lunes, 15 de noviembre de 2010

Aran Shetterly, así se hacen los chismes...

Tomado de la Revista Cronopio (http://www.revistacronopio.com/?p=3010&cpage=1#comment-1729)Periodismo

Posted by admin on October 10th, 2010


NEGRO EN MÉXICO: LA OTRA CARA DE LA MEJICANIDAD

Por Aran Shetterly*

¿De dónde venimos?
¿Qué somos?
¿Hacia dónde vamos?
(Paul Gauguin).

Me senté en la sombra, bajo una palapa y esperé al bote-taxi que me habría de llevar desde el pequeño pueblo de Zapotalito, a través de las lagunas de Chacahua, al pueblo, incluso más pequeño, de Chacahua, que se extiende entre los manglares del borde de la costa pacífica mexicana. Justo al lado del endeble muelle de madera, aves fregata acosaban pelicanos, esperando apropiarse de peces.

El bote apareció a la vista y, momentos después, el zumbido del motor alcanzó mis oídos. Cerca de 10 metros desde la orilla, el piloto cortó el poder, levantó el aparejo y encalló en la playa. Un hombre saltó del bote, descalzo, llevando unas viejas bermudas amarillas de surf y una camiseta. Un afro completo se englobaba bajo su gorra de béisbol.

Cargué mi mochila en el bote y me senté en un travesaño mientras el chofer nos sondeaba hacia aguas más profundas. Volviéndome a mirar hacia Zapotalito, lo observé mientras sumergía el motor fuera de borda en las aguas turbias.

«¿De dónde eres?» Pregunté.
«De Cuba»
«¿De Cuba? ¿Cómo terminaste aquí?»

El hombre rió. «Un barco de esclavos naufragó junto a la costa. Algunos de los esclavos lograron llegar a la playa. Hemos estado aquí desde eso.»

Haló el cordón, el motor rugió y yo sostuve mi sombrero mientras el bote alcanzaba velocidad y se dirigía hacia los canales laberínticos de la laguna, dejándome en mis cavilaciones sobre cómo un barco cubano de esclavos había llegado a la costa oeste mexicana.

UNA POBLACIÓN POCO CONOCIDA
Pocas personas, incluyendo a la mayoría de los mexicanos, se dan cuenta de que una población significativa de mexicanos negros vive a lo largo de la «Costa Chica» de México que se extiende desde justo al este de Acapulco bajando hasta Huatulco, en el estado de Oaxaca.

Si uno piensa en Afro-Mexicanos, tiende a hacerlo respecto a Veracruz, en la costa del golfo del país.

El mayor puerto del Caribe mexicano, Veracruz, es conocido por su carnaval, por el danzón cubano y por un guerrero africano del siglo XVI, llamado Yanga, quien estableció un pueblo negro libre en las montañas de la zona.

Y, sin embargo, la población negra de la costa oeste es significativamente mayor, a pesar de ser menos estudiada o comprendida, debido, al menos en parte, a su aislamiento geográfico.

De acuerdo con el académico norteamericano Bobby Vaughn, «Mientras que la población contemporánea de negros mexicanos es muy pequeña en Veracruz comparada con la de Costa Chica, el discurso sobre la negritud en Veracruz es dominante. Veracruz es contemplado por la imaginación popular mexicana como un estado negro y, si bien esto se debe en parte al legado del esclavismo en Veracruz, esta imaginación se origina más en un intercambio cultural ocurrido con Cuba durante el siglo XIX.»

La historia hispánica de México como importador de esclavos es a menudo opacada por el número de africanos vendidos como trabajadores en el Caribe, los Estados Unidos y Brasil.

Hasta 1650, sin embargo, hubo más esclavos africanos en México que en cualquier otro lugar de las Américas. Y, más sorprendentemente aún, Vaughn propone que la población hispánica radicada en México no superó a la de africanos hasta 1810.

Esta historia es estudiada por sólo un puñado de académicos amateur y profesionales, curiosos sobre el rol jugado por los africanos en México. Muchos mexicanos saben que el segundo presidente del país, Vicente Guerrero, era de ascendencia africana. Igualmente lo era José María Morelos, el héroe nacional que luchó y murió por la independencia mexicana frente a España. Pero, incluso así, la realidad cotidiana de lo que significa ser negro en la Costa Chica permanece en gran medida ignorada por los mexicanos no-negros y, de igual manera, por muchos mexicanos negros.

