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lunes, 15 de abril de 2024

XENOFOBIA A LO “COSTEÑO”

LA ESQUINA DE XIPE

Es descabellado apoyar a Rafael Navarrete Quezada sólo porque es costeño. Si ésta fuera una razón válida, apoyaría a Gabriel López Ramos, quien también es costeño. Además, es indígena y dice luchar por sus gentes y hasta por gentes históricamente “opuestos” a su gente, los afromexicanos. Al igual que Mario Moreno Arcos, él ya sabe de qué lado masca la iguana anaranjada. ¡Shale! Como que andan choteando a la iguana los naranjos.


En su muro, Gabriel escribió (Se transcribe tal cual, así que las impertinencias y groserías léxicas y ortogramáticas sólo son atribuibles a este Maestro en curso, por el mundialmente desconocido Colegio Español del Sureste S. C. ¡Shale, un indígena tlacoachistlahuaco estudiando en un colegio español! ¡Qué de cosas se han de ver!): «No permitamos que nos sigan viendo la cara. No mas fuereños en la costa chica, que solo aparecen en tiempos de campaña. No permitamos que sigan los mismos de siempre. No mas imposiciones y acuerdos oscuros a espaldas del pueblo. Sufragio efectivo, no reeleccion. Hoy les pido caminar juntos hacia una nueva opcion, nuevo proyecto. Costa chica merece una representacion digna y propia, por ello les pido su voto de confianza y lograr representarte en la camara de Diputados del congreso de la union. Vamos juntos a rescatar costa chica». En eso, se parece con “Rafa”: son antifuereños. Xenofóbicos. O sea: sienten ñáñaras cuando ven a algún frastero porque se les figura que les va a arrebatar lo que creen que es suyo. ¿Es suya la Costa Chica? De chanza y chanza, pa’ reírse. Que se sepa, la mujer de “Rafa” no es costeña, sino frastera, guajaqueña, de Guajaca de Farez. ¿Hay que repudiarla por eso? ¿O es antifuereño nomás cuando le conviene? ¡Ah, que estos xenófobos de pacotilla! También le tira el Gabriel sus directas al “Rafa”:«No permitamos que sigan los mismos de siempre». Es la grilla, y parece divertida, excepto cuando concita el odio.

Hagamos un ejercicio: Pensemos que esa diatriba contra los fuereños y otras similares que enjuagan y conjugan ahora “Rafa” y su equipo van dirigidas al candidato por el PRI a la presidencia de Ometepec Mario Navarrete Gutiérrez, antes del 2 de diciembre de 1989. Más allá de que “ganó” esa contienda por decisión y con el apoyo del gobernador Ruiz Massieu y del coordinador regional del PRI Ángel Aguirre Rivero, para impedir el triunfo de Eloy Cisneros, del PRD, quien encabezara un plantón en las oficinas del Ayuntamiento, el que fue reprimido con el sangriento y sanguinario saldo de un muerto y un desaparecido (Román y Andrés Zacapala, respectivamente) y muchos golpeados y encarcelados, el 6 de marzo de 1990; más allá… es más… antes de su triunfo, si se hubiese aplicado el criterio de ¡A la chingada, los frasteros!, “don” Garrobo… perdón, “don” Mario no debió ser candidato a gobernar ese municipio porque no era de allí, sino un fuereño. Pero, no sólo gobernó una vez en ese municipio, sino dos veces, y fue diputado local. Por el Robolucionario Inst, pues. Y no era del municipio, ni del distrito. Era un fuereño, oriundo de San Marcos, aunque terminó siendo dueño de Ometepec. Paradojas tal que las de las telenovelas de TeleRisa: El negro pobre, aunque corrupto, se casa con la blanquita rica, presuntamente aristócrata. Pase de casta, ascenso y blanqueamiento social peneano (el falo, símbolo del poder masculino en esta sociedad clasista y patriarcal). Pero, lo que le sobró al papá, lo carece el hijo: carácter. Aquel, macho pendenciero y bravucón; éste, pusilánime y blandito, suavecito. Sin carácter, pues. Una ternurita.

El Navarrete joven sigue los pasos del Navarrete viejo: a por los privilegios. Así ha vivido su vida, entre privilegios. ¡Felicidades “Rafa”! Seguro que te los mereces. Pero éste no es un asunto personal, sino un asunto público. Por ello discuto aquí si el criterio del origen, el tal “ser costeño”, es suficiente para hacer una buena elección. Desde ya, respondo que no, que a nosotros, los costeños, nos han chingado, y bien, otros costeños (pregúntenlen [sic] al Ángel Perverso de la Costa Chica, el tal Layo), porque éste no es un asunto de oriundez, sino de justicia. Formamos parte de un sistema injusto, en el que los poderosos abusan y explotan de los pobres. Allí está toda la historia reciente, particularmente la del PRI, cuyos gobernantes han saqueado por décadas el país, el estado y los municipios, y, porsupuestamente, la Costa Chica. Pongamos por caso a Shade, una “amuzga” que ha sometido, somete y someterá a sus paisanos “amuzgos”, en beneficio de sus privilegios y de los de su familia y su grupo. Es decir, no basta con nacer en un lugar o una región para ser un buen gobernante de la misma. Ni es condición establecida en las leyes.

Pero el riesgo que veo en estas circunstancias xenófobas es mayor: Se estimula y se propaga el odio contra “los diferentes”, los “fuereños”, con perversos fines políticos, los de quienes pretenden ganar esta elección para seguir ganando, para mantener y acrecentar sus privilegios, en contra de la población a la que se dice beneficiar. Dicen Edgar Samuel Morales Sales y Guadalupe Isabel Carrillo Torea que: «La xenofobia deriva fundamentalmente del miedo que se experimenta ante los “extraños”, frente a los “ajenos”; del temor no sólo por su presencia física, sino de que puedan intervenir en la vida del grupo y sean capaces de alterarla, ya de manera voluntaria o sin que medie intención determinada. Las conductas que provoca van desde el odio o la repugnancia hacia quienes se considera diferentes al “nosotros”, hasta la intolerancia y la hostilidad contra los que no forman parte del grupo».

Odio, repugnancia, intolerancia, hostilidad, aseguran estos estudiosos. Y estas emociones han sido estimuladas en este sexenio por los opositores. Por ello, este discurso xenófobo costeño no es extraño en Gabriel y en “Rafa” y en “comunicadores”, “periodistas” y “activistas” que se asumen como “costeños”… tendenciosamente. Pienso, ahora, en quienes tienen familiares y amigos en Estados Unidos, donde los trabajadores mexicanos son vistos como fuereños, como quienes les “roban” los empleos y las oportunidades a los estadounidenses, a quienes los tildan de grasientos, de flojos, de irresponsables, de violentos, de sucios, de ladrones, de drogadictos, de narcos, excepto, claro, que sean sumisos y obedientes a la voz de sus patrones blancos. Sin embargo, esa fuerza de trabajo fuereña produce riqueza, y esa no la desdeñan los patrones, sino que la explotan.

En todo esto, tenemos que aprender, maestro Gonzalo Gallardo, a discernir entre lo circunstancial y lo esencial, entre lo accesorio y lo necesario, y respondo a tu cuestionamiento («Por alusiones personales, llamemos a las cosas por su nombre, si tu interés es apoyar a Marco de la Mora, pues solo dilo, sin tanto alboroto…»): Sí, apoyo a Marco de la Mora, porque él es parte del proyecto de la Cuarta Transformación, del proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador, de la candidata Claudia Sheinbaum, a quien también apoyo; porque ese apoyo significa que estoy de acuerdo con que las políticas sociales, económicas, laborales, educativas, diplomáticas, etc., de este gobierno sigan otros seis años más, y que esta transformación radical de la vida política en México continúe; porque, al final, es un apoyo a los más pobres, es un intento de resarcir con justicia el saqueo, el empobrecimiento, la corrupción, las injusticias a que nos sometieron por décadas los gobiernos emanados del PRI y el PAN y el PRD, en sus respectivas oportunidades. De cumplir aquello de: Todos los derechos para todos.

