desgracia, Gómez León sostuvo que “como todos son negros y se parecen tanto, habría que marcarlos con tinta indeleble para que no se les repita la ayuda, (pero) la tinta tiene qué ser blanca, porque la que usa el IFE no se les notaría por ser tan negros”.

El también locutor agregó que los haitianos beneficiados con la ayuda humanitaria no denotan “caras de necesidad”, sino de “insaciable abusivez (sic)”.

En respuesta inmediata, el grupo parlamentario del PRD en la Cámara de Diputados reprobó los comentarios de Gómez León y ofreció una “sentida disculpa” al pueblo de Haití.

Hizo además un extrañamiento al diputado federal por el estado de Chiapas y le exigió también que ofrezca una disculpa pública por sus declaraciones “evidentemente discriminatorias”.

La fracción del PRD “se deslinda totalmente de cualquier comentario hecho por el citado diputado sobre la ayuda humanitaria que brindan los mexicanos a nuestros hermanos del país caribeño”, indicó en un comunicado difundido en el Palacio de San Lázaro.

Fernando Damián y Daniel Venegas/MILENIO Diario

jueves, 28 de enero de 2010

La historia y su brutal indiferencia

Lorenzo Meyer

Nada está escrito de antemano. Lo que acaba de suceder en Haití –el terremoto y sus consecuencias– es el último episodio de una tragedia que muestra, por si hiciera falta, que los procesos históricos son indiferentes a la idea de lo justo. Si en nuestro hemisferio alguna sociedad debería haber corrido con mejor suerte política y económica de la que tuvo, es precisamente el país más pobre del continente: el que hoy ocupa la parte occidental de la isla que una vez se llamó La Española.
Una característica fundamental de los procesos de la naturaleza es su completa indiferencia hacia el dolor y hacia lo que nosotros entendemos por moral, por el deber ser y la compasión. En el estado de naturaleza la regla es que el pez grande se come al chico y que el fuerte sobrevive y el débil perece. En las sociedades animales de alto desarrollo funciona la cooperación pero no la solidaridad ni el altruismo: cuando el beneficio común no se da, la sociedad se disuelve.
Por algún tiempo, el proceso de evolución de las especies se explicó por una meta última de todo lo viviente: el perfeccionamiento constante. Hoy, los biólogos han abandonado esa idea y ven a la evolución como un mecanismo de adaptación que tiene mucho de azar y que carece de propósito final. Desde esta perspectiva, nada está definido de antemano.
La idea de progreso. Desde tiempo inmemorial, desde que cobró conciencia de lo precario de su existencia, el hombre buscó una razón de ser y la encontró en esa diversidad de dioses que registra la historia. Sin embargo, en la civilización occidental se fue elaborando otra respuesta paralela o alternativa: la idea del progreso. Según esta perspectiva, la marcha de la historia no es cíclica ni está dominada por el azar, sino que tiene un sentido y una finalidad última. Esta visión optimista del acontecer humano como progreso, se elaboró durante la Ilustración, se afianzó con Hegel y se independizó de cualquier elemento religioso con Marx. Este último supuso que por la vía del choque milenario entre las clases, el mundo llegaría a la etapa de la verdadera historia, a esa donde ya no existiría la propiedad capitalista, la explotación ni el dominio de una clase o grupo sobre otros –por eso el Estado y la política desaparecerían– y la naturaleza sería definitivamente conquistada por el hombre y sometida mediante la ciencia y la tecnología al punto que entonces y sólo entonces, la verdadera esencia humana tendría posibilidad de expresarse.
La visión radical del progreso y por tanto de la seguridad sobre el futuro, ya perdió fuerza; está a la defensiva. Las sociedades no pueden confiar en razones metafísicas que les aseguren un futuro mejor que el pasado y el presente. Es el esfuerzo humano consciente lo único que puede llevar a un arreglo colectivo mejor, pero la mala fortuna o el predominio de intereses particulares sobre los generales pueden conducir al retroceso y al fracaso de la empresa colectiva sin importar lo injusto del hecho. Así, un conflicto nuclear o una continuación del abuso del medio ambiente, pueden terminar con la historia humana misma.
Un ejemplo de injusticia histórica. Haití no ha visto la suya desde que tuvo lugar el brutal encuentro entre los europeos y la población nativa en el 1492. Los pobladores originales fueron arrasados por los españoles mediante tres vías: el exterminio directo, el trabajo extremo y la enfermedad. Luego vinieron los franceses, que en el siglo XVIII convirtieron esa parte de la isla en la colonia más productiva del mundo al combinar el clima con las plantaciones de azúcar y café destinadas a satisfacer la demanda de commodities de un mercado mundial en expansión con el trabajo esclavo africano de gran intensidad.