RAÍCES DESCONOCIDAS
Mientras recorría las sendas de Chacahua, vi gente de todos los matices, desde bronceado claro hasta chocolate oscuro. Vi cabellos lisos y afros y todo lo intermedio entre éstos. Casi todos, sin embargo, incluso aquéllos que podían pasar por mestizos (el término más común para la mezcla entre indígena mexicano y español) se identificaban como «morenos» o «negros».

Al preguntar sobre la historia del pueblo y su gente se me dijo, «Tienes que hablar con los de los viejos tiempos.»

Mientras el ocaso se asentaba, observé una mujer vieja sentada en una silla en su patio de tierra bien rastrillada. Su sencilla casa de madera se levantaba detrás de ella y, a su lado, ardía un fogón de leña.

«¿Desde dónde vino la gente de Chacahua? Le pregunté.
«Pues, hubo un accidente de avión en los 1950» repuso ella.
¿Era esta historia un ‘non-sequitur’ o una versión moderna de la historia del barco de esclavos?
«Pero, por qué es así su pelo?»

Ella alargó la mano y se tocó las puntas blancas de su afro. «No sé por qué es mi pelo así. Soy mexicana».

UNA CUESTIÓN DE CONCIENCIA

Cuando el padre Glyn Jemmott escucha estas historias narradas por mexicanos negros, para explicar (o no explicar) su presencia en México, un gesto de dolor cruza su rostro.

«No es sólo ignorancia», dice, «Están aferrándose a un mito que se les entregó como un modo de racionalizar y reformar el pasado. La parte enfermiza de la broma es que lo aceptan. Pero, —y aquí concede una cualidad posiblemente subversiva a los mitos—, cuando un hombre negro se encoge de hombros, ¿qué tanto es indiferencia y qué tanto supervivencia?»

Jemmott es de Trinidad. Fue ordenado Sacerdote Católico Romano en 1977. Vino a Ciudad Oaxaca a principio de la década de 1980 y poco tiempo después visitó Pinotepa Nacional, una capital municipal en la esquina suroeste del Estado de Oaxaca.

Cuando vio a toda la gente negra que allí vivía, se dio cuenta de que era allí donde estaba destinado a ser ministro. «Tenía que estar allí,» dice.

El Padre Glyn, como es conocido entre sus feligreses, fue enviado a ser el sacerdote parroquial de la pequeña y polvorienta aldea de Ciruelo. Llevó allí no sólo su fe, sino una creencia en la identidad pan-africana y en la justicia social. Ha dedicado los últimos 22 años de su vida a las necesidades espirituales de sus feligreses y a nutrir las llamadas incipientes hacia la justicia en estas comunidades rurales empobrecidas y aisladas.

A fin de lograr estos dos últimos objetivos y para aumentar la conciencia general sobre la población negra de México, creó una organización llamada México Negro. Este apelativo enfatiza la «africanidad» de la gente, más que su mestizaje. La «negritud», afirma él, existe en México.

«La cuestión de la justicia es básica en este tema. México no puede negar la igualdad y el reconocimiento», dice. Explica que no hay estadísticas gubernamentales sobre la población negra, no hay opciones de apropiarse de esta identidad en el censo (y por consiguiente no hay forma de determinar, con ningún grado real de precisión, el tamaño de la población). Esto, dice él, es un «juicio sobre África y la africanidad que no está siendo reconciliado [con la identidad mexicana.]»

La historia convencional de la fundación del México moderno enfatiza la mezcla de españoles y mexicanos indígenas que forjó la identidad «mestiza». El padre Jemmott cree que la dualidad de este mito hace más fácil excluir a todos aquellos que no encajan en el modelo; hacerlos invisibles, incluso, a veces, para ellos mismos».

Una sonrisa irónica curva los bordes de su boca mientras bromea sobre el héroe nacional, José María Morelos, «[él] no puede quitarse su pañoleta porque mostraría su pelo crespo».

«Las gentes indígenas de México han dicho «No hay México sin nosotros». Los negros no han podido decir esto». Jemmott cree que hay una cohesión interna en las culturas indígenas que se desarrolla como liderazgo interno.

Jemmott espera que México Negro ayudará a crear el tipo de unidad que produce líderes que continuarán y extenderán el trabajo que él ha comenzado. Cada marzo la organización celebra un encuentro de los pueblos negros. Las gentes del área son invitadas a celebrar su herencia y a pasar tres días discutiendo problemas locales tales como la atención en salud, la educación y la recolección de basuras.