Es decir, es circunstancial si el candidato es Marco de la Mora u otra persona; es esencial que se trate de la Cuarta Transformación; y, es accesorio que sea esa persona precisamente, porque podrías ser tú o “Rafa” o Gabriel, si formaran parte de ese proyecto, el de la Cuarta T, pero no son parte, sino que son enemigos de ese proyecto, y está bien que lo sean, es su derecho; por ello, apoyar a la coalición Sigamos Haciendo Historia es necesario para que la transformación del país continue. En consecuencia, apoyar a Marco de la Mora, apoyar a Claudia Sheinbaum es necesario, porque es apoyar a que este país tenga la oportunidad de seguir siendo un mejor sitio para vivir, porque tengamos una vida más digna cada vez.

Y el alboroto no lo comencé yo, porque a mí no me interesan los reflectores de la fama pública, ni tengo pretensiones de ser electo o ser líder, sino de reflexionar, de opinar, de protestar ante lo que creo injusto, como esta funesta campaña contra los “fuereños”; estoy en contra, pues, de tamaña xenofobia, de concitar el odio, la repugnancia, la intolerancia y la hostilidad contra ellos por mero cálculo político. Claro que esta campaña xenófoba está fundada en la percepción que tienen los de la oposición de que la Cuarta T ganará las elecciones en el Distrito 8: ya ven a Marco de la Mora como diputado federal; de allí, los furibundos y xenófobos ataques y la ridícula descalificación de “usurpador”. Ése es un asunto de la Coalición Sigamos Haciendo Historia, a quién le otorgó la candidatura, y será responsabilidad de los ciudadanos que vayan a las urnas decidir a quién le otorgan la representación de los “costeños” (que ahora se engloba en términos como “afromexicanos”, “indígenas” y “mestizos”) del Distrito Octavo. Mientras, no sólo debemos tener en claro que tenemos que optar entre dos proyectos de gobierno: el de los que no se quieren ir y en el pasado se beneficiaron, a costa de empobrecer a la mayoría, y el de quienes están reconstruyendo, desde 2018, lo destruido por aquellos malos gobiernos, y que han demostrado que sus políticas sociales benefician y deben seguir beneficiando a la mayoría, para salir de la pobreza, del atraso, de la injusticia, de la violencia, de la corrupción; no sólo, pues, elegir entre ambos, sino, además, debemos desterrar de entre nosotros la xenofobia, el odio, la repugnancia, la intolerancia, la hostilidad.

Bien dice el artículo 4 del Convenio 169 de la OIT (que tiene rango constitucional en México): «El goce sin discriminación de los derechos generales de ciudadanía no deberá sufrir menoscabo alguno como consecuencia de tales medidas especiales». Es decir, los pueblos indígenas y afromexicanos de la Costa Chica tienen derechos humanos específicos, pero ello no debe propiciar que sean nulos los derechos de las personas que no lo sean, es decir, que no se auto reconozcan como tales, porque, ya lo sabemos, aunque mucho se pregone que somos un Distrito de afromexicanos, se torció la interpretación que el propio INE había establecido para su integración, porque no se cumplía con el requisito demográfico, y se tuvo que recurrir a la artimaña de sumar a municipios que se consideran indígenas y a las poblaciones mestizas para cumplirlo.

Por la Cuarta Transformación, digo, porque esa pulsión política también haga justicia y combata, hasta erradicar, la insana e infame xenofobia, no sólo en la Costa Chica, sino en todo el país. Nada descabellado, ¿no? 

miércoles, 4 de octubre de 2023

“TATA DIOS” EN CUAJINICUILAPA

(Algunos datos sobre la estancia de Francisco Goitia en Montecillo)    
Eduardo Añorve
CUAJINICUILAPA DE SANTA MARÍA
5 de enero de 2020
 


Cuando Goitia ganó el Gran Premio Internacional de la Primera Bienal Interamericana de Pintura y Grabado de 1958 estaba en Cuajinicuilapa, en la localidad de Montecillo.

En Montecillo, durante unos meses de ese año, a Francisco Goitia la gente lo conoció como Tata Dios, por la larga barba que traía y por vestir de blanco y ser blanquito; además de comportarse como buena gente y parecer venerable.

El zacatecano no se enteró en su momento que por su cuadro intitulado Tata Jesucristo había sido el ganador del primer premio de pintura en la Bienal, organizada por el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Secretaría de Educación Pública y el Museo Nacional de Artes Plásticas, del 6 de junio al 20 de agosto, en las salas de este museo, en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México.

La Bienal fue una exposición nutrida con pinturas y grabados de artistas de Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.
«La importancia de esta Primera Bienal pronto quedó de manifiesto, pues antes de su inauguración despertó las más encendidas controversias entre espíritus al parece increíblemente misoneístas [hostiles a las novedades] y aquellos más abiertos a la comprensión universal del hombre. En este enorme muestreo de la pintura y grabado de todo un continente, de manera elocuente mostráronse las tres corrientes vigorosas que le personifican en materia de arte», según reseñó por esas fechas el historiador de arte Xavier Moyssen Echeverría.

Al evaluar la Bienal, Moyssen escribió: «A nuestro juicio, el lote mexicano estuvo mediocremente seleccionado por los propios artistas concursantes. Sin embargo, lo salvaron, aparte de Goitia, Cordelia Urueta, Juan Soriano, Jesús Guerrero Galván y, sobre todo, los dos cuadros de ese gran maestro que es ya, Guillermo Meza».

Goitia se encontraba lejos de la ciudad capital en esas fechas, cercano a unos cuantos kilómetros del Océano Pacífico, en las cálidas y extensas llanadas de la zona sur del municipio de Cuajinicuilapa, irrigadas por un constante viento del sur, cuyo clima es cálido, pero húmedo.

Según Joel Zapata Montalván, el pintor se hallaba hastiado del paisaje urbano y quería ver un mundo diferente, y que el ometepecense Constantino Zapata López le habló de la Costa Chica; interesado, Goitia decidió explorar estos rumbos para ver si encontraba panoramas que le fueran atractivos.

«Francisco Goitia ganó el Gran Premio Internacional, otorgado por la Secretaría de Educación Pública de México», consignó Xavier Moyssen; curiosamente, en ese mismo certamen también fue premiado Alberto Beltrán por su trabajo de grabado, con el Premio Panamericano, otorgado por la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ilustró el libro Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro, del Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán.

Pero cuando se emitieron esos dictámenes, en julio de 1958, el artista zacatecano ya se encontraba en Montecillo, donde vivía y pintaba, aunque a veces se quedaba a dormir en San Nicolás, localidad cercana a aquella y de la cual dependía. El cantante Tomás Anica Salinas asegura que él, siendo un adolescente, le llevaba la correspondencia a Goitia a Montecillo desde San Nicolás, y que a veces hasta lo trasladaba a él mismo en sus bestias equinas.

«Goitia llegó primero a Ometepec, por ser uno de los lugares más comunicados de la región en ese tiempo —relata a Semanario Trinchera Joel Zapata—; sin embargo, a él no le gustó esta población porque sus paisajes se le hicieron muy comunes y decidió seguir buscando otros, hasta dar con las llanadas de San Nicolás y Montecillo. Precisamente fue el piloto aviador de Ometepec Jesús Pérez, conocido como El Bode, quien lo llevó en su avioneta, y al ver Montecillo, el maestro Goitia dijo que le gustaba y que residiría allí».

Y vivió unos meses en esa comunidad compuesta mayormente por criollos (descendientes de indios amuzgos y mixtecos y de sudsaharianos que fueron esclavizados y traídos, de la cultura bantú-conga) en los cuales predominan los rasgos de estos últimos.

También relata Zapata Montalván que en la ciudad de México, después de que resultara ganador de la Primera Bienal, los funcionarios del INBA y la SEP buscaban a Francisco Gotia sin encontrarlo y sin tener noticia de su vida, ni de su lugar de residencia.

Hasta que «alguien les dio indicios de que el maestro Goitia andaba por Oaxaca», comenta, sin precisar.
Tata Dios estaba en Montecillo. Algunos informantes aseguran que el pintor vivía de manera frugal: Comía una solo vez a día; mandaba a que le guisaran un caldo de pollo en blanco y se lo comía enterito; pero nomás daba una comida al día. 