Hay que tener en cuenta que el comercio mundial de estos esclavos alcanzó su apogeo en el decenio 1783-1793, es decir, justo cuando estalló la gran rebelión de los trabajadores esclavizados en Haití. Las tropas de Napoleón trataron pero no pudieron imponerse sobre sus antiguos cautivos y para 1803 perdieron de manera definitiva el control del occidente de la isla, de la joya económica del imperio francés de ultramar. En 1804 el medio millón de antiguos esclavos africanos declararon la independencia de su territorio bajo el nombre que le habían dado los habitantes originales, los eliminados tres siglos atrás: Haití. Se trató de la única rebelión de esclavos que culminó su triunfo con la formación de un país: ¡un éxito impresionante! si se le compara con México, en donde el esfuerzo de los insurgentes terminó en derrota militar y donde la independencia sólo fue posible años después, en 1821, gracias a que los criollos anti insurgentes se volvieron contra su rey.
Una victoria muy amarga. En 1804 los antiguos esclavos franceses le dieron un sentido profundo a eso que la revolución en París había proclamado antes pero, desde luego, sin incluir a sus esclavos africanos en El Caribe: libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, Francia y el resto del mundo de los imperios, le hicieron pagar muy caro su logro. Estados Unidos, por ejemplo, no reconoció a la nueva nación sino hasta 1862 porque ¿cómo iba a recibir la Casa Blanca un embajador negro si en Washington los negros eran aún esclavos? Francia, por su parte, exigió en 1825 a sus antiguos explotados que le pagaran 100 millones de francos como condición para su reconocimiento: ¡quienes robaron la libertad de los africanos les cobraron para retornársela!
Y es aquí donde la historia se torna particularmente injusta. El Haití independiente estaba formado por individuos que fuera de su condición de antiguos esclavos tenían muy poco en común. Los franceses no habían fomentado que los trabajadores forzados echaran raíces, era más económico trabajarlos sin descanso hasta la muerte y remplazarlos de inmediato por otros recién capturados, que permitirles formar familias y tener hijos, eso era demasiado costoso. Así, al asumir su independencia, y a diferencia de experiencias coloniales como la mexicana, los haitianos independizados no tenían historia en Haití, nada equivalente a los pueblos indios de México. Sin identidades culturales, y con la antigua economía en ruinas, los haitianos terminaron por abandonar la odiada economía de plantación –hoy, el azúcar la importan– y la guerra civil –en parte una lucha entre mulatos y negros– se convirtió en la casi inevitable conclusión de la magnífica victoria de los esclavos sobre los amos. La mala relación entre Haití y su vecino, la República Dominicana, tampoco ayudó al buen desarrollo del país de los descendientes de los que se habían liberado a sí mismos. Entre 1843 y 1915, año en que Estados Unidos ocupó Haití, hubo 20 gobiernos donde las sucesiones fueron marcadas por represión, rebeliones y asesinatos. El desarrollo económico en esa situación simplemente fue imposible y la cultura de la pobreza echó raíces hondas.
La ocupación norteamericana duró hasta 1934, pero como tuvo lugar en una época de fuerte racismo en el país ocupante, ese par de decenios no sirvieron para darle una segunda oportunidad a la independencia haitiana. Más tarde, la Guerra Fría propició que las dictaduras de Francoise Duvalier, Papa Doc y de su hijo (1957-1986), fueran aceptadas como funcionales para los intereses de Washington en el Caribe. El último descalabro político de la sociedad haitiana fue el fracaso de Jean-Bertrand Aristide, el cura salesiano que llegó con un enorme apoyo popular a la presidencia en 1990 como resultado de las primeras elecciones realmente libres en el país, pero que finalmente no supo estar a la altura de su gran responsabilidad y oportunidad históricas.
El terremoto del 2010 encontró a Haití como la nación más pobre del Hemisferio Occidental y necesitada de la presencia de una fuerza estabilizadora de las Naciones Unidas para darle un mínimo de fuerza a un Estado que por sí solo era incapaz de mantener el orden y el mínimo de servicios en un país de 10 millones de habitantes, básicamente rural y devastado por la miseria y los efectos de huracanes sobre una geografía previamente destruida por la deforestación.
El futuro. La historia de Haití –único país moderno nacido de una exitosa rebelión de esclavos– demanda de sus antiguas metrópolis, de los países de nuestro hemisferio y del resto de la comunidad internacional, un esfuerzo extraordinario para transformar una catástrofe en un punto de inflexión y que se empiece a pagar la enorme deuda que significó la inhumanidad de la esclavitud. Sería de desear que hoy surja la voluntad para que el mundo obligue a la historia a dejar de ser indiferente y se haga justicia en Haití.