«HAY UN FUTURO»
Gerardo Carranza tiene seis hermanos y una hermana y todos ellos han cruzado la frontera buscando trabajo. «No me gusta irme de mojado. Nunca» dice, a modo de explicación de por qué a sus veintidós años aún vive en el pueblo de Huehuetan, Guerrero, donde nació.

Carranza fue aceptado en el Morehouse College (una universidad históricamente negra) en Atlanta, Georgia, pero parece ser que la beca que recibió ha sido revocada. Dice que no le interesa «despertar este sueño» de nuevo.

En vez de esto, Carranza, quien es el presidente local de México Negro, enfoca su energía y atención en su pequeño pueblo Guerrerense donde dice que «puede verse que hay un futuro».

Para un extranjero las señales esperanzadoras no son fáciles de identificar. Las calles son estrechas, bordeadas por construcciones de madera y barro que van desmoronándose.

Una mujer vieja está agachada en cuclillas en una puerta abierta, frente a ella hay una pequeña muestra de zanahorias viejas a la venta. Las pocas casas modernas son, claramente, los frutos de parientes que trabajan al norte de la frontera. De hecho, la casa de los Carranza es de las mejores del pueblo. Pero incluso así, sus padres aún trabajan en los campos cada día.

Una de las señales de esperanza que ve Carranza es un pequeño bloque de construcciones. Los muros se alzan cerca de 1,20 metros y las enredaderas empiezan a treparse sobre ellos desde el interior.

«Esa es la biblioteca», dice, señalando que por cerca de 700 dólares más podría terminar de construirla. Después tendría que llenarla con libros y computadores.

Es una batalla difícil, dice. No hay trabajos, entonces los niños no encuentran razones para estudiar. Los recursos del pueblo son controlados por el gobierno municipal, un pueblo mestizo que, según Gerardo, no tiene ningún interés en el futuro de Huehuetan.

Así que está tratando de organizar una especie de secesión, la cual habría de permitir que su pueblo y otros cuantos formen su propia municipalidad y se gobiernen a sí mismos. Él cree que si Yanga pudo crear un pueblo autónomo para gente negra en México, ¿por qué no habrían de poder hacer lo mismo los ciudadanos de Huehuetan?

«Hay muchas cosas que este pueblo puede hacer, —dice Gerardo—. En diez años, aún estaré aquí organizando a la gente».

PRIMERO MEXICANO

No todo el mundo está de acuerdo con los esfuerzos del Padre Glynn de desarrollar la identificación de sus feligreses con sus raíces negras. Algunos académicos mexicanos argumentan que él está «inventando identidad». Lo que sugieren, parece ser, es que la «africanidad» de la gente es puramente histórica y que hoy día todos están mezclados y deberían identificarse como mexicanos.

Cerca de Ciruelo, cruzando la línea estatal de Oaxaca en Guerrero, se encuentra el pueblo de Cuajinicuilapa. Allí, los hermanos Eduardo y Jorge Añorve Zapata se oponen al acercamiento pan-africano del Padre Glyn, identificándose a sí mismos como «afro-mestizos». Este término, en vez de centrar la atención respecto a ser, ante todo, negros, relocaliza más bien la identidad en el modelo mexicano del «mestizo». No somos más que otro ingrediente de la mezcla mestiza mexicana, asevera. Pero ante todo, somos mexicanos.

Estas críticas al acercamiento del Padre Glyn son, por lo menos en parte, un rechazo a ideas «extranjeras». Incluso después de vivir un cuarto de siglo en México, éste sigue siendo un extranjero y su visión del mundo pone en cuestionamiento la forma en que algunos mexicanos —e incluso, algunos de los mexicanos que éste espera ayudar— se ven a sí mismos.

UN ACERCAMIENTO PRÁCTICO
De vuelta en Ciruelo, Elena Ruiz tiene poca paciencia para las discusiones abstractas sobre la identidad. Hay un problema más urgente que resolver: el empleo local.

Elena, una mujer llamativa, de piel oscura y cabellos lisos, creció en Pinotepa Nacional, donde experimentó su dosis de discriminación. Su preocupación actual es que sin nuevas industrias locales muchos de los pueblos negros pueden llegar a desaparecer.