Montecillo, en esos tiempos, no contaba ni cien casas; incluso, todavía no dotaban a los campesinos (la mayoría oriundos de San Nicolás) de terrenos ejidales, sino hasta diciembre de 1962; vivían y trabajaban en terrenos de sus parientes, los ejidatarios de San Nicolás, a quienes les birlaron esos suelos.
Allí, entre medio de casas de jaulilla y grandes árboles, chiquitillos y animales pululando por las calles, el maestro dibujaba y pintaba todo el día —comentan—, no hacía otra cosa que pintar. Pintó a unas muchachas; a una le hizo un cuadro, el cual le regaló, pero no se sabe qué pasó con él (parece que la familia del pintor lo recogió cuando vinieron para llevárselo al altiplano, aventuran).
Allí vivía ajeno al ajetreo causado por la Primera Bienal.

«Pero nuestra crítica mayor está en contra de la admisión de Atl y Goitia como artistas concursantes; su participación, honrosa, por otra parte, debió ser puramente de homenaje pues restó posibilidades, por razones fácilmente comprensibles, para que triunfaran los otros artistas», escribió, sobre el barullo que causó la Bienal, Moyssen Echeverría.

Y precisó: «La presencia de Francisco Goitia con su ya clásico Tata Jesucristo, no dejamos de comprender que dignificó a la Bienal, mas nos parece injusto el premio que se le dio, no porque no lo merezca un gran maestro como él, pero todos sabemos que su obra extraordinaria obedece, más bien, a un tiempo y un espacio determinados por circunstancias históricas. La obra poética del Hombre se hace y se rehace constantemente, y un estímulo mayor habría resultado tal premio para un Guillermo Meza o a un Juan Soriano que, con su pintura, están rehaciendo hoy la obra del Hombre». 

Sobre la inscripción de su cuadro Tata Jesucristo en esta Primera Bienal, no se sabe si fue él quien lo hizo, o ni si contó con su consentimiento, en el caso de que haya sido inscrito por alguien más.

A decir de Zapata Montalván, fue don Herminio Noyola, oriundo de la vecina localidad de Santiago Tapesla, estado de Oaxaca, y residente en Montecillo, quien le dio hospedaje al artista en su casa.

Una vez que las autoridades de la SEP se enteraron de que el maestro estaba en Montecillo, vinieron a por él. «Vino su familia y se lo llevó; se llevaron todas sus cosas», comentan en la cuadrilla.
Sin embargo, algunos de sus cuadros y dibujos y bocetos y otros enseres quedaron en Montecillo; incluso se dice que alguien propuso a alguna persona cuyo nombre no se conoce: «El viejo barbón dejó esas cosas; ¿por qué no te las llevas?».

Pero «Mauricio Magdaleno, quien era subsecretario de la SEP, ordenó que se trajesen los cuadros de Goitia», asegura Joel Zapata, y cree que «el cuadro quedó en casa de Herminio Magadán, un maestro de Derecho», refiriéndose a la pintura Madrugada en Montecillo, Guerrero (1958).

De los cuadros que el artista pintó durante en esos cinco meses que vivió por acá, de los que se tiene noticia pública, se mencionan tres: Mañana de marzo/Paisaje de marzo, Mañana de mayo/Paisaje de mayo y Madrugada en/Paisaje de Montecillos.



Datos del Fondo documental Francisco Goitia


Rebeca Jiménez Calero, en la Guía-inventario del Fondo documental Francisco Goitia anota:  «Francisco Goitia García nació en la Hacienda de Patillos, municipio de Fresnillo, Zacatecas, el 4 de octubre de 1882. Aunque su padre tenía intenciones de que se dedicara, como él, a la administración de haciendas, Goitia mostró interés desde pequeño por las artes plásticas. Hacia 1898 se trasladó a la ciudad de México y se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes (Academia de San Carlos), donde recibió enseñanzas de los artistas Germán Gedovius, José María Velasco, Julio Ruelas, Santiago Rebull y Félix Parra».


Allí precisa: «Hacia 1944 fue contratado por la Secretaría de Educación Pública como productor de pintura, por lo que se comprometió a entregar una obra al año. Asimismo, se desempeñó como profesor de artes plásticas de niños de primaria. En 1958 se llevó a cabo la Primera Bienal Interamericana de Pintura y Grabado convocada por el Instituto Nacional de Bellas Artes; el jurado, formado por Miguel Salas Anzures, Justino Fernández y David Alfaro Siqueiros, decidió otorgar el Gran Premio Internacional a Francisco Goitia por su obra Tata Jesucristo.

»En ese tiempo, debido a su precaria salud, se le recomendó trasladarse a un lugar más templado y se instaló en Montecillos, Guerrero, donde capturó en sus pinturas varios amaneceres y atardeceres de la zona. A finales de 1959 regresó a Xochimilco con la idea de concretar el proyecto de construir una galería que albergara su obra y para la cual había adquirido terrenos que colindaban con el suyo. Sin embargo, su estado se deterioró aún más y el 26 de marzo de 1960 falleció en su choza a la edad de 78 años».

De acuerdo con esta guía-inventario, el 26 de enero de 1958, Goitia está ya en Ometepec, en el inicio de su incursión a la Costa Chica.

Ya en Montecillo, José Farías Galindo, cronista y y director del Archivo Histórico de Xochimilco, le comunicó por carta (fechada el 20 de junio en esa delegación del D. F.) que fue electo ganador de la Primera Bienal.

El 24 de junio, Zócalo, periódico de la Ciudad de México, publica la nota intitulada Muy enfermo de asma, Francisco Goitia se refugia en Guerrero.

Y el 28 de junio, el noticiero Cine Mundial publica la nota Todavía no sabe Goitia que ganó la Bienal; Jiménez Calero la resume así: «Nota en la que se afirma que por encontrarse en la selva oaxaqueña, Francisco Goitia desconoce que ganó el Gran Premio Internacional en la Bienal Interamericana de Pintura y Grabado».

Pero el maestro no está interesado en esas cosas, pues responde a su amigo y protegido José Farías, en carta datada en Montecillo, el 10 de julio, que «le agradece las noticias inesperadas (el premio de la Bienal) y afirma que no puede decir nada de su regreso, pues está comprometido con su trabajo».

Todavía el 13 de julio, Cine Mundial publica la nota ¡Misterio! Insisten: ¿Dónde está el triunfador de la Bienal?, cuyo resumen es: «Nota en la que se afirma que aún no se ha podido localizar a Francisco Goitia y que posiblemente se encuentre en las selvas de Chiapas o Tehuantepec».

Y el 22 de julio, este medio de comunicación insiste, con la nota Sigue la incógnita... Pero, ¿dónde está Goitia? Ni quién encuentre al triunfador de la Bienal del INBA, la que «anuncia que sigue sin conocerse el paradero de Francisco Goitia y que de no aparecer antes de la clausura de la Bienal, el premio que se le concedió tendrá que ser devuelto al Estado».

Farías Galindo, el 28 de julio «le anexa artículos de El Nacional y Cine Mundial, en donde se dice que si no se presenta antes del 20 de agosto, perderá el premio de la Bienal; además, le comunica que su exposición en la Galería Clemente Orozco está teniendo éxito».

Finalmente, Cine Mundial publica ¡¡Localizado Francisco Goitia!!, que es una «nota en la que se transcribe una carta que envió Francisco Goitia a José Farías Galindo, en la que le comunica que aún no ha recibido notificación oficial del Premio de la Bienal. El pintor se encuentra en el estado de Guerrero»; ello, el 31 de julio.

A mediados de agosto, el maestro Goitia se encuentra en la Ciudad de México; incluso, es retratado leyendo un ejemplar de la edición del día 15 de Cine Mundial.

El 1 de septiembre, se avisa públicamente que «Francisco Goitia regresará a su casa al terminar una pintura en Montecillos, Guerrero».

El 25 de septiembre, El Universal «anuncia que Francisco Goitia exhibirá dos nuevas obras en el Museo de Arte Moderno: Mañana de marzo en Montecillos y Mañana de mayo».

Al final, el 30 de septiembre de 1958, Gotia leyó un discurso al recibir el premio.

Ya no regresó a Montecillo, pero no olvidó a la gente ni al lugar ni a los paisajes en que paseó. En carta a José Ángel Ceniceros, secretario de Educación Pública, fechada el 24 de noviembre de 1958, «le solicita pizarrones, banderas mexicanas y retratos de héroes nacionales para las escuelas de San Nicolás y Montecillos, Guerrero».

Casi dos años después, el Diario de Acapulco, el día 10 de abril de 1960, reportó: Fueron rescatadas las obras de Goitia en la Costa Chica: «Nota sobre el rescate de obras y objetos pertenecientes a Francisco Goitia, que dejó en Montecillos, Guerrero».