La historia y su brutal indiferencia



Lorenzo Meyer

Nada está escrito de antemano. Lo que acaba de suceder en Haití –el terremoto y sus consecuencias– es el último episodio de una tragedia que muestra, por si hiciera falta, que los procesos históricos son indiferentes a la idea de lo justo. Si en nuestro hemisferio alguna sociedad debería haber corrido con mejor suerte política y económica de la que tuvo, es precisamente el país más pobre del continente: el que hoy ocupa la parte occidental de la isla que una vez se llamó La Española.
Una característica fundamental de los procesos de la naturaleza es su completa indiferencia hacia el dolor y hacia lo que nosotros entendemos por moral, por el deber ser y la compasión. En el estado de naturaleza la regla es que el pez grande se come al chico y que el fuerte sobrevive y el débil perece. En las sociedades animales de alto desarrollo funciona la cooperación pero no la solidaridad ni el altruismo: cuando el beneficio común no se da, la sociedad se disuelve.
Por algún tiempo, el proceso de evolución de las especies se explicó por una meta última de todo lo viviente: el perfeccionamiento constante. Hoy, los biólogos han abandonado esa idea y ven a la evolución como un mecanismo de adaptación que tiene mucho de azar y que carece de propósito final. Desde esta perspectiva, nada está definido de antemano.
La idea de progreso. Desde tiempo inmemorial, desde que cobró conciencia de lo precario de su existencia, el hombre buscó una razón de ser y la encontró en esa diversidad de dioses que registra la historia. Sin embargo, en la civilización occidental se fue elaborando otra respuesta paralela o alternativa: la idea del progreso. Según esta perspectiva, la marcha de la historia no es cíclica ni está dominada por el azar, sino que tiene un sentido y una finalidad última. Esta visión optimista del acontecer humano como progreso, se elaboró durante la Ilustración, se afianzó con Hegel y se independizó de cualquier elemento religioso con Marx. Este último supuso que por la vía del choque milenario entre las clases, el mundo llegaría a la etapa de la verdadera historia, a esa donde ya no existiría la propiedad capitalista, la explotación ni el dominio de una clase o grupo sobre otros –por eso el Estado y la política desaparecerían– y la naturaleza sería definitivamente conquistada por el hombre y sometida mediante la ciencia y la tecnología al punto que entonces y sólo entonces, la verdadera esencia humana tendría posibilidad de expresarse.
La visión radical del progreso y por tanto de la seguridad sobre el futuro, ya perdió fuerza; está a la defensiva. Las sociedades no pueden confiar en razones metafísicas que les aseguren un futuro mejor que el pasado y el presente. Es el esfuerzo humano consciente lo único que puede llevar a un arreglo colectivo mejor, pero la mala fortuna o el predominio de intereses particulares sobre los generales pueden conducir al retroceso y al fracaso de la empresa colectiva sin importar lo injusto del hecho. Así, un conflicto nuclear o una continuación del abuso del medio ambiente, pueden terminar con la historia humana misma.
Un ejemplo de injusticia histórica. Haití no ha visto la suya desde que tuvo lugar el brutal encuentro entre los europeos y la población nativa en el 1492. Los pobladores originales fueron arrasados por los españoles mediante tres vías: el exterminio directo, el trabajo extremo y la enfermedad. Luego vinieron los franceses, que en el siglo XVIII convirtieron esa parte de la isla en la colonia más productiva del mundo al combinar el clima con las plantaciones de azúcar y café destinadas a satisfacer la demanda de commodities de un mercado mundial en expansión con el trabajo esclavo africano de gran intensidad.
Hay que tener en cuenta que el comercio mundial de estos esclavos alcanzó su apogeo en el decenio 1783-1793, es decir, justo cuando estalló la gran rebelión de los trabajadores esclavizados en Haití. Las tropas de Napoleón trataron pero no pudieron imponerse sobre sus antiguos cautivos y para 1803 perdieron de manera definitiva el control del occidente de la isla, de la joya económica del imperio francés de ultramar. En 1804 el medio millón de antiguos esclavos africanos declararon la independencia de su territorio bajo el nombre que le habían dado los habitantes originales, los eliminados tres siglos atrás: Haití. Se trató de la única rebelión de esclavos que culminó su triunfo con la formación de un país: ¡un éxito impresionante! si se le compara con México, en donde el esfuerzo de los insurgentes terminó en derrota militar y donde la independencia sólo fue posible años después, en 1821, gracias a que los criollos anti insurgentes se volvieron contra su rey.