Hay una determinación férrea en sus ojos cuando dice: «Éste es también nuestro país. Nacimos aquí. Nos sentimos completamente mexicanos».

A sus 52 años, tiene cinco hijos, dos de los cuales trabajan en Los Ángeles. Aquí, como ocurre en todo México, la inmigración desgarra el tejido social. Más y más hombres y mujeres jóvenes se van. El dinero que envían de vuelta construye buenas casas para sus familiares e introduce estilos llamativos norteamericanos, pero hace poco para crear una fuente permanente de empleo.

En su mente no hay tiempo para esperar ayuda o reconocimiento gubernamental. Elena comenzó un taller de confección con la esperanza de que ella y otras mujeres pudieran hacer blusas y bolsos para vender en el mercado de Pinotepa. Desafortunadamente los recursos mínimos para mantener el proyecto en funcionamiento se han agotado.

Cada año en el Día Internacional de la Mujer, Elena organiza una carrera para las mujeres del pueblo. Salen a la autopista y corren los tres kilómetros que las llevan de vuelta al centro.

Es casi como que la carrera es una especie de retorno al hogar. Sal a la carretera y, en vez de escapar, corre de vuelta a lo que eres y al lugar de donde eres.
_______________________
* Traducción de Camilo Ramírez, estudiante de Filosofía de la Universidad de Antioquia.
*Reconocido escritor y periodista norteamericano. Radicado en México. Mundialmente conocido por su libro en forma de crónica “El americano” sobre el gobierno de Fidel Castro.

FIN DEL ARTÍCULO

Comentario de Eduardo Añorve Zapata:

Recupero un par de párrafos, por lo que dicen de uno y del hermano de uno: "Allí, los hermanos Eduardo y Jorge Añorve Zapata se oponen al acercamiento pan-africano del Padre Glyn, identificándose a sí mismos como «afro-mestizos». Este término, en vez de centrar la atención respecto a ser, ante todo, negros, relocaliza más bien la identidad en el modelo mexicano del «mestizo». No somos más que otro ingrediente de la mezcla mestiza mexicana, asevera. Pero ante todo, somos mexicanos.

"Estas críticas al acercamiento del Padre Glyn son, por lo menos en parte, un rechazo a ideas «extranjeras». Incluso después de vivir un cuarto de siglo en México, éste sigue siendo un extranjero y su visión del mundo pone en cuestionamiento la forma en que algunos mexicanos —e incluso, algunos de los mexicanos que éste espera ayudar— se ven a sí mismos".

Falso, ni Jorge ni yo andamos por el mundo asumiéndonos como afromestizos. En todo caso, a mí me gusta más el término afromexicanos o afroindios, aunque Jorge y yo hemos coincidido que basta de hablar de nosotros, los costeños, desde esos jodidos puntos de vista "raciales": somos gente y ya. Punto. Y como no sabemos qué tipo de acercamiento quiere el padrecito con nosotros (no sea que nos la arrepegue), pos no nos le ponemos de aguilita ni nada que se le parezca, como suelen hacerlo otros, incluida Lala.

Y tan no rechazamos las ideas extranjeras que leemos (y hasta nos plagiamos) a escritores gringos, griegos, chilenos, cubanos, europeos, nacatecas o churrumaiz, incluidos a los pinkfloyes y ecéctera y hasta chilangos y chilangas. Que no le digan, que no le cuenten, mi buen Aran. Por cierto, yo me declaro hijo legítimo e ilegítimo de Juan Ruiz, el Arcipreste, de Quevedo y Villegas, el que hasta por el culo se le conoce, y de El Manco de Lepanto, el que parió a don Sancho Panza y su infiel escudero, El Quijote de Marras, y eso que de español tengo el idioma que con trabajos hablo y a arrempujones escribo, y la maledicencia en el pensamiento. Por cierto, y con toda la mala leche para decir que ni escribir o traducir se le da: no se escribe "mejicanidad" sino "mexicanidad" porque abominamos de esa intención de los españoles de borrar la X que llevamos en la frente como calvario. O sea: a la tierra que fueres, toma cocholate (que es más sabroso que el chocolate)...