Epílogo

Desde algunos años, los lugareños han agregado el nombre del maestro pintor al de su pueblo y lo llaman Montecillo de Goitia.

En 2020, hay personas de Montecillo que hablan de Goitia como si lo hubiesen visto, cuentan anécdotas escuchadas a otros y hasta dicen tener recuerdos sobre él; incluso, un chofer cuyos familiares estuvieron en contacto con Tata Dios recuerda un corrido sobre la estancia del artista en esa comunidad, aunque no recuerda quién lo compuso ni quién lo canta; apenas recuerda algunas estrofas, que canturrea de cuando en cuando, en espera de saber más, tanto del corrido, como de Francisco Goitia García y los cuadros que pintó allí, quien vivió y vive entre ellos, y cuya huella todavía los enriquece.

miércoles, 7 de abril de 2021

DE ESA “EFÍMERA” Y RELEVANTE MÚSICA DE NEGROS CRIOLLOS

[PLATICÁNDOLE A ESTEBA BERNAL POR QUÉ CARLOS RUIZ NO ESCRIBE DE LO QUE SABE, SINO DE LO QUE CREE SABER]


Leo un texto de un etnomusicólogo mexicano sobre formas culturales de la Costa Chica, y noto que se sigue insistiendo, sin probarlo, que no son propias, sino que son ajenas, que han sido inspiradas en otras latitudes, que han sido impuestas, pero no se reconoce la creatividad y el arte en los híbridos construidos a partir de ello (toda forma cultural es producto de cruces e intercruces, claro, no las hay puras), desde el momento en que se mira desde arriba, con desdén, sin rigor, desde el gabinete, apresuradamente, desde una óptica prejuiciosa. Visión turnia, la del Carlos Ruiz, que mira puros subhumanos, desde fuera, sin empatizar, como meros objetos, no como sujetos: imitadores, maleables, sin creatividad. Y, sobre todo, a la música propia, criolla, como la cumbia y el bolero, se le reduce a mera mercancía, pero no se acepta que es una cultura de resistencia, marginal, precisamente frente a, e inmersa, en el voraginoso movimiento de la globalización que todo lo trastoca, despojando a los pueblos, marginales, que venden los productos de su arte, pero no su esencia, no su espíritu, sino que resisten, no se acomodan ni se adaptan sin imprimirle características propias, locales, inquietantes, incómodas, independientes, que el estudioso no quiere ver ni aprecia.

Lo primero que le dificulta a Carlos Ruiz atisbar lo que ve (aunque tal vez sea más propio escribir: lo que escucha) y penetrar en su significado, es un prejuicio: en su análisis sigue utilizando un concepto anquilosado e impreciso, el pretendidamente correcto, pulcro, objetivo e imparcial afrodescendientes, categoría discriminatoria que estampa en el título de su disertación para ordenar su texto a partir de esa columna vertebral, que construye con artificiosidad y afectación —digamos— académica: «Al filo de la globalización: localidad regional y expresiones musicales afrodescendientes de la Costa Chica». Este artículo es el primero que aparece en el libro Etnomusicología y globalización. Dinámicas cosmopolitas de la música popular que publicó El Colegio de la Frontera Norte en 2020. Además, induce un choque semántico al insertarlo (arcaico y fósil, como es) en un contexto pretendidamente actual, el de la globalización reciente. Afromestizos es un concepto que discrimina porque no ubica territorial ni históricamente a esos sujetos (o a ese sujeto colectivo), quienes se consideran mexicanos, a mucha honra y orgullo, y prefieren antes llamarse negros (nada qué ver con ése de muy en moda rollo panafricanista ni de orgullo negro gringo, ni entelequias que se le parezcan) que afromestizos o afromexicanos. Negros criollos, de la Costa Chica. Ubicados en México, en el término afromestizo, lo mestizo (inasible) devora lo afro (no es gratuito que en la Constitución se estampara el afromexicano).

Ya entrado en la justificación de su des-atisbo, o marco teórico, Ruiz Rodríguez, enrédase lindamente con esos hilos discursivos (aparte de que su sintaxis tiende a lo confuso e impreciso, crítica que ensarto aquí por tratarse de un artículo académico y, por ello, pretendidamente científico o teórico): «En el acercamiento podrá advertirse que esta región, si bien fuertemente influida en lo cultural desde mucho tiempo atrás, mantiene en su tejido social arraigadas tradiciones culturales que dan cuenta de una perenne localidad regional», anota, en la introducción de su ensayo. Primero: ¿Hay alguna región en América que no sea una región «fuertemente influida en lo cultural desde mucho tiempo atrás»?, ¿la hay en la Europa, en el África o en el Asia?, ¿o es sólo la Costa Chica? Tampoco queda claro a qué se refiere con «mucho tiempo atrás». ¿Desde la llegada de los frasteros, en el XVI? ¿Desde la llegada de los frasteros y estudiosos, a mediados del XX? Esa perpetua, permanente, continua, incesante, imperecedera e inmortal «localidad regional», ¿sigue siéndolo después de haber sido «fuertemente influida y, con ello, cambiante, en lo cultural desde mucho tiempo atrás»? ¿Cambia sin alterarse? A fuerza de dudas, sigamos leyendo. Paciencia, y nos iluminamos.

Expone, luego, sus pretensiones, entre las que llaman la atención dos: «…la agencia tecnológica como alternativa a la escasez de músicos tradicionales; el surgimiento y permanencia de expresiones musicales locales a partir de influencias en la región». Es decir, afirma que existe una «escasez de músicos tradicionales», y que son sustituidos por la «agencia tecnológica»; entonces, ¿qué es eso que no define y que sí enuncia como «agencia tecnológica»? Además, que han surgido y permanecen expresiones musicales a partir de influencias. Y al explicar esas pretensiones, vuelve al término afrodescendientes, ahora utilizado para referirse a los frasteros, los que llegaron, la población que descendía de africanos, cuya población «jugó un papel central como portadora, generadora y reproductora de estas expresiones». Tampoco deja en claro qué o quién es un músico tradicional, de esos que escasean ahora, según dijo. Ya se enredó, y me enredó. ¿Eran los mismos sujetos, esos que jugaron ese papel central (involucrados en los tales viajes de ida y vuelta) con quienes, viviendo aquí, fueron fuertemente influidos desde mucho tiempo atrás por aquellos que llegaron en tales viajes?

«Luego de la llegada de los primeros africanos en épocas coloniales, el paulatino amasijo histórico de su cultura se fraguó a partir de una permanente convivencia entre castas cuyos referentes culturales africanos fueron base, ingrediente o aderezo de una diversidad de expresiones músico-dancísticas. De esos diálogos resultaron manifestaciones diversas que hoy se consideran representativas de la cultura afrodescendiente de la Costa Chica: danzas de raigambre religiosa como diablos vaqueros, o bailes de orden festivo como el fandango de artesa o los bailes de hoja y tarimba dan cuenta de ello (Ruiz, 2009)». ¿Se consideran representativas?, ¿por esa comunidad? No lo explica. ¿No será él quien las considera representativas? ¿A la gente de qué poblaciones concretas, localidades, representan los diablos, los vaqueros, el fandango de artesa y los bailes de hoja y tarimba?, ¿de qué municipios? Acoto: hubiera preferido yo que acudiera a conceptos más precisos, como relevancia social, o algo así, pero el académico y sabihondo es él. Dos observaciones: ¿omitió a propósito el corrido local, la chilena, la cumbia y el bolero criollos, o estos no son representativos, o estos no tienen «referentes culturales africanos» en su base? Otra anotación: sustenta su afirmación de que ésas son las danzas representativas en su propio dicho, en su mero criterio; de allí la auto-cita. O, ¿el corrido, la chilena, la cumbia y el bolero criollos sólo son músicas y no danzas?