Una victoria muy amarga. En 1804 los antiguos esclavos franceses le dieron un sentido profundo a eso que la revolución en París había proclamado antes pero, desde luego, sin incluir a sus esclavos africanos en El Caribe: libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, Francia y el resto del mundo de los imperios, le hicieron pagar muy caro su logro. Estados Unidos, por ejemplo, no reconoció a la nueva nación sino hasta 1862 porque ¿cómo iba a recibir la Casa Blanca un embajador negro si en Washington los negros eran aún esclavos? Francia, por su parte, exigió en 1825 a sus antiguos explotados que le pagaran 100 millones de francos como condición para su reconocimiento: ¡quienes robaron la libertad de los africanos les cobraron para retornársela!
Y es aquí donde la historia se torna particularmente injusta. El Haití independiente estaba formado por individuos que fuera de su condición de antiguos esclavos tenían muy poco en común. Los franceses no habían fomentado que los trabajadores forzados echaran raíces, era más económico trabajarlos sin descanso hasta la muerte y remplazarlos de inmediato por otros recién capturados, que permitirles formar familias y tener hijos, eso era demasiado costoso. Así, al asumir su independencia, y a diferencia de experiencias coloniales como la mexicana, los haitianos independizados no tenían historia en Haití, nada equivalente a los pueblos indios de México. Sin identidades culturales, y con la antigua economía en ruinas, los haitianos terminaron por abandonar la odiada economía de plantación –hoy, el azúcar la importan– y la guerra civil –en parte una lucha entre mulatos y negros– se convirtió en la casi inevitable conclusión de la magnífica victoria de los esclavos sobre los amos. La mala relación entre Haití y su vecino, la República Dominicana, tampoco ayudó al buen desarrollo del país de los descendientes de los que se habían liberado a sí mismos. Entre 1843 y 1915, año en que Estados Unidos ocupó Haití, hubo 20 gobiernos donde las sucesiones fueron marcadas por represión, rebeliones y asesinatos. El desarrollo económico en esa situación simplemente fue imposible y la cultura de la pobreza echó raíces hondas.
La ocupación norteamericana duró hasta 1934, pero como tuvo lugar en una época de fuerte racismo en el país ocupante, ese par de decenios no sirvieron para darle una segunda oportunidad a la independencia haitiana. Más tarde, la Guerra Fría propició que las dictaduras de Francoise Duvalier, Papa Doc y de su hijo (1957-1986), fueran aceptadas como funcionales para los intereses de Washington en el Caribe. El último descalabro político de la sociedad haitiana fue el fracaso de Jean-Bertrand Aristide, el cura salesiano que llegó con un enorme apoyo popular a la presidencia en 1990 como resultado de las primeras elecciones realmente libres en el país, pero que finalmente no supo estar a la altura de su gran responsabilidad y oportunidad históricas.
El terremoto del 2010 encontró a Haití como la nación más pobre del Hemisferio Occidental y necesitada de la presencia de una fuerza estabilizadora de las Naciones Unidas para darle un mínimo de fuerza a un Estado que por sí solo era incapaz de mantener el orden y el mínimo de servicios en un país de 10 millones de habitantes, básicamente rural y devastado por la miseria y los efectos de huracanes sobre una geografía previamente destruida por la deforestación.
El futuro. La historia de Haití –único país moderno nacido de una exitosa rebelión de esclavos– demanda de sus antiguas metrópolis, de los países de nuestro hemisferio y del resto de la comunidad internacional, un esfuerzo extraordinario para transformar una catástrofe en un punto de inflexión y que se empiece a pagar la enorme deuda que significó la inhumanidad de la esclavitud. Sería de desear que hoy surja la voluntad para que el mundo obligue a la historia a dejar de ser indiferente y se haga justicia en Haití.