Y Glyn no puede cuestionarnos nada, no tiene autoridad moral para ello, es un vil comerciante (no por nada es cura -¿véis, Aran, cuán exquizzzito español escribo?-) de dizque ideas y movimientos que reivindican no sé qué chingaos, porque nadie se entera de su existencia... excepto cuando daba misa en una boda. Y si eso es chido y coqueto, qué chido, pues, para el que lo sea, y el que tenga su burro que lo amarre, y el que no, que no. Y ya con esta me despido.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los gobiernos, sin políticas públicas para los afromexicanos, dice especialista


Dora Luz Haw / Agencia Reforma


Ciudad de México

Los mexicanos negros siguen siendo invisibles en el país. No sólo las políticas públicas hacen caso omiso de su presencia, sino que a la mayoría de connacionales les avergüenza pensar en la posibilidad de tener sangre africana en sus venas, ignorando que todo mexicano con cabello chino tiene, sin duda, un antecesor negro.
“Sin embargo pocos saben que tenemos muchísimas cosas que agradecer a los africanos que fueron traídos a América como esclavos. No sólo me refiero a sus aportaciones musicales o estéticas, sino a cosas tan fundamentales y profundas como la idea de libertad”, explica la investigadora Luz María Martínez Montiel.
La curadora de la muestra México, la tercera raíz y la Independencia, que se inaugura mañana en el Museo Nacional de las Intervenciones, explica que es un mito la idea de los esclavos sumisos.
Aunque nunca tuvieron con qué enfrentar cañones y armas europeas, señala, jamás se resignaron a ser esclavos. Siempre fueron rebeldes. Aunque el levantamiento de Yanga en Veracruz es el más conocido, constantemente hubieron movimientos en todo el territorio.
En gestas históricas como la Independencia, su presencia es ineludible, prueba de ello, no sólo es la participación de esta población en los batallones tanto insurgentes como realistas, sino el liderazgo de figuras como Morelos y Guerrero, que eran mulatos.
Con la idea de subrayar sus aportaciones a esta gesta histórica y hacer énfasis en que no es posible hoy en día dejar de lado una raíz tan fundamental, se organizó esta exposición integrada por más de 80 piezas.
Sin embargo, irónicamente, en el contexto de las pomposas exhibiciones organizadas en el marco de los festejos centenarios, el interés del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) por esta temática, no resulta contundente.
El esfuerzo museográfico, impulsado por Martínez Montiel y la dirección del museo, Enriqueta Cabrera, se traduce en un trabajo austero, donde la mayoría de las piezas exhibidas son reprografías. De hecho, si se cuenta con pinturas, instrumentos y textiles originales es porque varios forman parte de la colección personal de Martínez Montiel.
La muestra está dividida en cuatro temáticas: La trata negrera, El negro en la Nueva España, La influencia cultural de la población negra y El afán de ser libre, la resistencia y la Independencia.
En ella es posible observar el maltrato que recibieron al ser trasladados de África occidental, específicamente de Angola, Ruanda y San Jorge de la Mina a América.

No cuentan para el INEGI

Con una actitud profundamente racista, el Estado mexicano se niega a aceptar la presencia de la raíz negra en el país, asegura José Del Val, director del Programa Universitario México Nación Multicultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Hace dos años, poblaciones negras de la Costa de Oaxaca solicitaron al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la incorporación la adscripción de negros al reciente censo, petición que fue denegada, asegura el funcionario.
Incluso el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación intervino para apoyar esta petición, pero el INEGI se negó.
Por ello, la UNAM aceptó el reto de apoyar a dichas poblaciones con el fin de llevar a cabo, el próximo año, un autocenso, que aporte certeza sobre su importancia en la vida nacional, informó Del Val.

sábado, 23 de octubre de 2010

ISMAEL AÑORVE, MAESTRO TROBADOR DE CUAJINICUILAPA


Thomas Stanford

En 1962 volví a la Costa Chica, seis años después de mi primera incursión en Oaxaca, para recorrer la parte guerrerense. En 1956-1957 había investigado en la parte oaxaqueña, y vuelto ahí en 1961 para completar notas cuando preparaba mi artículo Datos sobre la música y danzas de Jamiltepec, Oaxaca[1]; y ahora me tocaba indagar respecto a la música de la parte guerrerense. En febrero llegué a Cuajinicuilapa, recorriendo la región en mi Chevrolet 1947 (con carrocería bien alta), y desde Ometepec me habían referido con "un rico ganadero" para mi estancia en ese pueblo -éste era Ismael Añorve-. Desde luego me quedé contento cuando supe que era músico, ¡pero poco me imaginaba de qué clase! Me hospedé en su casa, misma que no tenía pretensiones especiales. Don Ismael vivía solo, y no supe ni de familiares, esposa ni amante. Era ganadero, pero no vi que se fuera a inspeccionar su ganado: parecía que todo lo administraba desde su casa mediante mozos que le llegaban a reportar con cierta frecuencia.