Párrafos después, nuestro Carlos Ruiz rehace, para ampliarlo, este inventario: «En el entorno costeño, la cultura musical afrodescendiente se compone de una diversidad de tradiciones musicales y músico-dancísticas, que pueden comprender expresiones de antigua prosapia, principalmente transmitidas entre generaciones por tradición oral (artesa, diablos, tortuga, toro, mariposa, doce pares, moros, apaches, sones, etc.), por medios escritos (diálogos y relaciones de danzas, parabienes, etc.), o bien, más recientes, transmitidas prioritariamente por vía mediática (cumbia, charanga/merequetengue/guaracha, reggaetón, etc.), o una combinación de las anteriores (chilena, corrido, repertorios de banda de viento, etc.). En la Costa Chica estas expresiones forman parte del ciclo vital colectivo e individual, que recuerdan la propia historia, configuran identidades y tejen lazos sociales, entre otras importantes funciones». Hay que echar de ver que ahora este erudito olvidó incluir en ese repertorio al de tan «antigua prosapia» bolero, no sólo el condensado en los que escribió con excelente arte y maestría ese negro que fue don Álvaro Carrillo, sino, además, el que se ha concebido, escrito, musicado y compuesto e interpretado y enraizado bolero que comienza con Cirino Arellane’ y Bertín Góme’, como Mientes tú y Soledad, ambos paridos en 1974 (días más, días menos), probablemente porque estas canciones criollas no se cantan ni se escuchan ni se disfrutan en el inasible ente que es la academia,  sino en vulgares bailes colectivos, cantinas de cerveza, mujeres y rocola o cocha-que-se-traga-las-monedas, casas de gente que no gana más de seis mil al mes, taxis y combis de servicio colectivo, etc., a lo largo y a lo ancho y a lo profundo de ese ente concreto que nombramos Costa Chica, por amuzgos, negros criollos, mixtecos, mestizos, triques, zapotecos, “mestizos”, y hasta por afromexicanos y afromexicanas y afromexicanes y afromexican@s y afromexicanxs (llamados estos así por la mágica acción de auto adscribirse y volverse visibles a la tendencia globalizadora de pertenecer a alguna minoría marginal en la que se les enclaustra, como en el tal apartado C del artículo segundo de la Constitución, por mandato e imposición de organismos internacionales y de gobiernos mexicanos, sobre todo del federal y de los estatales, para alejar supersticiones ligadas al atraso y la pobreza, pero inservibles).

Y sigue, nuestro Carlitos: «Hoy en día es ampliamente perceptible la participación de estas expresiones músico-dancísticas en las festividades colectivas con las que están relacionadas». ¿Antes no era «ampliamente perceptible»?, o, ¿antes no nos visitaban ampliamente los etnomusicólogos? Digo, él, que habla del «tiempo viejo», debe haber escuchado que en aquellos ayeres el corrido era otro corrido: con mayor duración (horas, y hasta días, para contar una historia ocupaban un corridero y luego otro y luego otro, alternándose, bebiendo agua tibia con miel para no dañarse la garganta, y en derredor, un montón de hombres adolescentes, jóvenes y viejos bebiendo aguardiente y bailando entre ellos y con alguna mujer de las llamadas alegres y de gusto), con otra cadencia, con otro tiempo, con más belleza en sus letras.

Y hablando de tiempo nuevo, de lo actual, este investigador incurre en pifias inexplicables, como cuando asegura que: «La tecnología actual –básicamente los medios de grabación audiovisual incorporados a los teléfonos celulares– ha permitido el registro local de una gran cantidad de celebraciones comunitarias, lo cual ya por sí mismo es relevante; sin embargo, lo que es aún más interesante es la proyección casi inmediata de estos registros por medio de plataformas como YouTube»; curiosamente, no menciona a Facebook, el vehículo más relevante para esta nuestra sociedad ambidiestra, que tiene un ojo en El Norte y otro en su pueblo, en la Costa Chica, y a través del cual se realizan innumerables comunicaciones e intercambios cada día. Ahora, hasta la antaña gente del tiempo viejo tiene fei’ para comunicarse con sus hijos, parientes y amigos. ¿Lo ignora el académico?, ¿lo menosprecia por vulgar y villano (de quienes viven en los villorrios nuestros)? Sólo él sabe. Y continuamos con tales y cuales dudas suscitadas por la lectura de su ensayo o texto académico. Pero él también tiene dudas: «Al parecer, las festividades y sus expresiones músico-dancísticas colaboran a apuntalar identidades entre los migrantes costeños del norte, que residen en el estado de Carolina del Norte o en California, Estados Unidos». La chaña, con eso de «al parecer», no porque dude, sino porque afirma y confirma que ni él está convencido. Y la paisanada no está sólo en esos dos estados, sino en un chingo más. Pero hay que cuestionar aquí su afirmación de que esas expresiones músico-dancísticas, que él señala como esenciales para las gentes de la Costa Chica que migró hacia allá, «colaboran a apuntalar identidades entre los migrantes costeños del norte»; pregunto: en el Norte, ¿nuestros paisanos realmente requieren de esas expresiones para no dejar de ser costeños, o afrodescendientes de la Costa Chica, o lo que se le parezca? Es decir: si la mayoría emigró siendo mayor de edad, ya formados como personas, como costeños, con sus identidades locales construidas y enraizadas; ¿cómo, entonces, podrían dejar de desidentificarse como costeños, por ejemplo? ¿Se quita allá lo aprendido por esas personas durante su dos primeras décadas de vida?, ¿se diluye? Además, en los años ochenta, cuando ocurrieron migraciones importantes, dado el empobrecimiento de la gente y la búsqueda de alternativas económicas para sobrevivir, la tecnología (de hace treinta, cuarenta años) no permitía una intercomunicación tan rápida y profusa. ¿’tons qué, mami? Digo, son dudas de uno.

Se referirá luego al toro de petate, pero eso no me incumbe aquí, y paso a mirar el apartado que titula Un Mar Azul: desvaneciendo fronteras musicales. Una de las primeras dudas que vienen en su lectura es: ¿Por qué habla de merequetenguecharanga y guaracha, sin utilizar la palabra cumbia, dado que es ésta la protagonista en los títulos de las canciones (y de sus letras) del Mar Azul y del modo en que conceptualiza esta música entre nosotros? «En tiempos más recientes, un caso representativo que afloró de los diálogos que esta región ha mantenido con el exterior es la expresión musical que hoy se conoce en la Costa Chica como merequetengue, también llamada charanga guaracha», escribe. Pero sólo en el CD Megamix de merequetengues (Discos El Puma) se utiliza esa palabra para englobar las cumbias marazulinas. Y lo que es pior: Pa’ definir esa expresión musical sí recurre a la entrada «Cumbia mexicana» de Wikipedia. No tiene uno nada contra la tal enciclopedia digital, pero, ¿le dio flojera consultar textos más —digamos— académicos? Lo más pior es que lo cita, o sea, deja la huella, que ni el gato. En esta afirmación, Carlos Ruiz enfatiza que la cumbia criolla, de la Costa Chica, viene de fuera. Parece que no leyó el libro El mar de los deseos, de tata Antonio García de León. Lo mucho muy pior es que cita a este libro como una de las fuentes de estas elucubraciones tropicales (por aquello de que a esta música se le relaciona con este término, tropical). «…hacia fines de la década de 1960, la influencia de algunos grupos colombianos se dejó sentir en puntos estratégicos del país, principalmente en la capital y en grandes centros urbanos, como Monterrey. […] Tal es el caso de la Costa Chica, donde surgieron varios grupos musicales a partir de su influencia; uno de ellos, quizá el más conocido, es el conjunto Mar Azul». Cierto, pero incompleto: la cumbia criolla no se inspiró en lo sucedido en la capital Tenochca, ni en la árida Monterrey, sino en Acapulquito, precisamente en las personas que integraban el mítico Acapulco Tropical, los llamados El Monstruo del Trópico, por cierto. Es decir, no fue una influencia directa de las playas marinas colombianas, sino del mar sagrado acapulcano. Allá fueron a nutrirse y contagiarse de esos ritmos los primeros músicos costeños, como don Cirino Arellanes (a) Cirino Arellano, del también mítico Corralero Navy; allá, también, en Acapulco, compró sus aparatos para formar su grupo en Corralero, precisamente; incluso, él dice que dos de sus integrantes y alumnos (los hermanos Bernal) migraron hacia Chacagua, donde se incluyeron en el naciente Mar Azul, fundado por Jesús Hernández Salinas, acompañado de José Tornez, Márgaro Larrea y Bertín Gómez García. Al tiempo que el Corralero grababa y popularizaba su bolerito Mientes tú, el Mar Azul grababa un disco de 45 rpm con Soledad(de Bertín), en la cara A, y Cumbia del Mar Azul (de Jesú), en la cara B. Era 1974.