Me platicó que pasaba la mayor parte del año en su casa -por lo que observé, entre su hamaca, con guitarra en mano, y la mesa con tapa esmaltada (con lema de alguna cervecería) donde había un juego permanente de dominó-. En algunas de las grabaciones que capté con él se escucha el sonido de las fichas cuando sus compañeros de juego las azotaban sobre la tapa esmaltada, ya que el juego no se paraba cuando Ismael pasaba a su hamaca. Me decía que cuando se aburría de la rutina ahí en su finca, se pasaba a la ciudad de México, para allí repasar todos los teatros de revista; y que, cuando ya no quedaba más por ver, se volvía a su hamaca y la mesa del dominó en la Costa. Estuve más de una semana con él, cada día grabando algo de su repertorio. No encontré a otros informantes en el pueblo, creo, en parte, porque él no quería que yo me mezclara con los lugareños por preocupaciones respecto a mi seguridad.

Hay que reflexionar que yo estaba hospedado en la casa de un cacique -y yo no tengo noticias respecto a las relaciones que él guardaba con sus vecinos-. Mostró preocupaciones por mi seguridad, como las siguientes anécdotas revelarán. Era mi primera noche en el pueblo, y se oscurecía afuera en la calle frente a su casa. Me decía, en el momento que pasaba por la puerta una chamaquita:

-No se vaya a salir de la puerta de esta casa después de que anochezca-.

Y se apuntó hacia la niña que llegaba (creo que para comprar unas cerillas, si me acuerdo bien).

-Ella no tiene que preocuparse. Ella tiene su "seguro de vida" con sus parientes en casa. ¡Pero usted no tiene a nadie! ¡No vaya usted a salir de la puerta de esta casa cuando esté oscuro afuera!

Desde luego se refería a que los parientes de la chamaquita responderían por ella en caso de algún problema.

Segunda anécdota

Al terminar mi investigación en Cuajinicuilapa había pensado en pasarme a un pueblo frente a este hacia la costa: Tapaextla [sic], en donde se me habían indicado que vivía un arpero. Don Ismael me proporcionó a uno de sus mozos para indicarme el camino. Llegado al pueblo, encontré en donde hospedarme; y el mozo volvió a pie a "Cuaji". Pero mientras que estuve trabajando en Tapaextla, sin que yo lo supiera hubo un encontrón entre dos gavillas en la cuadrilla de San Nicolás de Tolentino, con un saldo de muchos muertos. Habiendo terminado mis investigaciones en Tapaextla, tomé el camino de vuelta hacia Cuaji, y me topé a medio camino con el mismo mozo que me había llevado al pueblo. Éste me hizo parada, y le subí al coche mientras me explicaba lo sucedido en San Nicolás. Me indicó que don Ismael le había mandado a buscarme para asegurar que nada me hubiera pasado. De vuelta en Cuaji, todo mundo andaba armado, por lo menos con machete. Había armas que posiblemente fechaban de la Colonia: escopetas de pedernal, etcétera. Abandoné el pueblo enseguida: ¿Patitas para cuándo son?

Los "peligros" de la Costa

Como decía, don Ismael se preocupaba por mi seguridad en la región; y, en vista de lo que había sucedido, tenía causa. Un comerciante ambulante que tenía muchos años vendiendo por la Costa Chica desde antes de que hubiera transporte vehicular, me platicó que nunca había encontrado a gente mala en la Costa. Decía que el único peligro de que se percataba, andando la región durante muchos años, había sido de encontrarse de por medio cuando los costeños ventilaran sus problemas particulares. Pero yo he andado en la Costa Chica durante un total de más de seis meses sin encontrarme en una situación peligrosa. Pero el último pueblo que trabajé en la Costa en 1962 fue Cruz Grande; y a unas dos semanas de haberme vuelto a la capital, apareció en la prensa local una nota respecto a una balacera en Cruz Grande, con saldo de varios muertos (siete, creo). Había sabido de un pleito entre dos familias allí, mismo que partió del rapto de una señorita de una de las familias por un joven de la otra - ¡y esto desde antes de la Revolución!- Reconocí el apellido de una de las familias en la nota, y pude darme cuenta que aparentemente algunos de los muertos no eran miembros de las familias en pugna.