Menciona, también, Carlitos Ruiz que «sicos como Alejo Durán, Humberto Pavón (Grupo Cañaveral), Lucho Argaín (Sonora Dinamita) y Alfredo Gutiérrez (Corraleros de Majagual) formaron parte de este ímpetu. En el caso de la Costa Chica, su visita a importantes polos regionales, como Acapulco o San Marcos, dejaría una huella profunda en el gusto regional». Neta que se pasa este académico. Cuando los colombianos llegaron a estas tierras, ya había música criolla local sonando, y no por haber sido inspirada por ellos, sino por músicos como Mike Laure. Pero (algo más inexplicable en este investigador de gabinete) es la ausencia del nombre de Aniceto Molina, quien se sumó a la ya muy relevante Luz Roja de San Marcos (en cuyo primer disco apareció como Luz Roja de Acapulco, para aprovechar el movimiento que ya había iniciado El Acapulco), y la Luz era un conjunto musical que ya tenía su estilo y sus éxitos, basados estos en los boleritos de Régulo Alcocer, al que unos meses después se sumaría Domingo Valdivia. Una de sus canciones más relevantes en su época precolombiana de la Luz fue Mi gran dolor (del mero Régulo), además de cumbias como La burra bronca y de su versión de La sanmarqueña (fusión de cumbia y chilena, como las fusiones similares que hicieron Los Magallones, quienes tenían una tradición añeja que entroncaba con la música de Cuba, como puede colegirse de canciones como El negro de la Habana o la mención de la jicotea en algunas de sus canciones). Allí, en San Marcos, Aniceto vendría a darle a la música de la Luz Roja un toque más cercano a la de Corraleros de Majagual y de otros grupos colombianos similares, híbrido que llamaron cumbia colombia-mex.

Y hablando de ese primer Mar Azul, nuestro estudioso afirma que: «A la usanza de los grupos tropicales de la época, el ensamble instrumental se conformaba por requinto, güiro, bajo, tarolas, acordeón y una o dos voces; básicamente el repertorio se componía de cumbias, combinadas con baladas y boleros». Aunque no aclara qué entiende por «grupos tropicales de la época», porque Mike Laure y sus Cometas, que él investigador menciona, utilizaban acordeón, clarinete, saxofón, güiro, congas, guitarra eléctrica y batería acústica. Por cierto, Wikipedia asegura que la batería acústica de Mike «…fue parte del sello definitivo de la cumbia mexicana, pues era la primera vez que se interpretaba cumbia creando la base del ritmo con los bombos, toms y platillos de la batería, signo definitivo característico de los grupos tropicales de los 1970’s». Mar Azul, y la mayoría de los grupos de cumbia y bolero criollos de la Costa Chica, utilizaron y utilizan las tarolas para construir sus bases rítmicas. La excepción es la de Los Magallones, quienes integraban desde mucho antes instrumentos de viento, como pistón, saxofón, trombón y trompeta. Y tocaban música tropical, además, como la misteriosa Pata cambá.

Y, pues no, tú. Los dos primeros discos de larga duración del criollo Mar Azul (Soledad, que grabó con AMS Records, y 15 éxitos del Mar Azul-Yo, El Negrito Vacilador, grabado con Discos Orquídea) no incluyen baladas, ni una. Por cierto, su primer disco fue Soledad, no el que grabaron con Discos Orquídea (como asegura el estudioso que estudiamos), éste fue una recopilación de éxitos. Hay cumbias (La güeritaCumbia del Mar Azul—con acordeón sonante—, Pájaro cardenalMe acuerdo del besito —con acordeón—, La vida del pescador Las florecitas) y boleros (Soledad —con un acordeón desafinando—,  Amigo míoCecilia y Amor de los dos —que no es propia, pero que se la apropia Bertín); baladas, cero. En el segundo LP están las cumbias Yo, El Negrito (con acordeón), El chupacosasLa ZacateraAl ritmo del bajoMaría TeresaGloria (con acordeón), La Diabla (con acordeón), Perico locoCumbia Mar Azul (con acordeón), El borrachitoMaría DoloresPorque te quiero y Mi paseo en Chacagua (con acordeón); y los boleros Amelia (con acordeón) y Flor Silvestre (con acordeón); será hasta que llegue Esteban Bernal (por invitación de José Tornez. No tenemos acordeonista, vente a tocar nosotros, dijo Esteban que le dijo José) cuando el acordeón sea protagonista en el Mar Azul y, después, en los múltiples Mar Azul que se desprendieron de este primitivo conjunto musical (a excepción de la agrupación que, a mediados de los años noventa, abandonara Esteban, la cual acudió a los teclados para sustituir el acordeón, y sería con la reinclusión de éste cuando el ahora Internacional Mar Azul volviera a este instrumento). Por cierto, eso de El Negrito Vacilador es el apodo que le daban y asumía don Jesú en vida.

Dice otras cosas desafinadas el señor Ruiz, pero, para ya no aburrirme, voy a referirme solamente a una afirmación sobre la música del Mar Azul: «Un rasgo peculiar de esta música tiene que ver con el estilo, caracterizado por una mezcla de formas musicales diversas que acompañan a letras hilarantes en las que se combina el agudo sentido del humor local con la admiración y apego a la propia tierra y su naturaleza». He escuchado centenares de canciones suyas (durante cuarenta y tantos años, aunque en esta última semana he estado atento a ellas durante varios días y a toda hora) y no he encontrado una que mueva a risa, a pesar de que algunas son chuscas y chistosas o irreverentes, y hasta groseras, o incursionan en un lenguaje de doble sentido, algo común en la música popular de todas las latitudes mexicanas. Si fuera el caso, hilarantes tal vez lo sean algunas canciones del grupo Fandango Costeño, como La mosca coquetaLa casimira y El cotorro, o de Los Cumbieros del Sur, con El perico de ToñitaEl indito y El palito de Marañón, o la ya mencionada La burra bronca. En fin.

Para que no se vayan a confundir con falsos imitadores, decían los del Internacional en sus presentaciones para acusar como oportunistas y espurios a los demás Mar Azul que abundaron después del éxito de Me voy pa’ Carolina (la gente quería ver a Esteban, escuchar y bailar su música). Este texto fue iniciado unos quince días hará, antes de que Esteba falleciera. Ahora le devuelvo al amigazo las palabras que canta en la canción La diabetes, enfermedad ésta que él padeciera: Ya le pegó la diabeti’/ a su amigo Esteban Bernal;/ ya se va pa’l otro mundo,/ ya no les puede tocar.// Yo me voy de aquí,/ voy al otro mundo,/ yo voy a tocar/ donde no me vea ninguno.


[SEMANARIO TRINCHERA · Eduardo Añorve · Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro. · 2 de abril de 2021]

sábado, 21 de noviembre de 2020

Los masacrados de la Revolución en Costa Chica

Aunque el movimiento social conocido como la Revolución Mexicana, encabezada por Francisco I. Madero en contra de Porfirio Díaz, inició en 1910, en esta zona de la Costa Chica fue el lunes 17 de abril de 1911 cuando los revolucionarios bajo el mando de Enrique Añorve Díaz conquistaron Ometepec, apoyando el Plan de San Luis; en esas fechas, Ometepec era cabecera del Distrito de Abasolo, es decir, era la plaza política y militar más importante.

Durante la tarde de ese día, insurrectos de Ometepec, Acatepec, Igualapa, Juchitán y Huehuetán, con armas en la mano y necesitados de justicia, después de una batalla, se apoderaron de la plaza y la ciudad, con la intervención tardía de Añorve Díaz, en compañía de la gente de Cuajinicuilapa —comandada por Teodoro Aguirre—, quien había preparado este movimiento en la región y quien había prometido a algunos de estos pueblos recuperar sus tierras comunales, de las que habían sido despojados ilegalmente por ricos caciques, ganaderos y comerciantes del lugar. Añorve Díaz había permanecido en La Escondida (hoy Punta Maldonado) por temor a represalias del recién nombrado jefe político Manuel García, quien tuvo noticias previas al alzamiento.

Después de conseguir la derrota de las fuerzas porfiristas, los campesinos de Igualapa, Huehuetán y Acatepec se dedicaron a cumplir con uno de los puntos del Plan de San Luis, consistente en recuperar los títulos de propiedad que amparaban sus tierras comunales; estos títulos servirían para que el gobierno de Madero tomara cartas en el asunto y resolviera que los campesinos volvieran a tener la posesión legal de sus tierras. 