También, unos meses más tarde -en octubre de 1962-, bajé de Jamiltepec, Oaxaca, con la intención de dirigirme a La Boquilla del río Verde, como se conoce una cuadrilla hacia la costa. Conseguí el préstamo de un caballo para la mayor parte del camino; y su dueño me acompañó para enseñarme el camino. Me dejó casualmente a la altura de un charco, donde hay una ranchería llamada, precisamente, El Charco. Con mi bolsa de lona sobre un hombro, y una grabadora sobre el otro, me arrancaba rumbo a La Boquilla cuando un lugareño me acosó con la pregunta:

-¿Hacia dónde se dirige usted?.

Le respondí: -Hacia La boquilla-. A esto me advirtió:

-¡No me iría ahí ahorita! ¡Amaneció una balacera!

Como consecuencia de esta aseveración, no llegué a ese destino. Me quedé a grabar con los Nolasco en El Charco, y también pude hacer lo mismo con un famoso coplero en Piedra Ancha, una ranchería vecina: Juan Bracamontes, cuyas noticias había tenido en Tapaextla, Guerrero. Después de Cuaji, me pasé a Huehuetán, y luego a Cruz Grande para terminar esa temporada de grabaciones en el mes de abril.

El repertorio de Ismael

El repertorio de Ismael es bastante singular. Ismael Hernández, a quien conocí en Xochis- tlahuaca en 1963, estando él en el empleo de Recursos Hidráulicos del gobierno federal, y pude grabar con él un variado repertorio de chilenas y corridos, e incluso el Corrido de Adán y Eva. Éste me dijo que había aprendido el corrido con Ismael Añorve, y que este último había rescatado la letra de una hoja suelta y que la acomodó a una melodía que ya era de su repertorio. Así, después de haber realizado todas mis grabaciones con Ismael Añorve, llegó a mi conocimiento que por lo menos una parte de su repertorio ha de haber derivado de hojas sueltas de principios del siglo XX. Parecería que esto explicaría la naturaleza del repertorio que consideramos. No explicó, sin embargo, de dónde procedería su estilo guitarrístico, mismo que conforma bastante bien a lo que creo entender del estilo musical de principios de ese siglo, porque, a fin de cuentas, nadie conoce de primera mano el estilo vernáculo de tocar la guitarra de aquel entonces.

Me parece que su fuerte de Ismael es el corrido, aunque con algunas reservas. La primera es con respecto a sus tempí. Los músicos menos eruditos del repertorio, desde el estado de Morelos hasta la Costa Chica, por lo general adoptan un tiempo flexible, empezando algo lento -bastante lento, si se trata de lo que podría caracterizarse de "tragedia"-, tiempo que va en aumento, especialmente hacia el clímax de la trama, con un rítardando hacia la cadencia final. Ismael adopta un tiempo constante. El tiempo flexible posiblemente tiene antecedentes en la música prehispánica, y en la actualidad uno encuentra este rasgo hasta en la organización de las fiestas jarochas, huastecas, de la región del Río Verde potosina, y yucatecas, entre otras. Los macehualíztl -Ias fiestas multitudinosas de los aztecas de tiempos anteriores a la conquista- se describen en estos términos en las crónicas del siglo XVI. Creo que, a pesar de ser campesino (aún cuando cacique), Ismael debe considerarse erudito.

Otro elemento que llama la atención en todo su repertorio es la forma de amalgamar el requinteo con la función de acompañamiento. Este rasgo es raro entre los guitarristas mexicanos -no me acuerdo de haberlo encontrado por otro lado-. En esto, la técnica de Ismael en su guitarra es muy respetable. También es de comentarse la afinación y encordadura de la guitarra: Quisiera poder ser más explícito a este respecto, pero tengo que admitir que, en la época en que trabajé con él, no tenía la sofisticación necesaria para tomar en cuenta este elemento. La encordadura, sin embargo, es especial, y la afinación de la guitarra más grave que lo normal. Qué tan grave apreciaremos mejor en la canción habanera que escucharemos en un momento. Debe hacerse notar respecto a su hermosa voz de barítono, misma que fue comprometida en algunas de mis grabaciones por los resabios de un catarro. Confirma todo lo dicho anteriormente el hecho que era objeto de visita en su casa en Cuajinicuilapa de los hermanos Ramírez -Agustín, Indalecio y Vidal-, por igual que de Álvaro Carrillo. (Este dato lo tengo de sus familiares.). Es extraño que, con la fama que disfrutaba entre músicos tan connotados, no haya dejado ninguna obra musical como memoria para la posterioridad.

Algunas de mis grabaciones con Ismael

Juan Rodríguez Chanito fue jefe de armas del pueblo de San Nicolás, con el apoyo del gobierno federal y estatal en un periodo que no se indica en el texto del corrido. Es un tanto fuera de lo común, este corrido, en cuanto que éste no fue contrario del gobierno constituido, y acaso esto sea indicio de que se tratara de un héroe post revolucionario. No dispongo de datos respecto a este valiente más allá de los que aporta la letra del presente corrido. El acompañamiento de los versos, aquí, va en las consabidas "chúntatas", de las cuales se conserva presencia hasta en las entradas e intermedios instrumentales con un pulso marcado. Estos son un rasgo francés de la primera mitad del siglo XIX, e ignoro cómo es que llegó a ser un elemento asociado con el corrido moderno, al igual que con el acompañamiento que, propiamente, sería "el corrido". No están presentes los giros ascendiente y luego descen- diente, tan comunes entre los demás corridistas de la Costa -un rasgo conservado de las jácaras del siglo XVI-.

Es curioso que Ismael empleara aquí la misma entrada que escuchamos en el Corrido de Juan Rodríguez Chanito, pero existe en realidad un repertorio de tales entradas que no son especí- ficas de ninguna canción ni de corrido en particular. Su fuerte de don Ismael no es la chilena, pero me grabó ésta, y parte de otra. Como es el caso en general con la chilena, hay un deleite por los dobles sentidos de ribetes sexuales, pero que parece particularmente marcado con él. En esta canción, en ritmo de pasodoble, el enamorado pide a un portero que lleve un mensaje de amor a la señorita objeto de su afecto. Y, aparentemente al protestar el portero que por qué a él le correspondería el hacerlo, responde:

Pero, mi amigo,

yo mucho la quiero,

por ella me muero,

no más por su amor.

He grabado acaso tan sólo unas seis canciones habaneras durante 50 años recorriendo la República, y ésta es un ejemplo señalado. Como es su costumbre, Ismael mantiene el acompañamiento con el ritmo característico del género implacablemente, aún cuando requintea -lo que me parece una verdadera hazaña técnica-. El compás lo ejecuta con la flexibilidad debida -cosa que otros intérpretes de este repertorio no entienden-. En el requisito 2x4, prolonga el primer tiempo, y acorta el segundo, en un genuino tiempo rubato, a la manera de repertorios del Alto Romanticismo. Hay en el ejemplo una corta sección de tres compases de 3x4; secciones en compases diversos son características entre los ejemplos del género registrados en el siglo XIX[2].

El arte de Ismael Añorve

En fin, creo que queda en claro la maestría de Ismael Añorve, una maestría que parecería casi académica. ¿Quién sabe de dónde derivan estos conocimientos: si los investigó formalmente, si conoció a otros maestros de parecidos dotes, si adquirió el estilo de músicos de generaciones de principios del siglo pasado -y si estos fueron provenientes de la Capital, o del mismo rumbo de la Costa Chica-? No pido disculpas por los ruidos extraños en las grabaciones: no hubiera logrado éstas de haber insistido en buscar un lugar más "ascéptico", acústicamente, para obtenerlas. Me parece que este maestro es de los más pulidos y originales con los cuales me he topado en todos mis años de investigación.



1. Otra vez en compás de 3x4, pero aquí es menos marcado. Es un hermoso ejemplo de canción en esdrújula del tipo tan popular hacia principios del siglo XX. La esdrújula es rebuscada, como suele ser el caso en estas cancio- nes, hasta valiéndole del invento de palabras tales como "ignavido", que seguramente deriva de "ignavia", pereza.

[2]. Véanse, por ejemplo, las ediciones facsimilares de La Historia Cantante (1878-1879) y de La Historia Danzante (1873-1874) publicadas en 1961 y 1960, respectivamente.

En memoria de Ismael Añorve