Durante un mes, los campesinos se dedicaron a recuperar sus títulos, dispersados mayormente en Ometepec y en Pinotepa Nacional, Oaxaca, lugar cual acudieron los igualapanecos por ellos; para poder recuperarlos, recurrieron a las armas ante la resistencia de algunos «dueños» para entregárselos: en ambos bandos hubo muertes. Inmersos en esta dinámica, y sin haber recuperado totalmente sus títulos, el 17 de mayo, los huehuetecos, por su parte, mataron a José Medel —rico de Huehuetán— e intentaron, con los igualapanecos, asaltar el Ayuntamiento de Ometepec; además, recuperaron las últimas escrituras faltantes, sin consentimiento de Añorve Díaz.

Otra de las decisiones propias tomadas por las autoridades revolucionarias de Igualapa fue ordenar a los terratenientes la suspensión del cobro a labriegos, el 24 de mayo. En tanto, los terratenientes de Ometepec conquistaron la voluntad del jefe del movimiento, Enrique Añorve Díaz, para que rescatara y les devolviera esos documentos, que se encontraban en manos de los revolucionarios igualapanecos y huehuetecos: el 29 de mayo, en su calidad de jefe de armas, mandó publicar un aviso, que se convertiría en un vaticinio de lo que sucedería unos días después: «Que SERÁ PASADA POR LAS ARMAS toda persona que… se dedique a cometer abusos, que estén en pugna con los principios y defensa de la causa que se persigue, tales como TRAICIÓN, RAPTO, FORZO, ROBO, ASESINATO, etc.».

José Manuel López Victoria lo justifica así: «La ola de sangre y los desmanes cometidos por sus seguidores, apesadumbraron al jefe Enrique Añorve y procedió a aumentar sus efectivos con voluntarios del Distrito que convergían en Ometepec, a fin de responsabilizar de sus actos a los sostenedores del orden que se proponía imperara. Entonces nombró a sus oficiales y por aclamación, don Enrique fue reconocido como general de la Revolución… Esa aversión [entre Añorve Díaz y los huehuetecos e igualapenecos] era recíproca, pues el líder del movimiento revolucionario en la Costa Chica alimentaba hondo resentimiento contra los igualapanecos y huehuetecos, que pisotearon su autoridad y exigieron bajo presión de los fusiles las escrituras a los poseedores de tierras labrantías».

Así, el 11 de junio de 1911, luego de que regresaran sus fuerzas militares de Acapulco y luego de haberlos citado telefónicamente con el engaño de que iba a devolverles algunos títulos de propiedad faltantes, Enrique Añorve tomó presos a 19 campesinos, entre ellos a los principales de Igualapa, les exigió los títulos de propiedad de los terratenientes, los cuales fueron devueltos a sus «dueños». Después, los mandó matar, sin juicio de por medio, atados de manos, en zona despoblada, a cargo de dos fracciones ejecutoras: «…una tomó el camino a Igualapa y la mandó el capitán Teodoro Aguirre; mientras la otra siguió el rumbo de Lo de Soto, estado de Oaxaca, bajo la vigilancia del de igual graduación, Eligio Estévez», escribe el mismo López Victoria.

Según Epigmenio López Barroso, «fueron fusilados Raimundo Timoteo, Presidente Municipal de Igualapa; los Regidores Pedro Estévez y José Espiridión Cervantes; y los señores Evaristo E. González, José Domínguez Castañeda, Zenón Hesiquio, Vidal Martínez, Juan de los Ángeles, José Cecilio Domínguez y otros, todos de Igualapa: Francisco Sosa, de Acatepec; y Domingo Guzmán, de La Soledad, por exigir el reparto de tierras programado por el movimiento revolucionario de 1910».

Agrega López Victoria: «Este último, revolcándose en su propia sangre y no obstante de haber recibido el “tiro de gracia”, al quedar abandonado con los cadáveres de sus compañeros de infortunio, sobrevivió providencialmente y, arrastrándose entre la maleza, pudo ponerse a salvo. Se trasladó a Igualapa y fue portador de la triste novedad de la pérdida de los caracterizados ciudadanos de ese pueblo». E informa: «Por su parte Estévez, en el camino de Ometepec a Lo de Soto envió al paredón a los capitanes Vicente Domínguez y Clemente Martínez, al teniente Nicolás Carmona y a los señores Aristeo Juárez, Marcial y Manuel Álvarez, Pedro y Juan Marroquín y Domingo Guzmán, este último nativo de La Soledad».

Esta masacre fue el comienzo de una ofensiva emprendida por los terratenientes de Ometepec en contra de la revolución de los campesinos de Guerrero por recuperar sus tierras comunales; la ordenó quien, primero, fue su líder, el maderista Enrique Añorve Díaz.

Según el historiador Renato Ravelo, «a partir de este suceso, los grupos campesinos no pudieron radicar más en sus pueblos, buscaron campamentos, refugios y las formas de sobrevivir en el monte. Recorrieron toda la costa buscando organizar a sus colegas antiterratenientes y los encontraron en Azoyú, Cuautepec, San Luis Acatlán, Copala y Tecoanapa, donde las represalias de los terratenientes también habían obligado a los grupos más rebeldes a mantenerse sobre las armas; juntos ahora golpearon a ricos y caciques».

En el caso de Cuajinicuilapa, el movimiento de los pueblos para recuperar sus títulos no tuvo eco; sin embargo, los insurrectos sí incursionaron en la zona, causando daños en la hacienda Miller: «El ganado disminuyó sacrificado por los revolucionarios. Los indios mataban las reses sólo para utilizar la grasa. El cuero y la carne se pudrían en los campos o servía como alimento a los zopilotes ahítos. Los campos sembrados de algodón fueron arrasados. Ni un petate de algodón volvió a ser introducido a la casa de la Hacienda. Las máquinas desmontadoras fueron destruidas», según Aguirre Beltrán. Los zapatistas cuijleños entrarían a pelear las tierras contra German Miller, el terrateniente, hasta 1913.

Por su parte, Añorve Díaz, amargado y decepcionado por los malos tratos recibidos por Madero y los Figueroa, quienes encabezaban el movimiento en Guerrero, viajó a Puebla, donde murió de pulmonía el 30 de diciembre de ese año, dejando trunco su deseo de seguir en “la bola”, ahora bajo el mando de Zapata.

Sobre este final, anotó López Victoria: «También analizó Añorve las injusticias cometidas por la Revolución triunfante para con sus espontáneos y esforzados soldados que, en su mayoría, se encontraban sumidos en aterradora pobreza por haber perdido sus propiedades al levantarse en armas. Y, consecuentemente, el propio jefe costeño escribió desde la Angelópolis al capitán Rafael Guillén, que residía en Ometepec, y le previno que entrara en pláticas con los principales dirigentes del pueblo, con la finalidad de reorganizar a las antiguas fuerzas maderistas para que, una vez armadas, se alistaran a revolucionar bajo la bandera e ideales de Emiliano Zapata, tan pronto como Añorve regresara a la Costa Chica y a donde se dirigiría».


 [20/XI/2007]

lunes, 4 de diciembre de 2017

Pa’ ser músico se requiere gracia

Entrevista con el músico Pedro Jesús Hernández López
Eduardo Añorve
Cuajinicuilapa de Santamaría, Gro.
20 de octubre de 2015
[Hace unos días falleció este músico cuileño. Se publica este texto, en su memoria.]



Jesús Hernández López fue músico de una banda durante 23 años, desde mediados de los años 50 del siglo pasado hasta un poco antes de concluir la década de los 70. Quería tocar el saxofón y terminó tocando la batería, por falta de dinero para comprarlo, así que la gente lo llamó y lo llama como Jesú’ ‘Batería’. Tocó con La Alondra Costeña danzones y cumbias. Y ahorró: con lo que ganaba como músico fue comprando ganado, y ahora vive de sus animales, dice. También asegura que para ser músico no sólo se requiere aprender, se requiere nacer con eso, se precisa tener gracia también. Tocó con varias orquestas, incluidos los famosos Magallones. En el corredor de su casa, en el antiguo Barrio del Gato, este músico criollo nos platica cosas de su vida y su obra.

–Su nombre es Jesús...
–Me conocen de Jesú’, pero mi verdadero nombre es Pedro Jesú’ Hernánde’ Lópe’.

–Criollo de Cuaji...
–Sí.

–¿Cuántos años tiene?
–No, yo ya ‘stoy viejo que la chingada... no te lo imagina’...

–Debe andar por los ochenta, ¿no?
–Ya los ando acompletando. Me falta, para cumplí’ los ochenta... ahora en este julio que viene, el 29 de julio acompleto los ochenta.

–¿Y va a haber fiesta?
–No, qué fiesta, yo ya no... te voy a decir la pura verda’... yo ya no aspiro, de fiesta, yo, mi dedicación es a cuidar mis animale’, la’mor es mij'animale’.

–Usté fue músico, ¿qué instrumento tocaba?
–No, a mí no me gusta decir mentira. Yo estudié el método porque a mí me gustó mucho el sarsojón, pero en esos tiempos, cuando terminé el método, mi papá se abrió: agarró otra mujer y los abandonó. Entonces, me dijo el maestro que los ‘taba enseñando el método: ‘Mira, a ti te veo voluntariamente que tú... te nace de músico, pero el estrumento no hay quien te lo compre. Vamo’ hacele lucha a la batería’. Así que yo me dediqué a tocá la batería...

–¿Era muy caro el saxofón?
–N’ombre. En ese tiempo no valía ni 4 mil pesos.

–¿Cuántos años tenía en ese tiempo?
–Unos 16 años.

–Aprendió aquí; ¿y quién era el maestro?
–Mira, a mí me enseñó el dejunto Israel Ventura; luego, despué’, llegó un maestro que se llamaba ‘Chucho’, de México, y ese los acabó de enseñá’. Porque no nomás de agarrá’ la batería, debes aprendé’ el compás, es lo precisante. Va.

–¿Y con qué grupos tocó?
–No, mira, no fue un grupo, fue una orquesta que quizá la haigas oído mentá’, se llamaba La Alondra Costeña.

–Sí, la oí tocar...
–Ah, bueno. Yo, de mi parte, duré 23 años pero con Sabino, pero cuando me invitaba mi pariente Criserio, el de acá, de Llano Grande La Banda, me iba yo con ellos, cuando no teníamos chamba aquí; o si no con los de acá de Guajintepé; si no, con los esto’ canijo’ de... Los Magallone’.

–¿Tocó con Los Magallones? Ellos se hicieron muy famosos, ¿no?
–Ándele. No, esos cabrone’ se dieron a resoná, es cierto... y todos los de mi grupo se murieron ya, ‘l’único que estoy vivo, yo, y Ifraín Flore’, pero Ifraín Flore’ no la hizo. En su cara se lo dijo un maestro: ‘Hay hombres que les nace de ser músico’, pero no tienen gracia; pero eso quiere gracia…’.

–También fue baterista Alfredo...
–Alfredo Colón, nomá’ que Alfredo se hizo egoísto con el dejunto Sabino, se apartó...

–Ya no quiso tocar con él...
–Ya no.


–¿Y qué canciones tocaban?
–Mira, puro’ danzone’... danzone’ y cumbia’, pero allí mandaban ello’ a pedí allá, a México, a la Casa Blanca, y ya venían escrita’...

–Las partituras...
–Exactamente...

–¿Leían notas?
–No.

–¿Quién de ellos leía?
–Este... ¿cómo se llamaba, hombre? José... no me acuerdo de qué José... porque había tres trompetista’: éste de aquí, que era Sabino; luego, uno de Guajintepé; y otro de acá, de... Sinforiano, se llamaba, pero este canijo era de Guaxaca...

–Los tres eran de fuera...
–Sí, nada más que supieron congeniá con uno, y por eso tardaron mucho tiempo aquí.

–De aquí era usté, ¿y quién más?
–Éramo’ siete, siete canijo’. Era yo, el de la batería; luego, el menta’o Sinforiano, que tocaba la trompeta; luego, un canijo de aquí, de El Terrero también, que tocaba la trompeta... así que éramo’ siete canijo’...

–¿Se acuerda de algún nombre de canción de las que tocaban?
–Ya ni me acuerdo, hermano, ya no me acuerdo...

–¿Y por qué dejó la música?
–Mira, te voy a decí’ la pura verdá’: a mí me fastidiaron los desvelo’, ¿sí? Lo único que tardé, fueron 23 año’, y yo se los dije claro: ‘Hasta aquí los acompaño, mano…’.

–¿Cuántos años tenía en ese tiempo?
–No me acuerdo, porque yo, ahorita, voy a cumplí’ en julio los ochenta... sí, pero, gracias a dios, mira, de lo que hice fui comprando mi’ becerrita’, y de eso me mantengo ahorita. Cuando salí de músico, allí yo trabajé mucho tiempo con el ara’o y con mi caballo; antonce’ no había líquido’, se chingaba uno con su caballo y su ara’o, va... Yo sembré cinco hectárea’, un año, de puro ajonjolí, y de allí me repuse; también sembré maí’ y frijol y chile...

–No se los bebió...
–Nooooo...

–Ya ve que el músico tiene esa fama...
–No, no hermanito, yo fui músico pero no fui borracho, ¿no? He oído yo esa palabra: ‘Borracho, parece músico’, dice. Le digo... a vece’ ‘toy cerca... le digo: ‘Te equivoca’, yo fui músico 23 año’ y yo no soy borracho, ni asinita no se me antoja la cerveza…’.

–La rubia que todos quieren...
–Antonce’ llegó la Superior, era la juamosa...

–¿Y en qué pueblos tocaron?
–¡N’ombre, nosotro’ dimos vuelta! Llegamos a tocá’ hasta Chiapa’... tocamo’ en todo’ esto’ territorio’...

–Otra fama que le achacan a los músicos es que agarran mujeres...
–De a chingo’. Esa suerte tiene el músico, de las mujere’, sí, pero es una tontera porque tu dinero lo echa’ a perdé’, ahí lo invierte’ en las mujere’. No, yo no fui tonto, hermano, yo, de lo que hice, es lo que ‘toy aprovechando, de ahí me estoy manteniendo ahorita, de mi’ vaca’.

–¿Y bailaba?
–No, la bailada no me gustó, mira, nunca me gustó, me gustaba está’ mirando.

–¿No conseguía novia bailando?
–No, yo conseguía novia pero no de músico, aparte, aparte. ¡No! El músico tiene la facilidá’ en la mano pa’ conseguí’ mujer. Es bonito sabé’ aprovechá’ lo que hace’ en tu juventú’; ya, de viejo, nomás lo está’ aprovechando... y cuidarlo, lo que hiciste’.

–¿Tuvo hijos?
–No, nunca tuve hijo’, tal vez dios nunca me dio hijo’.

–Y nunca se le hizo tocar el saxofón...
–No, ya me achoqué... era el mismo desvelo, sí.

–¿Y la batería, dónde quedó?
–Como era de madera, en esta casa que está ahí, ahí se chingó, guardada, le cayó el comején, y cuando... un tiempo la moví, se apachacó. La tarola sí, porque ésa... es el vaso de jierro... ahí la tengo todavía; también el cencerro, ahí está todavía... Sí, hombre, es una cosa bonita eso de aprendé’ de músico, nada más que en ese tiempo que yo anduve se ganaba barato.

–¿Y cuánto se ganaba?
–N’ombre, ‘taba baratísimo... 30 peso’ por tiempo, a cada individuo. Despué’ le subió el maestro, ya ganábamo’ 100 peso’ por tiempo. Si tocábamo’ noche y día, eran 200. Ya despué’ le aumentó... llegamo’ a ganá’ mil 500 cada cabrón. Que cuando salí, ya ganábamo’ 2 mil 500; en la última temporada que di, fuimos a tocar a Corralero, en un casamiento...

–Tocaban también en velorios, ¿no?
–Sí, nada más que en los velorio’, pura marcha’, pura marcha’...

–Ya ve que últimamente tocan de todo, en los velorios...
–‘orita sí, ‘orita ya no se oye como un velorio, parece que es fiesta. Sí, hermano, es una cosa bonita eso de andá’ de músico... mi papá fue músico también... [Se ríe]

–Eso de ser músico, ¿se nace?
–Ya se trae de nacencia, pa’ eso hay que tené’ gracia... ya te ‘bía dicho.